La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #9
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Jueves #9

—Aquí no podemos hablar —asegura, tratando de fingir determinación, y se acerca a la puerta sosteniendo la llave. Está muy lejos de experimentar la seguridad que aparenta—. Puede entrar alguien. Tengo que cerrar.

—Joder, tío, cuánto remilgo y cuánta mandanga. Espabila, que está lloviendo —protesta el desconocido, que retrocede con torpeza hasta la acera y a punto está de caer hacia atrás—. Joder —repite con un aleteo de los brazos con el que trata de recuperar un equilibrio ya de por sí precario.

Carpio comprueba que llueve apaciblemente, sin estridencias.

Quiera lo que quiera el sujeto que tiene a pocos pasos, Carpio piensa evitar que los vean juntos.

No puede entrar con él en una cafetería, no quiere que nadie asocie sus caras.

Ocurra lo que ocurra, no necesita testigos.

Lo que tenga que decirle, siempre mejor a solas. La lluvia es una buena excusa.

—En la obra no nos molestará nadie —le indica, señalando el estrecho vacío junto al barracón que corresponde al futuro portal y por el que se entra al edificio a medio levantar. Echa a andar hacia las escaleras que conducen a los pisos a medio construir.

No mira atrás.

—Serás cabrón. ¿No puedes pagarte un cubata?

Carpio piensa que puede, que todavía puede, pero que no tiene la menor intención. Alcanza las escaleras de las que solo existen los peldaños y sube hasta el segundo piso entre las agrias protestas del sujeto que rezonga a sus espaldas. De cada tres palabras, una es inadecuada.

—¿A qué viene esta gilipollez? ¡Para, tío, que estoy jodido! —grita cuando apenas ha subido cinco o seis escalones—. ¡Que pares!

Y Carpio piensa que no miente. Si hay en la ciudad alguien con un aspecto poco saludable, ese es el sujeto que lo sigue escaleras arriba y que apenas consigue respirar sin detenerse.

—¡Te he dicho que pares, cabrón! —aúlla, y una sarta de toses y de flemas acompaña sus palabras.

Carpio hace oídos sordos, no descansa hasta que alcanza lo que será muy pronto el rellano de la segunda planta.

En el edificio en construcción no queda nadie.

Sea lo que sea lo que aquel sujeto tenga que decirle nadie podrá oírlos.

Por encima de los tabiques a medio levantar contempla la lluvia mansa y piensa en Natalia.

A su hermana mayor la lluvia la deprimía.

Siempre, sin excepción. En los malos días podía ser una maldición. Su madre había llegado a rogarle:

—No le digas que llueve, Rubén, no se lo digas todavía. Ya se dará cuenta. Igual cuando se despierte tenemos suerte y ya ha parado.

El desconocido de rostro afilado alcanza por fin el rellano y permanece unos segundos inclinado y con las manos descarnadas apoyadas en las rodillas. Recupera el resuello sin dejar de maldecir entre dientes. Cubierto con varias capas de ropa parece sentir frío, Carpio juraría que tiembla.

Cuando el desconocido alza el rostro y enfrenta la mirada de Rubén Carpio, este comprueba que tiene los ojos enrojecidos y la mirada turbia, como febril.

Parece enfocar con dificultad. Es evidente que se ha pinchado o que ha ingerido o esnifado alguna cosa: coca, pastillas, heroína…

Carpio no puede reconocer de qué se trata, nunca ha consumido, pero el gran esfuerzo que acompaña a todos sus movimientos, su tembladera y su mirada confusa no dejan lugar a dudas.

—Tú no me conoces, pero yo sí sé quién eres, cabrón.

—¿Podríamos dejar los insultos? No creo que sea…

—Tú a mí no me das lecciones de nada, gilipollas. No te hagas el santo. Soy yo el que manda aquí, capullo, y tú el imbécil que puede caerse con todo el equipo. Te tengo cogido por los huevos. ¿No te has dado cuenta, subnormal?

El desconocido se aproxima y le golpea la sien con el índice. Su aliento huele a sumidero.

—Usted dirá —contesta Carpio con aparente hastío, pero experimentando una alarma creciente—. Por cierto, no sé con quién estoy hablando.

—Me llamo Raimundo, Ray para los amigos, pero para ti Raimundo Serrano.

Pero mi nombre es lo de menos. No importa.

Yo era amigo de tu hermana. Hace un tiempo estuvimos en el mismo puto piso bajo tutela.

Hasta que ella se cansó. Fue entonces cuando nos fuimos una temporada a vivir juntos. Yo la protegía, ¿sabes?

—¿Protegerla? ¿Quién quería hacerle daño? —pregunta Carpio cuando la posibilidad se abre paso en su mente—. ¿De qué la protegía?

Es consciente de que ignora muchas cosas de la vida de Natalia, siempre ha sido así.

Ni tan siquiera la madre de ambos hablaba de Natalia sin reservas.

Por otra parte, resulta evidente que el sujeto, demacrado y maloliente, que no parece capaz de mantenerse en pie, difícilmente está en condiciones de prestar la menor seguridad a nadie.

Y menos a la frágil Natalia Benegas. Rubén siempre pensó que si su hermana necesitaba algo con verdadera urgencia era algo que nadie le podía proporcionar.

Ni los médicos ni los terapeutas ni sus seres queridos, por mucho empeño que pusieran.

Si algo precisaba era protección de sí misma.

RAIMUNDO SERRANO

Raimundo Serrano escupe antes de continuar.

—Cuando estábamos juntos y no nos llegaba, ella hacía algún trabajo… Algo rápido. No muchos, los suficientes.

El desconocido hace una pausa, tiene dificultad para construir frases largas.

—Ya me entiendes. Se trabajaba a tíos conocidos, gente que se la tiraba y aflojaba una pasta.

A veces se conformaban con una mamada. Estaba buena tu hermana —añade con cierta nostalgia—.

Estaba buena y, en ocasiones, hasta le gustaba.

Te lo aseguro. No siempre, dependía del día, pero a veces le iba la marcha. Había días…

Rubén cierra los ojos unos instantes. Intenta controlar la imaginación.

No quiere pensar en Natalia prostituida.

Se niega. Carmen lo sospechaba, por eso callaba y no quería saber.

No preguntaba. Se limitaba a acoger a su hija cuando esta se presentaba llorosa y en los huesos.

Por esa misma razón abandonó el tratamiento.

Estaba demasiado cansada, exhausta, y muy asustada.

Rubén recuerda que se echaba a temblar cuando el teléfono sonaba a horas intempestivas o cuando el timbre del portero automático quebraba el silencio del piso. Siempre temía lo peor.

—No necesito detalles. ¿Era su macarra?

—Si quieres llamarlo así… Tú mismo. Yo prefiero creer que era su asesor, una especie de agente…

Un mánager, un representante. Yo hablaba de ella, le buscaba contactos…

—añade con una risotada que le obliga a toser durante un par de minutos—.

La palabra no importa, lo que importa es que te tengo cogido por los huevos.

—Y con una mano hace el gesto de retorcerle los genitales.

—Además de insultarme, intentar intimidarme y explicarme las partes más desagradables de la vida de mi hermana, ¿me dirá de una vez qué coño estamos haciendo aquí?

Nada de lo dicho por el sujeto de manos trémulas ha sorprendido a Carpio.

No ignora que la vida de Natalia tenía un lado oscuro.

Mucho más oscuro de lo que ella había llegado a admitir cuando se sentía apurada y necesitaba alojamiento o unos billetes para buscar un techo y algo que llevarse a la boca.

No le sorprende que se prostituyera, ni que se drogara, ni tan siquiera que vendiera sus órganos.

Alguna vez había hablado de desprenderse de un riñón.

«Tengo dos. Me sobra uno. Y ofrecen una pasta», había asegurado en una ocasión antes de que Rubén le alargara un par de billetes de cincuenta euros.

¿Qué puede haber peor que los reiterados intentos de suicidio?

Rubén no imagina nada más terrible. Y, sin embargo…

, tiene la certeza de que algo sucedió durante su infancia, poco antes de que el padre de Natalia desapareciera para siempre.

Algo sucio, aborrecible, algo espantoso de lo que Carmen González nunca quiso hablar.

«No le preguntes nunca, Rubén. ¿Me oyes? Nunca. Natalia tiene derecho a olvidar. Júramelo. Júrame que no preguntarás», le había ordenado Carmina cuando Rubén todavía pretendía comprender. Y Rubén había jurado. Nunca preguntó.

—No tengas prisa, mamón, todo llegará. Yo no tengo prisa, lo tengo todo hecho, como los señores.

El hombre ha alzado la voz y se tambalea muy levemente. Es incapaz de controlar la totalidad de su cuerpo. Escupe de nuevo muy cerca de los zapatos de Rubén, que retira el pie derecho.

—Ella se cansó de mí, no sé por qué, pero se achantó.

Me dejó y volvió al piso. La muy puta dijo que no quería saber nada más de mí y se dio el piro.

Como si pudiera plantarme de un día para otro.

Me dejó a dos velas. Los muy cabrones la trasladaron a otro piso para que yo no la encontrara y le perdí la pista.

Se libró de mí, se salió con la suya la hija de perra.

Hace una pausa, apenas puede respirar. Carraspea desagradablemente y saca un cigarrillo del bolsillo del pantalón. Lo enciende con dificultad, trata en vano de aclararse la voz y entorna los ojos.

—No lo sabías, ¿verdad? —inquiere con una sonrisa socarrona.

Le tiembla visiblemente la mano que sujeta el pitillo y se ve obligado a apoyarla sobre el vientre para hablar. A pesar de que intenta mantenerse firme, todo él parece temblequear.

—Pensó que se había librado de mí, pero se equivocó. La vi hace unos días, en la calle Caballero, en su misma puta calle. Pura casualidad. Era casi de noche y pasaba con la bolsa de un súper, la muy… —No acaba la frase.

Da una calada y trata de continuar.

—Como una jodida señora de su casa. Iba bien peinada, parecía estar limpia y había pasado por el súper. Tenía buen…

No puede acabar la frase, sus pulmones protestan, no pueden aceptar más humo. La tos del sujeto es desagradable, seca como un latigazo, y le obliga a doblarse sobre sí mismo y a escupir. No apaga el cigarro. Cuando se recupera, levanta la mirada con los ojos entornados. Prosigue: