La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #11
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Miércoles #11

«Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia Benegas. Es muy urgente».

Se humedece ojos y labios con agua fría y se incorpora sin dejar de sentir flojedad en las piernas. Se acerca titubeante al aparato, pulsa y escucha. El mensaje, el mismo, como es de esperar. Idéntico el tono de voz y completamente desconocido, idéntico el gargajeo final.

La sensación: el miedo absoluto. Pero hay más, algunos mensajes más.

Todos aproximadamente iguales. Una tortura.

Carpio tiembla mientras escucha sujetándose al respaldo de una silla.

No se siente capaz de sostenerse en pie sin ayuda.

El primero de ellos ha sido recibido muy pronto, casi a primera hora de la mañana.

Le siguen cuatro más, todos aproximadamente iguales.

Finalmente, uno de ellos, recibido a primera hora de la tarde, hace que se incline hacia delante con una mano en el estómago.

—Soy Lidia Sampedro, agente de Policía de la comisaría de Les Corts. Necesito hablar lo antes posible con Carmen González. Es un asunto grave relacionado con su hija Natalia Benegas. Por favor, llame cuanto antes al…

A continuación, Lidia facilita el teléfono fijo de comisaría al que puede llamar Carmen González en cualquier momento, las veinticuatro horas.

—Si tiene alguna dificultad para contactar con la comisaría, también puede usted llamar a este móvil en cualquier momento… Es muy urgente —añade.

Carpio reconoce el nombre y la voz de la joven policía de la cola de caballo.

Se sienta, esconde la cabeza entre los brazos y advierte que apenas tiene escapatoria.

Si hubiera descolgado el teléfono, a lo mejor la Policía ya habría atado cabos.

Es probable que no tarden en enviar a algún agente para localizar a la madre de la joven muerta.

Quizás han venido ya durante su ausencia.

Como el desconocido de la voz abrasiva, también la agente señala la urgencia de la conversación pendiente.

Esconde la cabeza entre las manos.

Las lágrimas alivian la náusea.

IDRISSA

Se ha plantado en la calle bien arrimado a un muro bajo entre una farola y la cerca protectora de una antigua casa señorial en evidente y precipitada decadencia.

Es una de las pocas mansiones que han sobrevivido a la especulación y que, aparentemente desocupada, no tardará mucho en ser derribada.

A corto o medio plazo acabará como tantas, en el recuerdo de algunos.

Idrissa lo ignora, la ciudad, no.

Con las manos en los bolsillos y la postura algo encorvada propia de algunas personas muy altas, Idrissa intenta aparentar que espera a alguien.

Está cansado y habría dado cualquier cosa por estirarse en la cama estrecha y demasiado corta de la habitación del piso piloto bien amarrado a la cintura breve de Natalia.

Cualquier cosa por compartir con ella queso, aceitunas, pan…

Por reír en su compañía y, sobre todo, por comprobar que está bien, que las promesas son todo lo firmes que pueden ser. Que todo sigue igual.

No se siente cómodo al aire libre. Se ha acostumbrado a andar siempre furtivo y busca el resguardo de postes y muros y el arrimo de fachadas y portales para no sentirse completamente al descubierto. Triste condición, pero no existe otra. No para él.

De tarde en tarde, y casi de refilón, eleva la mirada hacia el piso.

No puede evitarlo. Las ventanas abiertas son una mala señal.

La peor de todas. Natalia no las abre nunca.

No puede, son las normas. Las condiciones son claras.

Persianas altas para franquear el paso a la luz y ventanas cerradas. Siempre.

Idrissa ha podido comprobar la presencia de gente en el piso en el que lo esperaba Natalia cada atardecer, el mismo desde el que, siempre a escondidas, han visto irrumpir la primavera en las ramas de los árboles.

Ha podido entrever a una mujer joven, que no es ella ni guarda más parecido con Natalia que el cabello tirando a rubio.

La ha visto subir las persianas hasta el límite y abrir las ventanas de par en par.

Una desconocida, una intrusa. Minutos más tarde, a un hombre mayor de pelo cano y algo más largo de lo habitual en alguien de su edad.

Un hombre con gafas doradas y rostro grave que contempla la calle desde el interior del piso.

Alguien cuyo rostro, que Idrissa distingue a ráfagas y en la distancia, le resulta conocido.

No es la primera vez que se cruzan sus miradas.

Idrissa lo sabe como solamente se saben estas cosas, con alguna extraña facultad que escapa a la razón.

La misma que, ante un uniforme —cualquier uniforme—, una mirada demasiado intensa o una interpelación directa, hace que se disparen todas las alarmas.

Experimenta cierta aprensión y su estómago se contrae dolorosamente, como si sus tripas se anudaran.

Las cosas no van bien. Es una evidencia.

Natalia no responde a sus llamadas. Nunca antes lo había hecho.

Idrissa piensa que quizá siga triste, insomne, llorosa.

Piensa en la posible presencia de un médico en el piso.

Quizás ha enfermado de gravedad y el hombre del pelo blanco ha venido a visitarla.

Es una mujer tan desconcertante. Le pasa por la cabeza la idea de que fuera el cadáver de Natalia el que retiraron el día anterior.

No quiere pensar en ello. Por otra parte, sabe que existe la posibilidad de que los que andan en ese momento en el piso piloto hayan encontrado sus cosas en la enorme caja de plástico que hace las veces de armario personal.

No puede perderlas, es todo cuanto tiene.

Necesita recuperarlas. Aquellos extraños visitantes no pueden ser compradores, están fuera del horario comercial y llevan mucho rato allí. Demasiado.

Idrissa, que nunca tuvo nada, ahora posee todavía menos.

Lo puesto. Ni tan siquiera algo de ropa, cosas para asearse…

Nada. Lo que lleva encima es todo lo que le queda.

Desposeído, inquieto y profundamente desasosegado, no puede evitar mirar hacia el piso.

Ha perdido la compostura, está cansado y se apoya ahora en un pie, después en el otro.

Camina hasta la esquina, gira y regresa al lugar que ocupaba previamente mirando a hurtadillas las ventanas abiertas.

Como si se impacientara, como si la persona a la que aguarda se retrasara demasiado. En cierta manera, así es.

Idrissa ignora que no volverá a verla.

Mientras espía alternativamente las ventanas y la embocadura de la calle, piensa en Natalia y en las noches pasadas muy juntos en una misma cama insuficiente.

La noche entera abrazados, ofreciéndose un consuelo que ninguno de los dos encontraba en otra parte.

Noches que añorará quizás el resto de su vida.

Recuerda que cenaban casi en silencio y que ella se reía de su extraña pronunciación, de sus errores, de los gestos exagerados que utilizaba para hacerse entender.

Algunas noches ella, angustiada y triste hasta las lágrimas, apenas abría la boca.

Otras, en cambio… Algunos días Natalia tenía la risa fácil, encantadora, y siempre, siempre, siempre, los ojos castaños más hermosos que Idrissa podía recordar.

Ojos color de miel. A menudo, en la intimidad, él susurraba y se equivocaba a propósito al hablar.

Lo hacía con la única intención de hacerla reír.

Lo conseguía casi siempre. Era entonces cuando sus ojos reían y sus manos bailaban.

Idrissa sonríe involuntariamente al recordar los ratos buenos. Sonríe al aire, al atardecer, a la humedad ambiental. Como los locos, como hacen a veces los viejos y los niños. Sonríe sin motivo aparente.

Hubo momentos malos, también puede recordarlos. Llantos pertinaces, ojos enrojecidos, lasitud, indolencia, incluso falta de apetito. Pero no saber nada de ella, ignorarlo todo… No consigue imaginar nada peor. El joven senegalés se siente atrapado al aire libre. Una jaula infinita.

Desde la acera, un nuevo vistazo de refilón le basta para comprobar que los desconocidos siguen allí.

A Idrissa se le desboca el corazón y casi le fallan las piernas cuando el rostro de la mujer joven ocupa la ventana junto al del hombre mayor que empuja las gafas nariz arriba como si temiera perderlas.

Idrissa, que ha visto antes ese mismo gesto, tarda unos segundos en recordar.

Cuando lo consigue, reconoce al hombre que vio subir al coche policial la tarde anterior.

El mismo gesto con el índice empujando el puente de las gafas. Solo eso.

Desde la altura, ambos miran en su dirección. El senegalés habría jurado que, sin señalarle, hablan de él.

Baja la vista. Tiembla.

Cuando vuelve a enfocar la ventana, la mujer joven ha desaparecido.

Idrissa huye, escapa.

TEDESCO

Lidia echa a correr para intentar seguir desde la distancia al joven negro que esperaba frente al piso y que ha desaparecido. El inspector quiere hablar con él. Desde la ventana, Tedesco le indica hacia dónde se dirige. Pocos minutos después, el inspector abandona la vivienda junto a Iván Cabrera.

Marisol Morgades, la vecina inquieta de los ojos saltones, espera en el rellano con un niño de la mano.

Se diría que se balancea adelante y atrás mientras se mordisquea los labios.

El niño, que no tendrá más de cinco o seis años, tampoco deja de moverse.

Ambos forman una pareja desigual, inestable, tambaleante.

—Es que estamos casi solos aquí y hasta que no se instalen más familias… Y después de lo que ha pasado, no sé si es seguro… No sé si… —Sus manos sobrevuelan ahora el vacío mientras el torso sigue balanceándose muy levemente. Poco pueden decirle los policías que la ayude a tranquilizarse.

El niño, liberado momentáneamente del control materno, aprovecha para distanciarse y, estimulado por la curiosidad, aproximarse al tramo de escalera que conduce al piso superior. La madre lo observa.