Jueves
RUBÉN
Con las primeras luces y tras las larguísimas horas en vela, Carpio cree volverse definitivamente loco.
Se incorpora en la cama, se lleva la mano al corazón como para que no se le escurra entre las costillas y así permanece durante un rato.
Está solo y asustado hasta los tuétanos, controla con esfuerzo la respiración y lucha como puede con el maldito pánico. Y no va ganando.
Se levanta, se prepara un café soluble con algo de leche y deja discurrir los minutos sentado en una butaca con el vaso ya vacío entre las manos. Tiene los nervios a flor de piel y en la mente un torbellino.
Y de nuevo suena el teléfono y se le acelera el corazón. Carpio no descuelga. No consigue reunir el valor, tampoco sabe si le conviene hacerlo. Aguarda y, acabada la llamada, escucha el mensaje:
—Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia Benegas. A él le interesa más que a nadie. Es muy urgente. Si no contacta conmigo cuanto antes, tendrá complicaciones.
Las palabras son parecidas a las de la ocasión anterior. El hombre no suelta prenda, pero pretende resultar algo más amenazador. «Si no contacta conmigo cuanto antes, tendrá complicaciones. Es por su hermana: Natalia Benegas».
Todo invita a pensar que el propietario de la voz que le altera los nervios desde el contestador sabe que Natalia ha muerto. Aunque quizá la supone viva y quiere localizarla. Es imposible saberlo.
«A él le interesa más que a nadie», asegura el desconocido.
Rubén no ha comunicado la muerte de Natalia.
Tras el fallecimiento de su padre, hijo único de una pareja que murió en un pueblo lejano de la provincia de Cáceres y que apenas llegó a conocer, no le quedan parientes y, desde luego, ninguno al que Carpio desee volver a ver.
Tampoco conoce a los amigos de Natalia, aunque supone que deben existir en algún lugar, puesto que, en los buenos momentos, en ausencia de demonios, Natalia se hacía querer.
Prefiere ignorarlos. Sospecha que algunos pertenecen al lado oscuro, al margen.
Ladrones de poca monta, traficantes de barriada, extorsionadores…
La frase del desconocido alberga cierto aroma a chantaje.
Se levanta de la butaca con una única idea en la cabeza.
Manipula el contestador con la intención de conocer el número desde el que se ha efectuado la llamada.
Quizá le resulte familiar. Si no es así, ha pensado llamar desde un teléfono público, si es que todavía queda alguno, o desde un locutorio.
Necesita saber algo más del propietario de aquella voz que no consigue apartar de su mente.
Quizás incluso logre identificarlo. Con el número puede llegar a saber algo de su propietario.
La voz es ligeramente ronca y Carpio juraría que pertenece a un hombre entre los treinta y los cincuenta años.
Una voz áspera, como lo es a veces la voz del que ha bebido mucho y durante mucho tiempo.
«Voz de mala vida», habría asegurado su madre, cuya vida fue casi siempre mala y nunca bebió, pero, en definitiva, una voz completamente desconocida a la que no consigue asignar nombre ni rostro.
Tras varios intentos fallidos, logra que el número aparezca en la pantalla.
Tiene que sujetarse al mueble en el que descansa el aparato para que no le fallen las piernas.
Piensa que el mundo se le viene encima y en cierto modo así es.
Efectivamente, el número le resulta familiar, podría repetirlo de memoria.
Es uno de los pocos números que puede marcar sin necesidad de consultar libretas ni agendas.
Pertenece al móvil de Natalia.
ELVIRA
Aunque el inspector tampoco consigue hablar con él, puede comprobar a través del cristal de la UCI que el semblante de Romeu es algo mejor, que sus ojos parecen más vivos, su rostro menos afilado y sus reacciones algo más ágiles.
Cuando golpea el cristal para llamar su atención, incluso su forzada sonrisa al reconocerlo le parece algo más real, menos impostada. También observa que han disminuido los tubos y los cables que lo mantienen amarrado a los artilugios de control.
Ignasi se alegra al verlo, al menos eso intenta demostrar, y levanta las palmas de las manos en dirección al techo en señal de impotencia. No tardará en querer salir de allí a toda costa. Es cuestión de horas.
Elvira no ha abandonado la antesala de la UCI durante el rato prohibido a las visitas.
Ha conseguido la complicidad de Carme Pons para asomarse de vez en cuando y comprobar que Ignasi sigue vivo, pero la enfermera jefe de planta libra aquella mañana y, en su ausencia, se ha visto obligada a respetar escrupulosamente el horario convenido.
Tiene oscuras bolsas bajo los ojos y los rasgos faciales algo caídos, desmayados, como si de pura fatiga hubieran dejado de oponer resistencia a la fuerza de gravedad.
Tedesco recuerda sus labios siempre pintados con discreción y la sombra oscura extendida sobre sus párpados dando profundidad a su mirada.
En su rostro no hay ahora ni el menor rastro de maquillaje.
Con lápiz de labios o sin él, Elvira López es una mujer guapa.
Cargada de años, pero verdaderamente guapa.
Advierte que parece más tranquila, algo más confiada. Ya no tiene un pañuelo arrugado y húmedo entre los dedos ni las lágrimas apuntando a flor de párpados. Tampoco habla ya como en sordina.
—Gracias por venir, Mauricio. Se alegra de verte —le susurra.
Y Elvira sorprende al policía atrapándole la mano a la altura de la muñeca cuando se dispone a abandonar ya la UCI camino de comisaría—.
Siempre le alegra verte. Y yo también me alegro —añade—.
No tenemos parientes y no nos quedan muchos amigos.
Tedesco lo sabe. Tampoco ignora que, a raíz de la jubilación de Ignasi, Elvira ha intentado de mil maneras apartar a su marido de su pasado en el Cuerpo de Policía y de los turbios asuntos de los que se ocupaba cuando estaba en activo.
De hecho, sabe que detestaba con toda su alma el oficio de Romeu, que nunca había podido olvidar los riesgos que su esposo corría, y que si algo había deseado Elvira durante toda su vida era verlo alejado de la comisaría.
También sabe que él, Mauricio Tedesco, es el ancla de Romeu en el cuerpo policial, su nexo de unión con un pasado que nunca quiso dejar atrás, su balón de oxígeno.
A través de Tedesco, Ignasi Romeu mantiene un pie en la comisaría de Les Corts.
Por eso Elvira siempre ha recelado de él.
—Parece que saldrá de esta —añade Elvira sin bajar la vista—. Aunque no lo aseguran, parecen pensar que se pondrá bien.
—Lo sé. Estoy seguro —responde Tedesco, mientras se dispone a alejarse para abandonar la UCI—. Hoy parece algo mejor, más animado. Se está recuperando —comenta el policía por llenar los silencios.
—Necesitará tranquilidad.
Es obvio que Elvira no se da por vencida. También lo es que la esposa de Romeu no da puntada sin hilo.
No dicen más, ambos callan. Los sobrentendidos son tantos y tan evidentes que no es necesario seguir hablando.
Tedesco promete volver pronto. Se despide con un par de besos en las mejillas de Elvira y se aleja pasillo adelante. La mujer lo sigue con la mirada hasta que desaparece al doblar una esquina.
TEDESCO
Se siente profundamente aliviado al cruzar el umbral del centro hospitalario y poner el pie en la acera. Cuando pisa un hospital ya está deseando salir. Los aborrece. Suspira y encamina sus pasos hacia la comisaría. No tiene prisa y necesita pensar.
No deja de darle vueltas en la cabeza a la muerte a puñaladas de David Sayago, el joven que perdió la vida a las puertas de una discoteca.
No sabe qué pensar. No tienen pistas ni testigos.
Ningún amigo se quedó junto a él mientras agonizaba.
David se desangró completamente solo sobre la acera sin que la cámara, desactivada desde hacía días por la negligencia del propietario, pudiera ofrecer imágenes válidas.
Aparentemente, un callejón sin salida. Un caso que le resulta especialmente doloroso.
Al inspector, pensar en el chico muriendo sin otra com- pañía que su propio miedo, le revuelve la sangre.
Sabe que Iván se ocupa de averiguar si algún aparato en las proximidades pudiera haber capturado alguna silueta, algún rostro identificable.
También que comprobará las redes sociales de los clientes habituales del local, sus nombres figuran en un registro porque obtienen descuentos a modo de fidelización.
Confía en él. Si alguien puede encontrar una pista, ese es Iván Cabrera.
Tampoco logra apartar de su mente la estampa del hombre joven, alto y negro que la tarde anterior no perdía de vista las ventanas del piso piloto.
Habría dado cualquier cosa por saber qué esperaba varado en la acera, qué pretendía ver con la mirada clavada en las ventanas del piso.
Quizá solo quería recuperar su ropa. Tedesco intuye que las pertenencias encontradas bajo la cama le pertenecen.
La talla de su propietario, el tipo y la mala factura de las prendas…
Se maldice mil veces por no haber tomado precauciones, por haber ahuyentado a aquel hombre como lo habría hecho un poli recién llegado al cuerpo. Resopla mientras camina a buen paso en dirección a Les Corts.
Poco antes de llegar a comisaría intenta hablar vía móvil con Velázquez, el forense.
Necesita los resultados de la autopsia y los necesita ya.
No responde. El inspector se detiene junto a un quiosco y vuelve a llamar mientras repasa los titulares de la prensa diaria.
No consigue que atienda la llamada. Como ya es habitual, la maldita e inacabable crisis climática sigue amenazando con devorar, de norte a sur, el mundo conocido, la tierra emergida.
Y, también como siempre, saltan a la luz nuevos casos de corrupción que cada vez resultan menos escandalosos. A río revuelto…