Viernes #5
—No debería usted mentir a la Policía, no es una buena táctica, sobre todo si la Policía tiene pruebas que demuestran lo contrario. El hombre, como quizá ya sabrá, se llamaba Raimundo Serrano y, según me consta, en el momento de morir tenía en su poder el móvil de su hermana Natalia.
Tedesco sujeta durante unos instantes la nota que le ha hecho llegar Diego Cuesta y en la que figura el nombre del titular del aparato que se ha encontrado en el bolsillo del fallecido.
—En estos momentos los agentes están haciendo algunas comprobaciones. Dentro de unos minutos podremos saber alguna cosa más, pero juraría que le llamó en alguna ocasión —aventura.
Las palabras del inspector no son del todo ciertas, tampoco completamente falsas.
Lo que es una obviedad para cualquier policía es que nada van tan rápido en una comisaría.
La inmediatez es cosa de las teleseries, «de esa bazofia que tanto os gusta», como señala Romeu a la menor oportunidad.
Las comprobaciones a las que se refiere tardarán unas horas, pero Tedesco quiere cerrar el caso.
Es consciente de que el chico que tiene delante no tardará en derrumbarse completamente y hablar.
Carpio resiste. No sabe bien por qué lo hace, pero calla.
Lo cierto es que, antes o después, localizarán las diversas llamadas realizadas por Serrano a su casa en Vilà i Vilà y al teléfono de la empresa.
El callejón en el que se encuentra es estrecho, oscuro y no tiene salida.
Y ya es demasiado tarde para intentar abrir un túnel con una cucharilla de café. Una cucharilla de plástico.
—Está bien, usted dice que no lo conocía, yo, sin embargo, juraría que está usted mintiendo. Voy a enviar a un par de agentes a su casa con una orden de registro. ¿Está seguro de que no encontrarán nada que les relacione?
—Sí —afirma Carpio, que recuerda haber borrado los mensajes en el contestador—. Seguro.
—Diego, ves y pregúntale a Serena si tienen ya los resultados del aparato.
Diego sale de la sala y atraviesa el pasillo.
Tedesco, que no da puntada sin hilo, baja la vista y permanece pensativo.
No piensa. Se limita a aguardar pacientemente el regreso de Cuesta.
Interrogar es un arte, tiene reglas, atajos, modulaciones, múltiples matices e incluso gestos de inusitada creatividad.
Interrogar es como manipular un juego de espejos.
Un policía debe saberlos utilizar a conveniencia.
Ignasi Romeu, uno de los hombres más astutos que Tedesco conoce, así lo asegura.
Y lo hace a menudo. Se jacta de dominar la técnica y de saber todo cuanto un policía puede saber para conseguir la confesión de un sospechoso.
Nunca levantaba la voz, no gritaba nunca. Tedesco, tampoco.
«Un arte, Mauricio. Un arte, el octavo, el noveno, el décimo, el que quieras. Un jodido arte. ¿Cuántas veces has visto tú a un buen interrogador? ¿Cuántas? ¿Olivé, que saca fuego por los ojos? ¿Nico Julià, que grita como si tuviera que lesionarles el tímpano? Sobran los dedos de una mano».
Ignasi era un maestro, así era unánimemente reconocido en la comisaría, y Tedesco su alumno aventajado.
Cuesta, sin otra misión que dejar pasar los minutos, cruza unas palabras con Bea Grau en la entrada de la comisaría.
La agente atiende a una mujer rusa que dice haber extraviado el pasaporte y que golpea el mostrador con el puño.
Unos siete u ocho minutos serán tiempo más que suficiente para que su falsa misión resulte creíble.
Grau, cargada de oficio y de paciencia, habla un inglés que no se parece en nada al que chapurrea la mujer rusa de grandes dimensiones, pechos excesivos y casi completamente a la vista y colosal disgusto.
Cuesta la ayuda como puede a serenar a la rusa.
No es fácil. Le han robado el bolso con el pasaporte incluido.
La mujer se niega a decir cuánto dinero llevaba.
No parece importarle. También se niega en redondo a poner una denuncia.
Por su gesto no confía en la actuación de los Mossos y prefiere no complicarse la vida.
Si Cuesta no ha entendido mal, su avión sale mañana por la mañana y solo quiere recuperar su pasaporte.
La mujer tiene un problema. Y no es un problema menor.
A su lado, un hombre de casi dos metros de estatura y piel incomprensiblemente abrasada por el sol del mes de mayo permanece en jarras como si se dispusiera a entrar en acción.
Mientras tanto, Bea Grau teclea en el ordenador en busca de la dirección de la embajada rusa en la ciudad.
Cuesta sabe que todo es una argucia de Tedesco y no necesita más indicaciones.
Aguarda el tiempo previsto. Ha sido aleccionado por el inspector en más de una ocasión.
La estrategia de Tedesco opera como un catalizador, acelera las reacciones de los sospechosos.
Así llama el policía a las cosas que se hacen o se dicen durante un interrogatorio y que no son verdades absolutas pero tampoco son mentiras en sentido estricto: catalizadores. Así las llamó siempre Romeu.
Cuesta regresa a la sala y, sin abrir la boca ni concretar, se limita a asentir.
No hace falta más, solo es un sobreentendido, pero la suposición se abre paso en la mente de Carpio como un caballo desbocado.
El interrogado tiene la convicción de que las llamadas han sido localizadas y de que de nada servirá seguir negando la evidencia.
—¿Sigue usted asegurando que no conocía a Raimundo Serrano? —le urge el inspector.
Y, al hablar, el tono de Tedesco parece el de otro hombre, el de un hombre investido de una autoridad que trasciende los límites de la sala. Una autoridad urbi et orbi . Hay situaciones en las que es preceptivo que el interrogado no se detenga a pensar. Esta es una de ellas.
—Bueno, verá…, él…
RUBÉN
En el tono que emplearía un general en el campo de batalla, el policía insiste:
—¿Lo conocía o no lo conocía? —pregunta sin darle tiempo a respirar—. Basta de mentiras. Creo que ya he tenido demasiada paciencia.
Lidia se yergue y Diego Cuesta avanza unos pasos hasta situarse sin ruido casi detrás del interrogado.
Iván no pierde de vista el rostro de Rubén.
Es una maniobra coral y bien orquestada de resultados probados con sujetos como Carpio sin historial delictivo a sus espaldas.
Por otra parte, Cuesta, el agente que custodia la puerta, no quiere perderse ni una coma de cuanto está a punto de ocurrir.
Carpio se viene abajo por completo. Era previsible.
Durante unos instantes deja caer la cabeza sobre los brazos y solloza.
Lidia se revuelve en la silla, no puede sentir más curiosidad.
Pasados un par de minutos, Rubén Carpio levanta el rostro, retira las lágrimas con el puño de la americana, respira hondo e inicia un relato pormenorizado de lo acontecido.
Habla entrecortadamente de las llamadas en el contestador, de la visita de Serrano al barracón, del chantaje a Natalia, de las manos temblorosas de aquel hombre torpe y maloliente, de su tos, de sus pupilas dilatadas, de su fatiga, de sus amenazas, de su dedo clavándose en el pecho…
Y, por último, de los pasos descontrolados que le llevaron a caer desde el rellano del segundo piso.
—Intenté sujetar su chaqueta, se lo aseguro, pero no lo alcancé.
No parecía que fuera a caer, fueron pocos pasos, y lentos, muy lentos…
Como si… No sé qué puedo decir. Él se inclinó hacia delante, me apuntaba con el dedo, yo me aparté, no hice nada más, pero se tambaleó…
No pensé que fuera a caer. Lo único que hice fue apartarme.
Le juro que no lo pensé, ni se me pasó por la cabeza, yo no soy…
—Evita conscientemente el término—. Solo sé que no enderezó el cuerpo a tiempo, no pudo controlar sus últimos pasos, las piernas no le respondieron.
No sé cómo ocurrió, pero aquel hombre se abalanzó sobre mí, me aparté y siguió caminando hacia el vacío y entonces…
El inspector se siente inclinado a creer en sus palabras.
El joven no miente. Tedesco cree en su inocencia.
Si el examen forense no indica lo contrario, hará constar que su relato se ajusta escrupulosamente a las pruebas encontradas y que su versión de los hechos parece corresponderse con lo sucedido.
Compadece al pobre chico y espera que no lleguen a formularse cargos contra él.
Aunque así sea, Carpio perderá el empleo sin remedio.
Nada podrá hacer el policía por evitarlo.
A ojos de Tedesco, el empleo es insalvable.
Aun cuando las cosas vayan bien y el joven quede en libertad y sin cargos, lo del trabajo en la inmobiliaria ya no tiene remedio.
Tendrá antecedentes de mala práctica profesional y probablemente una deuda de unos miles de euros por saldar.
Mala cosa. Carpio puede despedirse de la poca reputación que haya podido labrarse hasta el momento.
—Iba colocado y no pudo parar —añade en voz muy baja.
—Esperaremos los resultados del análisis toxicológico y el informe del forense. Espero que confirmen lo que acaba de decirnos. Usted tendrá que esperar aquí hasta que la agente le traiga su declaración y pueda usted firmarla. Después puede usted marcharse, pero debe estar localizable.
Tedesco se levanta y se despide del interrogado.
—Si los datos que nos proporcionen concuerdan con lo que acaba de declarar, puede usted salir bien librado, por lo menos por nuestra parte —añade el policía desde el umbral en un intento por tranquilizar a Carpio, que acaba de ocultar la cabeza entre los brazos y se ha echado a llorar.
Considera que el chico necesita una puerta abierta, demasiadas le ha cerrado ya la vida.
—Ah, otra cosa, Carpio, quizá tengamos que vernos esta tarde por un par de detalles, nada importante. Si es así, le enviaré un coche policial —añade antes de desaparecer en el corredor.