La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Viernes #2
81%

Viernes #2

Y cuando afirma no tener equipo, Idrissa lo hace en el más amplio sentido de la palabra.

Fermín no lo sabe, pero puede sospecharlo.

No solo no tiene equipo en el que jugar, no tiene pista, ni entrenador, ni compañeros ni nada, por no tener no tiene ni unas zapatillas deportivas con las que recorrer la cancha en cuatro zancadas. No tiene nada.

—Yo juego en equipo. No equipo bueno. En mi barrio. Puedes venir —lo invita Fermín, con la boca llena y los ojos algo más brillantes—. Entrenador muy contento. Yo también. Tú muy buen fichaje.

Idrissa se señala los pies y niega con pesar.

Por el gesto y por la cara de contrariedad del senegalés, Fermín comprende sin dificultad.

Asiente. Puede jugar sin la equipación, sería humillante, aun así lo haría, se muere de ganas, pero no puede saltar a la pista con el único calzado que tiene y que tampoco es el más apropiado.

—¿Qué número?

Con ayuda de los dedos, Idrissa señala primero un cuatro y después un ocho.

—Uuuuufffff —resopla Fermín, y agita en el aire la mano que no sostiene el bocadillo—. Tienes pie muy grande. Yo las busco. Yo tengo amigos, las busco. Entrenador también buscará. Yo le hablaré de ti. Buscará.

Idrissa se encoge de hombros nuevamente e inclina la cabeza.

—Bien. Contento —responde, porque cree necesario decir alguna cosa, mostrar algún tipo de agradecimiento—. Pero no papeles. No jugar.

No dice más, intenta no pensar. Ha aprendido a no esperar casi nada de los demás.

Jugar de nuevo a básquet es poco menos que un sueño.

Conoce las reglas, pero nunca ha jugado en un equipo, siempre en partidos improvisados con una canasta vieja y torcida en el margen de un solar polvoriento.

Partidos en los que siempre era el mejor, no tenía rival.

Su estatura era una garantía, pero además tenía fondo, potencia física, buena coordinación.

Tenía posibilidades. Pero Idrissa no ha conocido entrenador, ni compañeros.

Ha aprendido las reglas del juego en la calle, en la televisión y en la escuela primaria con un maestro marsellés que amaba el deporte.

—Papeles no son problema. No federados, liga de amigos. Tú crack, tú estrella —asegura Fermín, dando los últimos bocados a un bocadillo de dos palmos—. Además, entrenador sabe, si le gustas puede arreglar, él tiene amigos. Si quiere lo puede arreglar. Jugarás con nosotros, luego se verá.

—Contento —repite el joven senegalés cuando advierte que Fermín parece ilusionado ante la perspectiva de integrarlo en su equipo. Pero Idrissa no lo está. No se atreve. La vida le ha enseñado que no puede permitírselo.

—Cuando te vea el entrenador… —Y Fermín, sonriente, sacude la mano en el aire como si le quemase—. Cuando te vea el entrenador…

IVÁN

Siguiendo las instrucciones del inspector, Iván apenas ha tardado unos minutos en comprobar que el coche policial conducido por Cuesta que acompañaba a Rubén Carpio a su domicilio dejó a este cerca de El Molino, a unos metros de la calle Vilà i Vilà, la misma calle en la que Carmen González vivió la mayor parte de su vida.

Sin que sean necesarias nuevas indicaciones, el agente ha empleado mucho menos tiempo en contrastar la filiación de Rubén Carpio González y su domicilio actual.

Acaba de confirmar la veracidad de la hipótesis que se ha abierto camino en la mente del inspector.

El agente espera a su superior junto al mostrador de atención al ciudadano. Es hombre de pocas palabras y le basta con un gesto para hacerle saber que no anda equivocado.

Tedesco insinúa una sonrisa de satisfacción.

Sin abrir la boca, con una mirada, Iván le indica el vehículo policial sin logotipar en el que Diego Cuesta acaba de sentarse al volante.

Tedesco comprende que es un asunto urgente, las explicaciones llegarán mientras se desplazan.

Ocupa el asiento posterior y lo hace con un profundo suspiro.

Le incomoda la parte delantera. Demasiados estímulos distraen el pensamiento y se le va el santo al cielo.

También le disgusta que sea Cuesta el conductor.

Sabe que aprieta el acelerador como si le fuera la vida.

Iván le explica en pocas palabras que han recibido una llamada.

Los obreros que trabajan en un edificio en construcción han alertado del hallazgo de un cadáver.

El mismo edificio en construcción cuyos pisos trata Rubén Carpio de vender en su cueva de lata. Lidia ya está en el escenario.

—Ya está muerto, Cuesta. No viene de unos minutos. —Y Diego tuerce el gesto y reduce la velocidad.

—Dile a Lidia que quiero hablar con Carpio cuanto antes.

Iván llama a la agente y trasmite las órdenes del inspector. Acabada la conversación, aprovecha para comunicarle que tiene algo en relación al asesinato de David Sayago:

—Acabo de verlo. Todavía no sé si…

—Explícate.

—Verá, uno de los habituales de la discoteca ha colgado una foto en la que aparece una mancha de sangre sobre el pavimento.

No se ve el cadáver, solo la mancha, un fragmento.

Tampoco hay pie de foto. Pero me fijé. Justo donde vimos el cadáver al llegar al escenario el pavimento cambia, en algún momento hicieron un remiendo y no tenían a mano las baldosas originales, los pannots .

El caso es que utilizaron otras. La sangre se extendió sobre dos tipos de baldosas.

La foto que han subido a Instagram está hecha en ese mismo sitio, corresponde a un fragmento muy pequeño de la acera, la he comparado con las que tomó la Científica. Creo que no me equivoco.

—Bien hecho, pero pudo ser alguien que fotografió el lugar tras la retirada del…

—En la fotografía las baldosas están secas. No había empezado a llover. En nuestras imágenes el suelo aparece mojado y apenas tardamos unos minutos en llegar.

—Eso quiere decir que o bien intervino en el apuñalamiento o, lo que es más probable, fue testigo de lo que sucedió —remata Tedesco mientras contempla con verdadera admiración al agente cauteloso que vale su peso en oro—. Bien hecho, Iván. Bien hecho. Iremos a por él. ¿Tenemos su dirección?

Iván asiente.

Cuesta aparca en la esquina. Un par de vehículos policiales permanecen estacionados en los vados cercanos para no interrumpir la circulación. Un puñado de curiosos sigue de cerca los movimientos de los agentes que, en vano, intentan dispersarlos asegurando que no hay nada que ver.

Lidia les sale al encuentro. Ha acudido de inmediato cuando en comisaría se ha recibido el aviso. También ella ha reconocido inmediatamente la dirección del edificio.

—Han encontrado un cadáver. Tenemos su nombre y su dirección. Raimundo Serrano, cuarenta y siete años de edad. Y por su aspecto diría que una mala vida. Ninguno de los trabajadores lo había visto antes por aquí.

TOMÁS MONTERO

Los obreros, a los que por el momento no se les permite ni aproximarse ni reanudar el trabajo hasta que haya sido levantado el cadáver y analizado el perímetro, permanecen sentados en hilera sobre el bordillo como pájaros sobre un cable.

La perspectiva de pasar una horas sin más ocupación que verlas venir alegra a la mayoría.

A falta de algo mejor que hacer atienden por enésima vez las explicaciones de Tomás Montero, el encofrador, hijo de encofrador y nieto de encofrador, que ha localizado el cadáver al pasar junto a él empujando una carretilla.

Cuando ve llegar a Carpio con la mejor cara de ignorar lo ocurrido que ha logrado improvisar, Montero se dirige a él. A Rubén Carpio las vísceras se le contraen. Intenta que la náusea no suba hasta su cara. Frunce el entrecejo y escucha a Montero.

—¡Joder! Lo vi nada más llegar. Ahí tirado, sobre los ladrillos. Ahí mismo, hecho un santo Cristo. La cabeza abierta y todo lleno de sangre. Y yo diría que alguna herida en el pecho. Igual le pegaron un navajazo y luego…

Se interrumpe, se inclina y lleva las palmas de sus manos a sus rodillas.

—Me faltaron piernas. Te juro que casi me da un pasmo.

Uno de los peones, un joven que acaba de alcanzar la mayoría de edad, asiente con las piernas abiertas, el casco colgando sobre su espalda y la cara de susto digna de una película de terror.

Lo ha oído ya muchas veces, pero sigue escuchando a Montero con cierto aire de reverencia.

Ha nacido muy lejos y apenas comprende algunas palabras, pero las que entiende bastan para helarle la sangre.

Recuerda que sus padres esperaban vivir en una sociedad más segura, que lo dejaron todo atrás en busca de tranquilidad. Quizá no les explique lo ocurrido.

—No lo toqué, pero te juro que estaba más tieso que un bacalao. Tieso como un palo —afirma Montero mientras se retira el pelo de la cara.

Carpio advierte que Montero tiene el brazo derecho recorrido, desde el hombro hasta el codo, por un tatuaje floral. Nunca antes se había fijado. Identifica un ramillete de lirios, otro de amapolas y unos claveles en capullo. No encuentra mejor manera de distraer el pensamiento.

—Puedo equivocarme, pero juraría que era un drogata. Tiene toda la pinta. Ya me entiendes. Igual se metió aquí a dormir y con la caraja…

Rubén piensa que el hombre no tiene mal ojo y —aun sabiéndolo mejor que nadie— aparenta interesarse por lo que ha pasado. Montero repite lo dicho. Rubén se resiste a creerlo. Con cara de asombro y las manos hechas puños, escucha atentamente cuanto le explica.

Tedesco observa desde la distancia. No hay prisa.

Carpio sabe mejor que nadie que Serrano era un drogata, un proxeneta, un chantajista y un hombre carente de moral que murió la tarde anterior al caer al vacío desde el rellano del segundo piso, pero no puede reconocer que lo ha visto antes.

No hace preguntas. Son tantas las cosas que debe callar que opta por hablar lo menos posible y poner en todo momento cara de perplejidad.

Es lo más seguro.