Viernes #8
—Carlos Baras está aquí. Está furioso y ha pedido hablar con el comisario. Dice que conoce sus derechos —ha añadido con algo de sarcasmo, poco habitual en alguien que siempre prefiere la literalidad.
—Gracias, Iván. Dentro de un rato nos ocuparemos de él. Sin prisa. Vamos a dejar que reflexione un poco. —Tedesco sonríe. Tiene sus prioridades.
También ordena a Cuesta que recupere la caja de plástico que contiene las pertenencias del joven senegalés.
El policía quiere empezar la conversación con un gesto, necesita ganarse la confianza del muchacho asustado que lleva el temor y el recelo incorporados a los genes.
Nada mejor que restituir al chico lo poco que le pertenece.
Es de justicia. No debe de tener mucho más.
Por eso Idrissa tendrá que esperar unos minutos.
Cuesta aparece poco después y Tedesco se apodera de la caja sin dar más explicaciones.
Antes de entrar en el despacho ha invitado a Lidia a seguirle.
No necesita a nadie para lo que se propone hacer, pero siempre prefiere que alguno de sus agentes asista al desenlace de un caso para no tener que dar más explicaciones de las necesarias. Lidia se encargará de hacerlo.
—Hola —dice Tedesco, dejando la caja sobre la mesa.
Idrissa no despega los labios. Sostiene en la mano una magdalena y se la lleva a la boca.
La remata de un mordisco antes de mirar al policía a la cara.
Por lo que Tedesco puede apreciar es la tercera que el chico ingiere y no parece haber saciado el apetito.
Con un gesto el inspector le indica a Iván que traiga alguna más.
—Ella es la agente Lidia Sampedro y el agente que te ha acompañado es Iván Cabrera. No has de temer nada, te lo aseguro, pero quisiera conocer tu nombre y apellidos y tu origen.
Idrissa contesta en voz baja cuando las preguntas son formuladas de nuevo y por separado.
—Idrissa, Idrissa Seidy.
—¿País…?
—Senegal.
Tedesco, que no necesita saber más, intenta hablar despacio y emplear palabras sencillas que el joven pueda entender.
Idrissa escucha encorvado, como recogido sobre sí mismo persiguiendo la invisibilidad como casi siempre, y con los ojos muy abiertos.
Entiende algunas cosas, otras se le escapan.
Por la mirada que dirige a la caja con sus escasas pertenencias, la ha reconocido de inmediato.
—Puedes llevarte tus cosas cuando acabemos. Creo que son tuyas, ¿verdad? Por eso están aquí. Las necesitarás —añade, señalando primero la caja y después al joven hambriento de los ojos llorosos.
Idrissa asiente.
Tedesco intenta cumplir con lo prometido y le explica a Idrissa lo ocurrido.
Por su cara de perplejidad el joven no comprende apenas nada.
Sin necesidad de recibir nuevas instrucciones, Iván Cabrera, que ha dejado dos magdalenas más sobre la mesa, se sienta a su lado y repite en francés las palabras del inspector.
Lo hace en voz muy baja, como si se tratara de una confidencia.
Le habla del grifo abierto, del agua bajando por la escalera de vecinos, de la alerta, de Rubén Carpio, el hermano de Natalia que encontró el cadáver pero que no identificó a su hermana por miedo a perder el trabajo.
El rostro de Idrissa pasa de la perplejidad al espanto.
Tedesco explica que aquella mañana Natalia había recibido la visita de un viejo amigo que la había amenazado con denunciar a su hermano y a Idrissa, el joven sin papeles que compartía con ella techo y cama. Que no solo la había amenazado, que la golpeó y que la chantajeó hasta aterrorizarla.
—Era una mala persona, un mal hombre —añade Tedesco para reforzar el concepto.
Sus propias palabras le suenan a bolero. Iván las repite casi en un susurro.
—Un mal hombre, pero no te preocupes. Ha muerto. No puede hacerte daño. Ningún daño.
Nada explica Tedesco de la incitación a la prostitución ni del pasado turbulento de la mujer.
Su propia infancia, atormentada por la sombra de un progenitor sin vocación al que no llegó a conocer, y por dos mujeres, su abuela y su madre, que exhibían la amargura y el despecho por bandera, le ha empujado al íntimo convencimiento de que siempre hay cosas que uno bien puede seguir ignorando.
—Aquel hombre quería dinero y le dijo a Natalia que te denunciaría y que te obligarían a volver a tu país —repite el policía y traduce el agente.
De vez en cuando, Idrissa asiente débilmente dando a entender que comprende. Tiene lágrimas en los ojos y sigue encorvado y con los codos apoyados en las piernas.
El inspector le explica que Natalia no quería perder a Idrissa, que lo amaba y que pensaba que era un buen hombre, un hombre junto al que quería envejecer. Para añadir veracidad inventa algún detalle ante la estupefacción de los dos agentes.
Iván traduce y Lidia no puede evitar mirar de refilón a su superior.
Tedesco se disculpa a sí mismo, lo requiere el guion, como los desnudos o la sangre brotando a chorro de los tajos abiertos en las películas.
Y las circunstancias, sobre todo, lo requieren las difíciles circunstancias de aquel chico aterrorizado que no pierde de vista los labios del agente de Policía y al que la vida no ha tratado bien.
También le asegura que Natalia no quería ponerlo en peligro, no quería causarle daño alguno, quería protegerlo.
—Pasaba por malos momentos, ya lo sabes. Natalia estaba enferma, a veces estaba triste. Muy triste y con ganas de morir. Era una mujer frágil.
Idrissa asiente casi imperceptiblemente. Sigue desconfiando del policía, no comprende cuál es el propósito de la conversación.
—Malos momentos —repite casi sin pretenderlo—. Días de demonios —añade.
Todo lo que Tedesco sabe de Senegal es que, años atrás, en el país finalizaba el Rally París-Dakar, que buena parte de sus tierras son desérticas y que fue durante décadas una de las colonias francesas en África Occidental.
— Elle était malade. Triste —pronuncia Iván muy despacio.
Idrissa asiente.
IDRISSA
— Malade . Ella demonios —pronuncia el joven trabajosamente—. Demonios ici. Malade . —Y se señala la frente con el índice.
Tedesco barrunta el significado de sus palabras. Incapaz de desenterrar por completo sus conocimientos de francés adquiridos muchas décadas atrás, continúa intentando hacerse entender.
—Aquella mañana Natalia se encontró con un hombre que quiso chantajearla.
Un mal tipo. Le exigió dinero. La amenazó.
A ella y a ti. Se sintió asustada, atrapada, no vio salida.
Solo pensó en protegerte, protection pour toi , y solo encontró una solución, por eso abrió el grifo.
Le robinet, l’eau, l’escalier… —añade, satisfecho de sí mismo por haber recuperado las palabras que considera pertinentes.
Tedesco hace el gesto de girar una llave y dejar correr el agua. Iván amplía la explicación. Lidia, con los ojos muy abiertos y el corazón en un puño, acierta a comprender. Idrissa parece perplejo.
—Quería que la encontraran antes de que tú volvieras para que estuvieras a salvo. Tú no tienes móvil, ¿verdad?
—No. No móvil.
—Ella no podía avisarte, y si tú la encontrabas te verías implicado, ¿comprendes? La Policía habría sospechado de ti inmediatamente. Si descubrían su cuerpo antes, tú estarías a salvo, estarías seguro. Tu comprends?
Idrissa espera la traducción de Iván.
— Oui. Je comprends —responde con un hilo de voz.
—El plan no era perfecto, pero… lo que ella quería era protegerte, aunque así perjudicara a su hermano.
Si ella no te abría, tú no podías entrar.
Estarías a salvo. Se aseguró de que la encontraran.
—Y, aunque no está muy seguro ni de la corrección ni de la certeza absoluta de sus palabras, asegura con total convencimiento—: Elle pensait à toi. Natalia aimait Idrissa.
Idrissa cabecea. Asiente. Se siente algo mejor. Enormes lágrimas atraviesan sus mejillas, y el joven las retira con el dorso de sus manos no menos enormes. Tiene las palmas sorprendentemente claras y repletas de arañazos y unos dedos larguísimos. Vencido por el dolor, solloza.
—Es todo lo que quería que supieras. Tenías derecho. Puedes llevarte tus cosas, Idrissa, son tuyas y las necesitarás, pero antes quiero que conozcas a alguien.
Iván traduce sus palabras. Lidia ha adivinado el propósito de Tedesco y se levanta para ir en busca de Rubén Carpio, que, sin entender nada, espera ya en el pasillo, a pocos pasos.
Se siente alarmado, descompuesto y enormemente intrigado.
Solo desea salir de allí cuanto antes. Tedesco indica a un agente que lo haga entrar.
—Este es Rubén, el hermano de Natalia. Rubén Carpio. Hermanos de madre. Él fue quien le dio a su hermana las llaves del piso. No sabía nada de ti. Desde hace años la ayudaba en lo que podía, y creo que querrá decirte algo.
Iván traduce.
—Él es Idrissa Seidy y cuidaba de Natalia desde hace un tiempo. Se querían. Por eso tu hermana abrió aquel grifo. Quiso protegerlo. Quiso que la encontraran antes de que él llegara al piso.
Idrissa, abatido, sigue llorando en silencio con la cabeza baja. Las lágrimas liberan el dolor y la tensión de los últimos días. Es una sensación extraña. Llora y, sin embargo, experimenta cierto alivio.
Natalia pensait à toi. Elle aimait Idrissa.
Lo ha entendido sin ninguna duda.
Le robinet, l’eau…
El inspector no se equivoca, aunque le entristece saber que ha muerto, comprender que Natalia lo amaba resulta un consuelo.
Tedesco se levanta y abandona el despacho tras indicar a Lidia y a Iván que deben seguirle. Permanecen en el pasillo observando a través de la persiana veneciana que cubre la cristalera del despacho.
Carpio toma la iniciativa. Los policías solo pueden apreciar sus gestos.
Por la reacción de Idrissa, que levanta la cabeza y escucha sin dejar de llorar, Rubén trata de ser amable, de agradecerle haber cuidado de Natalia.
El joven comercial le tiende la mano y repite algo de lo dicho por el inspector. Tampoco él consigue reprimir el llanto.