Viernes #7
No necesita saber más. Si todo sale como ha previsto no tardarán en cerrar el caso y en encerrar al homicida durante una larga, muy larga temporada.
Tedesco ha situado a Cuesta dentro de un coche no identificable entre la primera y la segunda travesía a contar desde un hotel cercano.
Se encuentra a pocos pasos de una nave abandonada que años atrás albergó un taller textil especializado en cortinas que no pudo competir con el producto prefabricado de las grandes empresas y de los bazares. Una derrota anunciada.
Toni Segura deambula por el exterior. El inspector espera en una cafetería situada algo más arriba junto a Lidia Sampedro.
El policía ha desestimado por intuición la quinta travesía, que es ocupada en su totalidad por una escuela y por un par de edificios de pisos de nueva factura equipados con portero automático.
Sabe que ni él ni Lidia pueden permanecer sobre la acera a cara descubierta, el hombre lo identificaría de inmediato y echaría a correr. Lo perderían sin remedio.
Diego Cuesta no puede recordar la cara del joven al que el inspector pretende localizar.
No llegó a verlo. Solo posee un dato: su elevada estatura.
Por su parte, Mauricio Tedesco está seguro de que podrá reconocerlo inmediatamente.
Si alguna cosa ha conservado con el paso de los años es la memoria y una capacidad de observación especialmente fiable.
También Lidia confía en poder identificarlo.
Desde una de las dos mesas diminutas que constituyen la terraza de la cafetería, y parapetado tras un periódico, Tedesco contempla el ir y venir de los paseantes.
La tarde es templada, agradable. El mes de mayo en la ciudad es relativamente benévolo, las temperaturas bajan unos grados al atardecer y siguen soportables durante las primeras horas de la mañana.
Las calles resultan un buen lugar por el que pasear.
Sensible a la climatología, Tedesco siente cierto respeto por el mes de mayo.
Nada que ver con el molesto junio, el achicharrante mes de julio y el no menos sofocante agosto.
El policía, precavido, ha abonado la cuenta de inmediato por si se ven obligados a salir corriendo en pos del desconocido. Toni Segura, que no ha visto jamás al senegalés y difícilmente podrá reconocerlo, se ha detenido y parece esperar a alguien junto a una fachada. Un solo dato: es muy alto.
Cuesta lleva casi una hora con la vista en las aceras cuando advierte una pareja de jóvenes negros que desaparecen tras una puerta metálica no muy grande en el lateral de la nave desocupada.
Uno de ellos, el de menor estatura, lleva unas aparatosas gafas amarillas que ha apartado de sus ojos y encajado sobre la frente y utiliza un teléfono móvil protegido con una funda anaranjada. Probablemente las lentes de baratillo, más que ayudarlo, le resultan una molestia, piensa el policía.
Avisa a Tedesco, que se pone en pie seguido de Lidia.
—No sé si será el que buscamos, pero mide más de uno noventa. Es delgado y parece tener buen cuerpo.
—Avisa a Toni, dile que venga.
Segura se aproxima de inmediato. Son cuatro los policías que se acercan a la entrada de la nave.
—No es una batida ni una redada. ¿Me oís?
No capturamos a nadie. ¿Está claro? Quiero que uno de los hombres que está aquí dentro, el más alto, nos acompañe a comisaría para hablar con él, solo para hablar con él.
Y quiero que lo haga sin sentir miedo. No está acusado de ningún delito ni tan siquiera es sospechoso. ¿Entendido?
Asienten.
—¡Ah! Y no quiero saber si tiene papeles o no. No preguntéis. No importa. De hecho, no sé ni si aparecerá en el informe, por el momento vosotros no habréis estado aquí y él no habrá pisado nunca la comisaría. Por el momento.
Segura y Cuesta no ponen reparos ni formulan preguntas a su superior, tampoco Lidia Sampedro, aunque ninguno de ellos acabe de comprender el sentido de las órdenes que se disponen a ejecutar.
—No quiero gritos, ni amenazas, ni coacción. Quiero que nos acompañe. Nada más. Si se resiste, no insistiremos.
El policía empuja la puerta de metal. En el interior de la nave, tres hombres, todos ellos de piel negra, se giran sobresaltados. Por sus rostros aterrados se diría que han identificado inmediatamente a los que asoman la cabeza como lo que son: policías de servicio.
Los colchones arrimados a una pared, el hornillo dispuesto bajo un ventanal por el que entran los últimos rayos en los que baila el polvo, los cajones apilados y la chatarra amontonada en un rincón, informan al inspector de la utilidad de aquel espacio aparentemente abandonado e inútil.
Tiene más que suficiente para com- prender.
—Tranquilos, no pasa nada. Os podéis quedar aquí, no hemos venido ni a desalojar ni a llevarnos a nadie.
Os doy mi palabra. Solo quiero hablar con uno de vosotros, solo hablar.
Necesito hablar con él —dice Tedesco, plantándose justo en mitad de la nave y señalando a Idrissa—.
No es nada malo, te lo aseguro, no busco a nadie ni me voy a llevar a nadie.
No necesito saber si tenéis papeles o no.
Poco aficionado a los largos parlamentos, Tedesco hace una pausa antes de proseguir.
—Solo quiero explicarle un par de cosas de una mujer llamada Natalia. Necesita saberlas. Por su bien.
Idrissa, paralizado por el miedo, reconoce de inmediato al policía y se tensa visiblemente.
—Soy policía y no sé quién eres ni cómo te llamas, pero no eres sospechoso de nada.
No te preocupes. No voy a detenerte, solo he venido a darte una explicación.
¿Me entiendes? —pronuncia lentamente el inspector, dirigiéndose directamente al joven—.
Una explicación, no voy a detenerte, no necesito saber tu nombre si no me lo quieres decir. Solo quiero darte una explicación.
IDRISSA
Idrissa ladea la cabeza en un gesto difícil de interpretar.
Cree comprender lo que el hombre de los ojos azulados y las gafas doradas en la punta de la nariz pretende decirle.
Pero no puede creerlo y no sabe qué pensar.
¿Una explicación? En su mente todo es desconfianza. La vida no le ha enseñado otra cosa.
—La mereces, la necesitas, sé que la estás esperando. Quiero hablarte de lo que le sucedió a Natalia, sé que vivías con ella, que ella te quería, no lo dudes, y que probablemente tú también la querías.
El policía hace una pausa para que el hombre asimile sus palabras.
—También sé qué es lo que le pasó y cómo pasó. —El inspector ha continuado avanzando y se encuentra muy cerca del senegalés. Sigue aproximándose mientras habla y mira a Idrissa a los ojos.
Segura y Cuesta, vestidos de civil y tan atónitos como los ocupantes del destartalado local abandonado, permanecen con las manos en la espalda, junto a la puerta. Custodiándola.
De la inmovilidad absoluta Idrissa pasa a temblar visiblemente ante la mirada perpleja de Baakir y de Moussa, que no se atreven ni a pestañear en presencia de los agentes.
El temblor da paso, instantes después, a un llanto descontrolado, a una angustia torrencial y precipitada.
El inspector deja descansar su mano sobre el antebrazo de Idrissa.
Segundos después, el joven senegalés se derrumba sin necesidad de ser interrogado, como horas antes lo ha hecho Carpio sobre una mesa anclada al suelo.
Avergonzado, se acuclilla y refugia la cabeza entre las manos. De su estatura elevada y de su presencia imponente no queda nada. Un hombre acobardado y frágil. Desolado. Baakir y Moussa permanecen cerca de él inmóviles, asustados y extraordinariamente confundidos.
Tedesco se aproxima y se agacha junto a Idrissa con evidente esfuerzo y dolor lumbar. El senegalés no consigue reprimir ni la angustia ni el llanto. Se abandona a la tristeza.
—Natalia te quería mucho más de lo que puedes imaginar.
He venido a hablarte de ella. No sé si sabes que está muerta.
Si me acompañas, te explicaré lo que sé y podrás llevarte tus cosas, las que quedaron en el piso.
No voy a retenerte. Te lo aseguro. Sabemos cómo paso.
Natalia se suicidó. No eres sospechoso de nada.
No estabas allí. Te doy mi palabra. Esto no es una trampa.
Y para reforzar lo dicho Tedesco se lleva la palma de la mano a la altura del corazón. Un par de minutos después, Idrissa levanta la cabeza y mira al policía con los ojos muy abiertos. Cree haber comprendido.
Natalia está muerta.
Tedesco le indica que se ponga en pie. Idrissa obedece. Hay fatalidad en su mirada, no confía en el policía, no puede, pero tampoco le quedan fuerzas para resistirse. Ha dejado de ser invisible.
Baakir no se mueve, parece petrificado. Moussa se quita las gafas amarillas, guarda el móvil en el bolsillo de su pantalón y da un par de pasos hasta situarse delante de su mercancía, para ocultarla. No puede perderla. Cree haber comprendido, pero nunca se sabe.
Cuando alcanzan la puerta, Tedesco ordena:
—Lidia, localiza a Carpio. Lo quiero en comisaría dentro de una hora. Si puede ser antes, mucho mejor. Si es necesario envía a alguien a buscarlo, pero que no lo asuste. No pasa nada nuevo.
Idrissa se acomoda como puede en la parte trasera del vehículo policial junto al inspector, apenas consigue encajar las piernas en un automóvil pensado para sujetos de proporciones menores. Ninguno de sus ocupantes abre la boca durante el trayecto hasta la comisaría.
TEDESCO
Al llegar a comisaría, Tedesco indica a Iván que custodie a Idrissa unos instantes, que le ofrezca algo de beber y que lo acompañe después hasta su despacho.
No hay persona más parsimoniosa en toda la comisaría, tampoco ninguna menos intimidante.
Si alguien puede ayudar a que el chico se tranquilice, ese es Iván Cabrera.
—Y si hay algo que pueda llevarse a la boca, tampoco estaría mal. Creo que el chico pasa hambre.
Iván asiente y le recuerda al inspector: