La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #14
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Miércoles #14

Lleva días dándole vueltas a la cabeza en solitario.

No ha hablado de ello con nadie. Más pronto o más tarde conseguirá descolgar placas y cadenas.

Un dinero extra que permitirá comprar zapatos para sus hijos y una anhelada pelota de cuero con la que podrán jugar en la plaza.

Es cuestión de seguir pensando, de encontrar la manera.

Quizá baste con arrojar una cuerda y tirar hasta arrancarlos, pero se arriesga a perder las cadenas que pueden quedar colgando de sus clavos.

Las cadenas pesan, le reportarán algunos euros, de alguna manera conseguirá descolgarlas. Debe seguir pensando en ello.

Superado el invierno, la primavera es una buena estación.

La mejor. En el interior de la nave no pasan frío y cada día es algo más largo que el anterior.

En primavera no importa que en el destartalado almacén no haya bombillas y que no queden tubos fluorescentes colgando de las vigas que sustentan el techo.

Tampoco hay suministro de electricidad. De haberlos habido, y dada la clandestinidad de sus ocupantes, tampoco se habrían atrevido a encenderlos.

Moussa no ha llegado todavía cuando, sentados sobre cajones, comparten pan, leche y un par de hamburguesas que Baakir ha comprado y cocinado sobre el hornillo de gas encontrado semanas atrás en las proximidades de un contenedor.

Sigue sin entender cómo la gente se desprende de cosas que siguen funcionando.

Por el momento consiguen hervir arroz y pasta, calentar legumbres y cocinar algo de ternera o de pollo cuando se lo pueden permitir.

Ni la fatiga extrema, ni la preocupación más intensa, ni el miedo a ser atrapado y repatriado o confinado durante semanas en el centro de reclusión, consiguen que Idrissa pierda el apetito.

Siempre, siempre, siempre siente hambre.

A pesar de que anda preocupado como pocas veces lo ha estado antes, Idrissa habría cenado sin dificultad mucho más de lo que se pueden permitir.

Da cuenta de media barra de pan y de la hamburguesa en un abrir y cerrar de ojos.

Un vaso de leche muy azucarada no consigue colmar el gran vacío que se abre en su estómago.

Baakir recoge cuidadosamente los pocos enseres de los que disponen y los lava en la pila del lavabo. Es un hombre pulcro y ordenado. Idrissa no trata de hilar una conversación. Prefiere no hablar de sus asuntos y no es persona que hable por hablar. Baakir tampoco lo intenta.

Idrissa se limita a arrebujarse sobre las mantas y a concentrarse en sus cavilaciones.

Necesita saber de Natalia, comprender lo que ha pasado, recuperar lo poco que posee y, sobre todo, encontrar una explicación a la presencia de los agentes de Policía en el piso.

Su situación ha empeorado infinitamente en unas horas, si tal cosa es posible.

Aunque ha echado a correr antes de que la agente alcanzara la acera, a Idrissa no le cabe la menor duda de que la Policía le sigue los pasos.

Se han fijado en él, en su presencia, en su interés inexplicable. Saben en qué calles se mueve.

No consigue entender lo que está pasando y le duele intensamente el silencio de Natalia.

Empieza a pensar que algo grave, algo que apenas puede imaginar, le ha sucedido a la mujer rubia que lleva semanas dándole amor, compañía y cobijo.

El joven chino del bar ha hablado de agua, pero nadie se ahoga en un piso.

Algo está mal en sus palabras. Espera la llegada de Moussa para saber si Natalia ha llamado, si el amigo tiene algún mensaje para él.

Cuando se dispone a dormir, Moussa todavía no ha llegado.

—No esperes. No vendrá.

Baakir le explica que Moussa tiene una «novia» en el otro extremo de la ciudad. Así la llama él. Una senegalesa mayor cuyo encanto radica en que tiene una habitación en un piso que comparte con unas primas. Cuando estas se ausentan durante la noche —ambas trabajan por turnos—, Moussa la visita.

Idrissa apenas duerme un par de horas en toda la noche.

Mucho antes de que consiga distinguir las primeras luces, hacia las dos de la madrugada, continúa su desvarío.

Acuden a su mente pensamientos repetitivos, obsesivos, desquiciantes.

Da vueltas y más vueltas sobre unas mantas polvorientas que no consiguen ocultar la dureza del suelo.

Horas enteras escuchando la respiración de Baakir y su susurrar en sueños, el rumor de los coches y de las motocicletas que suben calle arriba, las voces de gente joven que anda de celebración y los gritos de algún borracho escandaloso camino de alguna parte.

Piensa que acabará por volverse loco, completamente loco.

Moussa no ha llegado cuando, poco después de las 6:20, Idrissa se pone en pie sin hacer apenas ruido.

No puede esperar, necesita moverse, trabajar, alejarse del barrio.

Abandona la destartalada nave tras beber unos sorbos de leche de un tetrabrik y arrancar un trozo de pan de una barra algo reseca y ya mediada.

Baakir duerme todavía vencido sobre un costado. Respira profundamente, parece en paz. Idrissa no puede saber que su amigo sueña con cadenas pesadas y gruesas como su antebrazo.