Capítulo 2 Las decisiones importantes nunca deberían tomarse con vino blanco
Álex no me pidió el teléfono.
Eso me molestó más de lo que debería haberme molestado.
No porque yo quisiera dárselo. Evidentemente. Solo acababan de despedirme, llevaba el pelo recogido con una goma que probablemente había encontrado en el fondo del bolso y había bebido dos copas de vino con el estómago prácticamente vacío.
No era mi mejor momento.
Pero podría haber preguntado.
Una pregunta inocente. Casual. Algo como: «¿Te apetece que sigamos hablando otro día?». Y yo habría puesto cara de mujer ocupada, habría fingido consultar una agenda inexistente y finalmente habría aceptado con la dignidad de quien hace una concesión extraordinaria.
En lugar de eso, hablamos durante veinte minutos más sobre la exposición, el precio absurdo de los alquileres y la peligrosa tendencia de Laura a presentarme hombres sin previo aviso.
Después alguien llamó a Álex desde el otro extremo de la galería.
Una mujer.
Alta, elegante y con un vestido que no parecía comprado a las once de la noche desde el sofá.
—Tengo que irme —dijo él.
—Claro.
—Ha sido un placer conocerte, Clara.
—Igualmente.
Sonrió, se alejó y se reunió con ella.
Yo intenté no mirar.
Miré.
La mujer le dijo algo al oído. Álex se inclinó para escucharla y luego ambos se dirigieron hacia la salida.
Perfecto.
Maravilloso.
Probablemente era su novia. O su esposa. O su prometida arquitecta con una colección de vestidos sin arrugas y una casa llena de muebles de diseño.
—¿Quién era? —preguntó Laura, apareciendo a mi lado con dos copas.
—Un arquitecto.
—Eso ya lo he deducido por su aspecto de hombre que sabe distinguir entre blanco roto y blanco hueso.
—Se llama Álex.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Te ha pedido el teléfono?
—No.
Laura miró hacia la puerta.
—Pues es idiota.
—O tiene pareja.
—También puede ser un idiota con pareja.
Me entregó una copa.
—No quiero más vino.
—No es para beber. Es para que parezca que tienes algo que hacer con las manos.
—Ya tengo móvil.
—Lo habías dejado junto a unas aceitunas.
—Ha sido un despiste puntual.
—Clara, una vez guardaste el mando de la televisión en la nevera.
—Tenía fiebre.
—No tenías fiebre.
—Estaba cansada.
—Habías discutido con Mateo.
Pronunció su nombre sin darle importancia, como si fuera el de un compañero de trabajo o el de un vecino que deja la bicicleta en el rellano.
Sin embargo, yo sentí el pequeño tirón de siempre.
Mateo.
Mi ex.
El hombre con el que había pasado siete años y con el que había planeado una boda, dos hijos y una cocina con isla. Sobre todo la cocina con isla. Habíamos dedicado tardes enteras a mirar fotografías de cocinas que no podíamos pagar.
Al final no tuvimos ni boda, ni hijos, ni isla.
Solo una cafetera que compramos a medias y que él se llevó porque, según dijo, había sido idea suya.
—No he pensado en Mateo —mentí.
—Yo no he dicho que hayas pensado en él.
—Pero lo has insinuado.
—Solo he mencionado su nombre.
—Lo has mencionado con intención.
—No se puede pronunciar Mateo con intención. Es un nombre, no un hechizo.
Bebí un sorbo.
—Voy a buscar mi abrigo.
—Todavía es pronto.
—Mañana quiero levantarme temprano.
—¿Para qué?
Vacilé.
—Para actualizar el currículum.
—Acabas de decidirlo.
—Soy una mujer organizada.
Laura soltó una carcajada tan fuerte que un señor con gafas redondas se giró para mirarnos.
—Perdona —dijo ella—. Pensaba que hablabas de otra persona.
La dejé riéndose y fui hacia el pequeño guardarropa improvisado al fondo de la galería.
Mi abrigo estaba debajo de otros cinco. Mientras intentaba liberarlo sin tirar al suelo una montaña de prendas ajenas, oí una voz detrás de mí.
—No te vayas todavía.
Me giré demasiado rápido y recibí un golpe en la barbilla con una percha.
Álex estaba apoyado en el marco de la puerta.
—Estoy bien —dije antes de que preguntara.
—No lo parecía.
—Ha sido una maniobra defensiva.
—¿Contra el abrigo?
—Nunca sabes lo que puede esconder un bolsillo.
Se acercó y me ayudó a sacar la manga atrapada.
—Pensaba que te habías ido.
—He acompañado a mi hermana al coche.
Hermana.
Claro.
La mujer alta, elegante y perfectamente vestida era su hermana.
No su novia.
No su esposa.
No su prometida arquitecta.
Mi cerebro celebró aquella información con un entusiasmo absolutamente desproporcionado.
—Ah —dije.
—Ah —repitió él.
—No pensaba que fuera tu pareja.
—No he dicho que lo pensaras.
—Solo lo aclaro.
—Queda aclarado.
Nos miramos durante unos segundos.
Yo sujetaba el abrigo entre los brazos como si fuera un animal herido.
—¿Te ibas? —preguntó.
—Sí. Mañana tengo cosas que hacer.
—¿Como estar desempleada?
—Exactamente. Es un trabajo a jornada completa.
—Podríamos tomar un café.
Aquella era la pregunta.
La pregunta que había estado esperando.
Y ahora que había llegado, mi primera reacción fue desconfiar.
—¿Ahora?
—Mañana.
—Mañana actualizo el currículum.
—¿Todo el día?
—Tengo mucha experiencia.
—Entonces tardarás menos.
La ocurrencia me hizo sonreír.
—No sé nada de ti.
—Soy arquitecto, mi hermana lleva vestidos sin arrugas y considero que la silla de esa fotografía está torcida.
—Es poca información para aceptar un café.
—También sé que te llamas Clara, que te han despedido, que tienes una amiga indiscreta y que dejas el móvil junto a la comida.
—No era comida. Eran aceitunas.
—Eso cambia completamente las cosas.
Sacó el teléfono del bolsillo.
—Dame tu número.
Y ahí estaba.
Mi momento.
El instante en que debía actuar como una mujer adulta, independiente y acostumbrada a recibir invitaciones de desconocidos atractivos en exposiciones de arte.
En vez de eso, empecé a recitar mi número y me equivoqué en el cuarto dígito.
—Espera —dije—. No. He dicho un seis y era un cinco.
—¿Segura?
—Sí.
Volví a empezar.
Esta vez me equivoqué al final.
—Perdona. Hoy he perdido el trabajo y, aparentemente, también la capacidad de recordar nueve cifras.
—Podrías escribirlo tú.
Me entregó el teléfono.
Introduje mi número, comprobándolo tres veces. En el campo del nombre escribí Clara, pero el autocorrector decidió transformarla en «Clavos».
Álex miró la pantalla.
—¿Clavos?
—Es mi identidad secreta.
—Tiene sentido. Clara era demasiado normal.
Corregí el nombre y le devolví el teléfono.
Un segundo después, el mío vibró dentro del bolso.
Álex Silla Torcida: Ahora ya tienes mi número.
—¿Te has guardado así?
—Necesito diferenciarme de los otros arquitectos que conoces en inauguraciones.
—Eres el primero.
—Entonces voy ganando.
Laura apareció por detrás de él.
—Clara, he pedido un taxi para…
Se detuvo al vernos.
Miró el teléfono de Álex. Después miró el mío, todavía encendido entre mis manos. Finalmente me miró a mí.
—Ah —dijo.
—No empieces —contesté.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo con la cara.
Álex se volvió hacia ella.
—Tú debes de ser la amiga indiscreta.
—Y tú debes de ser el arquitecto idiota.
Cerré los ojos.
—Laura.
—¿Qué? Pensábamos que se había marchado sin pedirte el teléfono.
—¿Pensábamos?
—Tú no lo has dicho, pero tienes una forma muy concreta de apretar la mandíbula cuando un hombre te decepciona.
Álex parecía divertirse demasiado.
—No estaba decepcionada —dije.
—Claro que no —respondieron los dos a la vez.
—Estupendo. Ya sois amigos.
Me puse el abrigo y caminé hacia la salida.
Ellos me siguieron.
En la calle hacía más frío del que esperaba. El taxi de Laura aguardaba en doble fila y el conductor tenía la expresión resignada de quien sabía que todavía íbamos a tardar varios minutos.
—Mañana te escribo —dijo Álex.
—Vale.
—Para el café.
—Ya había entendido la parte del café.
—Solo quería asegurarme.
Laura me empujó suavemente hacia el taxi.
—Métete antes de que arruines algo.
—¿Yo?
—Tienes una habilidad especial.
Me senté en el asiento trasero. Laura entró por el otro lado y cerró la puerta.
Álex dio dos golpes suaves en la ventanilla.
La bajé.
—Una cosa —dijo.
—¿Qué?
—¿Te gustan los desayunos?
—Depende.
—¿De qué?
—De si incluyen conversación antes de que haya tomado café.
—Puedo esperar.
La ventanilla volvió a subir y el taxi arrancó.
Yo lo vi quedarse en la acera hasta que giramos la esquina.
—No digas nada —advertí.
Laura aguantó exactamente cuatro segundos.
—Le gustas.
—No sabes eso.
—Ha vuelto.
—Porque quería pedirme el teléfono.
—Exacto.
—Eso no significa nada.
—Clara, los hombres no vuelven a una galería llena de gente fingiendo entender fotografías de sillas para pedir el teléfono de una mujer que no les interesa.
Me quité el abrigo y lo dejé entre las dos.
—Puede que solo sea amable.
—Y puede que yo empiece mañana una dieta depurativa.
—Una vez hiciste una.
—Duró hasta el desayuno.
Apoyé la cabeza contra la ventanilla.
Desde aquella mañana, no estaba pensando en el despido. Tampoco pensaba en Sergio, en la indemnización o en cómo pagaría la cuota del préstamo dentro de tres meses si no encontraba trabajo.
Pensaba en un café.
En una silla torcida.
Y en un hombre que había vuelto.
—No quiero hacerme ilusiones —dije.
Laura bajó la voz.
—No tienes que hacerte ilusiones. Solo tienes que desayunar.
—Siempre parece fácil cuando lo dices tú.
—Es que es fácil. Lo difícil lo haces después, cuando empiezas a imaginar casas, hijos y electrodomésticos compartidos.
—No vuelvo a compartir una cafetera con nadie.
—Eso debería aparecer en tu perfil de citas.
—No tengo perfil de citas.
—Todavía.
—Ni se te ocurra.
Laura sacó su teléfono.
—Solo voy a mirar.
—Laura.
—Por curiosidad.
—Dame el móvil.
—No.
Me lancé sobre ella justo cuando el taxi frenó en un semáforo. El conductor nos miró por el retrovisor.
—¿Todo bien?
—Perfectamente —dijo Laura mientras escondía el teléfono debajo de una pierna—. Está atravesando una reestructuración.
—Me han despedido —aclaré.
El conductor asintió con solemnidad.
—A mi cuñado también. Ahora vende piscinas desmontables.
—¿Le va bien?
—En invierno, fatal.
El semáforo se puso en verde.
Me dejé caer en mi asiento.
Aquella noche, cuando llegué a casa, coloqué el bolso sobre la mesa, me quité los zapatos y encendí todas las luces del pasillo.
Siempre hacía eso desde que vivía sola.
No por miedo.
Por ruido.
La luz llenaba los espacios que antes llenaban otras personas.
Fui al dormitorio, me puse el pijama y abrí el portátil. El currículum seguía guardado en una carpeta llamada «Cosas importantes», junto a las instrucciones de la lavadora y una receta de hummus que nunca había preparado.
Lo abrí.
La fotografía tenía cinco años.
En ella parecía una mujer segura, profesional y convencida de que su vida avanzaba en la dirección correcta.
Sentí una pequeña punzada.
No de tristeza.
De distancia.
Aquella mujer todavía estaba con Mateo. Todavía creía que su empresa la valoraba. Todavía decía cosas como «en un par de años» sin pensar que un par de años podían pasar sin pedir permiso.
Cerré el archivo.
No podía actualizar aquel currículum.
Tendría que empezar uno nuevo.
Mi teléfono vibró sobre la cama.
Álex Silla Torcida: Mañana, diez y media. Conozco un sitio donde no te obligan a conversar antes del café.
Sonreí al leerlo.
Escribí una respuesta.
La borré.
Escribí otra.
También la borré.
Finalmente envié:
Yo: Eso debería ser obligatorio por ley.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Álex Silla Torcida: Hablaré con mis contactos.
Yo: ¿Los arquitectos hacéis leyes?
Álex Silla Torcida: No, pero opinamos sobre todo.
Dejé el teléfono boca abajo.
Después volví a abrir el portátil.
Creé un documento nuevo y escribí mi nombre en la parte superior.
Clara Montes.
Debajo, añadí:
Experiencia profesional.
Observé el cursor parpadear.
Tal vez Laura tenía razón.
No tenía que solucionar mi vida entera aquella noche.
Solo tenía que escribir una línea.
Después otra.
Y, a la mañana siguiente, desayunar.