La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #10
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Jueves #10

—Tu hermana tenía buen aspecto y seguía estando muy buena. La muy zorra iba a lo suyo y no me vio.

—¿Y…? —le urge Carpio, que empieza a entender por dónde irán los tiros.

—Y la seguí, no te jode… Vi en qué portal entraba y que lo hacía con su propia llave. Pensé que era un piso tutelado, pero me extrañó. Un edificio nuevo, una zona cara… No entré. No hubiera entrado por nada del mundo. Me hubieran largado a patadas. No soy un jodido idiota.

Carpio se traga el comentario que le sube a la boca.

—Al día siguiente, el martes por la mañana, muy temprano, me apalanqué frente a su portal y esperé a que saliera. A las nueve ya estaba en la calle. Fue a la farmacia, compró algo y la seguí. De vuelta, antes de que se cerrara la puerta, la empujé y entré con ella. Estaba asustada, pero no gritó.

Una nueva interrupción deja en suspenso el hilo del relato. Rubén apenas consigue controlar la impaciencia.

—No quiso que habláramos en el portal y, como yo no pensaba irme, me dijo que bajara la voz y que subiera. Era un bloque nuevo de los que valen una pasta. Entonces no lo entendí, le dije que mejor en la calle, pero me aseguró que no pasaba nada, que estaba sola.

Raimundo Serrano se lleva el cigarrillo a la boca y una columna de humo se eleva en dirección al techo. Carpio, con las manos hechas puños, inquiere:

—¿Y…?

—¿Y sabes qué me explicó la muy puta cuando llegamos al piso y le dije que no pensaba moverme de allí?

Hace una pausa dramática que acaba en una larga ristra de desagradables toses agónicas.

—Me dijo que lo del piso era provisional, que se marcharía pronto, que tenía las llaves porque su hermano era el vendedor de la promoción y que no podía saberlo nadie. Me pidió que no se lo dijera a nadie. ¡Pobre tonta! No lo vio venir.

Nueva pausa. Otra calada y el humo obturando los pulmones.

—Fue entonces cuando vi el cielo abierto y la amenacé, le dije que haría saltar su historia por los aires, que hablaría con la constructora, que te denunciaría… Que te iba a joder vivo. A ti y a ella.

Un nuevo y obligado silencio que emplea en seguir respirando.

—Pensó que podía librarse de mí. Tuve que sacudirla un poco, tuve que impresionarla. Las mujeres solo entienden una cosa. Ya sabes…

Nueva pausa y algo más de humo.

—Yo necesito dinero. Pasta larga. Tengo muchos gastos. Muchos. Ni te lo imaginas. Llevar la vida que yo llevo no es barato.

—No lo dudo. ¿Y yo qué tengo que ver?

—Mucho, tienes mucho que ver. Todo. Ella no tenía dinero, aflojó unos euros, poco, muy poco, y entonces se echó a llorar.

Le dije que podría encontrarle algún trabajillo de los de antes, lo justo, solo para recompensarme por haberme dejado colgado.

Una o dos veces por semana, gente conocida, algunos de los que la recordaban. Tampoco era cuestión de asfixiarla.

—Qué comprensivo, me estoy emocionando.

—Calla y escucha si sabes lo que te conviene, cabronazo. Fue entonces cuando me habló de él, del senegalés.

—¿El senegalés?

—Sí, un sin papeles que se la follaba desde hacía unas semanas, quizás un par de meses.

Ella dijo que el negro la quería, que la cuidaba como no la había cuidado nadie, que nunca había estado con alguien como estaba con él.

Aseguró que era un hombre trabajador y que ella no quería perderlo.

Y creo que no lo decía solo por el manubrio, ya sabes.

Creo que el negro también estaba encoñado.

Serrano, al que Carpio detesta ya sin reservas, se interrumpe para llevarse la mano libre a los genitales elevando el índice hacia el techo en un gesto abiertamente obsceno.

—Se la tiraba, eso seguro, la tenía contenta, pero ella no hablaba de eso. Creía que estaba enamorada. ¡Hay que joderse!

Rubén Carpio, de buena gana, le habría partido la cara al desgraciado que tiene delante. Retiene los puños junto a los muslos. En lugar de hincharlo a golpes se limita a esperar.

—Fue entonces cuando lo vi claro.

—¿Qué es lo que vio claro? —pregunta, dudando internamente de que Serrano pudiera ver clara alguna cosa.

—Serás gilipollas, qué va a ser, lo del senegalés.

Un ilegal, un sin papeles. Le dije que, o me daba dinero o denunciaría a su perla negra a la Policía.

Lo repatriarían de inmediato. Eso si no lo acusaban de ocupación ilegal, de violación o de cualquier otra chorrada.

Una de dos, ella escogía. O colaboraba o podía despedirse del negrata.

Y se lo creyó. Era una incauta. Tu hermana juró mil veces que no tenía dinero.

Serrano hace otra pausa para respirar.

—Y era cierto —señala Carpio—. No lo tenía.

—La muy puta me dijo que pasaban con lo justo, que todo lo que tenía me lo había dado. Chorradas. Como si no la conociera. Insistí y le pegué un par de guantazos. Fue entonces cuando me dijo que pasara al día siguiente, que haría lo que pudiese. Que tendría algo para mí.

RUBÉN

Raimundo Serrano tira el cigarrillo consumido al suelo y trata de aplastarlo con dificultad.

Se desequilibra al intentar poner el pie sobre la colilla.

No atina y a punto está de caer hacia un lado.

Se arrepiente del gesto de inmediato. De nuevo agita los brazos como un pájaro desmañado y se revuelve como un gato dentro de un saco.

Cuando por fin recupera la verticalidad, prosigue:

—La muy cabrona quería sacárseme de encima. Lo vi claro. No paró de llorar. Me tenía miedo. Sabía que yo no bromeo. Le dije que le daba unas horas, le aseguré que volvería aquella misma noche.

—¿Y volvió? —pregunta Carpio por acelerar la explicación de los hechos.

Serrano carraspea antes de poder contestar.

—Claro, soy un tío de palabra. —Y Rubén a punto está de sonreír.

«Un tío de palabra»—. Volví algo antes de las ocho y me encontré con un buen marrón, pero eso ya lo sabes.

Ambulancia, maderos por todas partes y no sé qué historia con un grifo abierto…

Eso es lo que decían los mirones, yo no llegué a entrar.

¡Un grifo abierto! También te vi a ti hablando con un poli.

—Ya.