La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Viernes #9
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Viernes #9

Idrissa apenas abre la boca. Desde el pasillo es imposible saber qué es lo que dice Carpio, pero antes de despedirse observan cómo anota algo en un papel y se lo tiende al senegalés, que lo guarda en el bolsillo del pantalón. Idrissa le da las gracias con un leve cabeceo.

Se estrechan la mano antes de separarse.

Carpio abandona el despacho y saluda con un gesto a Tedesco y a sus agentes. Lívido. Poco después, Idrissa, algo más tranquilo, guarda una magdalena en el bolsillo, agarra la caja con sus pertenencias y sale al corredor.

—Lidia te llevará —le informa el inspector, señalando a la agente que se aleja de inmediato en busca de un coche no identificable.

Idrissa no dice nada. El inspector le indica que le siga y acompaña al joven hasta la calle. Antes de que el senegalés entre con dificultad en el vehículo dadas sus proporciones y las de la caja que acarrea, le tiende un par de billetes.

—Por el miedo que has debido de pasar. No quise asustarte. No era mi intención. Nadie os echará de allí, no por nuestra parte.

Idrissa los acepta estupefacto y fuerza una sonrisa.

—¡Suerte!

El policía adelanta su mano y el senegalés se la estrecha sin abandonar en ningún momento la caja de plástico que sostiene con los antebrazos. No puede arriesgarse a perderla de nuevo.

Al inspector le habría gustado saber que Idrissa piensa emplear aquel dinero en adquirir unas deportivas y un pantalón de deporte. Sigue soñando con jugar a baloncesto aunque sea en una liga informal.

De regreso en comisaría, Tedesco se dirige al despacho de Valero para exponerle personalmente sus conclusiones.

Su superior se limita a tomar alguna nota y a preguntar algún detalle, por si la prensa requiere información detallada.

El segundo cadáver puede despertar el interés mediático que no ha suscitado el primero, aunque un indigente muerto en un edificio en construcción no parece ser un gran reclamo.

Mejor estar prevenidos. Deberán esperar los resultados de la autopsia de Raimundo Serrano para darlo por cerrado, pero si se confirma la explicación de Carpio la investigación habrá acabado a la espera del juicio.

—¿Por qué dejaría el grifo abierto?

Tedesco se encoge de hombros. Prefiere mantener a Idrissa al margen de la ecuación.

—Probablemente una desavenencia con su hermano. Habían discutido. Era una mujer de trato complicado. Quizá lo que no quería era permanecer allí durante días, se garantizaba que la encontraran pronto.

No le habla al intendente de la localización del joven senegalés, el fantasmal amante de Natalia Benegas, ni de su identificación ni de su presencia reciente en comisaría.

No es necesario. Por otra parte, Tedesco confía plenamente en Iván para elaborar un informe convincente en el que no aparezca el nombre de Idrissa ni su filiación.

En líneas generales, Valero se muestra satisfecho y acaba por felicitar a Tedesco cuando este se retira ya.

Necesita pasar por la máquina de café antes de enfrentarse a Carlos Baras.

El sospechoso avanza ya dando tumbos por la ira acumulada en dirección a una sala de interrogatorio.

Es pastoreado por Cuesta, que trata de no responder a las provocaciones.

CARLOS BARAS

Con el vasito de plástico en la mano, el inspector pone rumbo a su despacho.

Aprovecha para dar unas cuantas instrucciones a Iván Cabrera, que asiente por cumplir, no parece necesitarlas.

Tedesco hace un par de llamadas telefónicas, anota un asunto pendiente y recupera la americana del perchero, forma parte del atrezo.

Tiene ganas de volver a casa y siente un hambre de lobo tras largas horas de ayuno.

No le habría importado compartir mesa con el joven altísimo y retraído que acaba de estrecharle la mano.

No tuvo reflejos. Puede imaginar una cena silenciosa en compañía de un buen hombre.

Una cena servida en absoluto silencio por la chica del pelo rojo, buen talante y el tatuaje de una alambrada.

Una cena compartida por dos hombres hambrientos.

Lástima. Está envejeciendo.

Abre la puerta de la sala de interrogatorios en la que espera Carlos Baras.

El detenido tamborilea sobre la mesa mientras parece accionar con la pierna izquierda el pedal de una máquina de coser.

Necesita demostrar su impaciencia. El inspector se ha hecho acompañar por Diego y por Lidia.

Los agentes se sientan a ambos lados del presunto asesino.

Tedesco ha ordenado a otro policía especialmente fornido que custodie la puerta.

El inspector adopta la impostura del que se sabe por encima del bien y del mal.

Se sienta con cara de hastío y empuja las gafas nariz arriba.

Observa a Baras sin disimulo y resopla con desagrado evidente.

Carlos Baras, cada vez más tenso, gruñe como si se dispusiera a embestir.

Es un hombre no muy alto y con un ligero sobrepeso que está casi completamente calvo.

Para compensar su alopecia luce bigote poblado y una barba negra y cerrada.

Todo su semblante es como una paradoja. Observa que uno de sus brazos está más bronceado que el otro, posiblemente es taxista o transportista.

Luce un anillo con una serpiente enroscada en el dedo corazón de la mano derecha.

—¿Qué coño hago yo aquí?

El inspector carraspea antes de hablar.