Jueves #8
—Piensa en lo que te has divertido con ella.
Piensa en eso. No te lamentes. Tienes buen cuerpo, estás sano y no eres tonto.
Las mujeres te miran. Las he visto. Y tú también las miras.
Si no cierras los ojos, pronto habrá otra, si sonríes, si aprendes a acercarte a ellas…
Y quizá sea más guapa y tenga más dinero.
Pero necesitas vestir mejor. Así no vas a ninguna parte.
Idrissa asiente. Se resiste a explicarle que todo cuanto tiene se quedó bajo una cama en el piso piloto.
En la calle, al otro lado de la pared de la nave, una moto, probablemente trucada, petardea.
Idrissa da un respingo. Moussa ha hecho una pausa.
Parece reflexionar, recordar su propia vida, destilar el pensamiento.
—¿Que una se ha cansado de ti? Pues ya llegará otra.
Y quizá tengas suerte y no debas romperte la espalda cavando o descargando sacos.
Quizás alguna quiera casarse contigo. Puede que incluso te enamores.
Tú eres de esos. Conozco a uno al que no le ha ido nada mal.
Ya van por el segundo hijo y él es jefe de un concesionario.
Idrissa apura su café y ladea la cabeza.
Nada de lo que oye le parece cierto, sin embargo experimenta cierto alivio.
Le cuesta creerlo, pero quizás es habitual que una mujer blanca, una mujer que se ha criado en otra cultura, se canse de ti de un día para otro, que no te diga ni adiós, que…
Nunca habría pensado que con Natalia las cosas acabarían así, de buenas a primeras, sin un adiós, sin palabras.
Pero es otro país, otra forma de hacer las cosas.
Idrissa tiene poca experiencia en estos asuntos.
Se ha pasado la vida entera trabajando en lo que ha podido y ha tratado a pocas mujeres con las que no lo uniera algún tipo de parentesco.
Siempre creyó que Natalia era sincera cuando le prometía matrimonio y una vida entera en compañía. Creyó en ella sin fisuras.
—Eres alto, fuerte, tienes buen cuerpo, buenos dientes. No estás mal. Con algo de dinero y otra ropa… —añade Moussa, arrugando la nariz con cierto desdén—. Sobre todo, otra ropa, si sigues así nadie se va a acercar a ti.
Idrissa se pone en pie, deja la taza en el balde de los cacharros sucios y, en silencio, se dirige a la puerta. Otra ropa. Si Moussa supiera que no tiene nada más… Ni otros calcetines, ni una camiseta… Nada.
—Yo podría dejarte algo… —insinúa Moussa a su espalda.
—Gracias. Me iría bien —responde el joven antes de salir a la calle.
La lluvia ha amainado, y las calles, casi vacías, son un buen lugar para pensar.
A Idrissa le gusta la lluvia. En el poblado siempre era recibida con alegría. Las mujeres la celebraban con cánticos que acuden a su memoria mientras camina con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Cánticos que no olvidará mientras viva.
«No mires a los ojos», le había aconsejado Baakir tiempo atrás. «No les gusta». Moussa no opina lo mismo. Él asegura buscar los ojos de las mujeres.
Idrissa no lo hace. Se limita a avanzar con la mirada en la acera tratando de retener las lágrimas mientras piensa en Natalia y en su incomprensible silencio.
TEDESCO
Cuando Tedesco abandona la comisaría y echa a andar, llueve poco y lo hace con delicadeza.
Para su gusto es una lluvia algo endeble, de la que no correrá en regueros hacia las alcantarillas, pero lluvia al fin y al cabo.
La luz de las farolas se refleja en los charcos y en la chapa mojada de los coches aparcados.
La luna creciente asoma ya entre los nubarrones.
En otras condiciones habría pensado en un atardecer casi perfecto, húmedo y fresco, y en una ciudad limpia y de calles despejadas.
Sin embargo, el inspector tiene el pensamiento lejos, en el dosier casi vacío de un caso abierto, el de Natalia Benegas.
Ha dejado a Iván rastreando la procedencia de una imagen aparecida en las redes que cree poder relacionar con la muerte del joven a la puerta de una discoteca, y a Lidia tratando de encontrar al hermano menor cuyo nombre no figura en la historia clínica.
Camina durante más de una hora y no siempre siguiendo el trayecto más corto.
Deambula en dirección a su casa. Andar lo reconforta y, generalmente, lo ayuda a pensar.
Es propenso a los largos trayectos a pie y en solitario.
Ignora que el joven senegalés al que ha ordenado seguir camina también a pocas manzanas de distancia.
Cuando los centenares de metros pesan en sus rodillas y el agua acumulada empapa su ropa, Tedesco entra en un bar no lejos de su casa.
No es uno de los que frecuenta. No tiene ganas de hablar, ni tan siquiera de saludar al personal como acostumbra a hacer por pura cortesía.
Ha cenado allí en alguna ocasión. Conserva una memoria vaga de las cosas que considera irrelevantes, pero recuerda el espejo tras el mostrador y los banderines que cuelgan del cuello de las botellas.
Estuvo allí meses atrás, en un local casi lleno en el que trajinaban un par de camareros entrados en años mientras en el televisor dos equipos que no llegó a identificar corrían tras un balón.
Se acerca a la barra y pide una ración de tortilla de patatas y una copa de rioja.
Anota el pedido una chica con el pelo de un rojo estridente que lleva un aro en la nariz, se ha aplicado una sombra de ojos color antracita y luce una chapa plateada, como de soldado en el frente, en la que puede leerse: «Erika Pérez Cifuentes AB+».
Al servirle, puede ver el tatuaje de una alambrada a modo de brazalete.
Es una chica a la que no ha visto antes.
La recordaría. Tras haber colocado un vaso, cubiertos y un dispensador de servilletas de papel, y haber cortado un generoso trozo de tortilla, Erika lía un pitillo, pero no lo prende.
La chica le sonríe cuando el policía le ruega que baje el volumen del televisor.
Acatando la prohibición, se lo fuma poco después en el umbral propulsando el humo hasta la calle.
—A usted tampoco le va esta mierda —comenta en alusión a una tertulia vespertina en la que los participantes cruzan gritos y voces como si se hallaran a mucha distancia unos de otros.
Tedesco asiente. Le habría sorprendido mucho menos encontrar detrás de la barra una pareja de jóvenes chinos.
En el establecimiento no hay más clientes y el policía cena en absoluto silencio y en la silenciosa compañía de la joven pelirroja de tinte.
Una chica sonriente, precavida y algo estrafalaria que probablemente no ha cumplido todavía los veinte años.
Hace semanas que el inspector no cocina.
Nunca le gustó cocinar. Tampoco hace la compra ni se preocupa de llenar la nevera.
Ángela, su asistenta, se ocupa de que no falten los huevos, las latas de conserva, las magdalenas y el pan de molde.
De que siempre encuentre algo que llevarse a la boca.
Además, le entristece sentarse a solas a la mesa de su comedor y detesta la compañía del televisor.
Desde que enviudó unos años atrás, se siente irremediablemente solo al llegar a casa.
Por ese motivo llega tan tarde como le es posible y sale poco después de despertar, porque le pesa el vacío como una losa sobre el pecho y no consigue evitar la sensación de que en cualquier momento, al pasar de una habitación a otra, Fina estará allí.
Leyendo, corrigiendo los ejercicios de sus alumnos o buscando una emisora en el dial de la radio.
Y no quiere, por nada del mundo, pensar en Fina como en una presencia fantasmal, en un espectro, en una aparición fruto de una mente ociosa, angustiada.
Fina ha muerto, no es un ectoplasma. Tedesco no quiere coquetear con su recuerdo. Se niega a renunciar a la cordura aunque hacerlo, dejarse seducir por la posibilidad de un espectro amable, le procurara cierta forma de compañía.
La tortilla y el pan con tomate le saben a gloria.
El vino, aceptable, acompaña bien. El policía, cómodo en el silencio del local vacío, experimenta cierta inquietud.
No consigue librarse de la sensación de haber pasado por alto un dato relevante.
Daría algo por tener a Iván Cabrera sentado frente a él con la mirada serena y la mente ordenada para pensar en voz alta.
Repasa por enésima vez todo lo que han conseguido saber hasta el momento.
Es bien poco. No deja de darle vueltas a lo difícil que está resultando localizar a algún familiar.
Introduce «Benegas González» en el buscador de su móvil. Ninguna de las entradas parece corresponder al hermano pequeño de Natalia.
Paga, sale y recorre el trayecto que lo separa de su casa con la cabeza baja y el mal presagio de una larguísima noche de insomnio. Cuando abre el portal de su edificio, recibe un SMS de Marina.
«¿Comemos juntos el domingo?».
Responde el policía presionando torpemente la pantalla táctil:
«Claro. Donde siempre».
Quizá la noche no sea tan mala.
RUBÉN
Acaban de sonar las siete en el campanario más próximo. El desconocido de la voz destemplada y el aspecto enfermizo abre la puerta del barracón y, adelantando la cabeza, brama:
—Tú, mamonazo, ¿me escuchas ya o necesitas que te calce un par de hostias bien dadas?
Carpio, que se ha puesto en pie, se estremece.
El sujeto, de una delgadez extrema, no parece disponer de la fuerza suficiente para tumbar a nadie, pero Rubén detesta la violencia desde que era un crío y no está muy seguro de saber oponer resistencia.
Ni a él ni a nadie. No lo ha hecho nunca.
Es de los que, por fortuna y con algo de esfuerzo por su parte, lograron pasar casi siempre desapercibidos sin despertar ni la ira ni la simpatía de sus colegas.
Consiguió librarse de burlas y de golpes.
Desde luego, no quiere dos hostias, ni de aquel hombre, todo huesos y mugre, ni de nadie.
Intenta aparentar tranquilidad.