La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Sábado
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Sábado

TEDESCO

El policía ha descansado bien. Hacía semanas que no pasaba una noche sin permanecer largo rato desvelado y con los ojos obstinadamente cerrados intentando invocar al sueño.

A excepción de los meses de riguroso invierno, el inspector siempre duerme con la ventana abierta, por si alcanza a oír llover durante la noche y el chaparrón lo pilla desvelado.

Pasa pocas veces, pero por nada del mundo habría renunciado a la posibilidad.

Adora escuchar el sonido de la lluvia desde su amable y solitario cobijo entre las sábanas, pero no ha llovido durante la noche y el policía ha dormido profundamente.

Por una vez no ha habido sobresaltos, ni pesadillas pavorosas, ni recuerdos dolorosos.

Duchado, afeitado y dispuesto a salir de nuevo a la calle, se ha demorado unos minutos en el piso, siempre tan grande y vacío, ordenando algunas cosas y revisando la correspondencia.

Ángela, su asistenta, la ha reunido durante la semana sobre el mueble de la entrada.

Hace años que es ella la que la saca del buzón, dado que el inspector no recuerda ni que existe.

Las ojea en un suspiro antes de romperlas y librarse de ellas.

Cuando pisa la calle se dirige al quiosco cercano.

La Bocafuego, que se ha teñido el cabello de un púrpura oscuro a juego con sus uñas y la sombra de ojos, parece ocupada en intercambiar confidencias con una amiga.

Mejor así. Con un poco de suerte se ahorrará algún comentario.

No necesita las observaciones, siempre agrias y a menudo ofensivas, de la feroz quiosquera que, como Carlos Baras, detesta a la pasma con toda su alma.

La Bocafuego sabe que es una especie en extinción y que al quiosco le quedan cuatro días, quizá menos.

Pronto se quedará sin la oportunidad de hacerlo, por eso aprovecha para maldecir a todo bicho viviente.

Y si se trata de un madero su repulsa limita con el odio manifiesto.

Echa un vistazo a las portadas y acaba llevándose el periódico de siempre. Variar no está en su temperamento. Deja el valor exacto del ejemplar y se aleja acompañado en la huida por un:

—Adiós. Buen día tenga usted también. —La Bocafuego no desaprovecha la oportunidad de recriminarle que no haya saludado al llegar ni al marcharse. Cuando lo hace, cuando el inspector le desea buenos días, la mirada de la quiosquera lo atraviesa como un arpón. Nada funciona con ella.

Tedesco resopla. No se gira. Sigue alejándose a sabiendas de que le afeará la conducta. No se equivoca. Alcanza a oír:

—Los putos polis se creen los amos del mundo. Hay que joderse.

Lástima que no necesite un audífono. El inspector ojea los titulares mientras camina.

Difieren bien poco de los del día anterior.

Sabe que no recogen todavía la noticia de la detención de Carlos Baras como presunto autor del asesinato de David Sayago.

Está previsto que Valero lo notifique hoy en rueda de prensa.

El testimonio de Raúl Baras, su hermano menor, bastó para incriminarle. El chico declaró sin necesidad de insistir y lo hizo entre lágrimas. Afirmó con total convencimiento haber perdido al amor de su vida a manos de su hermano mayor.

«Esa bestia que nos odia», en palabras del chico.

Tedesco confía en que otro amor aparezca pronto en su todavía corta vida y lamenta su pérdida tan reciente, tan cruel, tan estúpida.

Cuando piensa en ello siente la rabia subir a los puños y atrancar sus mandíbulas.

También acabó por identificarlo el joven testigo que capturó la imagen segundos después de que David se desplomara agonizante sobre la acera.

El chico trató de desmentir su presencia en el lugar de los hechos y dijo no conocer la identidad del asesino.

Unos cuantos silencios, la sombra de Cuesta en el umbral y un par de aproximaciones intimidantes, y el chico no tardó en corroborar las palabras de Oriol Parra y de Raúl Baras.

Caso cerrado y Carlos Baras a disposición del juez.

Se aproxima al París consciente de que aquella mañana no encontrará a Ignasi Romeu acodado en la barra para cruzar unas puyas.

La clientela de los sábados no es la misma que la que el policía encuentra en la cafetería los días laborables.

En sábado coincide con algún empleado de banca en su día libre, con algún padre separado que apura los últimos momentos antes de recoger a sus hijos para pasar el fin de semana, con una pareja joven desayunando tras correr unos kilómetros, y con uno de sus vecinos, empleado en una empresa de transportes, que trabaja de lunes a viernes a cambio del sueldo mínimo.

El propietario del negocio le promete una mejora salarial que no acaba de llegar.

Del humor de un perro atropellado, este último lo saluda con un:

—Esto no tiene arreglo —mientras con la barbilla señala el diario abierto del establecimiento—.

Y la puta ultraderecha sigue arrasando en todas partes.

¡Obreros de derechas! ¿Se puede ser más tonto?

¡Hay que joderse! —Opina que no le falta razón.

La prensa no parece la mejor manera de comenzar el día, y sin embargo no sabría hacerlo de otra manera.

El camionero dejó de comprar el diario cuando, tras el despido y la nueva contratación, su salario se desplomó.

Ahora espera a poder retener el ejemplar de la cafetería.

Tedesco cae en la cuenta de que, probablemente a contrapelo, ha substituido el habitual bocadillo de jamón con caña de cerveza de cada sábado por un triste café corto. Medidas de ajuste.

El inspector ladea la cabeza en un gesto de interpretación ambigua.

Ni sí ni no, sino todo lo contrario. No tiene ganas de ahondar en las miserias y esquiva la charla.

No sabe hablar por hablar y hace años que dejó de intentarlo.

Tampoco él le ve salida alguna a la situación que atraviesa el país, el continente, el mundo entero. ¡Obreros de derechas!

—A este lo indemnizan con una porrada de euros porque se va a su casa a verlas venir —comenta, señalando la página siguiente—. Y yo currando como un hijo de puta todas las horas que haga falta por una puta mierda —añade, sacudiendo las páginas del diario con el dorso de la mano.

El hombre se dirige con amargura a todos y a nadie y sigue profiriendo en voz alta agrias observaciones durante un rato.

Alguno de los presentes cabecea ocasionalmente en señal de asentimiento.

También lo hace Blas, el maduro camarero que a menudo rezonga y se queja de las muchas horas que pasa tras la barra a cambio de un sueldo que no llega para nada. La música tristona del día a día.

Tedesco baja inmediatamente la mirada hasta el diario que acaba de comprar y busca la sección de sucesos.

Encuentra de inmediato la noticia del hallazgo del cadáver de Raimundo Serrano en un edificio en construcción.

Un breve. El periodista que firma la nota solo con sus iniciales dice de él que era un adicto y un delincuente habitual, y que no se desestima un posible accidente fatal.

Nada que relacione la muerte de Serrano con la de Natalia Benegas, y ninguna mención a la presen- cia de Carpio en el edificio.

Se ha ceñido a la esencia de los hechos. Mejor así.

El policía piensa en la inmobiliaria, en cuyos edificios han sido localizados dos cadáveres en el plazo de unos días.

Un par de muertos, nada bueno para un negocio.

Por fortuna, la nota del diario no menciona la extraña coincidencia, y los edificios aparecen en el texto por su localización aproximada en dos calles diferentes y sin alusiones a la empresa constructora.

Media hora larga y dos cafés cortos le lleva acabar de leer el periódico sin levantar la vista ni un instante, para no dar pie a una conversación que no desea sostener.

Se recuerda a sí mismo que es un perro verde y que quizá se muestra demasiado huraño.

Una vez más no le importa en absoluto. Demasiado tarde para enmendarse.

El vecino abandona el taburete tras abonar su café.

Poco después, Tedesco se dirige a la barra, paga sus dos cafés y el cruasán, y se encamina al Hospital Clínico.

Ha llegado el momento de pasar el informe extraoficial, así llaman ambos viejos amigos a la detallada investigación y posterior resolución del caso que Tedesco desgrana puntualmente para su amigo Ignasi Romeu.

Mientras camina sin prisa alguna, el policía se siente afortunado al pensar que Ignasi sigue vivo, que lo recibirá con algún afilado sarcasmo que habrá preparado durante horas para la ocasión, y que espera su relato como se espera el agua en mayo. O, en su caso, en cualquier otro momento.

—Hola, Colombo —saludará Romeu.

Y Tedesco pensará por enésima vez en su viudez y en la dolorosa ausencia de una señora Colombo real o imaginaria.

Ambos son animales de costumbres, aburridos hombres de rutinas.