La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Jueves #2
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Jueves #2

Comprueba para su tranquilidad que nada en las portadas hace referencia a la muerte de Natalia y recuerda las palabras de su abuela materna.

Jacinta repetía a menudo que «el periódico de hoy envolverá el pescado mañana» y lo hacía siempre de forma desdeñosa.

Era su agria manera de recordar la implicación política de su marido, que fue la causa de su muerte temprana.

Compra un ejemplar del de mayor tirada, lo ojea página por página y se convence de que en su interior tampoco aparece mención alguna a la mujer muerta. Experimenta cierto alivio.

Lo intenta de nuevo. Esta vez responde el ayudante del forense, que se excusa en su nombre antes de hacerle llegar el móvil.

Velázquez le explica, con cierta desgana y un malhumor evidente, que en la piel de Natalia ha advertido rasguños en los brazos y algún cardenal en torno a sus muñecas; nada que pueda explicar su muerte.

No ha apreciado otros signos de violencia.

Ni pinchazos recientes, ni agujeros de bala, ni heridas de gravedad.

En opinión del forense, el fallecimiento puede atribuirse sin margen de error a una ingestión de fármacos incompatible con la vida.

Fármacos que bien podían formar parte de la medicación habitual de una enferma mental con el trastorno que figura en su historial clínico.

La concentración determinada por las pruebas realizadas supera ampliamente la derivada de un tratamiento crónico.

—Un paciente bipolar recibe una medicación muy compleja. Estabilizarlos no siempre resulta fácil, a veces requiere varios fármacos a dosis altas, pero no tan elevadas. Nadie prescribe algo así. Es un disparate.

—¿Estamos hablando de un suicidio? —pregunta Tedesco, que inmediatamente, y de haber podido, habría retirado la pregunta.

—Los polis siempre estáis igual. ¿No os enseñan nada?

Os lo explican mil veces y… —responde agriamente el forense—.

Me cago en la puta, Tedesco, que tienes una edad.

¿Es que no entendéis nada? ¿Cómo puedo saber en qué condiciones ingirió las pastillas?

¿Con una bola mágica? ¿Me respondes tú? ¿Cómo voy a saber si alguien le apuntaba con una pistola o le retorcía un brazo mientras le acercaba un vaso de agua y un puñado de píldoras?

Yo te puedo explicar la causa objetiva de la muerte, no sus circunstancias. Eso solo pasa en las películas.

Velázquez habla tan rápido y pone en sus palabras tanto énfasis que pierde el aliento. Se detiene y respira profundamente antes de continuar:

—Pudieron amenazarla, puede tratarse de un suicidio inducido, quizá la sujetaban mientras… Yo qué sé.

—Lo siento, ya sé que eso es cosa mía.

—La gente ve tanta serie de polis, tanto laboratorio, tanta reconstrucción y tanta hostia que cree que todo puede identificarse con unas pinzas y un puto microscopio. ¡Joder! Me tenéis hasta los cojones… La puta que…

Tedesco no quiso escuchar más.

—Entiendo. Gracias.

—Un día de estos me compro una ouija y os doy los detalles.

El policía corta la comunicación mientras el forense sigue aullándole al teléfono como tiene por costumbre.

Muerte por ingestión excesiva de fármacos.

La probabilidad de que se trate de un suicidio es más que evidente.

Sin embargo, el inspector no quiere limitarse a cerrar el caso dando por cierta la hipótesis de la muerte voluntaria.

Poder, puede, desde luego. Valero no tendría nada que objetar.

Bastaría con esperar unos días sin más pistas ni nuevos datos, es suficiente con aguardar a que el caso pierda interés y con limitarse a olvidar el tema y a dar por buena la hipótesis de la muerte autoinfligida.

Dado que no han podido contactar con la madre y, a falta de parientes conocidos, de novios o de amigos cercanos, nadie tendrá la menor objeción.

Si la prensa sigue sin hablar de la muerte de Natalia Benegas, pronto podría archivar el asunto.

Cerrarlo por los siglos de los siglos. Amén.

El problema es que no quiere. Necesita una explicación a la presencia de la mujer enferma en el piso vacío y a la más que probable existencia de un hombre que pasaba las noches junto a ella.

El inspector Tedesco no se resigna a abandonar fácilmente un caso abierto. Por el contrario, tiende a obsesionarse, a no dejar de pensar en él hasta dar con una explicación plausible.

Al entrar en comisaría, el policía busca a Lidia Sampedro y le pide que lo acompañe a su despacho. La agente se sienta y abre la libreta en la que anota los datos recabados, las órdenes recibidas y las hipótesis de trabajo.

—Localiza a la madre de Natalia Benegas, hemos de comunicarle su muerte y necesito hablar con ella cuanto antes. Haz lo que sea, si necesitas ayuda, pídesela a Diego o a Iván. Alguien tiene que hacerse cargo del cadáver. Además, espero que pueda decirnos alguna cosa.

—Diego estuvo allí. No había nadie.

—Lo vuelves a intentar. Te plantas en su domicilio y, si no está, preguntas a los vecinos y en las tiendas cercanas. Necesitamos encontrarla.

La agente asiente y su cola de caballo brinca en el aire.

—¡Ah! Antes te acercas a la calle Caballero y hablas con la vecina, sí, mujer, con Marisol Morgades, la que no deja de moverse, la que llamó a Carpio por lo del agua. Pregúntale si alguien ha intentado entrar en el edificio. Seguro que lo sabe. Que te acompañe Diego si está libre.

Echando la cabeza hacia atrás y arrugando involuntariamente el labio superior, Tedesco se lleva el índice a la nariz y remonta sus gafas.

—Por favor, dile a Iván que venga. Quiero hablar con él.

Lidia se levanta y abandona el despacho justo en el momento en que el móvil de Tedesco empieza a sonar en su bolsillo.

El policía da un respingo y se apresura a buscar el aparato.

No consigue acostumbrarse al súbito sonar del móvil en el bolsillo de la americana, justo a la altura del corazón, tampoco a guardarlo en el bolsillo trasero del pantalón como todo el mundo.

Con cada llamada, aurículas y ventrículos se alteran y el ritmo cardíaco se acelera. Cualquier día…

Durante un instante, el pensamiento del policía vuela hasta la habitación de Romeu. Con media sonrisa comprueba que se trata de su hija Marina.

IVÁN

El agente entra en el despacho cuando el inspector acaba la conversación con su hija.

Se sienta frente a él mientras guarda el móvil y suspira.

Han sido cuatro las palabras cruzadas con Marina mientras ella atraviesa el vestíbulo de un aeropuerto en alguna ciudad europea.

Anda en tránsito, como casi siempre. A menudo, Marina Tedesco decide que ha llegado el momento de hablar con su padre durante un «tiempo muerto».

Cuando cruza la terminal de un aeropuerto, mientras espera la salida del AVE o durante un trayecto en taxi.

Con el tiempo, Tedesco ha aprendido a no rechistar.

Iván procede despacio, como siempre. Con toda cautela ha cruzado el umbral, se ha sentado algo encorvado y con las manos sobre el regazo, como lo haría un anciano.

Se dispone a esperar una indicación de Tedesco.

Tiene los modales propios de sus ancestros.

También viste como un anciano. Lentamente, levanta la mirada y espera a que el inspector, que remonta sus gafas para mejorar su visión, se dirija a él.

Imposible leer nada en un rostro impasible.

—¿Tenemos algo? —lo apremia.

—He enviado al laboratorio un par de camisetas de hombre de las que encontramos bajo la cama, las que parecían no haber sido lavadas todavía.

Al inspector le satisface comprobar que Iván no necesita más indicaciones. Posee el sentido común del que el mundo entero anda tan necesitado.

—Pero ya sabe cómo va, los resultados tardarán, y si el hombre no está fichado es posible que no nos digan nada.

—¿Eso es todo?

Iván Cabrera es metódico. Expone su proceder de forma ordenada y sin prisas. No conoce la urgencia.

—Casi todo. Sabemos que Natalia tenía un hermano menor, así consta en su historia clínica, pero no hay manera de localizar su nombre.

La he leído toda. El primer especialista no lo anotó.

Era muy pequeño, tenía ocho o nueve años, cuando la atendieron por primera vez.

Sigo en ello. Miraré otros registros. También ayudo a Lidia a dar con la madre, era ella la que acompañaba a su hija durante la adolescencia, pero por el momento solo hemos podido localizar su domicilio en el Poble-sec.

Tedesco inclina la cabeza hacia su hombro. Parece contrariado. Pocos avances y aparentemente inútiles. Su pen- samiento regresa durante unos instantes a su propia infancia y adolescencia que transcurrieron en un piso del Poble-sec, a pocos pasos de la plaza del Sortidor.

—He comprobado que el piso sigue a su nombre, pero nadie coge el teléfono ni abre la puerta.

—Lo sé. Acabo de enviar a Lidia y a Cuesta. La verdad es que no hemos avanzado mucho.

—Si me permite…

Tedesco cabecea. Regresa al presente.

—Te permito.

—Si dejas el grifo abierto y pones el tapón, no te importa mucho lo que pueda pasar. Y, sin embargo…

—Y, sin embargo, retiras la estera para que no se moje.

—O para que no interrumpa el curso del agua, para que llegue al rellano —añade el mosso, afilando la mirada—. Para que baje por las escaleras.

Tedesco asiente. También el inspector ha pensado en esa posibilidad, pero prefiere que sea Iván el que la verbalice. Intercambiar opiniones con Cabrera es una forma de pensar en voz alta.

—He pensado que quizá quería que descubrieran su cuerpo cuanto antes, en pocas horas. Si dejaba correr el agua más pronto que tarde, alguien se daría cuenta. Por eso necesitaba retirar todo obstáculo. El inspector cabecea muy despacio. Ambos han alcanzado la misma conclusión.

Iván añade:

—Quizá quería que la encontraran antes de que el hombre que vivía con ella en el piso regresara a casa.

—Cierto. Yo también lo creo.

Durante unos instantes impera el silencio. Son temperamentos afines. Ninguno de los dos se siente incómodo.