La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Viernes #10
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Viernes #10

—Creo que ya lo sabe. —Y con un gesto le indica a Lidia que grabe la conversación.

—Yo no sé una mierda. —Y al hablar escupe sobre la mesa. No parece darse cuenta. Tedesco observa que le falta algún diente.

El inspector le explica lo que han podido saber y le anticipa que, con toda seguridad, será acusado del homicidio intencionado de David Sayago.

Afirma que no faltan los testigos —prefiere no mentir, solo Oriol Parra presenció el asesinato— y que difícilmente podrá rebatir el testimonio de los que presenciaron el crimen ante un tribunal.

Confía en la declaración del hermano del acusado.

Si en verdad aspiraba a tener una relación duradera con David, quizá decida demostrarle lealtad y acepte reconocer lo ocurrido.

Carlos Baras se pone en pie y aúlla mientras golpea la mesa con las palmas.

La serpiente plateada choca contra el tablero.

No todo lo que el detenido grita resulta comprensible.

Cuesta le obliga a sentarse de nuevo y lo hace sin miramientos, empujándolo por los hombros hacia el centro de la Tierra.

La silla se tambalea y el presunto asesino está a punto de caer hacia atrás.

El policía que permanece en la puerta se ha aproximado, por si resulta necesario emplear más contundencia.

Tedesco no se ha inmutado. Sabe que a pocos metros los agentes tratan ya de localizar imágenes que demuestren que Baras se hallaba cerca de la discoteca en el momento del crimen y que otros buscan en las proximidades la navaja que utilizó.

Con la autorización del juez acaba de enviar un par de policías a su domicilio para que registren el piso y traten de localizar el arma o prendas con restos de la sangre del desafortunado chico muerto.

El hermano menor está a punto de llegar y también el autor de la fotografía en la que puede verse la sangre del fallecido.

Iván ha conseguido localizarlo. Si logran que uno de los dos declare en contra de Carlos Baras, el asunto quedará cerrado.

—¡Cabrones! Si vais a por mí os juro que os…

—Omite a tiempo el deseo de rajar a los policías como a cerdos en un matadero o de arrancarles los ojos con una cuchara—.

¡Hijos de puta! Me las vais a pagar todas juntas.

Ya sé de qué palo vais. ¡Joder! Me queréis cargar el muerto.

Pero… ¿sabéis qué? A la pasma ni agua… ¡Cabrones!

¡Hijos de la gran puta! ¡No me vais a joder, maderos de mierda!

Baras tiembla de los pies a la cabeza. En su rostro el miedo se confunde con la cólera cuando Tedesco nombra a su hermano menor y la posibilidad de que declare contra él.

—No lo hará. Lo lleváis claro, hijos de puta. —Y acaba sus palabras con una risotada que pretende ser arrogante y que al extinguirse genera un gran vacío. Un silencio estremecedor—. Dejad a mi hermano en paz. Es un crío y no sabe lo que hace.

Lidia acaba de recibir un mensaje, mira el móvil y pronuncia en voz baja pero lo suficientemente alta como para que Baras pueda escuchar:

—Ya están aquí. Acaban de traerlos. Los llevan ya a una sala. Por separado. Iván controla.

Tedesco asiente con un gesto. Sabe que, aunque no parece en absoluto un tipo creativo, la imaginación de Baras hará el resto.

El detenido se revuelve en la silla.

—No puede hacer eso. Mi hermano no puede hacer que… Esto es un abuso. Es un crío. ¡Joder! Voy a denunciarlos por…

Busca las palabras. No las encuentra. Se atropella. Balbucea maldiciones con los puños cerrados sobre la mesa. Parte de su saliva escapa entre sus dientes y va a parar al tablero.

—Por el momento te vas a quedar aquí, en comisaría.

Y por tu bien espero que te tranquilices, no es bueno para la salud alterarse tanto.

Por lo del cortisol, seguro que algo habrás oído.

¿Quizás es que tienes dificultades para controlar la ira?

Quizás aquella noche no pudiste… —sugiere Tedesco al tiempo que se aparta unos centímetros y se pone en pie con arrastrar de silla.

—¿Qué coño…? ¿Dificultades para…? Yo no he matado a ese maricón de mierda.

Ni a ese ni a ninguno. ¿Me oye? Cárguele el marrón a otro.

¡Y váyase a la mierda! ¡Joder! ¡No me voy a quedar aquí por ese puto marica.

¿Me oye? No me va a encerrar por ese maldito bujarrón de mierda. Ni lo sueñe. No tiene derecho a…

Al hablar lanza patadas al aire, escupe y aporrea la mesa. A Tedesco le vienen a la memoria las palabras de la abuela Jacinta, una mujer tajante en sus opiniones: «Cuando un tonto coge una vereda, o sobra tonto o falta vereda».

—Quiero un abogado. Y lo quiero ya. ¿Me oye, cabrón? Ya. Yo no voy a comerme este marrón. A mí no me carguen el muerto. ¡Joder!

Grandes manchas de sudor han aparecido en sus axilas y destacan en la camiseta roja que, en grandes letras blancas y negras, reza: «Warriors».

—Puedes llamar a un abogado, desde luego. Yo en tu caso lo haría. Si no conoces ninguno se te facilitará uno de oficio. Lo vas a necesitar —añade antes de darle la espalda y salir.