Miércoles #5
—Lo haré.
Lidia pide permiso y Tedesco levanta la cabeza. El policía se despide de Elvira asegurándole que a lo largo del día pasará por el hospital. La agente acompaña a Rubén Carpio, que, a pesar de conservar una presencia impecable, no parece pasar por su mejor momento.
—Adelante.
TEDESCO
El inspector ha estado repasando el informe preliminar redactado por Iván, no ha hecho otra cosa en toda la mañana.
Un resumen perfecto de lo que encontraron en el escenario y de lo poco que han conseguido saber.
Con un gesto le indica al joven que tome asiento.
Carpio acerca su silla a la mesa y Tedesco invita a Lidia a sentarse en una esquina.
La agente coge papel y bolígrafo y se dispone a anotar.
—Usted dirá —le espeta Carpio con cierta insolencia y deseos evidentes de estar en cualquier otro sitio.
—Verá, como sin duda puede comprender, hay cosas en este asunto que no cuadran. Si le parece, contestará usted unas preguntas para ver si sacamos algo en claro.
Carpio cambia de postura en la silla y asiente.
¿Qué otra cosa puede hacer? Se siente prisionero en su propia trampa.
Se sujeta una mano con la otra sobre el regazo como para impedir que se agiten descontroladas.
Resulta evidente que Rubén habría estado más cómodo sobre el lecho de clavos de un faquir, sobre un campo de ortigas o en una alfombra de brasas.
—¿Conocía usted a Natalia Benegas?
—Ya contesté a esa pregunta: no.
—¿No la había visto usted antes? —insiste Tedesco.
—No, que yo recuerde.
El comercial responde con cierto aplomo y, de inmediato, cambia las piernas de posición y se revuelve de nuevo en el asiento.
A Tedesco sus gestos no le pasan desapercibidos.
Y, aunque no acaba de creer ciegamente en las señales a las que los expertos asignan significados indudables, lo cierto es que invitan a sospechar de la veracidad de sus palabras.
—Hábleme de la mujer muerta. ¿Cómo la encontró? ¿En qué postura estaba? ¿Qué sensación tuvo?
—Pero… No entiendo a qué viene… Ya la vio usted. No tocamos nada. La encontré tal como usted la vio. Bueno, solo comprobé si respiraba, estaba fría, y pálida, muy pálida. Ni la vecina ni yo, no… No tocamos nada más. Usted pudo verla.
—Lo sé, sé perfectamente qué es lo que yo vi, quiero saber qué es lo que vio usted —señala Tedesco con autoridad, como si pudiera mediar un abismo entre ambas percepciones.
La gravedad de su voz y la determinación de sus palabras no dan lugar a la réplica—.
¿Qué es lo que vio usted desde el momento en que entró en el piso?
—Y al formular la pregunta, remonta las gafas nariz arriba.
Algo atropelladamente, Carpio habla de su entrada en el piso, del agua por todas partes, del grifo abierto, del desagüe obturado, de las habitaciones vacías y de la mujer de pelo rubio tendida sobre la cama de la habitación de matrimonio con los brazos separados, los pies descalzos y casi suspendidos en el aire y la cabeza girada hacia la puerta como esperando ayuda. La ropa de la cama en cierto desorden.
—Estaba completamente inmóvil, pálida. Ya se lo he dicho. Pensé que estaba muerta. La vecina gritó y salió corriendo a telefonear. Yo me quedé allí, me acerqué, le retiré algo de pelo de la cara, intenté saber si…, pero le aseguro que no toqué nada más.
—¿Hubo alguna cosa que le llamara la atención? ¿Algo en el piso que no estuviera como usted lo dejó?
—La mujer. La última vez que estuve en el piso, aquella mujer no estaba allí si es a eso a lo que se refiere. Se lo aseguro. Por otra parte, que yo recuerde, en el piso no vi nada que… —parece dudar. Tedesco sostiene el silencio.
Y no miente. Rubén avisaba siempre a Natalia cuando tenía una visita programada y ella abandonaba el piso de inmediato. Lo dejaba inmaculado, en perfecto orden de revista, tras haberlo ventilado abriendo las ventanas que no podían ser vistas desde la calle ni desde los pisos inferiores.
—Bueno, sí. El grifo.
Tedesco asiente.
—¿Sabía usted que alguien estaba ocupando el piso?
—No, no podía saberlo. Cuando llevaba a algún comprador, el piso estaba siempre impecable.
Impecable —repite—. Yo no tocaba casi nada, quizá la puerta de algún armario para enseñar el interior y siempre estaban vacíos, a veces abría alguna ventana para que apreciara las vistas…
Las visitas miran, preguntan… A veces tocan alguna cosa, se asoman a la calle, se sientan en el sofá para hacerse una idea…
Es lo habitual. Pero nunca encontré nada desordenado, ni sucio… No faltaba nada.
—¿No encontró nunca una colilla, algún papel, restos de comida…? —insiste el inspector, entornando ligeramente los ojos como para afilar la mirada—. Rastros de haber utilizado el lavabo…
—Nunca —asegura casi con vehemencia.
No miente esta vez, Natalia nunca tuvo un descuido. Nunca hasta el día de ayer. El día en que se olvidó de sí misma.
—¿Tiene usted alguna idea de cómo Natalia Benegas pudo conseguir las llaves del piso que usted enseñaba?
El inspector empuja de nuevo sus gafas nariz arriba y se inclina ligeramente hacia delante acortando las distancias. Quiere observar de cerca a aquel joven aparentemente sereno y seguro de sí mismo que afirma no conocer a la fallecida. Si de paso consigue intimidarlo un poco, mucho mejor.
Carpio niega con la cabeza.
Piensa en un detector de mentiras. No pasaría la prueba, está seguro.
Mientras niega una vez y otra vez, siente el cuerpo entero descompuesto, suda y centra todas sus energías en el intento de resultar convincente.
Casi lo consigue. Eso es lo que quiere creer, que parece responder a las preguntas con la verdad.
Si se trata de negar a Natalia, Carpio prefiere hacerlo con un gesto.
Si no habla, las mentiras se le antojan menos flagrantes.
El inspector lo sospecha.
—¿Nunca las olvidó usted en algún sitio? ¿No las echó en falta? Pasa a menudo. Las perdemos de vista y…
Carpio sigue negando con convicción, moviendo la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Es verdad, no las ha descuidado nunca. Es relativamente bueno en su trabajo, competente, esforzado. Controla. Tras darle una copia a Natalia, las llaves no se movieron de su cajón.
—Por favor, no haga gestos, pronuncie usted, esto es una declaración —le recuerda Tedesco.
—No recuerdo haberlas olvidado nunca —asegura Carpio a su pesar.
Lidia apunta sus respuestas aunque no resulte necesario, puesto que la conversación está siendo grabada. No sabe estar mano sobre mano.
RUBÉN
El inspector carraspea y deja transcurrir unos segundos antes de continuar.
Administra bien los silencios, es un artista, un virtuoso.
Sabe que una pausa confiere gravedad a las palabras por pronunciar.
Resulta inquietante. Desasosiega invariablemente al interrogado, que tiende a reaccionar de alguna manera.
Por hacer algo, Carpio cambia de nuevo el cruce de sus piernas.
—¿Conocía usted al hombre que vivía en el piso? —continúa el inspector, escrutando el rostro del joven, que, por dar un uso a las manos, se acaricia la corbata.
El respingo es leve, pero perceptible. La sorpresa del joven es real, espontánea, irrebatible. A Tedesco no le queda al respecto la menor duda. No conocía la existencia de un segundo ocupante.
—Allí no había ningún hombre, estoy seguro. Abrimos todas las puertas. La vecina y yo solo encontramos el cadáver de una mujer —replica, irguiéndose ligeramente y pensando en una posible trampa del inspector—. Solo una mujer. Una mujer muerta.
El asombro de Carpio es tan real que convence al policía. Tedesco alcanza la conclusión de que este no tenía ni idea de que un hombre frecuentaba aquel piso aparentemente desocupado.
Rubén intenta permanecer impasible a pesar de que no consigue comprender nada.
¿Un hombre en el piso? Es impensable, hizo una sola copia de las llaves para Natalia y ella nunca le habló de un hombre.
Natalia no tenía pareja, así se lo había asegurado cuando se presentó en el piso del Poble-sec para pedirle ayuda, porque acababa de renunciar por enésima vez a la posibilidad de una vivienda tutelada y no tenía dónde dormir.
Aseguraba que, en una ocasión en la que pasó allí una temporada muy breve, había comprobado que la vigilaban, y que un tipo, uno de los enfermos, le hacía la vida imposible, la acosaba, le pedía dinero, la volvía loca.
También le habló de que el sujeto era un cirrótico y quería sus órganos, en especial su hígado.
Le aseguró que el tipo que la aterrorizaba se ganaba la vida arrancando los órganos vitales a los indigentes y traficando con ellos.
«No tengo pruebas, pero estoy segura. Lo sé».
Puro delirio. Uno más.
NATALIA
Natalia solo pasó unos meses en el piso tutelado.
Abandonó la vivienda compartida y en ella las medicinas que le procuraban equilibrio y sosiego.
Sus parejas siempre habían sido volátiles, siempre pasajeras, aparecían y se esfumaban con facilidad.
Hombres de toda edad y condición a los que encandilaba sin esfuerzo y que acababan por detestar sus altibajos, sus cambios de humor, sus días sombríos.
Algunos huyeron para no acompañarla en su descenso a los infiernos.
En ocasiones eran hombres que no le convenían, que se aprovechaban de su fragilidad, que la utilizaban.
Rubén sospecha que alguno de ellos trató de prostituirla. Ignora si lo consiguió.