La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #5
65%

Jueves #5

—Siempre tengo queso, atún, sardinas… Sé que algunos de vosotros tenéis reparos y no queréis fuet, ni chorizo, ni…

Qué sé yo… No lo entiendo, pero vosotros sabréis de qué va.

Por si acaso, siempre tendrás algo que puedas comer.

Y si quieres ciruelas, tú mismo, no te las acabarás —añade el hombre, señalando las ramas arqueadas por el peso—.

Fermín ya lo sabe. Puedes disponer de lo que hay aquí.

Antes de marcharte coge algún pepino, algún tomate… Es la propina.

El hombre se esfuerza por hablar despacio y por reforzar el sentido de sus palabras con los gestos oportunos.

Idrissa asiente. Ha comprendido. Podrá llevarse algo de fruta y unos tomates. Otra buena noticia.

Fermín suda copiosamente y engulle rápido. Ha leído los labios de Belmonte sin dificultad. Asiente con media sonrisa.

—Ciruelas —pronuncia con dificultad.

Idrissa piensa que no tendrá más de dieciocho o diecinueve años. El senegalés le corresponde con un gesto. Y le dice su nombre. Fermín sonríe. Pronuncia:

—Idriiissssaa.

Minutos antes de las 14:30 h, Belmonte les indica que acaba la jornada, que pueden dejar cestos y cajas, refrescarse en el caño a pocos pasos del ciruelo y pillar alguna cosa sin pasarse. Se sienta al volante y los apremia.

Idrissa agradece infinitamente el agua fresca. Y el sol, y el aire. Y los tomates, las ciruelas y un puñado de judías que ha metido en una bolsa de plástico antes de subir a la furgoneta.

Fermín baja a la altura de Sant Boi y se despide con una «hasta mañana» articulado con dificultad.

Idrissa sonríe. Hasta mañana. Suena bien.

TEDESCO

Tedesco necesita pensar, por eso se ha alejado unas manzanas de la comisaría en busca de un restaurante en el que no se sienta obligado a participar en una conversación, en cualquier conversación.

Con toda probabilidad, la charla no le interesará en absoluto.

No es hombre de hablar durante la comida y muy raramente disfruta de una sobremesa larga.

Solo muy de tarde en tarde interviene en alguna por no agravar su fama de lobo estepario.

Y, con hambre de lobo, ha recalado en uno de los locales que frecuenta.

Un restaurante sin aspiraciones cercano a la comisaría que regenta Leonor, una gallega de piel muy blanca, ojos muy azules, mejillas sonrosadas y decenas de horquillas en la cabeza para sujetar un cabello en rebeldía.

Una mancha del color de la carne roja remata la comisura de su ojo derecho.

Tiene la forma de una moneda grande y en los días buenos la oculta con maquillaje.

A partir de mediodía, la mancha siempre resulta visible.

Al parecer, la jornada no pinta bien. Con un delantal limpísimo guarnecido con puntillas y su nombre bordado a la altura del corazón, Leonor le sirve un plato de garbanzos seguido de cerca por unas costillas de cordero que al policía le saben a poco.

De regreso a la barra y con los brazos en jarras y sin pelos en la lengua, Leonor se queja agriamente de los hijos de puta de los banqueros, de los mamones de los políticos y de la madre que parió al del pescado, que no le ha servido a tiempo las sardinas.

Y lo hace a los cuatro vientos y con el concurso de la clientela que asiente entre un bocado y el siguiente.

Por una vez Leonor no mienta a los malditos polis. La familiar presencia del inspector Tedesco sentado a una mesa no acostumbra a representar un obstáculo ni para ella ni para nadie. El policía, que espera poder seguir pensando en sus cosas, le agradece la deferencia. O el descuido. Nunca se sabe.

Come en silencio y con la vista en la pantalla del te- levisor al que algún alma sensata ha privado de volumen.

Protestas generalizadas, indicadores geopolíticos preocupantes, una recua de mandamases impresentables y alquileres al alza.

Tras los manifestantes que golpean cazuelas, soplan sus silbatos y gritan, advierte completamente inmóviles, clavadas como siempre en una fachada ya decrépita, las aspas enormes, desproporcionadas, de un molino disparatado.

Se trata de El Molino, el antiguo local de variedades en la avenida del Paral·lel que el ayuntamiento y algún inversionista privado tratan de reflotar.

Las imágenes son aproximadamente iguales que las recogidas ayer y aterradoramente parecidas a las de las protestas que traerá el día de mañana.

Frente a un recuperado teatro de variedades, en la plaza de la Catedral, en la confluencia del paseo de Gràcia con la Diagonal, ante el ayuntamiento o junto a cualquier sucursal de una entidad bancaria, las quejas ciudadanas son el pan de cada día.

La ciudad entera es una reivindicación sostenida.

Protestas legítimas y algunas resultantes de bulos y patrañas que se repiten en las pantallas de todo el país, ahora los llaman fake news , pero son mentiras en toda regla.

Embustes, calumnias proferidas a diario que los noticiarios más honestos —si es que los hay— tratan de desmentir.

Algunos medios afines a gobernantes con escaso crédito y sospechosa hoja de servicios afirman que los malos tiempos tocan a su fin y que los conflictos armados se encaminan hacia su resolución.

Tedesco no lo cree, lo ha oído antes muchas veces. Demasiadas. Otro bulo.

Cuando Tedesco se acerca meditabundo al mostrador para abonar la cuenta, comprende que la digestión de lo ingerido no resultará fácil.

Decide volver a comisaría dando un rodeo.

Le gusta caminar. A menudo pierde de vista el tiempo en sus interminables paseos por la ciudad.

Airear el pensamiento, lo llama él. Por fortuna, el comisario Valero conoce su forma de proceder y la tolera.

De regreso, y tras saludar con un gesto a los agentes parapetados tras el mostrador de Atención Ciudadana, el inspector se cruza con Amadeo Duarte, el intendente, al encarar el corredor de la primera planta.

Para su contrariedad, Duarte se detiene en el pasillo, quiere saber cómo anda el asunto de la calle Caballero. No parece tener prisa.

—De momento, poca cosa. La autopsia apunta a un suicidio y no han aparecido señales de violencia. Sigo en ello, pero…

—¿No cree que se trate de un suicidio, inspector? —inquiere el intendente, inclinando la cabeza hacia la derecha en un gesto que repite con mucha frecuencia y por el que es conocido e imitado entre el personal de la comisaría.

—La verdad es que no sé qué pensar. Quizá la mujer se suicidó, no digo que no, todo apunta a que así fue, pero me gustaría saber qué hacía allí, en un piso supuestamente vacío, qué vida llevaba, con quién…

—¿Con quién? Quizás esa sea la clave. Un caso curioso. Bueno, haga lo que pueda, ya sabe que confío en usted. ¡Ah! Y téngame informado. Por el momento la prensa no presiona, andan ocupados, pero nunca se sabe. Un día se despiertan y entran a degüello. No te los sacas de encima. Ya sabe cómo son.

Tedesco lo sabe. Se alimentan de carroña, de cadáveres antiguos o recientes. Tanto da. Como los polis, a fin de cuentas. Como él. Entre las fuerzas de seguridad prevalece una opinión: los periodistas cuanto más lejos, mejor.

—¿Y qué hay de lo de la discoteca?, ¿algún avance, Tedesco?

El inspector niega con un gesto.

Sin más, Duarte endereza la cabeza, se despide y sale de la comisaría. Tedesco se aproxima a la máquina de café.

LIDIA

Lidia Sampedro avista a Tedesco justo cuando este busca en el bolsillo una moneda que introducir en la máquina. Siempre se detiene unos instantes de camino a su despacho. Una parada obligatoria. Medio café según los cálculos. Sale a su encuentro. La agente lleva una libreta de notas en la mano.

—Hemos tardado una eternidad en llegar a la dirección que consta en el historial, inspector. En el Paral·lel, a la altura de El Molino, unos manifestantes han cortado las calles, casi han incomunicado el Poble-sec. Estábamos muy cerca de Vilà i Vilà, a treinta o cuarenta metros, pero…

—Ya lo sé, Lidia, lo he visto en las noticias. Otra manifestación.

Caminan juntos hasta el despacho del inspector.

—Creo que eran gente de teatro, pero no lo sé muy bien.

No había manera de llegar —le explica la agente, mientras se sienta junto a la mesa de Tedesco—.

Después de dar mil vueltas, de ir hasta la plaza de Espanya y de subir casi hasta Montjuïc, he conseguido que me abrieran el portal jurando que era la cartera.

Pero no ha habido suerte, en el piso de la madre de Natalia no hay nadie.

La agente habla muy deprisa y, antes de seguir, decide hacer una pausa y esperar a que el inspector se despoje de la arrugada americana y tome asiento.

El policía carraspea y remonta las gafas como si así pudiera oír mejor a la voluntariosa agente.

Se sienta con un suspiro que limita con un gemido ahogado.

—¿No tenemos nada?

—No mucho. He preguntado a un par de vecinos y nadie la conoce, aunque tampoco es de extrañar, los únicos que me han abierto eran recién llegados.

Una mujer magrebí, que creo que no me ha entendido, y un chico sudamericano que dormía cuando hemos llamado a su puerta.

Ha jurado que no vivía ninguna mujer en el piso de enfrente, que él solo había visto a un hombre joven, pero el chico solo hace tres meses que vive en el edificio y tenía un humor de perros.

Le he pedido una descripción, pero no sirve de nada.

Nada relevante. Además, su testimonio no es muy fiable.

—¿Y en el buzón?

—Nada. Ni cartón ni placa de metal, nada. De hecho, muchos de los buzones se caen a trozos. Casi todos. La verdad es que la entrada da pena. La gente no parece muy interesada en recibir correspondencia.

—No hemos avanzado mucho.

—No, no ha sido un buen día. No hemos sacado nada en claro. Y después tampoco crea que me ha ido mucho mejor.

Tedesco apoya la barbilla en la mano y se dispone a escuchar. La agente abre su libreta, pero no baja la vista. No necesita hacerlo. Recuerda cada palabra de las apuntadas, incluso el tono en el que han sido formuladas.