Miércoles #13
Parece lógico concluir que Natalia ha puesto fin a su vida, pero nada permite explicar su presencia en el piso ni la del desconocido cuyos efectos ha encontrado la Policía. Tampoco exime a Rubén Carpio de haber mentido a conciencia.
Si la Policía sigue investigando y revisando su larguísima historia clínica, quizás acabe por establecer la relación de parentesco.
Aunque quizás en los registros hospitalarios no aparezca su nombre, puesto que era su madre la que la acompañaba durante las consultas médicas, Rubén ha vivido durante toda su vida en la casa de Carmina, la madre de ambos, en la que sigue empadronado.
La misma en la que Carmina se instaló con su primer marido, el padre de Natalia, y en la que siguió viviendo cuando este se volatilizó.
De hecho, la Policía ya ha intentado localizar a Carmen González en su domicilio.
Bastará con un par de consultas. No tardarán en atar cabos. Cuestión de horas.
De nada servirá que no atienda la llamada de la Policía en el teléfono fijo o que se resista a abrirle la puerta a un agente. Quizá sería mejor desaparecer durante unos días a cuenta de las vacaciones, pero acaba por desestimar la posibilidad. Su huida no haría sino agravar su complicada situación.
Le da a todo ello vueltas y más vueltas.
No consigue relacionar la voz masculina en el contestador con ningún rostro conocido, ni en el pasado ni en el presente.
No le recuerda a nadie ni le hace pensar en ningún episodio de su vida ni de la de Natalia, aunque es bien poco lo que Rubén sabe de la vida de su hermana mayor.
Ha podido comprobar que, en ocasiones, sus días parecían transcurrir al borde de un lago, de un bello y limpio estanque, o de un fantástico parque de atracciones, un lugar divertido, ideal.
Otras veces parecía transitar junto a una verdadera ciénaga.
La pastilla que ha ingerido antes de la medianoche, y que ha de permitirle descansar, apenas surte efecto.
Le ha procurado poco más de dos horas de sueño intermitente.
El resto de la noche Carpio lo pasa rotando en torno a su eje, sintiendo calor y frío alternativamente y pasando con el pensamiento del cadáver de Natalia a la voz escabrosa del hombre.
Llega a considerar la posibilidad de que el desconocido, que sigue intentando ponerse en contacto con él, quizá pretenda chantajearlo, denunciarlo a la inmobiliaria por corrupción, fraude o cualquier otro delito sancionable.
Quizá se plantee incluso acusarlo de la muerte de su hermana.
No tiene en toda la noche ningún buen pensamiento, ni el menor atisbo de que todo acabará por solucionarse.
No ha hablado con nadie de la muerte de Natalia.
Como único pariente debería estar planificando su funeral y, sin embargo…
No ha mencionado su fallecimiento ni en el bar que frecuenta cada mañana antes de encerrarse en su jaula de lata y que no ha vuelto a pisar, ni en la conversación con los operarios con los que ha cruzado algunas palabras durante el día cuando ha sacado la cabeza del barracón.
Tampoco con Mireia, una vendedora como él a la que conoció durante un curso de formación, con la que mantiene una conversación vía WhatsApp y con la que ha empezado a fantasear.
¿Mireia?
Días atrás creyó estar enamorado, trató de armarse de valor para invitarla a cenar, pero no ha vuelto a pensar en ella desde que echó a correr bajo la lluvia para atender el aviso de la vecina.
¿Mireia? Queda tan lejos su vida de anteayer…
Ha cambiado tanto en unas horas que apenas sabe qué pensar.
Hace un par de días, la tarde de autos, la joven le dejó un mensaje relacionado con la empresa y con las largas y aburridas esperas en las oficinas de ventas.
Ambos detestan los ratos muertos. Rubén no ha contestado todavía.
No ha encontrado el ánimo necesario para iniciar una conversación banal ni para tratar de fijar una cita que desea con toda el alma.
Espera tener ocasión de disculparse. Tendrá que improvisar.
Quizás una avería del móvil. Ya pensará en algo.
Necesita un propósito, una vía de escape, un punto de fuga.
Ahora más que nunca. Le asusta la soledad total que empieza a asentarse en sus tripas.
De regreso a sus cavilaciones ha alcanzado la conclusión de que, tras haber negado repetidamente conocer a la joven muerta, no puede hablar del asunto con nadie.
Con nadie. Y lo que más le alarma es que el hombre propietario de la voz en el contestador conoce el vínculo que los unía.
Podría incluso estar relacionado con la muerte de Natalia.
Intenta convencerse de que al ser hijos de diferente padre a la Policía no le resultará tan fácil.
Comparten un segundo apellido muy corriente: González.
Si la autopsia dictamina un suicidio, y la suerte y el anonimato acompañan, tal vez salga bien librado.
Insiste en pesar en ello, en creer en ello.
Las posibilidades son pocas, casi nulas, pero se aferra a ellas como al clavo ardiendo.
Sin haber escuchado todavía lo que pretende decirle, Rubén se siente amenazado por el desconocido que puede hacer saltar su vida por los aires y obligarle a reconocer no solo su parentesco, sino que está directamente implicado en la utilización fraudulenta del piso.
Él mismo había encargado para Natalia un duplicado de las llaves tras hacerle prometer que acataría las normas.
Sus normas.
Por otra parte, del mensaje de Lidia Sampedro se deduce que intentan contactar con su madre, con Carmina, y que en el momento en que la agente efectuó la llamada la Policía todavía ignoraba que murió meses atrás. No tardarán en saberlo. De hecho, casi con seguridad, acabarán por saberlo todo.
Tiembla.
Quizás ha cometido una estupidez al no admitir ante los agentes que Natalia era su hermana mayor, su medio hermana.
Ha proporcionado un falso testimonio que de conocerse podría convertirlo en sospechoso si la Policía no deja correr el asunto.
Farsante, defraudador y posible cómplice de suicidio.
O de asesinato si no se demuestra sin fisuras que la muerte de Natalia ha sido voluntaria.
«Es muy urgente», ha dicho la voz.
IDRISSA
Cuando Idrissa irrumpe en el almacén, Baakir descansa con los ojos abiertos, tiene la mente en sus asuntos y la vista en el techo desvencijado. La luz menguante del atardecer que asoma por alguna rendija, y hace bailar el polvo ante sus ojos, lo ayuda a pensar. Se sobresalta.
No pregunta nada al verlo entrar jadeando, completamente sudado y con la mirada de un animal perseguido encaramada a las pupilas.
Hay cosas que es mejor no saber. Tampoco ha comentado nada al observar cómo cierra la puerta con delicadeza para que no haga el menor ruido, y cómo espera junto al batiente metálico unos instantes mientras recupera el resuello y espía los ruidos procedentes de la calle.
No es necesaria mucha imaginación para comprender que Idrissa escapa de alguien.
Baakir se incorpora y saluda al reconocer la silueta del amigo en el umbral.
No inquiere las razones cuando Idrissa parece alarmado al oír su voz y reparar en su presencia. Tampoco cuando el joven le indica, aproximando un dedo a los labios, que guarde silencio. Es obvio que las cosas no van bien, pero ¿algún día han ido bien?
Cuando Idrissa, algo más tranquilo, considera que ha pasado el peligro, suspira profundamente, se aparta del portón y se dirige al habitáculo en el que el grifo del lavabo sigue dispensando agua limpia y potable.
Baakir se limita a volver a tenderse sobre el colchón y a seguir mirando al techo en el que los soportes de los tubos fluorescentes penden vacíos de las cadenas metálicas.
Exhausto por el trabajo, casi incapaz de moverse, Baakir se esfuerza las veinticuatro horas del día por descubrir nuevas formas de conseguir unos euros.
El metal de los soportes de los fluorescentes es aprovechable, siempre lo es, los chatarreros lo pagan mal, al peso, pero lo aceptan casi todo.
Son piezas grandes. Deben de pesar mucho.
La dificultad estriba en que en una nave industrial el techo está demasiado alto.
A varios metros sobre sus cabezas. No basta con una escalera sencilla que, por si los obstáculos fueran pocos, Baakir tampoco posee.