Miércoles #2
—No he encontrado rastro de otros parientes cercanos, aunque en el historial inicial figura un hermano menor, pero no consta su nombre.
El último psiquiatra que la visitó tampoco ha sabido decirme mucho más.
Solo la ha visto una vez durante un bajón.
Natalia apenas habló y él se limitó a prescribirle la medicación habitual.
No ha vuelto a la consulta a pesar de tener visita concertada.
En la historia clínica no figura que el hermano haya asistido a ninguna de las sesiones, al parecer siempre acudía la madre, era la madre la que se encargaba del seguimiento de la enferma.
Del padre no hay ni rastro, la paciente explicó a su terapeuta que el padre se largó, que apenas lo conoció y que no lo recordaba.
LIDIA
Lidia hace una pausa. Hasta los mejores necesitan respirar.
—Cuando el marido las abandonó, la madre consiguió el divorcio y años después encontró una nueva pareja.
Inició una relación y se casó con un buen hombre que, según el historial clínico, ejerció de padre con Natalia y se portó bien con ellas.
No constan conflictos con el padrastro. Al parecer, mientras convivieron con él ayudó en lo que pudo. Murió hace unos años.
Tedesco, los ojos semientornados, intenta retener la información.
—El padrastro falleció hace unos años —insiste.
Tedesco cabecea. Asiente. Es necesario encontrar lo antes posible a la madre de Natalia. Nada más triste que un cadáver al que no llora nadie.
—Su terapeuta afirma que recomendó semanas atrás a Natalia que pasara a un piso compartido.
Uno de esos en los que viven unos cuantos pacientes en compañía de alguien que controla la medicación, el seguimiento de la terapia, las relaciones entre los internos…
Natalia se negó, no quería ser tutelada.
Parece ser que ya había estado en alguno de esos pisos y no tenía buen recuerdo.
Una chica rara, repite Tedesco interiormente. Se le ha fijado la idea en la cabeza como un chicle a la suela de un zapato. Una chica rara.
Ha tratado con algún enfermo bipolar y sabe que son cambiantes, manipuladores, que desconciertan, quizá por eso la vecina la consideró rara, estrambótica, caprichosa.
También que resultan atractivos, muy atractivos, y que a menudo despiertan en los demás la inclinación a protegerlos.
Quizás a Natalia Benegas le gustaba la lluvia, caminaba descalza por la calle, pasaba horas en el parque alimentando a las palomas o vestía siempre de rojo.
Tal vez, como acostumbra a suceder, de un día para otro pasaba de un ánimo inmejorable a hundirse irremediablemente en la tristeza más profunda que se puede imaginar. Un pozo sin fondo.
Una chica rara.
—En el piso han encontrado muchas huellas, manos, pies…
—prosigue—. Las de la mujer están por todas partes, pero hay otras también muy frecuentes y parecen pertenecer a un hombre.
Un hombre grande, alto, y que, si las deducciones no fallan, calza un cuarenta y siete aproximadamente y mide ciento noventa centímetros, quizás algo más.
Evidentemente, todo ello es una aproximación.
Se hace el silencio en el despacho durante unos instantes.
—Un hombre —repite el policía—. Un hombre muy alto.
Lidia asiente y aventura:
—Quizá sean del chico que enseña los pisos, pero no recuerdo que sea tan alto. Es el único que tiene las llaves, bueno, no exactamente el único. Hay otro juego en la sede de la inmobiliaria, pero aseguran que nadie las ha cogido. Él debe de haber estado muchas veces en…
—Encárgate de que lo comprueben.
—Lo haré, pero no lo creo. Sería lógico, desde luego, pero según dice el informe las huellas aparecen también en lugares poco o nada habituales si solo abres, entras y enseñas el piso.
El inspector descansa la mirada en sus manos y deja que Lidia continúe. Aprecia sus comentarios.
—En la mampara de la ducha por la parte interior, en la tapa del WC, en el grifo del lavabo, en los radiadores, en los mandos de la encimera, en la parte superior de los armarios de cocina, en el lavadero, en una bolsa de deporte muy vieja llena de ropa de hombre bajo la cama pequeña…
Tedesco levanta la vista y observa a la agente. Es la señal de que no debe detenerse. Lidia prosigue. Sabe que el policía no solo espera sus datos, también aguarda sus conclusiones:
—La ropa pertenece a un hombre alto, probablemente bastante más alto que Rubén Carpio y que el jefe de ventas.
Se trata de ropa de mala calidad, vieja y desgastada, quizá de mercado ambulante.
También hay algunas cosas de aseo bajo la misma cama, en la bolsa, junto a la caja con las cosas de la mujer.
Todo apunta a que un hombre pasó por aquel piso y no solo como comercial o como posible comprador.
Un hombre que utilizó la cocina, el baño, un hombre que se afeitó y lavó su ropa, quizás incluso llegó a dormir en el piso…
El inspector asiente. A Lidia no le falta razón. La agente añade en el tono en el que explicaría el final de una película:
—Y en el desagüe de la ducha se han encontrado cabellos, algunos rubios de tinte, probablemente de Natalia Benegas, y otros oscuros y muy cortos que sin duda pertenecían a otra persona. Todo hace pensar que el hombre vivía en el piso. Un análisis posterior añadirá algún dato más.
Acabado el informe, Lidia cambia de posición en la silla. Ropa, huellas, cabellos… Es sagaz, le encanta el oficio de policía y no habla por hablar. Y agrega:
—Iván está al corriente.
—Quiero esa ropa aquí lo antes posible y todo lo que encontraron en el piso y que pudiera pertenecer a ese hombre, Lidia.
Encárgate. Y quiero a ese chico, a Rubén Carpio, en esa silla, también lo antes posible.
Llámale, dile que venga cuanto antes. Y si pone alguna pega, envía un coche con un par de agentes a buscarlo.
Que lo traigan como sea. Esté donde esté —ordena el inspector, remontando con el índice las gafas doradas nariz arriba—.
Aunque no creo que se resista. ¡Ah! Si es necesario envía a Cuesta. Lo quiero aquí inmediatamente.
Lidia se pone en pie con una sonrisa y un brinco de su cola de caballo.
—Insiste con lo de la madre. Es urgente dar con ella, han pasado muchas horas, a alguien tendremos que explicarle lo que ha ocurrido. Que te ayude Iván, ya sabes que estas cosas se le dan bien. Y que intente dar con el hermano menor.
La agente desaparece en un suspiro.
RUBÉN
A pie de obra, en su jaula de lata, el móvil ha sonado ya tres veces y en ninguna de las ocasiones ha podido reconocer el número que ha aparecido en la pantalla.
Rubén Carpio no acepta las llamadas que en la soledad del barracón resuenan estrepitosamente.
Permanece a solas, en silencio y con los ojos cerrados, esperando a que el móvil deje de sonar.
Siente el corazón encabritado y el estómago replegado sobre sí mismo.
Se teme lo peor, por eso prefiere no contestar.
No puede ser nada bueno. Además, en su maldito oficio, agente comercial de barracón, lo llama él, siempre puede argumentar que no ha descolgado porque atendía a unos presuntos clientes interesados en visitar un piso.
Una excusa perfecta. No puede desairar a los posibles compradores.
También eso lo enseñan en los cursillos de formación.
Nunca se debe interrumpir una visita. No puede desatender a unos posibles compradores, son las instrucciones.
Entran tan pocos que el trato debe ser necesariamente exquisito. Ni un descuido.
La indicación de los expertos en marketing, que le permite obviar una llamada, resulta francamente discutible en tiempos de vacas flacas, pero a Iván le servirá para demostrar a su superior que conoce y respeta las directrices recibidas.
De hecho, cuando el móvil suena por primera vez cerca ya de las diez de la mañana, nadie ha asomado todavía la cabeza por la puerta.
Cuando unos minutos más tarde vuelve a sonar, Rubén sigue solo y algo resacoso y está cada vez más asustado, si es posible estarlo todavía más.
Media hora después, el aparato suena por tercera vez.
La llamada procede de un número desconocido, siempre el mismo, y tiene el efecto de un rayo paralizador.
No deja de pensar en Natalia. Siempre ha creído que nunca lo haría, que nunca se quitaría la vida.
Ha oído decir tantas veces aquello de «perro ladrador…
». La madre de ambos llegó a convencerse de que jamás se suicidaría.
Así quiso creerlo para poder seguir viviendo.
Más de una vez, Rubén ha pensado que el que quiere quitarse la vida lo consigue.
Ha acabado por creer que, a pesar del maldito deseo expresado tantas veces, no lo haría nunca, que en verdad Natalia no deseaba morir, solo asomarse al abismo.
El maldito abismo que siempre le devolvía la mirada.
No quiere sentirse culpable, no puede permitírselo, toda la vida ha hecho cuanto ha podido, incluso jugarse el empleo para procurarle un lugar en el que dormir. No debe reprocharse nada. Nada. Y, sin embargo…
Desde que él era un crío y ella una adolescente cada vez más frágil, más problemática, Rubén ha velado por ella. Siempre. Casi desde que conserva memoria se ha ocupado de proporcionarle bienestar, de tratar de que no se metiera en líos.
Los papeles se invirtieron muy pronto, demasiado pronto.
El mundo al revés. El hermano menor creció procurando el sosiego de su hermana, tratando de que nada la alterase.
Y siempre fue en vano. Las crisis llegaban sin que pudiera hacer nada por evitarlas.
Nunca tuvo una hermana mayor a la que acudir en busca de ayuda o de consuelo.
Las cosas nunca fueron como cabía esperar.