Jueves #3
—También estoy con lo del apuñalamiento. No hay imágenes y el chico no parecía tener muchos amigos. Han aparecido comentarios manifestando la repulsa por su asesinato, pero nadie se refiere a él en concreto. De momento, en redes no hay mucho más, pero sigo con ello.
A Tedesco no le consta que Iván tenga ningún amigo.
Es solitario y reservado como una esfinge —así lo llaman en comisaría— y asume su singularidad sin complejos.
Dicen de él que no tiene sangre en las venas.
Nunca se impacienta, nada parece alterarlo y es inmune a las expectativas.
Sin embargo, sabe observar, conoce los patrones habituales de conducta y sabe analizarlos.
—En las redes sociales también hay comentarios que aplauden la agresión, eso también es de esperar. Gente que… —no continúa. Tedesco cabecea. Es su forma de hacerle entender que sabe de qué habla. Homófobos.
Tras una pausa, añade:
—¿Sigo alguno de los perfiles que hacen comentarios homófobos?
El inspector asiente, aunque no cree que el autor del apuñalamiento sea tan necio como para comentar la jugada.
—Tenemos los nombres de los que van con frecuencia. Ya sabe. Gente que obtiene descuentos o copas gratis. No es seguro, pero quizá podamos averiguar algo más. Todo apunta a un delito de odio, pero todavía no…
—Trata de sacar algo de los clientes habituales. Indaga si podemos conocer los que estaban allí esa noche.
Iván se encoge de hombros y se dirige a la puerta sin despedirse. No le encuentra sentido a decir «adiós» o «hasta luego» si ambas personas saben que volverán a verse pocos minutos después en un pasillo, en una sala de reunión o junto a la máquina de café. Racional has- ta el delirio.
Con la vista en el umbral vacío del despacho, Tedesco rememora la definición de odio que leyó alguna vez y cuyo autor no recuerda. «El odio es una tristeza acompañada por la idea de una causa exterior».
JESÚS MÁRQUEZ
Se conocen. Carpio ha acompañado en otras ocasiones al perito Jesús Márquez hasta el lugar de un siniestro, pero es la primera vez en que este, al acercarse a la barraca de lata, no le tiende la mano ni lo saluda con la bonhomía y la locuacidad acostumbradas.
Márquez no consigue disimular, se siente tan en falso que, sin pretenderlo y tras aproximarse, da un paso atrás.
Como si su interlocutor pudiera ser la fuente de contagio de una enfermedad mortal.
Carpio interpreta su hostilidad como una señal inequívoca de que ha hablado con Llobera y de que este le ha trasmitido sus sospechas.
De no haber sido así, Márquez se habría apresurado a desgranar con todo detalle el partido del domingo, a criticar las decisiones del árbitro y a señalar pormenorizadamente las bondades de cada uno de sus jugadores favoritos.
Jesús Márquez es un hombre de mediana edad, mediana estatura y humor grueso.
Muy grueso. Tiene el labio inferior levemente colgandero y los pies patizambos que le obligan a balancearse al caminar calle Caballero adelante hasta alcanzar el edificio en el que Natalia apareció muerta dos días atrás.
Representa a la aseguradora y es el responsable de estudiar, analizar y desestimar en la medida de lo posible las obligaciones de la empresa con vecinos o empresarios descontentos.
Cumple con su labor entre chistes malos, comentarios de mal gusto y risotadas no siempre bien entendidas por los implicados.
Es hábil en la búsqueda de resquicios que permitan a la compañía eludir su responsabilidad.
Uno de los mejores empleados, de los más eficaces.
Puede resultar muy desagradable si ese es su propósito.
Es astuto, riguroso y mordaz en su trabajo, uno de los peritos mejor valorados por la empresa.
Conoce a la perfección las fisuras de cada contrato.
Nunca ha tenido escrúpulos. Y lo que a Carpio no deja de sorprenderle: parece convencido de ser una de las personas más simpáticas de este mundo.
Resulta más que evidente en su trato que desconfía de la inocencia del joven comercial en el asunto del cadáver hallado en el piso piloto. Le teme tanto o más que a la Policía.
Rubén soporta mal los silencios prolongados y acostumbra a mantener conversaciones largas e intrascendentes con todo el que se pone a tiro, pero esta vez tampoco él abre la boca.
Se alegra infinitamente cuando, al apearse del ascensor, cae en la cuenta de que no se han cruzado con Marisol Morgades.
La vecina no parece tener otra cosa que hacer que salirle al paso y repetir preguntas que Carpio no desea responder. Una tregua siempre es mejor que nada.
El perito, habitualmente conversador, como lo son muy a menudo los empleados de las grandes compañías aseguradoras, no ha preguntado por ella, no parece interesado en lo que pueda responder. Quizá Llobera no le haya hablado de la vecina. Carpio no la mienta.
Afortunadamente, en el rellano ya no queda agua y la cinta que utiliza la Policía para precintar una vivienda en la que se ha cometido un delito cuelga desmayada del marco de la puerta.
Quizás el paso de las horas haya obrado milagros en el parqué y en los bajos de los muebles.
Así lo espera Carpio mientras gira la llave en el paño y franquea el paso a Jesús Márquez.
El piso no huele a humedad. El día anterior la empresa recibió la autorización de la Policía y había enviado a un par de empleadas a eliminar el agua restante.
Puede observarse a simple vista el rastro del agua abundante y muy reciente.
Rubén ignora quién lo hizo, pero agradece infinitamente el gesto de la limpiadora que, acabada su tarea y antes de abandonar el lugar, decidió abrir las ventanas y subir las persianas.
—Mmmm.
Márquez pasa de una dependencia a la siguiente mientras mueve la cabeza de derecha a izquierda.
No le gusta lo que ve. Se agacha frente a cada puerta de madera, pasa las yemas de los dedos por el parqué en las diversas habitaciones y sitúa un nivel primero muy cerca de la pared, después cada vez más lejos.
Coloca el nivel una y otra vez, acaricia el parqué y sigue meneando la cabeza.
Antes de levantarse acerca la cara al suelo para husmear.
Tiene sus propios métodos. Por fin se pone en pie apoyando la mano en el suelo.
Procede muy lentamente, emite un suspiro seguido de una queja y se lleva la mano a las lumbares antes de aullar:
—¡Joder! Deformado y bien deformado. El parqué no podrá evaluarse por completo hasta que se seque y se asiente.
Quizá sea necesario retirarlo todo. No me extrañaría nada —dice, arrugando la nariz—.
Si el tiempo acompaña, serán tres o cuatro semanas como mínimo hasta que podamos decidir si se recupera o si lo arrancamos.
Es todo lo que puedo decir por el momento.
Carpio escucha sin objetar nada. No le sorprende el dictamen. Lo esperaba. Prosigue el perito arrugando el labio superior y agravando así la laxitud del labio inferior, como si estuviera contrariado:
—La puerta del lavabo y la de esta habitación son las más afectadas, irrecuperables. Habrá que cambiarlas, eso seguro. El resto, si no se deforman más, se salvarán quizá con un golpe de cepillo. Esto va a subir una pasta. Ya te digo. —Y mientras habla, toma notas en una tablet .
Carpio no pregunta, comprende que habla de un cepillo de carpintero que podría rebajar ligeramente el tamaño de la puerta. No es que sea un experto, pero lo ha oído otras veces.
Márquez sigue deambulando por el piso, balanceándose, huroneando, anotando datos en un impreso y arrugando la nariz como un perdiguero.
O como un cerdo en pos de las apreciadas trufas, piensa Carpio con malicia.
Nunca han simpatizado. Márquez no tiene la exclusiva, también él, un enseñador de pisos, puede ser cruel en sus apreciaciones íntimas.
A diferencia del perito, al que le pierden las apreciaciones sarcásticas formuladas en voz alta, nunca las hará públicas.
—¿Fue aquí? —pregunta cuando llegan a la habitación mayor.
Hay curiosidad y algo enfermizo en su entornar los ojos y detener el bolígrafo en el aire.
Carpio se limita a asentir en silencio y a abandonar la pieza antes de que aparezcan las lágrimas.
No abre la boca, no puede hacerlo sin que se le quiebre la voz.
Su semblante muestra a las claras que no piensa hacerlo a corto plazo.
Trata de evitar revivir la imagen de Natalia tendida sobre la cama. Muerta.
—Pues sí que eres sensible —comenta el perito, frustrado, abandonando la habitación.
Le disgusta la falta de detalles—. El sofá no será problema, la tapicería se seca y hay tratamientos, si queda algún rastro quizá tenga solución.
Y yo diría que las sillas también resistirán, pero el mueble bajo y los armarios… Eso es harina de otro costal.
Carpio se acerca a la ventana y mira hacia la calle. En otro momento habría apreciado el cielo de un azul bello y luminoso y los brotes ya crecidos en las ramas de los árboles. Se habría felicitado por haber podido abandonar el barracón.
—Mal asunto. Muy mal asunto, Carpio —asegura el perito a su espalda—.
Es demasiado pronto para dar una cifra, pero podemos hablar de más de quince mil euros si hay que retirar el parqué —dice mientras guarda el impreso en una carpeta con las siglas de la aseguradora y mira al vendedor directamente a los ojos—.
Eso como poco —añade—. Y si se demuestra que ha habido negligencia…
Acobardado, y por hacer algo que no consista en echarse a temblar de forma manifiesta, Carpio asiente con desinterés. Quince mil euros. Probablemente algo más. La mirada del técnico le hace sentir mal. Muy mal. Es una acusación mal velada. La voz de su amo, la voz de Arnau Llobera.
—¿Y es cierto que no sabías nada?