La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles #3
35%

Miércoles #3

Rubén no estaba preparado, solo era un niño.

Antes incluso de alcanzar la pubertad se transformó en el hermano mayor.

Había pasado más de media vida intentando reconocer en el rostro de Natalia la llegada de los demonios, los estragos de su ánimo en caída libre o bien la súbita aparición de una euforia desmedida y tanto o más peligrosa que la tristeza absoluta.

Siempre intentando adivinar si seguía tomando la medicación, si se pinchaba, si esnifaba o si bebía en exceso.

Y sospechando que así era. Toda una vida espiando sus gestos y a los amigos que frecuentaba, interpretando las diversas señales del desconsuelo, del agobio, del arrebato de júbilo o de la desesperación.

Sabe que el resto de su vida seguirá pensando que quizás habría podido hacer algo más. El resto de su vida. Una eternidad a su medida. Un infinito con fecha de caducidad.

Se jugó el empleo entregándole las llaves del piso piloto cuando ella le juró entre lágrimas que necesitaba estar sola, que no había otra manera.

Natalia le había asegurado que no podía volver al piso familiar, el que Rubén ocupa en solitario desde que la madre de ambos muriera pocos meses atrás.

El piso del Poble-sec, la herencia materna.

El piso que les pertenecía a ambos, pero en el que Natalia sostenía, contra todos los razonamientos imaginables, que no podría volver a vivir nunca más.

En los peores momentos aseguraba que en él anidaban los demonios, que estaban allí, al acecho, que la esperaban y que no podría soportarlo.

Se equivocaba. Rubén lo sabía. Los demonios viajaban con ella desde la adolescencia, se refugiaban en su mochila, se escondían entre sus cabellos, se adherían a su piel, vivían entre sus tripas y se reproducían en las circunvoluciones de su cerebro.

Aun así, le entregó las llaves. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Demasiados recuerdos, demasiado infierno, Rubén —habían sido sus palabras—. Allí empezaron a aparecer. ¿Es que no te acuerdas, Rubén? Igual no lo recuerdas, eras pequeño. Eras un crío. No puedes acordarte.

Se equivocaba. ¿Cómo olvidarlo? Demonios en forma de malos pensamientos, de ideas aterradoras, de delirios paranoicos.

Demonios personales e intransferibles que la escoltaban desde la más temprana adolescencia, fuera donde fuera, en cualquier compañía, en toda circunstancia, en cualquier momento.

Bajo un puente, en un andén del metro o en una suite presidencial.

En el Poble-sec, en Londres, en Tel Aviv o en un arrabal de Buenos Aires.

El lugar no importaba, tampoco el instante.

El infierno, plagado de demonios, viajaba con ella, era todo su equipaje.

El infierno no era otro que el trastorno bipolar. Un infierno personal, como los demonios; y como los mismos demonios, intransferible. Ambos lo sabían. Natalia pretendía ignorarlo. A veces, durante períodos muy cortos, lograba conseguirlo.

Rubén ha arriesgado el empleo. Ha querido creer que podía remontar, que volverían los días buenos.

Siempre acababa creyéndola. Es la historia de su vida.

De toda su vida desde que conserva memoria.

Natalia tenía una capacidad sorprendente para seducir, fascinar, manipular.

Disfrazaba la mentira de aproximación a la verdad y hacía mucho tiempo que Rubén había dejado de oponer resistencia.

De nada servía su pensamiento racional contra la emotividad de Natalia.

Bien sabía, cuando le entregó las llaves del piso piloto, que si llegaba a oídos de Llobera no encontraría otro trabajo en el sector inmobiliario y que toda promesa de un ascenso a corto plazo quedaría abortada, pero nunca pudo negarle nada.

Era convincente en sus palabras y en sus gestos, elocuente, excesiva, alarmante, dramática.

Una mujer atrapada en una mente enferma, una mujer que exigía de él lealtad, sacrificio y la más arriesgada de las complicidades.

Ella misma le había propuesto ocupar el piso con discreción.

Juró que no encendería luces ni abriría ventanas, que no haría el menor ruido, que subiría y bajaría sin ser advertida.

Nadie sabría nada. Y así había sido durante unas semanas.

Prometió que nunca llevaría a nadie. Nadie en la escalera sabría que ella estaba allí.

Pasaría el día fuera de casa, solo regresaría con el atardecer.

No había nada de malo en dormir en un piso vacío y amueblado. Nada. No perjudicaba a nadie.

Tampoco esta vez Rubén consiguió ignorar la velada amenaza que siempre planeaba entre ambos. La insinuación del suicidio, los diversos intentos fallidos, el ya no poder más, el sentirse desbordada, angustiada, incapaz de seguir, deprimida hasta desear la muerte. Desesperada.

Siempre había sido así: días buenos, días no tan buenos, días malos y días peores.

Y había muerto. Natalia había muerto. De golpe y porrazo, una tarde de lluvia la amenaza pasó a ser certeza.

Somníferos, ansiolíticos, antidepresivos…

¿Qué importaba? La había encontrado tendida sobre una cama, con el rostro girado hacia la puerta, los brazos separados, relajados, y la temperatura corporal de un cadáver.

Muerta.

Y si algo no conseguía entender Rubén Carpio no eran las razones, Natalia no las necesitaba.

Tenía sus demonios. Le bastaban. Lo que no conseguía comprender era aquel grifo abierto, el tapón en el lavabo obturando el desagüe, el agua desbordando la pila y corriendo escaleras abajo…

Natalia era voluble, desconcertante, pero no era una persona descuidada, nunca lo había sido. No dejaría nunca un grifo abierto.

La noche anterior, Rubén Carpio había ingerido una pastilla para poder dormir, para dejar de pensar en ella y en su muerte voluntaria.

Todavía se siente algo aturdido. Una sensación como de gravidez se ha instalado en sus sienes, en sus párpados y sobre sus cejas.

Experimenta una necesidad imperiosa de inclinar la cabeza, de apoyarla sobre los brazos y de dejar pasar la mañana.

En el barracón, medio adormecido, le sorprenden los golpes. Se sobresalta.

Carpio se levanta inmediatamente con escándalo de la silla, retirada sin miramientos, que choca con la pared posterior.

Es todo tan pequeño… Sacude la cabeza para ahuyentar la confusión y en dos zancadas se acerca a la puerta.

Se atusa el cabello antes de abrir, tira de los faldones de la americana y se arregla la corbata.

Las instrucciones son claras, la presencia debe ser impecable, la de un hombre de confianza.

Ante sus ojos, dos agentes de los Mossos d’Esquadra.

Un hombre alto y corpulento y una mujer de constitución delicada con una cola de caballo.

El mosso resulta casi tan alto como Rubén, sin que este haya descendido el escalón que lo separa de la acera.

Y mucho más fornido. Ambos agentes visten de uniforme, ambos estuvieron en el piso piloto la tarde anterior.

No tarda en reconocerlos. Recuerda que ella dijo llamarse Lidia y que le pareció muy atractiva. Ha olvidado el nombre de él.

—Tiene usted que acompañarnos. El inspector Tedesco necesita hacerle unas preguntas.

—Pero… No puedo irme. Tengo que estar aquí, no puedo… Es mi horario, mi trabajo, si me voy… —balbucea.

Resulta evidente que no desea acompañar a los agentes a ninguna parte.

—No se preocupe, hablaremos con su jefe. Tiene usted la obligación de venir con nosotros, tiene usted que prestar declaración. Podemos esperar un momento. Si quiere hacer una llamada… —añade la joven.

Carpio se encoge de hombros y vuelve a entrar en el barracón.

Con dedos temblorosos envía un mensaje al móvil de Llobera, prefiere no hablar con él personalmente.

Aguarda unos instantes mirando la pantalla del aparato, no espera nada, no hay nada que ver, pero necesita serenarse, controlar el temblor de sus dedos y recuperar el ritmo de su respiración.

Los agentes esperan junto a la puerta cerrada.

Cuando se siente algo mejor, Rubén Carpio alinea un dosier sobre la mesa, guarda el móvil en el bolsillo de la americana y procede a cerrar el barracón con llave tras fijar un cartel en la puerta en el que asegura que vuelve enseguida. Espera que así sea.

Tiembla al bajar el escalón que lo separa de la acera.

Aparentando normalidad, se acerca a uno de los obreros y le entrega un puñado de tarjetas por si alguien viene solicitando información. Ha corrido la noticia. Un joven que exhibe una medalla tatuada sobre su esternón levanta una mano en el aire y le desea suerte. No imagina cuánto la necesita.

IDRISSA

Idrissa ha dormido poco y mal. Las mantas se han arrugado muy pronto bajo su espalda y no ha podido olvidar la dureza del suelo.

Ha permanecido durante horas con la vista en los cristales rotos a través de los cuales entraba la luz anaranjada de la calle, consciente de respirar el polvo acumulado en el suelo y en las mantas.

Se ha erguido apoyándose sobre los codos y ha tosido en más de una ocasión.

Recuerda haber oído voces, conversaciones, risas y pasos durante toda la noche.

No es un barrio bullicioso, pero, acostumbrado al silencio del piso piloto, todo cuanto alcanza a escuchar le causa inquietud.

Voces de extraños, susurros que le resultan amenazantes, los gritos mal articulados de un borracho peleón, un frenazo excesivo y, a lo lejos, alguna sirena.

Todo. Añora la cama estrecha, el cuerpo tibio de la mujer arrimado al suyo, y el tacto suave de las sábanas que Natalia lavaba a mano.

Se ha acostumbrado pronto a una vida mejor. A una noche mejor.