La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #6
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Miércoles #6

Cuando hace unos meses le habló del tráfico de órganos, no era la primera vez que Natalia sufría alucinaciones de tipo conspirativo.

A menudo aseguraba que la espiaban, que escuchaban sus conversaciones, que le hacían ingerir una medicación que no era la que le correspondía, que pretendían envenenarla porque sabía cosas, muchas cosas.

Secretos que no podía compartir con nadie.

Imaginaba el mundo entero conspirando contra ella.

Temía por sus riñones, por su hígado, por su corazón, por sus ojos…

Incluso por sus dientes. Le aseguró sin lugar a dudas que andaban detrás de sus órganos.

En aquella ocasión, Carpio hizo lo posible por no reír. Todo sonaba tan esperpéntico. Natalia afirmaba que por las noches la vigilaban mientras dormía y que cerraban la habitación con llave para que no se moviera, para impedir que huyera. Todo porque necesitaban sus órganos vitales.

Cuando él le entregó las malditas llaves, Natalia habló de muchas otras cosas a las que Rubén no dio crédito.

No era la primera ocasión. Nunca pensó que sería la última.

Días malos los hubo desde la adolescencia, aunque era justo admitir que las posibles alucinaciones que tanta angustia le causaban se habían hecho más frecuentes con el paso de los años, quizá también más intensas y aterradoras.

Un desvarío pavoroso, un infierno que viajaba con ella a través del tiempo y el espacio, aunque Natalia se obstinara en no querer reconocerlo.

Cuando murió la madre de ambos, Rubén Carpio renunció a entrevistarse con los especialistas que intentaban estabilizarla con el propósito de que llevara «una vida normal».

No quiso asumir el papel. Hablaban de una vida normal, como si la normalidad pudiera formar parte de la vida de un enfermo bipolar y de su entorno.

Había dejado de ejercer de cabeza de familia, le bastaba con hacer de hermano mayor.

A la muerte de su madre no contactó con los terapeutas, no esperaba milagros.

Natalia tampoco insistió. No le pidió que la acompañase ni que se entrevistase con los expertos.

También ella se había rendido. Su madre, la de ambos, lo hizo antes.

Aunque no dejó nunca de personarse en las consultas de los muchos psiquiatras que la atendieron, se sentía derrotada, exhausta, íntimamente incapaz de seguir velando por su hija.

Necesitaba paz. Se abandonó. Tras conocer el diagnóstico de cáncer en un estadio avanzado, Carmen González no quiso escuchar las súplicas de Rubén, renunció voluntariamente a la quimioterapia y no tardó en morir. Capituló.

¡Una vida normal!

Pero si de alguna cosa Rubén creía estar seguro era de que Natalia en ningún momento habló de ningún hombre. No esta vez.

El inspector insiste:

—Hemos encontrado huellas, cabellos y ropa de hombre adulto guardada junto a los bienes de la mujer fallecida. Por el momento no hemos podido identificarlo, pero es cuestión de tiempo que sepamos de quién se trata. —Es un farol.

No tienen el menor indicio, pero Rubén lo ignora. El inspector no descarta la posibilidad de que el desconocido esté fichado por algún delito.

—Pero eso no quiere decir que ella… —No acabó la frase. No debería haberla empezado.

—De momento no sabemos qué es lo que quiere decir, pero lo averiguaremos. Ahora usted debe contestar a las preguntas con la verdad. ¿Sabía usted que en el piso dormía alguien?

Carpio vuelve a negar sin abrir la boca. Resulta más fácil si la negación no parte de sus labios. Tedesco lo sabe, siempre es así, por eso fuerza la respuesta.

—Responda a la pregunta, por favor. Su respuesta debe quedar registrada.

—No, no lo sabía —pronuncia en voz baja y visiblemente nervioso.

—¿Le consta que pudiera usted haber dejado un grifo abierto y el tapón obturando el desagüe?

Tarda en contestar. Quizá le conviene admitir un descuido. Todo el mundo puede cometer una negligencia. Puede perder el empleo, pero será mucho peor si llega a saberse… Decide contestar de forma ambigua. Ni sí ni no, sino todo lo contrario.

—No recuerdo haber abierto ningún grifo. Pero la seguridad total…

—¿Y alguno de los visitantes?

—Juraría que no, no acostumbran a tocar la grifería. Por lo menos en la primera visita. Si tienen interés y vuelven a visitar el piso, algunos comprueban grifos, puertas, la encimera…

—Si no he entendido mal, usted es la única persona que accede ocasionalmente al piso. Y dice que no sabía nada de la presencia de una mujer, tampoco de la de un hombre. No estaba usted al corriente de nada, y por lo tanto asegura no saber nada y no haber visto nunca nada. ¿Es así?

Carpio asiente.

—Por favor, en voz alta.

Obedece:

—Así es.

Habría querido saber si Natalia se había suicidado o si el hombre del que hablaba el inspector había tenido algo que ver con su muerte.

Quizá la haya matado. No quiere ni pensar en un posible asesinato a cargo del presunto traficante de órganos.

No quiere dejar ninguna brecha, no puede permitir que la paranoia de Natalia penetre en su mente.

No pregunta. Solo espera salir de allí y regresar a su casa. Siente la apremiante necesidad de estar a solas. Y lejos de la comisaría. Muy, muy lejos.

TEDESCO

El inspector se resiste a dejarlo marchar como si nada hubiera pasado.

—¿Tiene usted que volver al despacho? —pregunta Tedesco al comprobar que son casi las dos del mediodía.

Carpio mira su reloj y niega. Pronto será la una.

—No, no he de volver hasta las cinco. Cierro a mediodía.

—Un coche le acompañará a casa. Quizá tenga que volver a interrogarle. Es muy probable. Es un caso que presenta muchas zonas oscuras. Demasiadas.

Las palabras de Tedesco suenan a amenaza. Es el propósito. Carpio se levanta despacio, como si él aupara el mundo entero. Suspira. No puede evitarlo. Lidia le indica que lo acompañará a la salida. Un adiós pronunciado entre dientes es toda su despedida.

—¡Ah! Una última cosa, solo es un detalle —añade el inspector, como restándole importancia. Al joven le flojean las piernas cuando se detiene en el umbral—. ¿Retiró usted la alfombra de la entrada?

Carpio se encoge de hombros. No ha entendido la pregunta. No la esperaba. ¿La alfombra de la entrada? Tampoco Tedesco sabe mentir. Comprende que no es aquella una pregunta banal. El inspector aclara:

—Sí, hombre. Me refiero a una de esas esteras de esparto que pone «Welcome», «Benvinguts», «Hogar, dulce hogar»… Esta pone «Welcome», si no recuerdo mal. Cuando llegamos, alguien la había retirado. ¿La apartó usted de la puerta? ¿La arrimó a la pared?

—No, no la toqué —contesta Carpio con seguridad. Recuerda haber contestado ya a esa pregunta. Comprende que el policía trata de pillarlo en un renuncio. Por una vez puede responder con la verdad y sin contradecirse.

—¿Está usted seguro?

—Completamente, cuando bajamos del ascensor la encontramos así, en el suelo pero apartada de la puerta, arrimada a una pared. Lo recuerdo. La vecina puede…

—Bien, creo que eso es todo por el momento. Aunque quizá vuelva a necesitarlo en el futuro —insiste.

El inspector contempla cómo Carpio desaparece en el pasillo precedido por la agente.

Está convencido de que sabe algo más de lo que permite entrever.

También tiene la certeza de que no tardará en hablar.

Demasiado joven, demasiado inexperto. El policía, con años de oficio a sus espaldas, sabe que bastará con dejar pasar unas horas antes de insistir.

El procedimiento a seguir es simple y mortalmente aburrido.

Recuerda lo que su abuela repetía tan a menudo y que le va ahora como anillo al dedo: «Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo».

Y él ya es un hombre viejo y cada día más cansado. Espera que también algo más sabio.

Minutos después, junto a la máquina de café, no puede evitar que el pensamiento regrese a la cama de hospital en la que Ignasi Romeu se recupera. Comprueba que no ha recibido nuevos mensajes. Mejor así, piensa.

RUBÉN

Un par de travesías antes de llegar, Rubén Carpio indica a Diego Cuesta, el conductor del coche policial, que puede detenerse.

Prefiere que la Policía no se acerque a su portal.

Cuanto más lejos, mejor. No quiere rumores ni comentarios de los vecinos.

Muchos de ellos podrían relacionar a los hijos de Carmen González.

Ambos crecieron en el Poble-sec, en la calle Vilà i Vilà, en el mismo piso en el que ahora vive.

Y, aunque apenas hace vida en el barrio, Rubén es conocido por casi todo el mundo: desde el señor Narcís, el de la bodega en la que ahora su hija vende de todo, que lo ha visto crecer, hasta el cartero que está a punto de jubilarse y que llamaba al timbre de su casa cuando su madre recibía una carta para hacérselo saber, pasando por la señora Lola que cerró la mercería años atrás, o el chino del bazar que ocupa el local frente a su edificio.

Además, y no sabría decir por qué, prefiere que la Policía ignore su dirección.

Es una estupidez, lo sabe. Para un agente averiguar dónde vive alguien es cuestión de minutos, pero forma parte de la sabiduría popular tratar de que la Policía permanezca cuanto más lejos, mejor. Es una ley universal.

El mosso obedece sus indicaciones, estaciona en una esquina a unos doscientos metros de su portal y Carpio suspira de nuevo, de puro alivio, al poner el pie en la acera. El coche policial se aleja antes de que eche a andar hacia su casa.

La visita a la comisaría le ha alterado los nervios y ha dinamitado todas sus esperanzas de mantenerse al margen.

Se ha esfumado todo su coraje y se ha volatilizado la confianza en que la Policía decida cerrar pronto el caso de Natalia.

El inspector Tedesco no parece uno de esos tipos que se rinde a las primeras de cambio.

Necesita respuestas que Rubén no puede darle. No quiere darle.