La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #7
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Jueves #7

—Te hablo de tu hermana Natalia, hijoputa. ¿Cómo has podido…? ¿Es que no tienes nada aquí dentro? —insiste, y se golpea el pecho como lo haría un gorila en celo—. Sangre de tu sangre. Lo más sagrado. ¡Hay que joderse!

Quizás el hombre que lo insulta mientras le recrimina su silencio ignora que solo eran medio hermanos, pero a la vista de su teatralizada indignación parece un detalle sin importancia.

—Si quiere usted esperar un rato… Estoy trabajando y ahora no puedo atender…

—¿No puedes qué?, ¿dices que no puedes atenderme?

Serás gilipollas. ¿Quién te has creído que eres?

¿No has entendido que te conviene hablar conmigo?

, ¿no has entendido que puedo destrozarte?

Yo sé quién era aunque tú no lo hayas reconocido.

Lo sé perfectamente. Puedo explicarlo todo —grita, al tiempo que se aproxima y se señala la sien—. ¿Tan imbécil llegas a ser?

La saliva escapa de nuevo de su boca. Carpio piensa en su aliento cargado de alcohol y siente náuseas. Retrocede un par de pasos hacia el interior del barracón hasta chocar con la mesa. Se sobresalta. Trata de disimular y de mantener la compostura. Demasiado tarde.

—¿Cómo sabe que no he identificado a mi hermana?

—De cajón. Porque al día siguiente estabas aquí, en este puto garito en esta lata. Estabas aquí como el cabrón que eres. Si hubieras hablado te habrían largado inmediatamente. Una patada en el culo y adiós muy buenas.

Irrebatible.

—Vuelva dentro de un rato, hacia las siete. Habrá acabado el horario de visitas y podremos hablar —promete Carpio.

El desconocido desairado golpea con violencia la chapa con la mano abierta al tiempo que grita:

—Aquí estaré, mamón, hijo de la gran puta. Lo que le has hecho a Natalia no se le hace a nadie. Aquí estaré. No me perderás de vista, gilipollas. Aquí estaré —amenaza.

Rubén siente que se ahoga. Se apoya en la mesa para no caerse e intenta regular la respiración.

Desde el umbral, el sujeto que puede acarrear su perdición no deja de golpear la gran caja de chapa que retumba. Propina un par de patadas antes de gritar:

—Volveré. Ya lo creo que volveré. No me perderás de vista. Hablaremos. Te lo juro por mis muertos. No me moveré de aquí hasta que hablemos de Natalia. Y ve preparando la pasta. No te va a salir barato.

Hace una pausa, pierde el resuello. Durante unos instantes no hay más manotazos ni más patadas. Ni más gritos.

—Por mis muertos que volveré —remata, con otro golpe a baja altura que Carpio atribuye a una patada dada con todas sus fuerzas.

Sentado sobre la mesa y con una mano sobre su estómago, Rubén Carpio inclina el cuerpo hacia delante. Segundos después, cierra la puerta sin mirar hacia dónde se dirige el sujeto amenazador, se lleva una mano al corazón enloquecido y concentra todas sus fuerzas en no desplomarse.

Le duelen las palabras del desconocido que se han hincado en su pecho como puñales. «Era tu hermana. Lo más sagrado. ¿Cómo has podido?».

IDRISSA

Moussa llega a la nave que ocupan acarreando sobre la espalda toda su mercancía, decenas de gafas de sol de todos los colores y tamaños.

Baratas imitaciones de las marcas caras.

Baakir asegura que los cristales de plástico fríen las pupilas, que no pueden ir bien para los ojos, pero ese es un tema que Moussa no acostumbra a tocar.

No es asunto suyo. El comprador sabe lo que se lleva y de la seguridad, o de la ausencia de seguridad, se encargan los jefes del negocio.

Además, ¿qué puede esperar un comprador por cinco o diez euros, cristales de última generación?

, ¿tecnología alemana? Él mismo lleva al entrar a la nave unas gafas de montura amarilla, cristales color humo y tamaño desproporcionado. Como de soldador sin recursos.

—Otra vez —escupe, pateando el suelo al entrar y levantando algo de polvo. Parece irritado.

—¿Otra vez qué? —pregunta Idrissa, que ha calentado agua en un cazo y diluye unas cucharadas de café soluble y algo de azúcar con una cucharita de plástico.

—Llueve. Otra vez llueve. Acaba de empezar. Suerte que me ha pillado cerca. ¿Quién va a querer gafas de sol cuando llueve? —responde contrariado.

Ha dejado el hatillo de las gafas sobre una silla junto a la puerta metálica de la entrada y sacude la cabeza para retirar el agua del pelo mientras resopla y maldice en su lengua materna.

—¿Quieres?

—Sí, me vendrá bien.

Moussa se agacha junto al hornillo, se sube las gafas hasta hacerlas encajar sobre su frente y, descansando el peso de su cuerpo sobre las puntas de los pies, sorbe lentamente el café desleído.

Permanece en cuclillas mucho rato como si estuviera sujetando un cuenco de aluminio en la diminuta casa de barro en la que ha crecido.

Siempre en cuclillas, como ha visto hacer a su padre y a sus tíos.

En su casa tampoco había sillas para todos y los críos se acuclillaban o se sentaban directamente sobre el suelo.

Los hombres pasaban largos ratos agachados en torno al fuego.

—¿Has pensado en los paraguas?

Moussa no contesta. Lo ha pensado, pero prefiere las gafas. No hay nada comparable a la hora de echar a correr.

Idrissa, de pie y a pocos pasos, aprovecha para indagar si alguien ha llamado preguntando por él.

Continúa pensando en Natalia y cree recordar haberle anotado el teléfono de Moussa.

Es una posibilidad. Remota, pero posibilidad al fin y al cabo.

No se le ocurre otra. Si ella quisiera volver a verlo, podría comunicarse con él a través de su amigo.

En todo ello piensa Idrissa. No puede creer, por más que lo intente, que ella lo haya olvidado de un día para otro.

—No, no ha llamado nadie preguntando por ti. ¿Esperas alguna llamada? —quiere saber Moussa, manifiestamente malhumorado.

—No lo sé. Quizá sí. He dado tu número y llamarán si…

—¿Esperas que ella te llame? —inquiere con sarcasmo—. Quítatela de la cabeza. Te lo he dicho más de una vez. Se cansan pronto, muy pronto, y al negro la patada… Es lo que hay.

Idrissa, que apenas ha hablado de Natalia, no acierta a responder.

Abre mucho los ojos y, algo alarmado, espera en silencio una explicación que tarda en llegar.

Moussa se echa a reír. Hay algo de crueldad, casi de burla en su risa exagerada.

A punto está Idrissa de llevarse el índice a los labios y rogarle que calle.

Nadie debe saber que están allí, por eso siempre se mueven en silencio y hablan y ríen en sordina.

Aquella carcajada le hiela la sangre, y no solo por la posibilidad de que alguien sienta curiosidad por la risa que proviene de la nave abandonada, también porque sepulta todas sus esperanzas.

—Cuando alguien como tú y como yo duerme en una cama, hay una mujer, Idrissa.

Siempre la hay. Y tú dijiste que tenías techo y cama.

Te acostumbraste a lo bueno. También yo estuve con una y me acostumbré.

Todavía nos vemos. Una mujer joven, se llama Sonia.

Treinta años, trabaja en una tienda y tiene piso propio.

No es muy guapa, pero tampoco está mal. Lo pasamos bien, muy bien.

Duró dos meses, lo que tardó en hacerle caso a su familia, sobre todo a su madre, que no me podía ni ver, pero fueron los mejores días aquí.

Después, Moussa a la calle y ahora nos encontramos siempre a escondidas.

Moussa levanta las manos en el aire como un mago que echa a volar una paloma y prorrumpe en una nueva risotada.

—Ya ves. Aquí estoy. Si la veo, bien; si no, también.

Me gustaba dormir en una cama y sentarme a una mesa, pero no se acaba el mundo, ya lo verás.

Con mujer o sin ella, con cama o sin ella…

Lo que importa es el dinero, Idrissa. Por eso siempre digo que sí.

Sí a casi todo. Gafas, relojes… Y si hay que vender paraguas…

—Se encoje de hombros y su gesto es de resignación—.

Incluso algún…, ya sabes. Algún polvo. —Adelanta levemente las caderas, insinúa el coito—.

Conozco a un par de mujeres algo más mayores, no como Sonia.

Se me da bien. Me empalmo pronto. No problema.

Han oído hablar de que los negros calzan bien.

Siempre quedan satisfechas. Lo que importa es que deje de llover, que la gente tenga dinero y que se lo gaste.

Eso es todo lo que importa. Y si tienen ganas de follar…

Yo digo que sí a todo. Si es un trío también me apunto.

Conozco a un tío que monta…, los llama «encuentros», pero son lo que son.

Gente follando. Pagan bien y puedes pasar un buen rato.

Yo digo que sí a todo —se interrumpe, y sopla para enfriar el café.

Todo es todo. Sí a todo. Y no hace ninguna falta concretar.

—Si te interesa, puedo darle tu nombre. Pero, eso sí, necesitarás un móvil.

Idrissa no acaba de creer lo que está oyendo. Niega con un gesto.

—Sin tonterías, Idrissa. Con dinero siempre hay cama, y si quieres hay mujer. Y techo y comida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Eh, dime? ¿O tú no has venido a hacer dinero? ¡Ah, perdona! Olvidaba que tú eres un mártir. Sí, como Baakir. Dos mártires.

Idrissa está a punto de asentir. Es cierto. Ha venido a hacer dinero. No lo hace. Se limita a seguir escuchando a Moussa, que sigue hablando de mujeres con las gafas de sol en la cabeza y un reloj dorado del tamaño de un plato de café en la muñeca.

—Te tomas todo demasiado en serio. Tienes obligaciones, una familia en África, una madre, una hermana… Lo sé. Dependen de ti, de lo que les envías, ya lo sé. Me lo has explicado mil veces. Lo he visto mil veces más. Todo lo que quieras, Idrissa, pero pareces un viejo. Cada vez te pareces más a…

Con la cabeza señala el rincón ordenado en el que acostumbra a dormir Baakir.