Viernes #4
No tardan en aparecer ambos agentes y en acercarse cada uno a su sitio en función del papel desempeñado.
Lidia se sienta junto a Tedesco y abre su libreta.
Iván se coloca al otro lado con las manos sobre el regazo y el rostro imperturbable que le caracteriza.
Diego Cuesta permanece de pie junto a la puerta con las manos a la espalda y el arma a la vista por si el sujeto interrogado se siente acorralado y trata de huir.
La posibilidad de que Carpio intente escapar es nula.
RUBÉN
Tedesco, que no ha vuelto a abrir la boca, enfrenta sin disimulos la mirada de Carpio. Explora su rostro y sostiene el silencio hasta que resulta tan incómodo que el interrogado se encoge visiblemente y aparta la vista. Con un gesto le indica a la agente que grabe la conversación.
—¿Vive usted en la calle Vilà i Vilà? ¿No es así?
Carpio asiente. ¿De qué serviría negarlo?
—El piso lo heredó de su madre, ¿me equivoco?
—No, no se equivoca, era el piso de mi familia, ahora lo ocupo yo de forma legal. No entiendo qué hago aquí, ya me ha interrogado, yo no…
—Entenderá, no se preocupe. Yo lo veo muy claro.
Es el mismo piso en el que nació y creció Natalia Benegas, el mismo en el que Natalia Benegas vivía cuando fue ingresada por primera vez para ser tratada porque padecía una enfermedad mental conocida como trastorno bipolar.
El mismo piso que sigue a nombre de su madre, de la madre de ambos, y que durante unos días hemos creído que estaba vacío, que nadie vivía en él.
El mismo en el que hemos comprobado que usted está empadronado.
Lidia, estupefacta, levanta la cabeza y mira al policía.
¿Por eso el inspector había querido saber dónde había dejado Cuesta a Carpio cuando lo acompañó a su domicilio?
¿Por eso el pasajero solo le había indicado la parte trasera de El Molino?
No hay sorpresa en el rostro de Iván Cabrera.
El agente no conocía la relación entre la fallecida y el joven interrogado, pero nada de lo que Tedesco pueda hacer llega a sorprenderle.
En toda la comisaría no hay nadie como él para sacar conclusiones, para atar cabos.
A Carpio le falta el aire. Baja la mirada, respira profundamente y traga saliva. Acaba de derrumbarse. Diego Cuesta, a su espalda, sonríe y le guiña un ojo a Lidia, que no sale de su asombro.
—¿Por qué ha ocultado usted que era hermano de la fallecida Natalia Benegas?
Carpio se ha estado preparando para lo peor y lo peor acaba de ocurrir. La fortaleza ha caído y sus defensas se han desmoronado. Se afloja la corbata, se lleva la mano a la boca del estómago, resopla y contesta como puede:
—Yo… Somos… —se corrige—. Éramos medio hermanos, hermanos de madre.
Quizá ya lo sabe usted. Su padre desapareció muy pronto, Natalia no lo recordaba, solo era una criatura.
Se quitó de en medio y las dejó solas. No conozco las razones.
Nunca volvió. Mi madre tampoco lo quería en su vida.
Eso sí lo sé. Murió poco después en un accidente y mi madre no lo lamentó.
Cuando se quedó viuda volvió a casarse. Esta vez con mi padre. Es todo muy complicado.
—Tenemos tiempo.
Hace una pausa y exhala un nuevo suspiro. Ha llegado el momento de dar explicaciones y, aunque se halla en un verdadero aprieto, hablar conlleva cierto alivio.
—Natalia estaba enferma desde que era… No sé, desde que era casi una cría, por lo menos desde que yo puedo recordar.
Era mi hermana mayor, pero nunca lo sentí así.
Era yo el que la ayudaba, la ayudé siempre.
Ella era frágil, vulnerable, nos necesitaba, me necesitaba.
Pero no era fácil. Todo eran complicaciones, cualquier cosa acababa en un conflicto.
—Y al hablar niega con la cabeza como si al referirse a ellas volvieran a su mente todas y cada una de las situaciones vividas.
—Usted le dio una copia de la llave del piso. Ella vivía allí, en el piso piloto. ¿No es así?
Carpio, completamente desarmado y bloqueada el habla, asiente.
—Conteste, por favor. ¿Sí o no?
Traga saliva, carraspea y, con la vista en la mesa que alguien ha clavado al suelo, responde:
—Sí, así fue.
—¿Cuánto tiempo llevaba su hermana ocupando el piso?
—Unas semanas, no sé, cinco o seis semanas. No sé exactamente. No lo recuerdo.
—¿Lo sabía alguien más?
—No —pronuncia mientras niega con la cabeza—.
Nadie más. Ella solo me tenía a mí. Natalia no tenía más parientes.
Yo tampoco. Nuestra madre era hija única y murió hace unos meses, nos dejó el piso a los dos, pero ella no quería vivir allí.
Decía que todo había empezado en aquel piso y que necesitaba cambiar de aires, de vida, de compañías…
Había abandonado varias veces el piso tutelado.
Y yo no podía dejar que durmiera en la calle. No encontré otra salida.
Hay tanta aflicción en su rostro que Tedesco siente compasión por él.
No es la primera vez que el policía se enfrenta a la mentira que un sujeto acorralado por la vida utiliza como la única escapatoria que cree tener.
Mentira, ocultación, secretismo. El policía habría preferido salir de la sala y dejarlo en paz.
Sabe que no es un mal tipo. Sin embargo, prosigue. Es su oficio.
—¿Sabía usted que su hermana vivía en el piso con un hombre?
—No. Ella no me dijo nada.
—¿No llegó usted a conocerlo?
—No, no sabía que Natalia tuviera pareja. Se lo aseguro. Creo que la tuvo tiempo atrás, pero no sabía que ahora…
Y en esta ocasión no miente, Tedesco está seguro de ello.
—¿Por qué negó conocer a su propia hermana?
Carpio carraspea de nuevo. Necesita tiempo.
No porque no sepa qué responder, sino porque le resulta excesivamente doloroso traer las palabras a los labios y propulsarlas al espacio exterior, ese espacio en el que los secretos más íntimos dejan de serlo, en el que las miserias quedan al descubierto y se agravan.
Negar a su propia hermana ha sido, sin la menor duda, lo más triste, lo más doloroso de todo este asunto.
—No quería perder mi trabajo. No tengo más ingresos. No cobro mucho y llevo años pasándole dinero a Natalia. No mucho, lo que puedo, yo vivo con lo justo. Nunca he podido ahorrar. He pedido algún crédito, no siempre me llega para acabar el mes. Hace unos meses me insinuaron un posible ascenso.
Hace una pausa. Le brillan los ojos y las primeras lágrimas pronto desbordarán sus párpados.
—Si me quedo en la calle… Si pierdo el empleo no podré ni conservar el piso de mi madre. Lo perderé todo. Y tal como están las cosas… A la mínima queja sé que tengo el despido sobre la mesa. Imagínese cuando sepan que…
—Entiendo —dice el policía, que no necesita saber más. Y es cierto. Puede comprender sus razones, de hecho las había imaginado sin dificultad.
—No solo he cometido una falta, he generado pérdidas y una empresa no perdona. Si lo admito estoy en la calle, por eso no podía…
Carpio tiene sus razones y el policía puede entenderlas. También Lidia, que, sin poderlo evitar, asiente.
—Yo no sé hacer otra cosa —añade Rubén Carpio casi como para sí mismo—. Y aunque supiera…
—¿Tiene usted alguna idea de lo que le sucedió a su hermana?
El interrogado se encoge de hombros.
—Ustedes hablaron de un suicidio.
—Parecía probable, pero quedan muchas lagunas. No hay nada probado. Todavía tengo algunas preguntas para usted. Confío que podrá ayudarnos a esclarecer este asunto.
Tedesco hace una pausa, desplaza sobre la mesa algunos de los documentos del dosier y pasa páginas, como si revisara la documentación sobre el caso.
No tiene necesidad de ello. Lidia lo sabe.
Cuesta, también. Iván podría recitar de memoria párrafos enteros.
Solo Carpio ignora que Tedesco recuerda hasta la última coma, pero aquel es el método, su método.
Una especie de protocolo personal que indica que ha llegado el momento de cambiar de tercio.
En la sala la tensión crece y se expande como lo haría un hongo nuclear. Carpio no sabe qué pensar. Espera que el policía no haya conseguido relacionarlo con el cadáver de Raimundo Serrano.
TEDESCO
El inspector cierra el dosier, levanta la mirada y la fija en el rostro de Rubén Carpio al tiempo que se inclina levemente hacia delante. Carpio controla las ganas de retroceder.
—Pasemos a lo sucedido en el edificio en construcción, el edificio de la calle Robrenyo. ¿Sabe usted que han encontrado un cadáver? —pregunta Tedesco por preguntar, y lo hace con cierta impostura. Conoce la respuesta.
—Sí, esta mañana al llegar…
Carpio cambia de posición en la silla. Se aleja tanto como puede del policía ante la imposibilidad de salir corriendo, y aparta la mirada que recae sobre las manos de Iván.
A ninguno de los presentes le pasa inadvertido el gesto.
Para los agentes su implicación resulta tan evidente como si llevara una acusación escrita sobre la frente.
Tedesco, siguiendo su protocolo particular, adelanta unos centímetros la posición de sus codos sobre la mesa. Nunca está de más algo de intimidación. Cuesta se cuadra en el umbral.
—Parece usted angustiado —observa el inspector—. Juraría que le falta el aire. ¿Necesita una pausa?
Carpio niega con la boca entreabierta. Hay algo cómico en su debatirse contra las cuerdas.
Tedesco sigue mirándolo fijamente, parece poder leer en el espacio que separa sus ojos de sus labios como lo haría en una pantalla.
No es necesario, pero siempre ayuda el incrementar la sensación de desamparo del sujeto a interrogar.
Tedesco espera poder acabar lo antes lo posible.
Compadece sinceramente al muchacho aterrorizado que tiene delante, un joven atrapado por las circunstancias.
Carpio permanece lívido y en silencio al otro lado de la mesa. Tiene la vista baja y los ojos casi cerrados.
—¿Conocía usted al hombre que han hallado muerto?
No resulta fácil contestar a eso y Carpio aventura una mentira.
—No —susurra.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
La respuesta apenas alcanza el cuello de su camisa.