La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #8
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Miércoles #8

El pensamiento se le escapa. Siempre vuelve a Natalia.

No recuerda si le dio el número de móvil de Moussa cuando perdió el suyo.

Quizás ella está tratando de comunicarse con él y no sabe cómo hacerlo.

Espera que así sea. No se atreve a pensar en que no quiera volver a verlo.

Si le pasa por la cabeza la posibilidad de que el cadáver que retiraron del edificio fuera el de ella, se apresura a tratar de pensar en otra cosa.

No siempre lo consigue. Cuando se conocieron en una plaza de la ciudad en la que ambos devoraban un bocadillo sentados en dos bancos próximos, Natalia se dirigió a él con una gran sonrisa y le dijo:

—Pareces un jugador de básquet.

Y él, que solo había entendido a medias, le sonrió y asintió.

Se lo habían dicho en otras ocasiones. Le gustaba oírlo: «un jugador de básquet».

Aquel era un buen día. Un día sin demonios, sin pensamientos sombríos, sin llanto.

Natalia cambió de banco y se sentó a su lado.

Hablaba y reía como una adolescente con deseos de seducir.

No tardó en proponerle leer las líneas de su mano para predecir su futuro.

Idrissa accedió. La dejó hacer. Natalia tenía las manos bonitas, suaves. Recuerda que se había pintado las uñas de color rosa y que lucía un anillo plateado con una calavera, también que se sobrecogió al contacto con sus dedos.

Tras reseguir las líneas que cruzaban la palma de su mano, le aseguró que pronto le acompañaría la fortuna, que sería famoso y que destacaría en un deporte.

También que no tardaría en conocer a la mujer de su vida y que esta le querría con toda su alma.

A Idrissa le gusta recordar ese momento y también los días posteriores cuando con el atardecer se encontraban en la plaza para cenar en compañía.

Natalia prefería el aire libre al piso tutelado.

Idrissa nunca llegó a saber dónde dormía. No preguntó.

Cuando las ruidosas y amedrentadoras chicas que ocupan una de las mesas del bar de Ji Bo abandonan el bar, dejan el silencio a sus espaldas.

Idrissa se acerca a la barra. Intenta sonsacar al muchacho chino alguna información sobre lo acontecido en el edificio cercano.

El chico, que tampoco domina el idioma y entiende lo que puede, que no es mucho, tarda en comprender.

Habla de agua, de mucha agua, de una inundación en la escalera y de una persona muerta.

Idrissa cabecea.

¿Agua?, ¿una persona ahogada?, ¿en un piso? No parece posible.

—¿Quién muerta?

El chico no sabe decir más. Ignora si se trata de un hombre o de una mujer, si ha sido un accidente o una muerte voluntaria. Tampoco conoce las circunstancias, solo que en el piso había agua. Es todo lo que ha alcanzado a comprender.

El senegalés paga el café y piensa en entrar en el locutorio cercano y llamar al móvil de Natalia.

Quizá pueda hablar con ella, tal vez consiga entender alguna cosa.

Necesita recuperar su ropa y saber dónde podrá pasar la noche.

Además quiere saber si está bien, si sigue pensando en él, si espera su presencia.

Natalia le preocupa. La última noche que habían pasado juntos parecía otra, era otra.

Triste, casi desesperada, llorosa. No llegó a saber cuál era el motivo de tanta aflicción.

Natalia no quiso hablar, no quiso explicar.

Idrissa solo pudo convencerla de que tomara una pastilla y se dejara abrazar durante la noche.

Necesitaba dormir. Por motivos diferentes, ambos lo necesitaban.

—Mañana sol, buen día. Mañana tú bien, tú mejor —le había asegurado el joven senegalés, mientras el rumor de la lluvia se abría paso en el patio de luces—. Mañana sol. Tú bien.

Se equivocaba. Al día siguiente continuó lloviendo y Natalia no mejoró.

El paquistaní que controla el negocio y asigna teléfonos y ordenadores a la clientela lo saluda y le pregunta si tiene algún problema.

Habitualmente, Idrissa llama a su poblado cada viernes pasadas las ocho de la noche, siempre a la misma hora, siempre al mismo número.

Solo un par de minutos. Muy pocos. Ambos lo saben.

Siempre a la misma hora, siempre al mismo teléfono.

Las acciones repetidas le proporcionan la escasa seguridad que tanto necesita.

Su hermana Aminata, alguien en quien se puede confiar, espera su llamada junto al móvil de uno de sus primos.

La llamada del viernes es su rutina. La rutina que le permite mantenerse en el convencimiento de que malvivir sin papeles, sin empleo y sin más futuro que el inmediato sigue valiendo la pena.

Aminata siempre se despide dándole las gracias.

Sospecha que la vida no es fácil para él, pero no dice nada, solo gracias. Sus palabras lo sostienen, lo afianzan.

—No problema —responde Idrissa, el inmortal, al chico que regenta el locutorio—. No problema. Todo bien. No problema.

Miente.

El paquistaní sonríe y le indica que puede dirigirse al teléfono número tres.

Idrissa marca el número de Natalia. Lo recuerda de memoria. Espera. Vuelve a marcar de nuevo.

Nadie responde a la llamada.

TEDESCO

Tedesco necesita pisar nuevamente el escenario de la tragedia.

Así lo entiende él, como lo que es, una tragedia.

Una mujer joven, hermosa y no mucho mayor que su hija Marina, su adorada hija Marina; ha perdido la vida, en apariencia, por voluntad propia.

¿Cómo puede una mujer joven desear la muerte?

No le cabe en la cabeza. ¿Qué es sino una tragedia?

Y de las peores. Supone que alguien, en algún lugar, llorará por ella, la añorará y sentirá un dolor tan intenso que al inspector le resulta casi imposible de imaginar. O quizá no. La vida es complicada.

Quiere creer que siempre hay alguien. Imaginar lo contrario resulta mucho más penoso.

Quizá la misma persona que ha llamado al móvil de Natalia aquella misma tarde desde un locutorio.

No han localizado el aparato, pero conocen el número gracias a la documentación de la fallecida.

Alguien que ignora su muerte y que necesita noticias trató de contactar.

Alguien que ha marcado y esperado respuesta, según las indagaciones policiales, desde un local cercano al piso en el que la encontraron.

La misma persona que había desaparecido ya cuando la Policía se personó para preguntar al dueño del local.

Resulta lógico pensar que se trata de alguien que espera que Natalia atienda la llamada, alguien que ignora que ha muerto.

Tampoco encontraron en el piso la llave que utilizó la fallecida.

Quizá la arrojó al excusado o la tiró por la ventana.

La cerradura de seguridad no estaba forzada y difícilmente habría podido abrirla sin dejar algún rastro, aunque solo fuera un leve arañazo.

Tedesco cree que se libró de ella y que lo hizo por algún motivo.

Exactamente igual que retiró la estera de la puerta antes de decidirse a acabar con su vida.

Ha decidido volver al piso de la calle Caballero y se ha hecho acompañar por Lidia y por Iván, ambos vestidos de civil. Tedesco considera que el uniforme espanta, ahuyenta y siembra una alarma innecesaria.

Lidia es observadora, sagaz y rápida como una bala.

Iván Cabrera es un buen tipo, silencioso, discreto, algo parsimonioso y un verdadero almacén de datos.

Una compañía cautelosa que Tedesco, poco dado a hablar por hablar, aprecia en su justo valor.

Ambos agentes han aceptado de buena gana el requerimiento y no han tardado en librarse del uniforme y abandonar la comisaría en compañía del inspector.

Es Lidia la que se sienta al volante de un coche sin identificar.

Tras saludar a Marisol Morgades, que sale al rellano de inmediato alertada por los pasos en la escalera, escuchar todas sus observaciones y aclararle un par de veces que todavía no han alcanzado ninguna conclusión, los policías desprecintan la puerta.

Acceden a la vivienda con la llave entregada por Carpio la tarde anterior, la que utiliza durante las visitas de los posibles compradores.

Abren con dificultad, el parqué empapado empieza a perder la forma, ha aumentado de grosor por el agua absorbida y resulta ya algo irregular al caminar.

El rastro del agua se advierte claramente en la parte inferior de algunos muebles y en los bajos del enorme sofá tapizado en gris antracita.

La inmobiliaria no puede tardar en tomar medidas.

Lidia abre las ventanas del salón y de las habitaciones.

Iván se encarga de revisar los armarios que siguen vacíos, levanta cojines y almohadas e inspecciona cajones.

Algo puede haber pasado por alto a los agentes de la Científica que examinaron el piso.

No encontraron nada que pudiera facilitar alguna pista.

El inspector pasa repetidamente de una habitación a otra, se sienta en las sillas, en el sofá, se tumba en las camas, incluida la que ofreció el último descanso a Natalia Benegas.

En la cocina encuentra cerillas escondidas en la parte superior de la mampara, comprueba que la encimera ha sido encendida y después limpiada meticulosamente.

En el horno, invisible porque lo oculta una bandeja plateada, encuentra un neceser con accesorios de maquillaje.

Pintalabios, sombras de ojos, lápiz delineador…

Comprueba que alguien ha utilizado una escobilla de retrete y que esta permanece bien oculta en un rincón del lavadero en el que los constructores han apilado algunas baldosas y restos de zócalos y molduras.

Allí también halla una botella de lavavajillas, una de lejía y otra de detergente para la ropa.

También algunos trapos enrollados. Todo bien disimulado, invisible para el posible comprador de la vivienda.