Miércoles #10
Han cruzado el umbral un total de tres visitas que han demostrado cierto interés por conocer las condiciones de venta y la calidad de los materiales.
Solo una de ellas, una mujer embarazada de unos cuarenta años bien llevados, que ha llegado sola, ha solicitado planos, memoria de materiales y tiempos previstos de ejecución.
Le ha facilitado lo que ha podido y, tras un primer vistazo, la mujer ha manifestado, y sabe que no le falta razón, que el pasillo proyectado por algún esclarecido es un espacio demasiado grande y perfectamente inútil y, por el contrario, uno de los lavabos es diminuto.
Antes de abandonar el barracón ha añadido que la distribución del piso responde a la fantasía de un arquitecto medio demente que debería tener prohibido ejercer.
No recuerda sus comentarios posteriores.
Le ha resultado difícil rebatir sus observaciones con argumentos válidos.
Se ha encogido de hombros y ha dejado de intentarlo.
Carpio no tiene el cuerpo para asumir un reto y no se ha molestado en discrepar.
No puede mover montañas. Un hueso duro de roer.
Una venta imposible. Simplemente ha añadido, a la despedida habitual, que está a su disposición por si quiere volver a repasar los datos en un futuro o a visitar el piso piloto cuando el edificio esté más avanzado.
Un piso piloto que la inmobiliaria acondicionará exactamente igual que el del edificio no muy lejano en el que ha encontrado a Natalia ya cadáver.
No es una gran perspectiva. Intenta no pensar en ello.
Le ha alargado su tarjeta. La mujer, que ha visto lo suficiente, no volverá.
—No se moleste.
Tres posibles clientes en toda la tarde, una sola llamada y el calor en aumento.
Aquella única llamada telefónica recibida a primera hora de la tarde ha sido la de su superior, el ínclito Arnau Llobera, que, en un tono nada amable, le ha comunicado que al día siguiente debe acompañar al perito de la aseguradora al piso siniestrado para que concrete y valore los daños.
—Solo tienes que abrirle la puerta y explicarle lo que sabes. Nada más. La Policía acaba de autorizarnos. Él hará lo que tenga que hacer. Y si quiere hablar con la vecina, le acompañas. ¿Entendido?
—Sí. Desde luego.
—¡Ah! Y antes pasa por aquí a recoger las llaves. Si no me equivoco, las tuyas las tiene la Policía.
—Entendido.
—Es un experto y sacará sus conclusiones —ha añadido Llobera a modo de amenaza—. Mejor no digas nada. No sabes nada —aconseja antes de cortar la comunicación y dejar a Rubén con la palabra en la boca.
Carpio ha experimentado en aquel momento algo parecido a la náusea.
Sudaba profusamente, de calor y de puro miedo, mientras escuchaba las recomendaciones de Llobera.
No ha tenido ocasión de contestar que acompañaría al perito siguiendo sus instrucciones.
Está experimentando las diversas variaciones de un mismo miedo.
El miedo a perder lo poco que tiene: un empleo de mierda y la vaga promesa de un ascenso a corto plazo.
Finalizado su horario, Carpio, abatido y exhausto, ha caminado hasta su casa.
No tenía prisa por regresar a su piso y a la voz en el contestador, y necesitaba algo de aire.
Caras, voces, risas. Compañía distante, indiferente, pero compañía en cierto modo.
Trata de no pensar en que, muerta Natalia, ya no le queda nadie.
Nadie.
Siente ganas de llorar, infinitos deseos de romper a llorar.
Se siente completamente solo, como a la deriva.
Y, aunque afirman que es mejor hallarse solo que mal acompañado, y la verdad es que Natalia no había hecho más que traerle problemas desde que conseguía recordar, nunca en la vida se ha sentido peor.
Nunca tan absolutamente solo.
Tan perdido.
Ha caminado durante mucho rato sin dejar de recordar el cabello teñido de rubio de Natalia repartido en desorden sobre el cubrecama color azafrán, su rostro aparentemente plácido, sus manos abandonadas junto al cuerpo, sus pies en el aire.
Tampoco ha conseguido apartar de su pensamiento ni por un momento la voz desabrida del desconocido en su contestador.
No ha advertido nada familiar en su timbre, grave y rudo, ni en sus palabras.
No ha hallado en el mensaje la menor pista que le permita identificarlo.
La voz no le resulta familiar. Quizá sea un amigo de su hermana o bien un empleado de la asistencia social o un compañero del piso tutelado, quizás alguien del voluntariado…
«Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia. Es muy urgente».
Poca información, la justa y necesaria para que la angustia lo devore y para que se abra paso en su mente la idea de que la muerte de Natalia puede acarrearle no solo dolor y más dolor, sino nuevas e imprevisibles complicaciones.
«Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia. Es muy urgente».
Recuerda las palabras con exactitud, incluso la distribución de los silencios a lo largo de las frases breves, concisas. Por más que las repite interiormente, y no puede dejar de hacerlo, no le dicen nada. Tampoco la voz le resulta conocida. Solo consigue deducir que no es un hombre joven.
Cuando abre el portal se asegura de que nadie suba o baje la escalera y se acerca a la destartalada doble hilera de buzones.
El corazón le da un brinco. Tras comprobar que nadie puede verlo y forcejear durante unos instantes con ayuda de una llave, arranca la chapa dorada en la que figuraban, en elegante letra cursiva, los nombres de su madre, Carmen González, y de sus dos hijos, Natalia Benegas y Rubén Carpio.
Espera haber llegado a tiempo. Debería haberlo hecho antes.
La guarda en un bolsillo de la americana para tirarla a la mañana siguiente en un contenedor lejos de su casa. No deja de pensar en el mensaje del desconocido mientras sube los escalones que lo separan de su piso.
Sofocado, se quita la americana y la cuelga en el respaldo de una silla, se afloja la corbata y respira profundamente.
Cierra los ojos unos instantes. No quiere ni pensar en el verano que no tardará en llegar a las calles de la ciudad.
Generalmente se sobrepasan los treinta grados en el exterior mientras él sigue encerrado durante horas en un cubículo metálico en el que no corre el aire.
Uno de los extremos del barracón, que no cabe en la entrada, entorpece el paso de los viandantes y, lo que es peor, recibe el sol del mediodía.
Una gran sartén cubierta. Una cazuela, una enorme marmita sin poción mágica.
Un habitáculo que a la mínima se calienta como un puchero.
Una air fryer , como insisten en llamarlo. Una buena aproximación al infierno.
Tras desplomarse en el sofá, con la noche abatiéndose sobre las azoteas y el alma en los pies, advierte de nuevo el piloto luminoso parpadeando en el contestador.
Quizá, si no demuestra interés, el desconocido desistirá y no volverá a llamar.
Hay quien se desanima ante la adversidad.
Ese es su propósito: ignorar la llamada, olvidar cuanto antes lo ocurrido, superar las dificultades si se presentan y seguir con una vida que algún día valdrá la pena.
Al menos eso es lo que espera con toda su alma, que algún día valga la pena seguir vivo.
Se pone en pie poco después y rebusca en uno de los armarios de su mal provista cocina.
Encuentra una lata de atún, unas rebanadas resecas de pan de molde y un par de cervezas que nadie se ha preocupado de guardar en la nevera.
Se prepara un bocadillo y se dispone a cenar con el telenoticias como telón de fondo.
Intenta fijar la atención en la gente indignada que llena las calles por alguna razón que ignora, pero que puede imaginar. Los motivos son múltiples.
No consigue interesarse por nada. Ni trágicos sucesos ni reuniones en la cumbre.
Tiene la mente ocupada en mil cosas y todas guardan relación con Natalia.
No puede dejar de autocompadecerse. Sin familia, casi sin amigos y pronto, muy pronto, sin trabajo.
Tal y como lo ve, las cosas no pintan bien.
Ni los deportes, que generalmente le interesan, consiguen alejar los malos pensamientos.
Tampoco consigue ignorar el mensaje que aguarda en el contestador.
Con la melodía de la previsión del tiempo y, en la pantalla, las rubicundas nubes ocultando el sol, suena el teléfono fijo.
No descuelga. Piensa que se librará del aparato lo antes posible.
No lo soporta. De hecho, más de una vez ha pensado que con el móvil tiene más que suficiente.
Lástima que tanto el número como el diminuto artilugio de bolsillo pertenezcan a la empresa.
La misma empresa en la que probablemente tiene ya los días contados.
Resiste, no se levanta. Quizás alguien, no se le ocurre quién, pretende darle el pésame, pero reconsidera la idea.
No puede ser esa la razón, puesto que nadie sabe…
Por otra parte, quizás el desconocido del mensaje en el contestador insista en hablar de su hermana.
No importa. No se siente con ánimos para atender a nadie.
LIDIA
Continúa obstinadamente sentado a la mesa cuando puede oír el mensaje que, pasados los tonos convenidos, la voz de un hombre que parece cada vez más impaciente deja en su contestador.
—Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia Benegas. Es muy urgente. —De nuevo el hombre carraspea y Rubén diría que escupe antes de cortar la comunicación.
La misma voz, el mismo hombre. El mismo miedo.
Carpio se pone en pie como puede. Le tiemblan las piernas.
Se apoya en la pared y se acerca a la pila del fregadero.
Siente la necesidad de vomitar y permanece allí durante unos minutos tratando de controlar los espasmos.
La cabeza apoyada en el grifo, las manos apuntalando su cuerpo sobre el acero inoxidable del fregadero y en la garganta la repugnante acidez del vómito.