La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #12
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Miércoles #12

Mauricio Tedesco cabecea en señal de asentimiento, puede entender el temor de la mujer, sus reticencias.

—Puede estar tranquila. Nada nos indica que exista un peligro real para los vecinos del edificio.

El niño, cuyos rizos castaños y ojos abombados son una réplica muy aproximada de los de su madre, salta incansable desde el segundo escalón al rellano y de nuevo vuelve a subir para repetir el salto.

Bom, bom, bom.

Sin tregua, sin pausa, sin fatiga. Como solo un niño puede hacerlo.

El policía le asegura a la mujer que intentarán aclarar las cosas lo antes posible y que la informarán del resultado de la investigación.

Tedesco no puede mentir y no acostumbra a hacer promesas que no pueda cumplir.

Por el momento solo está en condiciones de afirmar que hará cuanto esté en su mano y que, según su criterio, seguir en el edificio no comporta riesgo alguno.

—Si no fuera por la hipoteca… —murmura la mujer. Los ojos le brillan, trata de retener las lágrimas.

Tedesco habría podido acabar la frase. No lo hace. Tampoco aparta la mirada. La mujer, cuyo escepticismo aflora sin tapujos a sus enormes ojos, les da las gracias por pura cortesía y, de un tirón, urge al niño a entrar en el piso. Hay tanta autoridad en su voz que sorprende al policía.

La criatura no protesta.

Antes de desaparecer, el policía pregunta:

—¿Retiró usted la alfombrilla de la entrada?

Marisol Morgades responde que no, que no tocó nada.

Señala, contrariada, que ya ha respondido a la pregunta.

Inmediatamente después, cierra la puerta con llave como si los miembros del cuerpo policial constituyeran una amenaza.

Presuntos invasores, androides malvados con placa, pistola y las peores intenciones.

Tedesco e Iván cruzan la calle y esperan unos minutos en la acera.

En el cielo, las nubes bajas y oscuras parecen acariciar las azoteas.

No hablan. Ambos lo prefieren así. Poco después, Iván se encamina al coche policial y ocupa el asiento del copiloto, sabe que Tedesco prefiere la parte trasera para no dispersar su atención en la circulación.

Necesita hacer un par de comprobaciones.

Lidia se aproxima jadeando y con cara de derrota.

No ha conseguido saber dónde se refugia.

Cuando ha pisado la calle, el joven, que corría, estaba ya muy lejos.

Lo ha perdido de vista en Comtes de Bell-lloc.

El chico ha desaparecido de buenas a primeras.

No ha conseguido ver si ha doblado la esquina o si ha entrado en algún edificio.

—Ha desaparecido. Se ha esfumado. No he vuelto a verlo. No sé dónde se ha metido. Lo siento —se disculpa sin resuello.

El inspector y la agente se sitúan en el mismo lugar desde el que Idrissa ha espiado las ventanas del piso que días atrás le sirviera de cobijo.

Lidia, pensativa, mantiene las manos en los bolsillos y los labios apretados.

Es una mujer obstinada. Tedesco mira obsesivamente en dirección a las ventanas del piso piloto.

Comprueba que el rostro, los gestos, incluso las muecas de alguien que se hallara junto a la ventana podrían resultar visibles desde la calle.

El policía comprende sin esfuerzo el error que acaba de cometer.

Demasiado confiado. Habría bastado con alejarse un poco de la ventana para escapar a la mirada del joven.

También Lidia alcanza parecida conclusión.

Es lógico que el hombre haya huido al comprender que han advertido su presencia y que, con toda probabilidad, hablan de él. En un descuido ha subestimado al hombre alto y algo desarrapado al que ha podido entrever ya en dos ocasiones. Un error de poli inexperto, novato. Un fallo imperdonable.

Siente el malhumor y la rabia encaramarse a su boca y refugiarse en sus puños.

Un caso complicado, sin cabos de los que tirar, sin pistas.

Desconcertante. Y Mauricio Tedesco, el veterano inspector de Policía, ha sido atrapado en un renuncio.

Esperaba que Lidia lo siguiera y pudiera averiguar dónde se refugiaba el chico.

Esas habían sido sus órdenes: localizarlo. Necesita hablar con él.

Piensa en Romeu y decide que al hablarle del caso, si la vida le concede la ocasión, omitirá el detalle.

No admitirá que no ha tomado precauciones que, a pesar de que la presencia del chico por segunda vez cerca del escenario resultaba sospechosa, se ha dejado ver, reconocer.

Ignasi Romeu es todo oficio y sarcasmo destilado.

Se reirá de él, le recordará mil veces el maldito error de principiante que acaba de cometer.

«La jodiste, Colombo», dirá. Y no le faltará razón.

A veces, Romeu le llama Colombo por su aspecto algo descuidado y por su obsesión por el menor detalle.

No menciona nunca a la invisible esposa del teniente Colombo para obviar el posible paralelismo.

Tampoco Fina, la mujer de Tedesco, puede acompañar al policía.

«La jodiste, Colombo». Y tendría razón.

—Si fue un suicidio no entiendo por qué dejar el grifo abierto.

Si en el piso dormían dos personas… Más pronto o más tarde, el hombre, su acompañante, volvería y acabaría por encontrarla muerta.

Quizá quiso que la descubrieran pronto, que no la dejaran allí durante días…

Tampoco es tan extraño. Quizá su acompañante salía de viaje y ella no quería quedarse allí hasta…

Lidia piensa en voz alta, airea el discurrir de sus pensamientos.

La agente habla por hablar, no espera una respuesta.

Se limita a pensar en voz alta. Y no anda errada, si el caso reviste alguna singularidad es ese grifo abierto que ha alertado de la presencia de un cadáver, pero no es el único aspecto del caso que desconcierta a Tedesco.

Está ese tapón obturando el desagüe y esa estora inexplicablemente retirada y arrimada a la pared.

Si alguna cosa le ha enseñado el oficio es que no existen dos suicidas iguales y que la personalidad del que decide quitarse la vida determina las disposiciones que toma al planificar su muerte.

Recuerda casos de suicidas meticulosos que lo planearon con precisión y que dieron sentido a cada movimiento previo.

Dejaron escritas sus últimas voluntades, concertados los detalles de su funeral y, en ocasiones, especificaron los motivos que los habían conducido a quitarse la vida.

Desamor, angustia insoportable, sensación de derrota, soledad, miseria…

Han sido muchos y muy distintos. También conserva memoria de muertes improvisadas, de las que se deciden en un instante.

En ese último momento de desesperación, deseo de venganza o depresión aguda.

Defenestraciones, ingestión de barbitúricos, muertes por atropellamiento en las vías del tren, saltos al vacío desde puentes o miradores…

Aparentemente poca planificación y demasiada angustia.

La muerte voluntaria puede ser largamente prevista, casi acariciada, anhelada o bien decidida en un segundo, en lo que dura el penúltimo suspiro.

Tedesco necesita conocer a Natalia Benegas, saber cómo era, qué hacía diariamente, qué esperaba de la vida, cuáles eran sus hábitos.

Debe hacerlo cuanto antes. Si la autopsia corrobora la hipótesis del suicidio, quizás el comisario Valero ordene cerrar el caso.

Por el momento toda cavilación es en vano.

Aunque los medios apenas hablan de ello por el llamado «efecto Werther» —las rachas de suicidios por «contagio» a imagen y semejanza de lo ocurrido tras la publicación de Werther , la novela de Goethe en la que un joven se suicidaba por amor—, es una evidencia que las muertes voluntarias son cada vez más frecuentes.

Muchos casos se cierran pronto y sin más trámite que el informe forense si este apunta a una muerte autoinfligida.

Tal y como constatan a diario los bomberos, el personal sanitario y los cuerpos policiales, y como también sucede en otros países, el número de suicidios ha experimentado una progresión alarmante.

Lidia señala a Iván, que en el interior del vehículo manipula una tablet .

El inspector Tedesco asiente. Confía en el mosso taciturno que apenas comparte sus conclusiones.

Se acercan.

Lidia se sienta al volante.

Iván no levanta la mirada. Nadie espera que lo haga.

RUBÉN

No ha abierto la puerta cuando un mosso de uniforme, alto y ancho como un armario, ha llamado al timbre.

Ha podido verlo a través de la mirilla. El agente ha insistido en cuatro ocasiones.

En cada una de ellas el corazón de Rubén, que ha permanecido al otro lado de la puerta encogido, temblando y sin saber qué pensar; ha enloquecido.

Como si en lugar de pulsar el timbre, el mosso acabara de aplicarle las palas de un desfibrilador.

Le flaquean las rodillas cuando el joven policía se da por vencido y se aleja.

Tiene el susto en el cuerpo. Le aterroriza la noche y no le queda alcohol para calmar el ánimo.

Busca una pastilla para dormir y la ingiere esperando poder descansar unas horas.

Intenta tranquilizarse, controlar la respiración, dominar el pensamiento, derrotar a tanto miedo como le anida en el cuerpo.

No puede.

Cualquier investigador hallará en el historial médico de Natalia varios intentos abortados de suicidio y otras tantas amenazas, diversos episodios de depresión aguda alternando con estados pasajeros de euforia desatada, de manía, que resultaron tanto o más problemáticos que los de tristeza y desesperación.

De ahí a deducir que la mujer, una enferma mental de manual, se ha suicidado en una de las simas de la bipolaridad, solo hay un paso.

Así lo espera. Igualmente podrá constatar la Policía, si persevera en la investigación, que la fallecida no solo había abandonado recientemente la medicación, sino también el alojamiento en el piso tutelado.