Jueves #6
—Marisol Morgades afirma haber oído alguna cosa, pero no puede concretar.
Está harta de nosotros y ha respondido de mala gana.
Habla de algún ruido vago en los pisos superiores, quizás un rumor como de pasos en la escalera, la sensación de una mirada, de una presencia…
Sobre todo eso, sensación de ser mirada.
Ella dice que quizá la miraban desde el rellano superior, o desde el lavadero.
No sé, es todo muy ambiguo. Quizá solo sean imaginaciones.
Sigue muy nerviosa. Lo que parece más seguro es que oyó un ruido.
Asegura que nunca se cruzó con nadie en la escalera, solo un par de veces con los nuevos vecinos que se están instalando.
Nada más. Aun así insiste, dice que recuerda que en más de una ocasión tuvo la sensación de que en el edificio había alguien. Nada concreto.
La agente se interrumpe. Se aclara la voz antes de continuar:
—La verdad, inspector, es que no sé si es cierto que oyó algo o… Parece muy preocupada, creo que si pudiera vendería el piso y se largaba. No sé hasta qué punto recuerda o imagina. Es todo muy volátil.
—Es posible que al encontrar el cadáver de la mujer en el bloque haya creído haber oído, haber notado… Sensaciones a posteriori. Son frecuentes, Lidia, cosas que pasan. A mí tampoco me extrañaría que a toro pasado creyera haber oído, haber visto…
El policía hace una pausa. Cavila.
—¿Le has preguntado si al tener esa sensación había comentado algo con su marido? Si así fuera tendríamos un dato, un punto de…
Sonriente, Lidia Sampedro asiente y su cola de caballo da un brinco en el aire. Se felicita a sí misma por haber pensado en ello.
—Sí, le he preguntado. No le comentó nada, en ningún momento.
Dice que han hablado de ello tras lo del cadáver y que el marido nunca ha notado nada raro, pero parece ser que está poco en casa, que llega para la cena y se marcha muy pronto.
A veces incluso está de viaje. De haber habido alguien más en el edificio ella asegura que él no se habría dado cuenta.
Tedesco cabecea abatido.
—No hemos avanzado nada, ni un milímetro —concluye.
El inspector apura los restos del café corto, amargo y muy caliente recién salido de la máquina, y remonta de nuevo sus gafas hasta el puente de la nariz.
Marina asegura que si no se las cambia es por poder hacer algo con las manos de vez en cuando.
Tedesco acaba de recordarlo y sonríe. Lidia no parece sorprendida.
Está familiarizada con los gestos y las muecas inexplicables de su superior.
—Y por si fuera poco tenemos un cadáver cuya familia no conoce su existencia.
O su no existencia, si nos paramos a pensar.
Si te parece, sigue investigando a ver si das con alguien.
Con el padre si es que vive, con algún tío, con algún primo…
Existe un hermano menor en algún lugar, otro Benegas González.
No puede haber tantos. Por el momento no sabemos mucho más.
Intenta dar con él. A alguien tendremos que notificarle el fallecimiento.
—Quizá la madre también ha fallecido recientemente o se ha trasladado. Seguiré investigando. Lo comprobaré. Buscaré al hermano, pero Valero me ha encargado un par de cosas y no sé si…
La agente, agobiada por la acumulación de trabajo, resopla y se levanta para marcharse. Tedesco sabe que son muchos los mandos en la comisaría que confían en ella.
—¿Alguna novedad del apuñalamiento? —pregunta antes de que Lidia desaparezca.
—Iván tiene algo. Una imagen. No la he visto, pero hay algo que le ha llamado la atención.
Está en ello y espera que le lleve a alguna parte.
Diego ha vuelto a hablar con los padres, no tiene hermanos.
Conocían su condición sexual y parece ser que la aceptaban.
Están desesperados. Aseguran que David no tenía enemigos, que no sabían nada de ninguna amenaza, pero la verdad es que tampoco parecía tener muchos amigos.
Era un chico algo solitario. Le han dado un par de nombres, pero ninguno de ellos estaba allí esa noche, Iván lo ha comprobado.
Lidia se marcha. El inspector permanece sentado con la barbilla hincada en su mano, la mirada en la puerta cerrada del despacho y la inquietante convicción de que acaban de pasar algo por alto.
RUBÉN
Pocos minutos después de que las seis de la tarde suenen en el campanario cercano, en el edificio en construcción ya no queda nadie.
Albañiles de oficio, encofradores y peones por necesidad han abandonado las herramientas y se han cambiado de ropa en el barracón vecino.
Algunos, solo unos pocos, se han tomado la molestia de asomar la cabeza y despedirse de Carpio hasta el día siguiente, viernes, último día laborable de la semana.
Es de agradecer, piensa Rubén, al que no le sobran los afectos.
Tiene el estómago revuelto y el ánimo de un condenado a muerte. Ha pasado la tarde pendiente del móvil y temiendo una nueva llamada de la comisaría. Corresponde a los operarios con un «hasta mañana» que acompaña con una sonrisa.
¿Mañana?
No se atreve a pensar en mañana. Natalia está muerta y él negando el vínculo de sangre.
¿Existe mayor traición? Por si eso fuera poco, es culpable de disponer de los bienes de la empresa que le paga al final de cada mes, tiene a la Policía husmeando en su vida y quizás el inspector encargado del caso esté a un paso de averiguar el parentesco que lo une con la mujer fallecida.
Solo Dios sabe de qué pueden llegar a acusarlo.
Nada puede ir peor. O quizá sí.
¿Mañana?
Por hacer algo, se ha asomado a la puerta y los ha visto desaparecer entre risas, lamentos, empujones y alguna mala palabra al aire y sin ánimo de reyerta.
Los más jóvenes parecen especialmente contentos de pisar la calle, alguno se pierde en el bar cercano para la primera cerveza.
Siente envidia de los hombres que se alejan.
Para el comercial ha sido una jornada desesperante, larga y desquiciante hasta la locura.
Los nervios a flor de piel y la barraca recalentándose según avanzaba el día.
Un infierno.
Y a Carpio le queda más de media hora para echar el cierre.
Una pavorosa eternidad.
Prende un cigarrillo de pie en el umbral del barracón, siente los nervios tensos como las cuerdas de un violín.
Observa que se advierten ya los primeros nubarrones que parecen acolchar el cielo.
Carpio necesita urgentemente aire libre y la proximidad de la gente.
Esa compañía distante de los paseantes a la que se ha acostumbrado con el tiempo a falta de otra más cercana.
Piensa en Mireia. Su punto de fuga. El único pensamiento amable al que puede recurrir.
Se ha hecho ilusiones. Le gustaría seguir la conversación iniciada, invitarla a cenar, a un café…
Pero es tanta la angustia que experimenta que no sabe qué puede decirle.
El miedo lo paraliza. Ha vuelto a fumar con la convicción de que hacerlo lo ayudará a pasar las horas.
Sobre la ciudad, las nubes cada vez más oscuras ocultan por completo el sol tibio de la tarde.
—¿Rubén Carpio?
Junto a él, a su derecha, muy, muy cerca, la misma voz, escabrosa, ronca, que ha conseguido intimidarlo desde el contestador y que hace saltar todas sus alarmas corporales.
Las rodillas casi se doblan, incapaces de soportar su peso, el corazón comienza a percutir como un martillo neumático y el estómago brinca hasta alcanzar la altura de su esternón.
Al menos así se lo parece a Carpio, que se gira lentamente intentando controlar un cuerpo desbaratado por el miedo.
No contesta.
—Tú, mamón. ¿Por qué no me has llamado? ¿Es que no entiendes nada? —le espeta la voz casi al oído.
Una gota de saliva sale despedida hasta su mano y otra alcanza su cuello. Carpio las retira como si acabara de morderle una serpiente.
—¿Quién es usted? ¿Qué tengo que entender? —pregunta al tiempo que encara al desconocido de la voz intimidante que acaba de reconocer por su aspereza.
—Que te tengo cogido por los huevos, cabronazo. —El hombre se ha aproximado y ha alzado la mano en la que sostiene un cigarrillo hasta aproximarla a los ojos de su interlocutor—. Que no tienes escapatoria, que sé lo que has hecho.
Su gesto es amenazador. Sabe que su aspecto atemoriza a los que, como Carpio, visten traje y corbata y nunca han usado los puños ni empuñado una navaja.
El hombre, que no tendrá más de treinta y pocos años pero que se mueve como un viejo, levanta las manos ante el rostro de Rubén como para retener su atención.
El desconocido es algo más alto que el joven comercial y extremadamente delgado, y lleva encima lo que parece ser todo su fondo de armario.
Los pantalones apretados se ciñen a unas piernas de alambre, y a Carpio le sorprende la delgadez de su muñeca, que no es mayor que la de un niño.
El desconocido tiene los ojos hundidos en unas cuencas grandes y oscuras, una nariz afilada con la que podría cortar pan, pocos dientes y amarillentos y el pelo largo, sucio y desmayado sujeto en una cola a la altura de su nuca.
Lleva varias camisetas superpuestas, y remata su apariencia una bomber negra con un desgarrón en un costado. No parece tener buena salud.
Rubén se yergue y afirma con un resto de coraje:
—No le conozco de nada y no sé de qué me está hablando.
—Serás cabrón, hijo de puta. —La ausencia de algunos dientes en una boca muy maltrecha para un hombre de su edad hace que el sujeto escupa involuntariamente al aire—. Era tu hermana. Natalia era tu hermana, tu única hermana, so mamón. ¿O es que ya no te interesa acordarte?
Siente repugnancia y miedo. Rubén Carpio está a punto de apartarse. No lo hace. No quiere ofenderlo, tampoco demostrar que lo teme. En otras circunstancias, el desconocido habría suscitado su compasión. En las presentes, su proximidad consigue acobardarlo todavía más.