La vida después del guion Capítulo 1 El día que dejé de fingir que todo iba bien
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La vida después del guion

La vida después del guion

Por Monica Ruzafa

© inepub.com

Capítulo 1 El día que dejé de fingir que todo iba bien

El día que me echaron del trabajo llevaba unas bragas con aguacates.

No es un dato importante para la historia, pero explica bastante bien el nivel de dignidad con el que afronté la situación.

—No lo llamaría despido —dijo Sergio, mi jefe, mientras colocaba las manos sobre la mesa como si estuviera a punto de comunicarme que padecía una enfermedad incurable—. Es una reestructuración.

—Entonces ¿mañana puedo venir?

Sergio parpadeó.

—No.

—Pues se parece muchísimo a un despido.

A mi derecha, la mujer de Recursos Humanos sonrió con esa expresión amable de quienes han hecho un curso para aprender a despedir personas sin alterar demasiado el ritmo cardíaco.

—La empresa quiere agradecer tus once años de compromiso —dijo.

—Podría agradecérmelos manteniéndome en nómina.

La sonrisa no se movió ni un milímetro. Debía de ser una profesional excelente.

Yo asentí varias veces, firmé documentos que no estaba leyendo y recogí mi bolso. Salí del despacho procurando caminar como una mujer adulta que acepta con serenidad los giros inesperados de la vida.

En cuanto llegué al ascensor, pulsé el botón doce veces.

No llegó antes.

Las películas mienten sobre muchas cosas, pero especialmente sobre los despidos.

Nadie abandona la oficina con una caja de cartón perfectamente ordenada, una planta pequeña y una fotografía enmarcada.

Yo salí con un cargador que no era mío, tres sobres de sacarina y un táper vacío que llevaba dos semanas en la nevera.

En recepción, Marta levantó la vista de la pantalla.

—¿Te vas ya?

—Para siempre, al parecer.

Su cara cambió.

—No.

—Sí.

—Pero si ayer te pidieron el presupuesto de Lisboa.

—Supongo que ahora quieren que lo organice un algoritmo.

Marta se levantó para abrazarme, aunque ambas sabíamos que Sergio podía verla desde el cristal de su despacho. Lo hizo de todos modos. Apreté los dientes porque aquel gesto, más que la reunión, fue lo que estuvo a punto de romperme.

—Llámame —susurró.

—Lo haré.

No lo hice. Al menos no ese día.

Cuando llegué a la calle, la ciudad seguía funcionando con una falta de consideración sorprendente.

Los autobuses circulaban, la gente cruzaba los semáforos y un repartidor discutía con el conductor de una furgoneta.

Nadie parecía saber que yo acababa de perder la vida que había tenido durante once años.

Llamé a Laura.

—Me han reestructurado.

—¿Qué?

—Que me han echado.

—¿Por qué lo dices como si hubieran cambiado los muebles?

—Porque todavía estoy en fase de negación.

Laura guardó silencio durante dos segundos.

—Ven a casa. Tengo vino.

—Son las once de la mañana.

—También tengo café.

—Voy.

Subí andando las cuatro plantas porque el ascensor de su edificio llevaba estropeado desde que nos conocíamos. Laura decía que aquello mantenía unidos a los vecinos. Yo pensaba que lo que los mantenía unidos era el odio compartido hacia el administrador de la finca.

Me abrió la puerta en pijama, con un moño imposible y una espátula de cocina en la mano.

—¿Qué haces?

—Tortitas.

—¿Desde cuándo haces tortitas?

—Desde que las venden congeladas.

Me abrazó antes de dejarme entrar. Yo apoyé la cara en su hombro y durante unos segundos tuve la tentación de llorar. No lo hice porque había decidido guardar las lágrimas para una ocasión más estética, preferiblemente con música triste y sin aguacates estampados.

—No pasa nada —dijo Laura—. Odiabas ese trabajo.

—Sí, pero era un odio estable. Pagaba el alquiler y me permitía comprar queso caro.

—Encontrarás otra cosa.

—Tengo treinta y seis años, una hipoteca emocional con mis padres y experiencia profesional en responder correos que nadie quería recibir.

—También organizaste la convención de Lisboa.

—Se inundó el hotel.

—No fue culpa tuya.

—Elegí un hotel junto al río en época de lluvias.

Laura dejó la espátula sobre la encimera.

—¿Sabes qué tienes que hacer?

—¿Actualizar el currículum?

—No. Dormir, ducharte, comer hidratos y esta noche venir conmigo.

—¿Adónde?

—A una inauguración.

—No estoy para inauguraciones.

—Precisamente. En las inauguraciones todo el mundo finge saber de qué está hablando. Estarás entre iguales.

La inauguración resultó ser una exposición de fotografía en una galería minúscula de la calle Parlament, donde había más gente bebiendo que mirando las paredes.

Laura desapareció a los tres minutos porque había visto a una antigua compañera de universidad. Yo me quedé junto a una fotografía de una silla vacía intentando decidir si representaba la soledad contemporánea o si el fotógrafo simplemente había olvidado pedirle a alguien que se sentara.

—Está torcida —dijo una voz a mi lado.

Giré la cabeza.

Era alto, llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y sostenía una copa como si supiera qué hacer con ella, lo cual ya era más de lo que podía decir de mí.

—¿La fotografía?

—La silla.

Volví a mirar la imagen.

—Quizá simboliza la inestabilidad emocional.

—O quizá el suelo estaba mal nivelado.

Sonreí, aunque no quería. Había decidido pasar la noche con cara de mujer misteriosa que atravesaba una crisis vital. Sonreír arruinaba bastante el personaje.

—¿Eres fotógrafo? —pregunté.

—Arquitecto.

—Eso explica tu obsesión por el suelo.

—¿Y tú?

Estuve a punto de decirle a qué me dedicaba. Entonces recordé que, técnicamente, ya no me dedicaba a nada.

—Hoy estoy entre versiones.

Él levantó una ceja.

—Suena interesante.

—Es una forma elegante de decir que me han despedido esta mañana.

—Vaya.

—No pongas esa cara. Ya he sobrevivido a la reunión, a Recursos Humanos y a cuatro plantas sin ascensor. Estoy prácticamente curada.

Él sonrió.

—Entonces deberíamos brindar.

—¿Por mi desempleo?

—Por tu siguiente versión.

Chocamos las copas.

—Eso ha sonado demasiado optimista —dije.

—Puedo empeorarlo. También podrías perder el móvil esta noche.

Busqué mi teléfono dentro del bolso.

No estaba.

Lo miré.

Él señaló la repisa detrás de mí, donde lo había dejado junto a una bandeja de aceitunas.

—Me caes mal —dije.

—Todavía no sabes mi nombre.

—No necesito todos los datos para tomar decisiones equivocadas.

Extendió la mano.

—Álex.

La estreché.

—Clara.

Laura apareció entonces a lo lejos y me dirigió una mirada escandalosamente evidente. Primero miró a Álex. Después me miró a mí. Luego levantó los pulgares.

Yo cerré los ojos un instante.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí. Mi amiga acaba de perder la dignidad desde la otra punta de la sala.

—Parece contenta.

—Esta mañana me despidieron y ella ya está intentando convertirlo en una comedia romántica.

Álex bebió un poco y volvió a mirar la fotografía de la silla.

—Quizá tenga razón.

—No la tiene.

—¿Estás segura?

Lo miré.

No, no estaba segura de nada. Ni de qué haría el lunes, ni de cuánto duraría mi dinero, ni de por qué aquel desconocido conseguía que el peor día de mi año pareciera un poco menos terrible.

Pero había algo que sí sabía.

Las bragas con aguacates no iban a volver a salir de casa.