Miércoles #7
Recuerda que apenas queda algo en la nevera, pero no encuentra ánimos para acercarse al súper cercano, el que durante décadas había comandado la señora Remei con mano de hierro.
El mismo establecimiento que ya no cierra a mediodía.
De hecho, desde que la señora Remei decidió jubilarse, el comercio ha sido traspasado y ahora lo regentan un par de pakistaníes que se turnan a pie de mostrador.
Bajan la persiana con la llegada de la medianoche y la vuelven a subir con los primeros trabajadores que atraviesan la calle en dirección a la parada de metro.
Si se para a pensar, tampoco siente hambre.
Sube con esfuerzo los seis tramos de escaleras de un edificio algo decrépito, mal aireado, alarmantemente húmedo y sin ascensor.
En el barrio, algunos inmuebles han envejecido mal y muchos piden a gritos una intervención urgente.
Algunos propietarios, en prevención de una desgracia irreparable, han hecho instalar redes protectoras ante la inminencia de algún desprendimiento de balcones o cornisas.
Otros, los que disponían de hueco en la escalera para instalar un ascensor, se han rascado el bolsillo y algunos se han hipotecado.
No ha sucedido así en el edificio en el que reside.
A Carpio le pesan las piernas y se siente tan cansado que habría podido quedarse sentado durante varias horas en un escalón.
No saluda a la señora Àngels —la única de las antiguas propietarias que no se ha marchado y que lleva toda la vida en el edificio—, con la que se cruza en el descansillo del primer piso.
La mujer avanza con ayuda de un bastón. No la recuerda sin él.
Tampoco advierte que peina peluca nueva del color de la miel.
O de la cerveza rubia a la que es aficionada.
A su espalda, Àngels Serra murmura algo, probablemente un reproche, que Rubén no acierta a entender.
No es una persona amable, nunca lo ha sido.
Los chiquillos de la escalera huían de ella desde que echaban a andar, y algunas madres amenazaban a sus hijos con dejarlos un rato con la señora Àngels, la de la peluca y el bastón.
Al alcanzar su rellano, oscuro y muy necesitado de una mano de pintura como el resto de la escalera, y meter la llave en la cerradura, puede oír el timbre del teléfono en el interior de su piso.
El mismo teléfono rojo, tipo góndola, que sigue a nombre de su madre y que no se ha molestado en retirar.
No se apresura. No puede ser una buena noticia.
No la espera. Su situación solo puede ir a peor.
El teléfono deja de sonar al cruzar el umbral.
Suspira aliviado.
Carpio cierra la puerta y abandona sus cosas sobre un mueble diminuto de laca blanca que su madre había dispuesto años atrás en el recibidor.
De hecho, apenas ha cambiado nada. A su muerte se limitó a retirar la cama de matrimonio de sus padres de la habitación grande y a substituirla por otra, a revisar sus papeles y a sacar su ropa de los armarios y depositarla, de noche, junto a un contenedor.
También tiró algunos trastos que se le antojaron clamorosamente inútiles y que dejaron algo más de espacio en un piso de pasillos largos y estrechos y habitaciones oscuras.
Nunca supo apreciar las figuritas, ni las flores secas ni las macetas que languidecían por todas partes.
No había hecho más cambios. La habitación de Natalia, en la que sus cosas acumulaban años y polvo, permanecía tal y como ella la dejó tras su última y prolongada hospitalización.
La misma larguísima estancia en un centro sanitario durante la cual había intentado suicidarse en dos ocasiones. No la abría nunca.
Carmen González, Carmina, nunca tuvo joyas que merecieran ese nombre ni otros objetos de valor.
Tampoco pareció necesitarlos. Nunca deseaba nada que pudiera alcanzar a medio o largo plazo.
Solo anhelaba tranquilidad para ella y para sus hijos.
De haberle sido concedido un deseo, no habría tenido la menor duda: salud para Natalia.
A su muerte dejó el recuerdo de una madre paciente y cariñosa que les había dedicado la vida.
Con una intensa aprensión, Rubén se acerca al teléfono, que ha enmudecido. Una señal luminosa indica que alguien ha dejado un mensaje para él. No ha oído nunca antes la voz masculina y algo ronca cuyas palabras son:
—Necesito hablar con Rubén Carpio. Es por su hermana Natalia. Es importante. Y es urgente. Muy urgente.
El mensaje acaba con un carraspeo. Como si el hombre se dispusiera a continuar hablando pero cambiara de opinión justo antes de interrumpir la llamada.
Cuando se aparta del teléfono, Carpio se sienta en la primera silla que encuentra. Se le ha acelerado el corazón y le tiemblan las piernas.
La lucecita continúa encendida.
Carpio no quiere oír más.
IDRISSA
El hombre les paga por abrir una zanja a través de los campos todavía yermos en las proximidades del Llobregat, un río de aguas oscuras que en su desembocadura baja muy despacio, como si se resistiera a morir en el mar.
Les felicita por el trabajo y suma cinco euros a los que había prometido.
Está contento. Han trabajado duro y bien.
Han acabado antes de lo esperado. Idrissa ha insistido en que anote el móvil de Moussa por si necesita buenos trabajadores en otra ocasión.
Desde que extravió su móvil ha memorizado y facilita siempre el número de Moussa.
Su amigo siempre habla de que es necesario tener contactos, conocer gente, por eso Moussa es el único que no visita semanalmente un locutorio.
Su móvil es su tesoro. Siempre al alcance de su mano.
También es el único que apenas conserva familia en su país.
Por un momento piensa en proporcionarle también el número de Natalia, pero no lo hace.
El empleador acepta, anota y les estrecha la mano antes de desearles suerte y de indicarles que deben apearse de la furgoneta en la avenida Diagonal, frente a El Corte Inglés. Parará un instante para que puedan bajar del vehículo. Promete llamarlos pronto. Parece sincero.
—Cuento con vosotros.
Conocen el lugar y echan a andar en dirección al local destartalado en el que duermen.
No queda lejos. Apenas unos minutos. A medio camino invierten algunos euros en un bocadillo.
La comida proporcionada por el hombre que les ha pagado por abrir una zanja no ha sido suficiente y ambos sienten hambre.
Comen en silencio sentados en un banco. Baakir le gusta, es una buena persona, un hombre de fiar.
En su lengua, Baakir significa «el mayor», «el más viejo».
Y así es, Baakir muy pronto cumplirá los cuarenta, es el mayor de los tres.
Idrissa piensa que se parecen. No les asusta el trabajo y ambos están dispuestos a casi todo.
Moussa es diferente. Habla mucho, aturde.
No espera lo mismo de la vida. Siempre tiene proyectos, sueña grandes cosas.
Cosas imposibles. Verdaderos prodigios. Coches grandes y llamativos, teléfonos de última generación, deportivas que cuestan lo que Idrissa gana en un mes, ropa de marca… Y siempre habla de ello. Continuamente.
Alcanzan la puerta de la nave cuando en la iglesia cercana suenan cinco campanadas. Baakir, derrotado por el esfuerzo, se pierde de inmediato en su interior. Solo piensa en tenderse sobre un colchón e intentar dormir un rato.
Idrissa no entra y se separa de él sin dar más explicaciones. Sabe que no las necesita. Si Baakir siente curiosidad, no lo demostrará nunca, él es así. Su discreción podría interpretarse como desinterés. No lo es. Solo es respeto.
Se acerca despacio a la calle Caballero. No es hora de subir al piso, demasiado pronto. Lo sabe, pero puede aproximarse, quizá consiga entender algo. En los bares, en las tiendas… La gente a veces comenta cosas, y él empieza a comprender. Quizás el chino del bar que frecuenta sepa algo más.
Se permite un café corto y una mirada a la prensa en el diminuto local del joven asiático del pelo hirsuto y los ojos como tajos sobre sus mejillas.
Espera a que el local se vacíe antes de dirigirse a él.
Ojea los titulares del diario, entiende algunas líneas.
Pocas. Tiene la mente en mil cosas y ninguna buena.
Le cuesta concentrarse en la letra impresa.
En siete meses uno aprende algo, puede pedir lo que necesita en un supermercado, manejar dinero, hacerse entender con ayuda de gestos.
Puede hacer muchas cosas, pero leer distraídamente el diario… , eso es otra historia.
Natalia le ha enseñado algunas palabras, sabe pronunciar lo que lee aunque ignore su significado.
No es tan diferente del poco francés aprendido en la escuela y, si dispone de tiempo y centra su atención, acaba por entender.
También en francés ignora muchas cosas. Dos años de escolarización intermitente son bien poco incluso para un chico espabilado como él.
Idrissa pasa casi por alto las páginas dedicadas a la política y alcanza las destinadas a los deportes.
Siente interés por el fútbol, también por el baloncesto estadounidense, sobre todo por este último deporte.
Idrissa es un hombre muy alto, ágil. Le habría gustado ganarse la vida saltando bajo una cesta o atravesando una cancha en pos de una pelota.
Todavía sueña con jugar algún día en un equipo, con vestir una equipación y defender unos colores.
A diferencia de Moussa, nunca habla de ello.
Soñar es barato, sigue estando al alcance de los miserables como él.
Idrissa sueña imposibles, como Moussa, como Baakir, aunque no lo reconozca. Nunca ha dejado de soñar.