La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Viernes #6
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Viernes #6

Lidia no acaba de entender. Le intriga lo que el inspector pueda tener en mente. La declaración ha finalizado. Falta darle forma y que Rubén Carpio la firme. Cuestión como mucho de un par de horas.

El policía se dirige a su despacho seguido de cerca por Iván, que aprovecha para informarle de los avances en el caso de David Sayago.

—He localizado al que hizo la foto. Dos agentes han ido a buscarlo. No puede tardar.

—Que lo lleven a una sala en cuanto llegue y que alguien monte guardia. No sabemos qué tipo de persona es.

Se aleja en dirección a la máquina de café. Diego Cuesta ha empezado a llamarla «el rincón de pensar».

ORIOL PARRA

Por su aspecto, el sujeto que aguarda en una sala de espera para prestar declaración parece tener unos dieciocho o diecinueve años.

Es bajo y escuálido, y el acné, que no consigue disimular un bigote escaso y tirando a rubio, se ha adueñado de su labio superior.

Todo codos y hombros puntiagudos, el chico tiene la cara de una criatura horrorizada.

Acaba de llevarse a la boca un nebulizador y lo acciona junto a su boca con los ojos cerrados y ocultándolo con la mano.

Como haría un crío que no quiere ser visto.

La ansiedad y el asma están estrechamente emparentados.

—No tiene ni media hostia —asegura Cuesta.

Lidia Sampedro, que acaba de detenerse y echar una ojeada, sonríe. Cuesta ya no oculta que Lidia es su punto débil, su talón de Aquiles, su becerro de oro. La adora sin reservas. Hace meses que dejó de disimular. Quizá por ello se pronuncia a la ligera, para impresionarla. No lo consigue.

Lidia ha crecido a fuerza de golpes y no la deslumbra el empleo de la fuerza, pero Diego no puede saberlo.

Ella nunca habla de su familia. Nunca. Tedesco, que ha podido oírlo, sabe que el agente no necesariamente se refiere a la constitución física del sujeto, es su forma de aventurar que Oriol Parra no tardará en largar todo lo que sabe.

Sin argucias, sin falsas esperas, sin estrepitosos silencios ni movimientos y pausas orquestadas.

Mejor así, piensa el inspector, y suspira.

Espera salir a comer habiendo avanzado algo en un caso tan espantoso.

A Oriol Parra no solo le falta la respiración, por su cara de angustia parecen escasear sus ganas de seguir con vida.

No sabe muy bien qué es lo que hace en comisaría, pero la imaginación se emplea a fondo, no pierde el tiempo ni la oportunidad.

Quizá sospechan de él. Quisiera preguntar si está detenido a pesar de que los agentes que lo han acompañado hasta allí han hablado de una declaración.

Tiene tanto miedo que a punto está de pedir un abogado.

Durante unos instantes, muy pocos, ha pensado en negarse a ir con los policías. No se ha atrevido.

Lleva esperando al inspector que desea hablar con él más de media hora y está cada vez más angustiado. No tiene nada que esconder. Nada. Y, sin embargo…

Más de una hora después de su llegada es conducido a un despacho por el mozo fornido, que no lo ha perdido de vista como si pudiera escapar, apuñalar a los presentes o prender fuego a la comisaría. Tedesco aguarda su aparición en compañía de un agente.

—Siéntese, por favor. —Y, aunque disfrazadas de ruego, Oriol sabe que sus palabras son una orden. Se apresura a obedecer.

—Iván, quédate. Diego, puedes marcharte. Pero no te vayas muy lejos. No sabemos cómo… —ordena el inspector al policía con el físico de un armario.

Diego Cuesta sonríe y se retira. Pasará de vez en cuando, asomará cabeza y cuerpo para que el declarante recuerde su proximidad. Juega un papel. Y sabe hacerlo. Iván, también.

—Cabrera, explíquele lo que tenemos.

Parra escucha al agente, que expone con todo detalle lo que ha conseguido saber y cómo lo ha logrado.

Tiene la vista baja y se sujeta una mano con la otra.

A simple vista se diría que tiembla y parece a punto de echarse a llorar.

Cuesta estaba en lo cierto, piensa Tedesco, que se ha cruzado de brazos sobre la mesa.

Ni media hostia. No tendrá que elevar la voz ni afilar la mirada.

—Usted dirá —lo invita el inspector tras la exposición de Iván Cabrera.

Y Oriol Parra dice. No necesita más.

Explica a trompicones que David Sayago fue apuñalado por el hermano mayor del chico con el que se besaba aquella noche en la barra de la discoteca.

Eso es lo que Oriol creyó entender. El hombre, de unos treinta y tantos, esperó a que ambos salieran del local y se abalanzó sobre él sin que David pudiera escapar ni defenderse.

—El chico que lo acompañaba, el hermano del que… —Oriol Parra titubea. Le viene a la mente la palabra «asesino», pero se resiste a pronunciarla—. Ese chico no dejó de gritar ni de intentar detenerlo. Creo que lo quería a rabiar. Me refiero a David, creo que iban diciendo que eran novios.

Se lleva la mano al bolsillo y muestra el nebulizador a los policías. Tedesco asiente. Oriol abre la boca y aspira.

—Cuando acabó lo que había ido a hacer, el hermano cogió al chico del brazo y se lo llevó. Casi lo arrastraba. Fue… —Baja la mirada y cierra los ojos, como si al hacerlo pudiera dejar de recordar—. Fue espantoso. Una bestia, un…

—¿Vio si se guardaba la navaja? —quiere saber el inspector. El hallazgo del arma del crimen sería una prueba definitiva. Y si en ella pudieran encontrar alguna huella útil, cerraban el caso de inmediato con una acusación de homicidio intencionado.

Niega. El testigo tiene los ojos arrasados y sigue respirando con dificultad. Una de sus manos se agita involuntariamente.

—Yo había salido a fumar y no… Fue lo más horrible que he visto nunca.

Se sacó la navaja del bolsillo y mientras lo apuñalaba gritaba «maricón», «hijo de puta»…

Todo lo que se le pasó por la cabeza. Creo que lo acusaba de pervertir a su hermano, pero diría que iba borracho, o drogado.

No lo sé. Igual es que es así. No pude entender todo lo que dijo.

Yo no… No sé. Me quedé paralizado. No hice nada.

—¿Sabe su nombre? ¿Lo conocía? —pregunta Tedesco con el gesto severo.

—A él, no. A su hermano, sí. El chico es dependiente en una tienda de ropa. Hace semanas que se veía con David. Los había visto más de una vez. Diría que les iba bien. Muy bien. Se les veía felices —añade, y Tedesco detecta el rastro de la envidia.

—¿Por qué no denunció?

—Yo… No sé. Tuve miedo. Había más gente por allí, pensé que alguien lo haría… —Calla unos segundos y se lleva el canto de la mano al ojo derecho. Arrastra así las primeras lágrimas.

Oriol Parra respira con la boca abierta y el policía puede observar el hueco entre sus incisivos.

Busca en su mente la palabra oportuna. Hurga.

Sabe que la leyó alguna vez. La encuentra: «diastema».

El chico sigue teniendo dificultades para hablar y, mientras aguarda, al policía se le va de nuevo el santo al cielo.

No puede evitarlo. Piensa que en caso de una nueva crisis asmática Oriol no necesitaría abrir la boca, bastaría con separar los labios. Trata de ahorrarle el mal rato.

—Tranquilízate. No tenemos prisa y no tienes nada que temer, te lo aseguro.

—Pronunciadas las palabras bienintencionadas, el policía comprende que no se corresponden con la verdad y calla.

La realidad siempre es mucho más complicada y no se reduce a lo que sucede entre las paredes de la comisaría. Oriol lo sabe.

—No es el único que nos odia, hay muchos que nos querrían ver muertos.

A veces están por allí, cerca de la discoteca.

Nos insultan como si ellos fueran mejores, como si…

Nos tiran cosas. Se divierten. Yo no soy valiente, ¿sabe?

No lo he sido nunca. Desde pequeño siempre he intentado no llamar la atención.

Tuve miedo. Siempre lo tengo. Por eso no… Muchos como yo tienen miedo.

Tedesco asiente. Comprende. No lo aprueba, pero comprende.

—La foto no la hice yo. No era el único que vi lo que… Ya le he dicho que había más gente. Me la pasaron.

—Está bien. Ahora este agente tomará todos los datos que puedas darle. Hemos de localizar a ese chico para que nos lleve hasta su hermano. También necesitaremos los datos de otros testigos y de la persona que hizo la foto.

—Pero… Yo no… ¿No pueden mantener mi nombre en secreto? No puedo… Ya le he dicho que… Si se enteran de que he sido yo… —Ya no trata de retener el llanto. Habla a ráfagas cuando le acompaña la respiración.

El inspector lamenta no poder ahorrarle el mal rato.

—Lo siento, Oriol. Podemos intentarlo, y lo haremos, pero también dependerá del juez. Te aseguro que haré todo lo que pueda y trataremos de que más personas testifiquen, por eso necesitamos más nombres, cuantos más mejor. Lo intentaré, pero no puedo prometerte nada.

El chico asiente con los ojos arrasados.

—Cuando firmes tu declaración puedes marcharte.

TEDESCO

Con el atardecer, el inspector dispone un operativo justo en el punto en el que Lidia perdió al joven senegalés en la calle Comtes de Bell-lloc, cerca de la estación de Sants.

La agente asegura que corría tras él y dejó de verlo de buenas a primeras.

Es una corazonada, solo eso, pero no pierde nada por intentarlo.

Acaba de atender la llamada de Iván. El presunto asesino de David Sayago acaba de llegar a comisaría.

Lo declarado por Oriol Parra ha sido parcialmente corroborado por un par de jóvenes presentes en la discoteca.

Tiene sus declaraciones y la jueza no ha puesto dificultades para cursar su detención.

—Trabaja en un taller y llevaba una navaja pequeña encima cuando lo hemos encontrado, pero no es el arma del crimen —aclara—. Está muy nervioso y no deja de amenazar al personal.

El inspector sonríe al vacío, piensa dejarlo un par de horas en maceración.

—Lo he dejado con López y con Batista. Está fuera de sí. Vamos a recoger al hermano menor, que trabaja en una tienda.