Miércoles #4
Incapaz de seguir intentando conciliar el sueño, Idrissa se levanta con las primeras luces, se lava como puede y se pone la camiseta todavía algo húmeda y los calcetines limpios pero mojados.
La jornada de Moussa empieza algo más tarde, con la media mañana, cuando las aceras se llenan de paseantes.
Ni los trabajadores de primera hora que conservan el sueño gravitando sobre los párpados, ni los estudiantes que echan un último vistazo a sus apuntes, son buenos compradores.
Por eso solo rezonga cuando Idrissa y Baakir, ya en pie, se sirven una taza de café soluble, mordisquean algo de pan y abandonan la nave camino de otra que continúa en activo.
Se dirigen al almacén de material de construcción del Poblenou para participar en sus subastas a la baja, la manifestación más cruel de la precariedad. Ambos lo saben.
En el metro, conversaciones breves y gente adormilada. No hablan. No hay mucho que decir. Baakir piensa en los suyos, los añora tanto que nunca habla de ellos, no quiere mostrar debilidad. Idrissa piensa en Natalia.
Con un poco de suerte, Idrissa podrá ganar otros veintiocho o treinta euros.
Intenta reunir a cualquier precio los cien o los ciento cincuenta euros mensuales —los meses en los que las cosas van bien— que pretende enviar a casa, después de restar lo que necesita para el día a día.
No siempre lo consigue. No es mucho, pero en su país el dinero cunde algo más y ciento cincuenta euros permiten engañar al hambre un par de semanas.
Confía en que alguno de los contratistas para los que ha trabajado alguna vez busque brazos para descargar un camión o peones para amontonar o desalojar arena, para levantar una cerca o para alinear ladrillos.
Cualquier cosa. Tiene fama de trabajador, necesita el dinero y está dispuesto a todo.
Algunos de los que esperan ganar el jornal aquel día acarrean sus propias herramientas.
Son lampistas, albañiles, encofradores… Siempre es así.
Gente que el parón inmobiliario, primero, y la pandemia, después, dejaron en la calle con las obligaciones contraídas y un futuro nada prometedor.
Para los senegaleses, sin herramientas ni formación previa, la mano de obra más barata, los obreros cualificados y apremiados por la necesidad no son competidores.
Juegan en otra liga, una mejor, con más futuro a la vista.
Muchos acabarán en la plantilla de alguna constructora, escasean las personas que conocen un oficio.
Ni Idrissa ni Baakir tienen formación laboral ni más experiencia que la del trabajo duro, simple y mal pagado. El último peldaño. Nada queda más abajo. Solo el hambre y la intemperie. El delito, la prostitución o la mendicidad.
A las puertas del almacén de material al que continuamente se acercan camiones y furgonetas, se apiñan ya los desocupados cuando Idrissa y Baakir se aproximan.
Se cruzan en la entrada muchas de las lenguas posibles y alguna de las más improbables.
Idrissa reconoce a varios de los que aguardan.
Las caras son siempre las mismas. Los que buscan mano de obra a precio de saldo se llevan pronto a unos cuantos de los habituales.
Pagan más a los que tienen oficio. Idrissa solo tiene brazos fuertes.
Espera y a punto está de desesperar. Algunos de los contratistas han desaparecido ya.
No consigue trabajo hasta que, tras más de media hora de aguardar infructuosamente, un hombre cuya cara no le resulta conocida, le indica que se acerque.
No lo duda. No habrá muchas más oportunidades y no puede dejar pasar el día en blanco.
Aceptará cualquier cosa, cualquier jornal.
El hombre se explica mediante gestos, cava en el aire, se señala el reloj y enseña un billete.
Idrissa entiende que se trata de abrir una zanja.
Acepta sin pensarlo dos veces y consigue que el hombre contrate también a Baakir.
Es una manera de corresponder al amigo, de agradecerle el techo y las mantas.
—Mi amigo fuerte. Trabaja mucho. Muy fuerte.
—OK, que suba.
Ha conseguido entender que recibiría veinte euros por seis horas de trabajo, desde las 8:30 hasta las 14:00 o 14:30. Si acaban antes, el dinero es el mismo. Baakir le da las gracias en voz baja. Idrissa se siente bien.
El hombre, que viste un mono azul con unas letras bordadas en rojo a la altura del pecho y que se cubre con una gorra de los Lakers, les indica una furgoneta blanca. Una furgoneta de carga, sin logotipo y sin cristales. Todo chapa. Una gran caja rodante.
Los traslada junto a un par de ecuatorianos y a un bielorruso grande como un armario a un campo yermo junto al que, solo ocasionalmente, pasa una riera.
Ninguno de los que empuñan pico y pala sabe dónde se encuentra.
Solo que el campo es un pedregal y que en el cielo no hay ni una nube que mitigue los rayos del sol.
El hombre les indica la trayectoria de la zanja que debe tener aproximadamente medio metro de profundidad y uno de anchura. Aproximadamente.
Nadie pregunta nada. Por fortuna, el hombre asegura que los llevará de vuelta a la ciudad cuando acaben el trabajo. También que les dará comida. Parece un hombre amable y se dirige a ellos con respeto. No todos lo hacen.
Idrissa ha conseguido leer un letrero al borde de una carretera que reza: El Prat, Gavà, Vilade…
Los nombres no le dicen nada. Tampoco a Baakir.
No tienen ni idea de dónde se encuentran, solo comprenden que han salido de la ciudad.
Uno de los ecuatorianos, un chico que no tendrá más de dieciocho o diecinueve años, aventura:
—Creo que estamos cerca de la playa, yo estuve por aquí una vez con un colega. De marcha.
Y no anda completamente equivocado. Cavan a pocos kilómetros de la playa, cerca de las últimas casas de los pocos agricultores que en el Baix Llobregat viven todavía de trabajar la tierra.
El hombre calcula a zancadas y asigna unos cinco metros de zanja a cada uno. Baakir se sitúa justo detrás de Idrissa. Es de agradecer que la lluvia reciente haya ablandado la tierra, pero no todo son ventajas, resulta mucho más pesado retirar la tierra húmeda con la pala.
A Idrissa, aquella gran extensión sin edificios ni carteles ni postes por todas partes le recuerda sus orígenes, aunque la tierra que arranca a golpe de pico no se cuartee como la que ha trabajado en su país.
Es una tierra mejor, más fértil, y está más húmeda.
Piensa en su poblado, en la gente, en la fuente tan lejana, en la tierra abierta y quebrada por la sequía pertinaz.
El aire libre le resulta agradable. No le importa el sol, ni la fatiga en aumento ni el polvo que levanta el pico al arrancarlo de la tierra y que acaba acumulándose en las gargantas.
Le gusta recordar su tierra, su niñez, su nombre del que se siente tan orgulloso.
Su madre lo llamó Idrissa porque, cuando nació, la mujer que ayudaba en un parto especialmente largo y difícil dio a la criatura por muerta.
Pero no lo estaba, tardó en llorar y en agitar las manos en el aire, pero acabó por dar señales inequívocas de vida. Y lo hizo con convicción.
Idrissa, el inmortal.
El preferido.
No deja de pensar en Natalia.
ELVIRA
La conversación telefónica con Elvira resulta tranquilizadora.
Ignasi sigue estable. Grave, pero estable.
Tedesco cree entender que, transcurridas unas horas, ya no temen por su vida.
Elvira ha podido hablar con él unos minutos cuando, a primera hora de la mañana, Carme Pons, la enfermera jefe de la planta, la ha autorizado a entrar en el box en el que el policía retirado se recupera.
Ignasi permanece intubado y absolutamente inmóvil, pero ha reunido fuerzas para contestar a sus preguntas. A su manera le ha confirmado que no siente dolor y Elvira asegura a Tedesco que parece más tranquilo.
—Quizás es porque está un poco sedado —apunta—. No lo sé, pero parece que está algo mejor. Dicen que ha pasado lo peor. ¡Dios lo quiera! —añade.
Tedesco recuerda a la abuela Jacinta, esposa de un ateo confeso, persignándose con los ojos cerrados cada vez que requería la voluntad de Dios.
Quiera Dios o no, el expolicía continúa en la UCI y probablemente permanecerá allí unas horas más.
Si no se presentan nuevas complicaciones, Ignasi pronto pasará a una habitación y dentro de unos días podrá regresar a casa.
Y al París. Tedesco espera que a ese Dios en el que Elvira confía le parezca bien el plan.
—Dicen que probablemente saldrá de esta, Mauricio. Pero que deberá andar con cuidado, quizá tengan que operar. Algo de una arteria obstruida. Todavía no pueden asegurar nada. Tienen que repetir algunas pruebas.
Tedesco asiente con convicción como si Elvira, desde un rincón en el Hospital Clínico, pudiera verlo.
Es una costumbre arcaica que ya no consigue olvidar.
Cabecea en el aire, niega o hace muecas de desaprobación, de asentimiento o de contrariedad con el móvil pegado a la oreja.
También en eso recuerda a la abuela Jacinta, que se llevaba la mano a la altura de los riñones para explicar su dolor mientras sostenía el auricular como si su interlocutor pudiera verla y valorar su gesto.
Mauricio, un adolescente sin piedad, se reía de ella.
—Estoy seguro, Elvira. Completamente seguro. Se recuperará. Y tú sabes que puedes pedirme lo que necesites. Si necesitas descansar, si quieres alguna cosa… Puedo venir el día que quieras y… —El inspector habla ahora en voz baja y dando la espalda a cualquier posible curioso.
Sordina. Privacidad absoluta, jardín cerrado.
—Lo que quiero es que me ayudes a cuidarlo, Mauricio. Que lo vigiles, que no le… Ya sabes. Que no se altere.
Y por «cuidarlo» Elvira entiende controlar el número de cafés que Ignasi toma en su compañía, esquivar cualquier implicación en los casos investigados por Tedesco, moderar la intensidad de sus emociones…
A su pesar y sin demasiada confianza, el policía contesta: