Jueves #11
—No sé muy bien por qué lo hizo, pero el caso es que aquí estamos y tú estás en falso.
Y lo que cuenta es que yo lo sé. Sé quién eres y lo que hiciste.
Y si no cumples conmigo, me presento en comisaría y te va a caer un buen paquete.
—Y subraya sus palabras inclinándose hacia su interlocutor hasta casi rozarlo.
Carpio trata de no echarse a temblar. El hombre le repele y le aterroriza a partes iguales.
—Y tú sabes que la información es poder.
Y más si puede comprometer a alguien. Lo del senegalés se ha ido a la mierda, no tengo ni idea de quién es ni dónde anda, tampoco podría sacarle pasta, eso seguro.
No debe de tener dónde caerse muerto. Debe de estar peor que yo, pero yo tengo más gastos.
Y solo quedas tú. Y no querrás que tus jefes se enteren de que…
—He hablado con la Policía. Les he dicho que yo le di una llave a mi hermana. Ya lo saben. No me va a sacar…
El hombre afila la mirada y adelanta un puño que impacta contra las costillas de Rubén. Un golpe sin consecuencias.
—¿Me has tomado por imbécil?
Carpio se arma de valor.
—No, por imbécil no. Por chantajista, por extorsionador, y no le va a servir de nada porque…
—No me he caído de un nido, ¿sabes? Y no soy gilipollas. He tenido mala suerte, las cosas no me han salido bien, pero esto… —Y apunta con el dedo hacia su sien—. Esto todavía me funciona.
—Mire, si pretende…
—¿Qué ibas a hacer tú aquí si hubieras hablado con la Policía, eh?
A ver, explícamelo. ¿Por qué te reunirías con un tipo como yo que pretende sacarte dinero?
No soy tonto. —Y mientras habla sigue aporreando el pecho del joven vendedor asustado—.
Yo no tengo nada que perder, pero tú lo perderás todo.
Ya te lo he dicho, capullo, te tengo cogido por los huevos y estoy dispuesto a arrancártelos.
¿Quién te va a contratar cuando sepan lo que has… ?
El sujeto da un paso adelante con la inseguridad del que camina sobre tierras cenagosas y con el índice golpea ahora a Carpio allí donde acaba el esternón en un gesto propio de un secuaz del crimen organizado.
Tiene graves dificultades para conservar el equilibrio.
Acabado el gesto amenazante, estira los brazos a los lados como haría un funambulista. Resulta patético en su torpeza.
—Tú, capullo, vas a soltar la pasta o despídete de tu trabajo de mierda —añade, escupiendo justo junto a los zapatos de Rubén Carpio, que a punto está de saltar hacia atrás de puro asco—. Y de tu traje de señor, de tus zapatos, de ese reloj y de tus aires de ser alguien, ¡hijoputa!
—¿Y si me niego? Yo mantenía a mi hermana, tampoco tengo dinero, y si lo tuviera no iba a…
—Tú me vas a soltar dos mil euros ya mismo, ¿me oyes? Y los vas a sacar de donde puedas si quieres que cierre la boca. Tú sabrás de dónde… Los bancos prestan pasta a la gente como tú.
—No pienso darle ni un euro —le ataja Carpio—. Ni quiero ni puedo. Le aseguro que no tengo… —balbucea—. Y no creo que un banco me preste con mi escaso sueldo…
Hace lo que puede para disimular la alarma. Está atrapado en un edificio en construcción junto a un yonqui que puede hacer saltar por los aires lo poco que queda de su vida.
—Serás cabronazo. ¿Con quién te crees que estás hablando? ¿Crees que me chupo el dedo? Te voy a partir esa jeta de mierda, desgraciado.
El hombre airado tiembla por entero. Tira el cigarrillo y trata de nuevo de golpearle con el índice, esta vez lo aproxima a la parte baja del cuello.
Carpio, intimidado por el desconocido de la boca mellada, se hace a un lado.
Le repugna el aliento agrio del hombre. No lo piensa.
Simplemente se aparta poco más de un palmo, lo justo para esquivar el dedo y que este quede rígido en el aire.
Con el índice apuntando al vacío, el cuerpo entero de Raimundo Serrano se abalanza inseguro hacia delante.
Serrano, con las facultades claramente mermadas, no puede impedir que uno de sus pies interfiera la trayectoria del otro.
Se tambalea, da un par de pasos desmadejados intentando recuperar la perpendicularidad respecto al suelo y agita los brazos enloquecido.
Intenta, sin éxito, dar un paso atrás. No lo logra, solo consigue perder el equilibrio un poco más.
Como un payaso torpe. Trata de detenerse, pero no lo consigue.
Sigue trastabillando, avanza. Hace cuanto puede, pero es muy poco.
No puede evitar precipitarse por el hueco de la escalera.
En el edificio solo han construido los escalones, no han fijado todavía la barandilla ni han levantado un mal muro protector.
Se enfrenta cara a cara al vacío, un enorme vacío, por el que meses más tarde transitará el ascensor.
Y, aunque Carpio, en un acto reflejo, extiende el brazo e intenta asir su cazadora y detener la caída, Serrano cae sin darse apenas cuenta desde una altura de dos pisos.
El cuerpo se desploma sobre una pila. Algunos ladrillos se desparraman y acaban quebrándose. Serrano se golpea la cabeza y queda tendido sobre los que siguen apilados. No hay aullidos de pavor ni quejidos ni súplicas de auxilio.
Solo un grito ahogado en la garganta de Carpio y el estrépito de los ladrillos desplazados y rotos que acaba en un silencio pavoroso.
En el exterior, la lluvia rumorosa sigue cayendo dócil sobre la acera.