Miércoles #9
Según consta en el informe policial, varios recipientes con aceite, vinagre, azúcar y sal han sido hallados en la parte superior de los armarios de cocina, donde no alcanza la vista.
Solo una persona muy alta podría colocarlos allí sin ayuda de un taburete o de una escalera que Tedesco no ve por ninguna parte.
Los agentes responsables contrastarán las huellas, pero Tedesco no confía en que los resultados ayuden a dilucidar el caso.
Es solo una intuición. O el pesimismo que en general caracteriza a un inspector que ha visto demasiadas cosas y encontrado en el desempeño de su oficio demasiadas dificultades.
La abuela Jacinta atribuía la desconfianza, que detectaba tempranamente en el pequeño Mauricio, a la —todavía más temprana— deserción de su padre, el aviador italiano.
Todo era culpa de «esa rata italiana, de ese fascista».
Así era como acostumbraba a referirse a él.
Jacinta se equivocaba. Mauricio había dejado de pensar en su padre, pero no podía sustraerse al resentimiento que imperaba en la casa familiar.
Un rencor que ni desapareció ni menguó en ningún momento.
Un observador, cualquier observador, habría advertido que la vida del chico transcurría en una atmósfera poco o nada jovial, que a una queja sucedía otra, y que en la vida familiar nunca parecía haber motivo para una alegría ocasional.
En su inspección, Tedesco se agacha y localiza un rollo de papel higiénico bajo el armario elevado del lavabo, allí donde a menudo se guardan el detergente o las bayetas.
Imposible detectarlo a simple vista. Alguien, sumamente cuidadoso, quizá más de una persona, vivía en el piso y procuraba que su presencia pasara inadvertida.
Y, lo que tiene mayor mérito, lo conseguía.
El policía cree oír chirriar sus rodillas al ponerse en pie con un lamento apagado.
En la habitación pequeña, el policía husmea las sábanas que huelen a limpio, no a nuevo, y advierte que dos sombras muy leves, casi imperceptibles, se insinúan en la pared allí donde debería estar el cabezal de no haberse tratado de una cama que carece de él.
El roce de las cabezas sobre la pintura blanca parece indicar que dos personas utilizaban aquella cama, la única situada en una habitación casi ciega.
Dos personas de estaturas muy diferentes.
Comprueba que la aireación proviene de una única abertura, una ventana longitudinal no muy grande que se abre a la altura de las cabezas y que da al lavadero cerrado mediante un cristal glaseado.
Cuenta el ventanuco con un estor opaco, y dado que los pisos inmediatamente inferiores, los del tercero, siguen desocupados, difícilmente puede ser descubierta la presencia de moradores furtivos si además estos procuran no subir las persianas en ningún momento y se refugian en una habitación diminuta que es como una cámara de seguridad.
Tedesco no tarda en convencerse de que dos personas han pernoctado en el piso probablemente en más de una ocasión y de que ninguna de ellas responde al perfil del okupa que la Policía desaloja por la fuerza de una propiedad privada.
Probablemente tampoco se trata de una pareja con hijos.
No hay rastro de criaturas. Las posesiones encontradas son mínimas, como las que acarrea la gente de paso.
El orden es absoluto, la limpieza total. Verdadero esmero.
Ni grafitis en las paredes, ni camisetas de colores ni sudaderas por todas partes, ni símbolos antisistema, ni la- tas de cerveza, velas, juguetes, bongos o carteles reivindicativos en las habitaciones. Tampoco el aspecto de Natalia Benegas, la mujer muerta, recuerda al de una joven okupa.
El policía resopla al cerrar la puerta de la habitación a su espalda.
Sus dimensiones le escandalizan, también la falta de más aberturas al exterior.
Está seguro de que aquel piso, publicitado como de tres habitaciones, tiene un precio muy superior a su valor real.
Le indigna la especulación salvaje que devora la ciudad y a sus habitantes, tanto a los que pretenden un alquiler como a los que aspiran a tener vivienda propia.
Sabe que su enojo es compartido por los miles de personas que quieren vivir en la capital.
Malhumorado, se sienta en el sofá mientras Lidia y Cabrera continúan una inspección verdaderamente rigurosa.
Apenas hacen ruido. Son metódicos, eficaces.
El policía introduce los dedos entre los cojines y entre estos y los brazos del tresillo.
Un papel diminuto y arrugado, algún cabello rubio, probablemente de Natalia, y un botón pequeño y transparente, quizá de una camisa masculina.
No es mucho. Tampoco servirá. Probablemente, aquellos muebles hayan estado antes en algún otro piso piloto.
Imagina que solo algunos, los más deteriorados por el agua, acabarán allí su vida útil.
Pocos minutos después, el inspector se acerca a la ventana.
No llueve. Es una lástima. A su entender, siempre es una lástima.
Se acerca el crepúsculo y el sol en retirada solo alcanza una franja muy estrecha junto al edificio de enfrente.
La llegada cadenciosa de la noche es el momento del día que el policía prefiere.
Ni amaneceres multicolores, ni limpios mediodías ni noches cerradas.
La anochecida, la hora entre luces, ese instante precioso, casi mágico, en el que las farolas se encienden como por milagro.
Y con el crepúsculo el pensamiento del policía se desplaza hasta la UCI del hospital en el que Romeu se restablece. Así quiere creerlo.
Comprueba la pantalla del móvil. No hay llamadas perdidas, ni de Elvira ni de Marina.
Lo primero es una buena señal, lo segundo le disgusta profundamente, pero prefiere no pensar en ello.
Más pronto que tarde Marina dará de nuevo señales de vida.
Volverán a verse y el inspector Mauricio Tedesco se tragará los reproches como hace siempre.
Es mejor así. No puede arriesgarse a distanciarse de ella, no puede perderla.
Regresa con el pensamiento al piso piloto y con la mirada a la calle en la que apunta ya el anochecer.
Son muchos los transeúntes que patean las aceras camino de sus casas o los que se dirigen entre risas a bares y cafeterías.
Solo un hombre negro permanece quieto, varado en una esquina y arrimado a la pared.
Es un hombre muy alto. Su silueta le resulta familiar.
Tiene la seguridad de haberla visto antes en algún momento, en algún lugar. El inspector lo contempla largamente.
Lo ha visto, no tiene dudas, ninguna. Quizá la tarde anterior.
Probablemente en las inmediaciones del piso, piensa.
Apenas distingue su rostro, solo que es delgado, muy alto y que tiene las manos grandes.
Probablemente alcance un metro noventa, quizás algo más.
Es difícil saberlo desde el piso elevado.
Es un hombre negro que viste ropa de factura barata y que tiene el aspecto de un masái de piel algo más clara.
Una constitución envidiable. Un hombre joven con la planta que podría tener el propietario de la ropa que han encontrado en la caja de plástico bajo la cama.
Un hombre que puede guardar sin el menor esfuerzo las cosas en la parte menos accesible de un armario de cocina, muy cerca del techo.
El mismo hombre que, casi de refilón, levanta la vista en dirección al piso y vuelve a bajarla, visiblemente alarmado, al cabo de un par de segundos. Demasiado tarde. El policía ha advertido su gesto.
—Lidia, ven —ordena el inspector.
RUBÉN
Cuando el teléfono suena de nuevo en el silencio de su piso de hombre solo, Carpio acaba de regresar del turno de tarde en el barracón de lata, su trampa de lata.
Así es como acostumbra a pensar en ella.
Una trampa de hojalata para jóvenes desertores del pico y de la pala, para prófugos de la bandeja y del mono azul.
Traje y corbata, uñas limpias, buen aspecto, la proyección del triunfo, pura fachada.
Un trabajo solitario, mal pagado y extraordinariamente rutinario.
Enseñador de pisos, como paseador de perros o abanicador de damas.
Un loro de repetición. Lo aborrece, pero no tiene otro.
Por eso anhela con desespero el empleo en la central.
Durante horas se ha sentido mal, destemplado y con el estómago revuelto.
Una mala tarde, un dolor intenso hincado en el pecho y demasiadas cosas en las que pensar.
Y ninguna buena. La Policía, cuyo aliento siente en la nuca como si de una jauría se tratara, y la voz masculina en el contestador que espera hablar con el hermano de Natalia. Una voz áspera como el papel de lija.