Viernes
TEDESCO
Muchos años antes de que Romeu se jubilara compartían ya el primer café, las mismas imágenes en la pantalla del mismo televisor, los mismos titulares en el mismo periódico y el mismo camino hasta la comisaría.
Ambos frecuentaban los mismos agentes y lidiaban con parecidos problemas relacionados con el procedimiento policial.
De todo eso hace casi media vida. A veces, cuando Romeu estaba en activo, incluso participaban de un mismo caso y colaboraban en una misma investigación.
Media vida es demasiado tiempo.
Mientras espera la taza de café ultraconcentrado, Tedesco decide llamar a Elvira.
La esposa de Romeu responde pronto, al tercer tono.
—Soy Mauricio, Elvira. Quería saber cómo sigue Ignasi.
—Algo mejor, Mauricio, algo mejor. Ayer por la tarde, a última hora, lo subieron a planta. Está más tranquilo. Necesitaba salir de la UCI. Si quieres, puedes hablar con él. Te lo paso.
Y sin darle tiempo a responder, Tedesco oye a Elvira, que murmura, y, acto seguido, una voz inconsistente que recuerda lejanamente a la de Ignasi Romeu.
—¿Colombo?
—Sí, soy yo, Ignasi. ¿Qué tal estás?
—Dicen que sigo vivo, pero no estoy muy seguro, ya me conoces, soy de mal conformar y siempre me queda alguna duda. Elvira sí está segura —responde el enfermo—, y eso me tranquiliza. A ella también la conoces. He estado bien jodido, Mauricio, pensaba que de esta no salía.
Se interrumpe unos instantes y aguarda a que se normalice su respiración.
—Cualquier cosa me agota. Elvira dice que debería estar dando gracias, y tiene razón, pero no sé yo… Empiezo a estar de todo esto hasta las mismísimas pelotas.
Tedesco sonríe para nadie.
En el televisor elevado de la cafetería, imágenes de hombres y mujeres protagonizando protestas en diferentes puntos de la ciudad.
En uno de los planos, las descomunales aspas de un molino presidiendo una fachada demasiado pequeña.
De nuevo El Molino, el antiguo local de varietés explotado durante años a imitación del Moulin Rouge.
En unas imágenes evocadoras de tiempos pasados, se suceden los militares, las cupletistas más o menos atractivas, los empresarios y numerosos pelagatos que se pasean por el establecimiento en el que las vedettes lanzan procacidades a un público sometido a los rigores morales del franquismo.
Tedesco, acodado en la barra, tiene la mirada prendida en las aspas inmóviles. El pensamiento, también. Sabe que debería recordar algo.
En la línea telefónica, unos instantes de absoluto silencio.
Romeu se impacienta.
—¡Eh! ¡Mauricio! ¿Sigues ahí? Acabo de decirte que no me he muerto, pensé que te gustaría saberlo.
El inspector sale de su ensimismamiento, abre el dosier del caso y pasa un par de páginas. Vuelve a cerrarlo y cabecea en señal de asentimiento.
Romeu, con el teléfono en la mano y cada vez más escamado, vuelve a preguntar:
—¿Mauricio? No me jodas que te has muerto tú. ¿Estás ahí? ¿Quieres decirme qué coño está pasando? Ya sé que no eres muy hablador, pero… —El inspector puede oír la voz de Elvira que le pide que no se altere.
—Sí, Ignasi, perdona, estaba pensando… Oye… Una cosa.
—Tú dirás. ¿Quieres que te hable de mis válvulas, de mis venas obstruidas, de mi presión arterial, de la lista de medicamentos que acaban de prescribirme? Porque tengo para rato.
Cuando Romeu eleva la voz, esta resulta más real, más familiar.
—No, no, por favor. Tú también me conoces y sabes que puedes ahorrarme los detalles. Lo que quiero es que recuerdes, que hagas memoria. Conoces la ciudad mejor que yo.
—Es verdad, de memoria todavía ando bien. Y, desde luego, conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Mucho mejor que tú, pero no necesito que me des coba. ¿Quieres ir al grano, Mauricio? Al grano, que te dispersas.
—Tiene relación con un caso y acabo de… Bueno, a lo que voy, hay una calle en Barcelona…, es la calle Vilà i Vilà. ¿Te suena?
—Sí, claro. En el Poble-sec.
—¿Dirías que está justo detrás de El Molino?
—Sí, justo detrás. Alguna vez habíamos ido tú y yo a comer una paella en el Elche. Si no me equivoco, es esa misma calle.
—Ya, es lo que creía. El Elche…
—Sí, hombre, un arroz. Son esos granos amarillentos de la paella junto a un par de gambas y un puñado de mejillones.
De nuevo, el silencio de Tedesco ocupa la línea.
—¿Eso era todo?
—Por el momento —responde Tedesco, y de nuevo le sonríe al vacío. Si la memoria no le falla acaba de comprender qué es lo que le ha pasado por alto.
—¿Te hablo de mis arterias, sí o no? Si quieres te paso a Elvira y ella te hace un resumen, y por el mismo precio te lo actualiza cada seis horas.
—No bromees, Ignasi, que te ha ido la vida. Sabes que me alegro de que estés mejor. Y no, no me pases a Elvira. No creo que quiera hablar conmigo. Ahora no puedo, tengo que llamar a…
—Mauricio, no me jodas, calla y escúchame —ordena Romeu, pareciéndose cada vez más a sí mismo—.
Era por joder, solo por joder. Estás algo espeso.
¿No lo entiendes? Por joder, Mauricio. Es mi naturaleza.
Ya me conoces. ¿Tú me ves a mí hablándote de mis arterias?
Si hasta yo mismo preferiría no saberlo.
—Te llamo esta tarde y te cuento, creo que tengo algo —promete—. ¿Puedo llamarte luego?
—No sé, Mauricio. Tengo un partido de pádel con el de la cama de al lado que tiene una neumonía bilateral —lo interrumpe Romeu con todo el sarcasmo que puede reunir—. Pero si estoy ocupado te atenderá mi…
—No me jodas. ¿Pádel? ¿No podías haber improvisado otra cosa? Algo más de nuestros días.
—Aquí estaré, Colombo. Ya me contarás.
Tedesco se despide sin entrar al trapo del cinismo. Abona el café con el móvil todavía en la mano y llama de inmediato a comisaría.
Serena contesta a su llamada.
—Hola, Serena. ¿Ha llegado Lidia?
—¿Lidia Sampedro?
—La misma.
—Ha llegado y acaba de salir. Una llamada urgente. Creo que por un caso de los que están llevando, algo muy reciente. Estos días no para.
—Gracias. Voy para allá. Llámala y dile que necesito hablar con ella cuanto antes. Esto también es urgente. Muy urgente. Si no vuelve a comisaría, dile que me llame.
—Así lo haré.
—¿Iván está libre?
—Creo que sí.
—Si no lo está, que deje lo que esté haciendo y me llame cuanto antes. Necesito que haga unas comprobaciones urgentes.
—Entendido.
Tedesco ha cortado la comunicación y se acerca ya a la avenida de Madrid en busca de un taxi. Necesita llegar a comisaría lo antes posible.
IDRISSA
Acaban de llegar a Gavà. Belmonte le indica que lo siga.
—Un día espléndido. —Idrissa comprende sus palabras y sonríe.
El viernes 11 de mayo ha amanecido magnífico.
Belmonte, que siempre anda al aire libre, agradece el aire aparentemente limpio y el cielo despejado y azul como un fondo de piscina.
Pero no lo será tanto para Idrissa cuando, unas horas más tarde y con el sol en lo alto, siga trabajando en un invernadero en el que, dada su elevada estatura, deberá avanzar siempre inclinado.
Por otra parte, la temperatura, que en el exterior alcanzará los veinticuatro grados, se acercará a los veintinueve a mediodía bajo los plásticos.
Por fortuna, Idrissa todavía no lo sabe. Sonríe.
Belmonte ha acompañado al senegalés hasta el trozo de campo cubierto con plástico y se detiene junto a la entrada con los brazos en jarras. Fermín ya está dentro manejando lo que parece un gran carro de supermercado.
—Espléndido —repite con dificultad.
Toca coger unos pimientos grandes y de un rojo tan intenso que parecen de mentira.
Son como de cera. El joven senegalés nunca los ha visto tan perfectos, tan iguales, de un rojo tan poderoso.
Brillan como acabados de frotar. Sin daño alguno, sin mácula.
Inclinado sobre las matas, el tiempo transcurre lentamente.
Muy lentamente. Idrissa tiene el pensamiento en el recuerdo de Natalia y las manos enredadas entre las ramas.
Acabadas ocho de las muchas hileras de pimientos rojos, Belmonte les indica que pueden descansar.
Se sienta Fermín sobre una piedra en un margen a la sombra del ciruelo, mientras Idrissa se refresca en el caño.
Visto desde las proximidades del suelo, tal y como lo ve Fermín, el cuerpo del senegalés parece interminable, prodigioso.
Idrissa se sienta junto a él. En silencio se disponen a esperar el almuerzo.
Ambos sienten hambre y fatiga. Idrissa, que se inclina mucho más a causa de su estatura, experimenta una sombra de dolor en la zona lumbar.
Completamente abstraído, deja vagar la vista a través de los campos. Fermín le toca un brazo para llamar su atención. El senegalés da un respingo.
Fermín une las manos a la altura del pecho a modo de disculpa.
—Tú alto, muy alto —pronuncia el chico con la dificultad que acompaña generalmente a la sordera, mientras eleva la mano derecha por encima de su cabeza—. Tú tienes buen cuerpo. Muy alto.
Idrissa asiente, no sabe qué contestar a lo que considera una evidencia desde su infancia. Es alto, un chico muy alto que desde la adolescencia se acostumbró a sobrepasar más de un palmo a muchos de sus amigos. Sonríe, interpreta las pocas palabras del chico como lo que son, un cumplido.
—¿Tú masái?
—No, no. No masái. Yo Senegal. No masái. —Y al pronunciar en voz alta el nombre de su país regresa la tristeza que se apodera de él de tarde en tarde, cuando parece que las cosas nunca han de mejorar.
Fermín coge con una mano el enorme bocadillo de atún que le tiende Belmonte mientras con la otra parece querer sacudir el suelo desde la distancia en un gesto que Idrissa no tarda en reconocer. Bota una pelota inexistente.
El chico sonríe.
—¿Básquet?
Idrissa cabecea en señal de asentimiento mientras se lleva su bocadillo a la boca. No sabe cómo explicar. Se encoge de hombros y lo intenta:
—Yo gusta básquet, yo jugar en Senegal. Jugar bien. Gustar. Aquí no equipo. No papeles. No equipo.