La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Viernes #3
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Viernes #3

—Yo diría que era uno de esos tíos consumidos que no hablan, que casi babean, de esos que huelen a meados y que llevan mucha ropa encima, como si siempre tuvieran frío.

Un drogata, una piltrafa. Puedo equivocarme, pero eso es lo que me pareció —prosigue Montero con el respaldo unánime de una parte de la cuadrilla que, al oír el aviso del encofrador, no ha tardado en acercarse hasta la pila de ladrillos y contemplar el cadáver—.

Yo diría que lo he visto alguna vez, pero no aquí. Igual es que todos se parecen. No sé…

Algunos asienten, otros dudan. Los que no quieren tener nada que ver con la Policía niegan sin fisuras. Montero sigue insistiendo en que la cara del muerto le resulta familiar. Que si el cadáver, que si la sangre, que si los ladrillos, que si la Policía…

Uno de los peones señala a Carpio:

—Una poli que está bastante buena ha preguntado por ti y le hemos dicho que entrabas a las diez. Igual le has gustado —añade con picardía, buscando con la mirada la complicidad de sus compañeros. La encuentra inmediatamente.

Carpio experimenta puro pavor y fuerza la cara de asombro.

No abre la boca, se limita a encogerse de hombros aparentando indiferencia y a esperar.

Invierte en ello todas sus fuerzas. Un observador no habría detectado la menor alteración en el joven impasible que siente el corazón a todo trapo, las tripas anudadas en algún lugar en su interior, las rodillas como de barro fresco y el sudor empapando su cuerpo por entero, de los pies a la cabeza.

No tiene que aguardar mucho. Unos minutos después de haberse acercado al edificio, cuando considera que ya ha visto lo suficiente, Tedesco se dirige a él y le pide que lo acompañe a comisaría.

—Tendrá usted que venir con nosotros. Necesito hacerle unas preguntas.

El policía lo intimida, le basta una mirada para desbaratar su fortaleza. Carpio deja de parecer el hombre seguro de sí mismo para mostrarse como el joven asustado que en realidad es.

—No entiendo… Ya hablé con usted, yo no… No puedo irme así, es mi trabajo. Tengo que atender… —balbucea.

Ante la cara de espanto del aludido, el inspector añade:

—No se preocupe, serán unos minutos.

—Pero no puedo volver a irme. Acabarán por…

—Será solo un rato. Y de momento aquí, hasta que no levanten el cadáver, no tiene mucho más que hacer. Hoy no habrá visitas —observa el policía—. Una de mis agentes hablará con su superior.

Llobera acaba de llegar, ha aparcado sobre la acera y protesta airadamente por la interrupción del trabajo. A zancadas, se acerca al inspector.

—No pueden estar aquí parados. No podemos perder una jornada. No… —asegura con la mirada en la hilera de trabajadores contemplativos—. Necesito que…

—Aquí no trabajará nadie hasta que no dé permiso para hacerlo —lo interrumpe Tedesco—. Sus trabajadores se quedan aquí hasta que se les tome declaración. Si quiere, puede usted quedarse, en caso contrario le ruego que se marche. Y, sobre todo, que deje de gritar.

—Pero no puede usted…

—Puedo y lo haré.

—¿Y él qué tiene que ver? —pregunta Llobera.

—Por el momento nada, son solo unas preguntas.

Arnau Llobera saca el móvil del bolsillo de la americana, marca un número y, a zancadas, se aleja en dirección a su automóvil.

—Pero… ¿de qué se trata? —pregunta Carpio con una cara de susto que ya no extraña a nadie—. Yo acabo de llegar, solo sé lo que me han explicado. No conozco a ese hombre y no tenía ni idea de…

—No lo ha visto todavía. ¿Cómo puede saber que no lo conoce?

Rubén balbucea algo ininteligible.

—Mejor hablamos en comisaría.

—¿Soy sospechoso de algo? —inquiere, intentando que el miedo no le altere la voz y consiguiéndolo solo a medias.

—Ya se verá, por el momento debe usted acompañarme. —Y en las palabras del policía hay tanta determinación que Carpio se encoge de hombros nuevamente, saluda a albañiles y peones con un gesto y echa a andar hacia el coche policial que Tedesco le señala.

Los trabajadores a sueldo de la constructora intercambian miradas de desconcierto y algún cuchicheo que Carpio no llega a interpretar. Montero le da una palmada en el hombro con el brazo derecho en el que alguien le ha tatuado flores de tallo muy largo y le desea suerte.

La necesitará. Nada puede ir peor.

TEDESCO

El trayecto hasta la comisaría es breve, apenas unos minutos, y Carpio lo emplea por entero en intentar respirar con normalidad y en disimular la angustia.

No le resulta fácil. Ni el mosso que conduce, ni el inspector ni el mismo Carpio abren la boca.

Cuando llegan a las dependencias policiales, Iván no lo acompaña al despacho de Tedesco.

Siguiendo las órdenes del policía lo conduce a una sala de interrogatorios.

Tedesco sabe que un rato completamente a solas e imaginando lo peor en una sala totalmente impersonal resulta mucho más amedrentador que cualquier presencia policial.

Por eso siempre hace esperar a los que serán interrogados una media de veinte minutos, a veces más, según requiera la entereza del sujeto.

Carpio no le parece especialmente resistente a la presión.

El inspector aprovecha la dilación para informarse sobre el hallazgo del cadáver que ya ha sido identifi- cado.

—Raimundo Serrano, inspector —informa Lidia—.

Llevaba encima la tarjeta sanitaria. Muy conocido en todas partes.

En todas las comisarías, quiero decir. Acusado y encarcelado en más de una ocasión por robo, extorsión, tráfico de pastillas…

Y seguro que me dejo algo. Vamos, que era un perla.

Hasta el juez lo ha identificado nada más llegar al escenario para el levantamiento.

Un mal tipo. Hay quien lo conocía como Ray, otros por Serrano, y últimamente creo que se hacía llamar Mundo.

Como si hubiera querido cambiar de identidad pero no de vida.

—¿Mundo? —inquiere el policía.

—Por Raimundo, inspector.

—Ya, ya, lo imagino, Lidia, pero no deja de ser un nombre raro. ¿Y la causa aparente de la muerte?

—Todo indica que pudo caer desde uno de los pisos en construcción.

En el cuerpo no hay señales visibles de violencia previa, ni se observan a primera vista cortes, ni disparos…

Tiene cardenales y arañazos, pero todos parecen antiguos.

Se aprecia un golpe en la cabeza que le ha ocasionado una herida y probablemente una fractura craneal y quizá varias costillas rotas.

Tedesco cabecea mientras asimila la información.

—Es lo poco que me ha adelantado Velázquez cuando le he preguntado. Ya sabe que no es muy explícito. Tampoco podía hacer mucho más sin…

El inspector asiente.

—Ha llegado ya la Científica y el juez ha autorizado el levantamiento.

—¿Has pedido que aligeren con el examen toxicológico? Ya sabes que si no les metes prisa a veces se columpian y…

—Sí, he pensado que sería útil tenerlo cuanto antes. He dicho que había hablado con usted y que…

Tedesco confirma que la agente es lista y audaz, y que también ella, como Iván, vale su peso en oro.

—Perfecto, Lidia, has hecho bien. A Carpio le haremos esperar un poco más. ¡Ah! Y grabaremos lo que diga. Después, antes de irse, si es que se va, firmará su declaración.

La agente entorna los ojos ligeramente e inclina la cabeza. No ha hablado con Iván y no acaba de entender el porqué del nuevo interrogatorio. No pregunta, sabe que el policía no es hombre de largas explicaciones.

—Ya entenderás, Lidia, ya entenderás —repite el inspector al advertir su gesto de extrañeza—. Me acompañaréis Iván y tú, que conocéis el caso. Puedo estar equivocado, pero si hay suerte quizá cerremos hoy mismo el asunto de Natalia Benegas.

Tras la lectura de una nota sorprendente que le hace llegar Diego Cuesta, y una nueva ojeada a las anotaciones de Lidia sobre el cadáver de Raimundo Serrano, Tedesco se dirige a la máquina de café. Necesita pensar, y lo hace mejor con un vaso de plástico en la mano junto a un aparato que ronronea.

Consume el abrasador brebaje con la mirada perdida y el pensamiento enredado en mil posibilidades.

Por fin cree tener algo. Pasados unos minutos, y habiendo aplastado el vaso entre los dedos y mordisqueado el palito de madera que la máquina expide a modo de cucharita de café, considera que ha llegado el momento de jugar sus cartas y echa a andar en dirección a la sala de interrogatorios.

Con un gesto le indica a Lidia que puede acompañarlo.

La agente no precisa de más indicaciones, dispone todo lo necesario para grabar la declaración de Carpio y sigue al inspector pasillo adelante.

El policía abre con determinación y un exceso de energía.

Tedesco desempeña su papel, son años de oficio.

Si conviene que la puerta golpee la pared, la puerta deberá golpear esa pared.

En el interior, Carpio da un respingo y controla con esfuerzo la necesidad de llevarse la mano al pecho para retener el corazón encabritado.

Tedesco se sienta, baja la vista y se dirige a la agente:

—Lidia, llama a Iván, quiero que esté aquí. Y a Cuesta. Nunca se sabe lo que puede pasar.

La agente se apresura a salir en busca de sus compañeros.

Lidia sabe que no es más que un golpe de efecto y que el inspector no considera necesario el empleo de la fuerza ni de más intimidación que no sea la derivada de la exposición de los hechos y la de algún añadido, como el golpe en la puerta o la aparición programada en el umbral de un agente especialmente fornido como Diego Cuesta.

Tedesco los llama «efectos especiales». No es necesaria mucha ciencia para saber que la presencia de un agente custodiando la puerta de la sala incrementa la presión sobre el sujeto interrogado.