La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #4
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Jueves #4

Harto de preguntas, Carpio asiente de nuevo dando a entender que es cierto, una verdad absoluta.

Prefiere no mentir con palabras. Aunque la gente coincida en afirmar que estas son volátiles, que se las lleva el viento, Carpio sospecha que el viento, igual que las arrastra lejos, las hace regresar tarde o temprano hasta las proximidades de tus labios.

Por eso prefiere el gesto mudo, la mueca, incluso un movimiento de mano en el aire. Una huella etérea, de mal recuperar.

—En fin, mala cosa, Rubén. Ya te digo. A Llobera no le va a gustar.

No sé si traga con eso de que no sabías nada de nada.

Cuesta creerlo, la verdad —señala Márquez, mientras echa a andar pasillo adelante inclinándose ahora a un lado, después al contrario, mientras un pie apunta a una pared y el otro a su opuesta—.

La verdad es que resulta difícil de… Ya te digo.

Carpio sale detrás del perito y cierra la puerta a sus espaldas.

Lo hace lentamente, casi sin ruido. En sus ojos, la mirada de un pez muerto.

Se apresura. No quiere enfrentarse a las preguntas de la irritante vecina.

No se siente capaz. Ha tenido bastante por hoy.

Solo piensa en despedirse y en llegar a casa para seguir a solas con su infortunio.

Desafortunado y solo.

—Mala cosa —repite Márquez, ya en la calle, antes de echar a andar y alejarse en dirección al aparcamiento en el que ha dejado su coche—. Ya te digo.

IDRISSA

El hombre que los contrató el día anterior para abrir una zanja reconoce inmediatamente el rostro de Idrissa sobresaliendo entre los de los desempleados que se arremolinan junto a su furgoneta nada más llegar.

Recuerda su elevada estatura, su sonrisa franca y sus brazos fuertes como leños. También su buen conformar.

Le hace una señal y el senegalés se acerca inmediatamente.

El hombre que le estrecha la mano dice llamarse Rafa Belmonte.

Se aleja unos metros del vehículo para hablar a solas.

Idrissa lo sigue. Belmonte le ofrece trabajar durante unos días en sus campos de cultivo por treinta euros diarios.

Unas tres semanas, quizás algún día más. Sábados, sí, domingos, no.

—Te vi trabajar y me gustó lo que vi. Si sabes coger una pala sabrás recoger, cavar y sembrar. Si estoy contento con tu trabajo y a ti te interesa, quizá más adelante podamos llegar a un arreglo mejor.

Idrissa no entiende todo lo que dice, siempre se le escapa alguna cosa, pero acepta inmediatamente.

Sin pensarlo. Y no es que se deje engañar, sabe que treinta euros no es mucho por deslomarse con un cesto, una pala o una azada desde las 8:30 hasta las 14:30 h, pero es lo más parecido a la seguridad que ha conocido desde que pisara la ciudad meses atrás.

Tres semanas. Ha comprendido que el hombre le ofrecía trabajar durante unos veinte días. «Quizá más», ha dicho.

Es lo más estable que recuerda. Creció, como todos los críos en su aldea, preguntándose si aquel día llegaría un plato a la mesa. Y, aunque apenas sabe interpretar lo de «quizá podamos llegar a un arreglo», por el tono y la sonrisa del hombre comprende que es algo bueno, deseable.

Un arreglo.

El semblante animado de Belmonte lo ayuda a decidirse inmediatamente. Además, aquel hombre que le habla despacio para hacerse entender y al hacerlo le alarga una botella de agua, había cumplido lo prometido. No había intentado engañarlos. Idrissa confía en él. ¿Qué puede perder si no tiene nada?

Asiente con convencimiento.

Belmonte le tiende la mano. Idrissa la estrecha.

—Además, siempre caerá algo —añade Belmonte cuando minutos después se apean de la furgoneta en el límite de sus campos, algo más allá de la zanja en la que habían trabajado el día anterior.

Señala las matas rebosantes de tomates gruesos y demasiado verdes para ser recogidos.

Belmonte señala los tomates:

—Puedes llevarte alguno, te vendrán bien.

Idrissa entiende a medias a qué puede referirse. A la sombra de un árbol, un joven con bermudas rojas y sombrero de paja que apenas levanta la cabeza al verlos coge pepinos de una enorme pila y los alinea cuidadosamente en cajas de madera como si jugara al Tetris.

Desde el primer momento queda claro que el transporte corre a cargo del dueño de aquellas tierras que forman parte del delta del Llobregat y que son fértiles y llanas como una mano abierta.

Idrissa, que no sabe dónde se halla, no habría sabido llegar hasta allí por sus propios medios.

No los primeros días. Idrissa no necesitará atravesar la ciudad cada mañana.

Según alcanza a entender, Jesús Belmonte se compromete a recogerlo y a regresarlo diariamente justo donde los había dejado el día anterior.

—Empezaremos por los tomates. ¿Ves? Vas arrancando solo los que tengan algo de color y llenas esas cajas. Así, como este, los que empiezan a madurar —remarca, y arranca el tomate más maduro de la mata que transita ya del verde al rojo pálido, y para refrendar lo dicho señala las bermudas de Fermín.

—Rojo, ¿ves? Rojo —insiste.

Idrissa asiente. Conoce el color rojo.

—Si tienes alguna duda, el chico o yo te lo aclararemos. ¿Me entiendes?

—Yo entiendo. No problema. Tomate rojo —le asegura Idrissa con una sonrisa repleta de dientes blanquísimos.

—El chico se llama Fermín, es sordo, si necesitas alguna cosa te acercas y le tocas el brazo. Entenderá lo que le digas si hablas despacio. Lee los labios —añade el hombre, señalando primero su propio oído y abriendo y cerrando la boca exageradamente.

Idrissa asiente y repite:

—No escuchar. Yo entiendo.

Y suena raro. Idrissa no está muy seguro de lo que el hombre ha intentado explicarle, pero Belmonte parece satisfecho.

El hombre se aleja, se dispone a cargar en la furgoneta las primeras cajas repletas de pepinos formados en hileras, necesita protegerlas del sol.

Resopla al alzarse como si el aire expelido pudiera impulsarlo hacia arriba. Cuando acaba, se acerca a Idrissa.

—Toma, ponte esto, lo necesitarás. —Y le tiende una gorra roja con letras blancas. Se puede leer:

El Prat de Llobregat

Pollastres de pota blava

Els millors

Idrissa obedece. Deja la caja repleta de tomates sobre la tierra, descansa unos instantes y bebe agua de la botella que el hombre le ha ofrecido al llegar.

—¡Ah! Yo soy Rafa.

Idrissa pronuncia su nombre y Belmonte ladea la cabeza. Nunca antes lo había oído.

—Idrissa —repite Belmonte—. Lo recordaré.

Con el sol ya alto, Idrissa se quita la camiseta. Trabaja rápido y bien. Trabajar le desenmaraña la mente. Natalia le obsesiona y prefiere estar ocupado. Ni puede ni sabe estar mano sobre mano. Si espera sin hacer nada, sin ganar un euro, tiene la seguridad de que se volverá loco.

Le ha dado tantas vueltas a su situación, ha pensado tantas cosas…

Ha llegado a creer que Natalia ha avisado de su presencia a la Policía, que lo ha traicionado, que por alguna razón que no consigue entender ha intentado librarse de él para quedarse sola en el piso.

Ha dudado de ella, de sus palabras de amor, del proyectado futuro en compañía, de sus promesas de un bienestar cercano.

Natalia le había repetido muchas veces que sin él no podría seguir viviendo.

¿Cómo seguir creyendo en sus palabras? Ha oído decir que a menudo las mujeres en Europa se encaprichan de los negros, que se acuestan con ellos unas noches y después los apartan sin miramientos, no quieren saber nada más.

Quizá Natalia es una de ellas. Una mujer caprichosa, enamoradiza, una mujer en la que no puede confiar.

Mientras coloca tomates en las cajas de madera que rezan «Germans Belmonte.

Fruites i verdures. Gavà», Idrissa duda de Natalia.

Cada vez está más convencido de que la mujer de los brazos acogedores y los ojos del color de la resina ha puesto a la Policía sobre sus pasos.

¿Qué otra cosa puede pensar? No consigue entender nada.

Se esfuerza por apartarla de la mente, por substituir unos pensamientos que lo aniquilan por otros más útiles, menos perniciosos.

Quizá, bien mirado, ha tenido suerte. Ha esquivado a tiempo a los agentes y no piensa volver a poner el pie en la calle Caballero.

Hace cálculos. Si sigue con Baakir y Moussa y camina a diario hasta la Diagonal, el lugar en el que Belmonte lo recogerá, puede ahorrar unos quince euros cada día, menos los domingos, que solo reportarán gastos.

Y ha de pensar en la ropa. No tiene nada.

No puede cambiarse. Seguro que Baakir o Moussa le prestarán algo.

También conoce algún sitio en el que a menudo tienen prendas para los necesitados.

Y él lo es. Con ayuda de la parroquia en la que le han asegurado que no hacen preguntas, espera poder enviar a casa lo suficiente.

Al fin y al cabo, casi son buenas noticias.

Pasadas un par de horas, Rafa Belmonte le indica que se siente un rato, que descanse a la sombra de un ciruelo que crece en un margen. Fermín ya está allí mojándose la cara con el agua que mana de un caño. Idrissa obedece. Casi sin querer, al incorporarse se lleva la mano a las lumbares.

Duelen.

—Trabajas bien. Eres rápido y tienes buenas manos. Creo que tú y yo nos entenderemos.

Idrissa, incapaz de formular un comentario, sonríe. Cree haber captado la esencia.

El hombre tiende una porción de queso y un trozo de pan a Idrissa y al chico que ha acabado ya de colocar el montón de pepinos y que la emprende con el queso. Idrissa acepta sorprendido. Siente hambre, pero es una sensación tan familiar que ya no le resulta apremiante.