La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Miércoles
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Miércoles

TEDESCO

El inspector Tedesco ha pasado una mala noche, largas horas de insomnio que ha alternado con momentos de sueños inconexos y desasosegantes.

Ha soñado con un Ignasi más joven, menos encorvado y con más pelo, que hablaba por televisión de la crisis y del aumento galopante del desempleo.

Un Ignasi con manos firmes, lengua afilada, coraje incontestable y menos arrugas, que afirmaba con naturalidad que la situación empeoraba por momentos y que las medidas a tomar serían dolorosas para todos.

Al acabar, Romeu lanzaba una risotada que en el sueño le puso los pelos de punta.

También ha soñado con Marina, su hija, a la que hace días que no ve.

Sabe que ha cambiado de empleo y que anda en Múnich ejerciendo de traductora durante un encuentro de urbanistas.

El policía no comprende los motivos de su hija para saltar de una empresa a otra, de una ciudad a otra.

Él no se ha movido de la Policía en más de tres décadas.

Sabe que los tiempos han cambiado y que Marina ha escogido vivir con la maleta a cuestas.

Sospecha que no es la mejor elección para consolidar una relación.

Y, aunque nunca hablan de ello, Tedesco sigue preguntándose si Mario Corpas, el viudo con una hija del que Marina parece estar enamorada y con el que ha decidido tratar de convivir, se adaptará a tanta ausencia.

De tarde en tarde recibe un mensaje en su móvil.

Algo así como una prueba de vida. El último, leído unas horas atrás, decía:

Todo bien, papá. Es uno de los congresos más aburridos que recuerdo. Aquí en Múnich llueve, llueve y llueve. Solo la cerveza vale la pena. Y las salchichas. Serías feliz aquí, con esta dieta y con tanta lluvia. Regreso el jueves tarde. Te llamo y nos vemos.

En su disparatado sueño, la ha visto vestida de azafata con falda estrecha azul oscuro y pañuelito rojo atado al cuello, maquillada y arrastrando un carrito por el estrecho pasillo de un avión.

Ha soñado que él era un pasajero sentado en una de las últimas filas, que la veía avanzar, guapa y decidida, que la esperaba para decirle lo preciosa que estaba, que le sonreía, y que al llegar a su altura Marina le ofrecía una bebida.

También ha soñado que le servía un repugnante zumo de tomate y, lo que era peor si tal cosa es posible, que se dirigía a él como si no lo reconociera.

Le ha dolido tanto que se ha despertado de inmediato. Y aunque le consta que los mayores dislates pueblan los sueños, al abrir los ojos se siente triste y desairado como no lo ha estado en mucho tiempo.

Tedesco ha comprobado de inmediato que no hay mensajes de Elvira.

Buena señal, piensa. Pasa por el París, como cada mañana, para el primer café.

Forma parte de su rutina, como afeitarse, encajar los calcetines en los pies o lavarse los dientes.

Es animal de hábitos bien asentados. Uno tras otro, la secuencia siempre la misma, sin improvisaciones.

Ha saludado con un gesto al camarero, ha ojeado el diario y seguido uno de los noticiarios de la mañana en la televisión autonómica.

Por el momento no aluden a la muerte de la mujer rubia en la calle Caballero.

Mientras crean en la hipótesis del suicidio, probablemente el fallecimiento no verá la luz pública.

Los medios eluden el tema a pesar de que las muertes autoinfligidas van en significativo e imparable aumento.

Por no hablar de los meses de pandemia, meses en los que se dispararon los suicidios.

Una especie de ética profesional. El «efecto Werther», lo llaman. Mejor así.

No encontrar en el París a Ignasi Romeu como cada mañana para cruzar con él unas palabras, lidiar con algún sarcasmo y caminar en su compañía hasta las proximidades de la comisaría no ha hecho sino empeorar las cosas.

El día no empieza bien. Nada bien. Con la ausencia de Romeu la rutina, la bendita rutina, ha saltado por los aires.

El inspector echa a andar en dirección a la comisaría de Les Corts.

Intenta consolarse pensando que si no hay mensajes ni llamadas de Elvira probablemente Romeu sigue grave, pero estable.

Vivo. Quiere creer que la falta de noticias es una buena noticia.

Eso dicen, aunque no acostumbra a ser así en un oficio como el suyo que avanza a golpe de informaciones nuevas, de datos que salen a la luz.

Cuando llega a la comisaría, Tedesco se cruza con Lidia Sampedro, que sale del vestuario con el nada favorecedor uniforme de la Policía autonómica. La joven sonríe, como casi siempre.

—Voy a ver qué tenemos, inspector.

Tedesco asiente. Pocos minutos después, mientras el policía apura el segundo café del día —el primer medio café corto según sus cuentas personales—, echa una mirada al teléfono móvil, que sigue sin nuevos mensajes ni llamadas perdidas, y pone en marcha el ordenador, Lidia entra con los resultados del registro del piso.

—Tenemos ya el primer informe, las primeras observaciones, la autopsia quizá mañana si todo va bien, pero no es seguro.

El asistente de Velázquez dice que andan de trabajo hasta las muelas.

Textual, hasta las muelas, y que el forense está peor que nunca.

Insoportable —dice la agente desde el umbral.

Mauricio Tedesco la invita a pasar con un gesto y una sonrisa de complicidad.

—Como si se pudiera estar peor —añade.

Dionisio Velázquez resulta insoportable incluso en sus mejores momentos, en los días buenos.

Es uno de los individuos más malcarados que recuerda, y en su oficio Tedesco los ha conocido a decenas.

También, y es de justicia reconocerlo, es uno de los forenses más sagaces y escrupulosos con los que ha tenido ocasión de tratar.

Lidia le tiende una carpeta cuyo interior ojea el inspector en pocos minutos. La agente se sienta junto a la mesa por iniciativa propia. No necesita permiso de su superior. Con Tedesco no funcionan las formalidades.

La agente le informa de lo que han conseguido saber:

—Según el DNI, la mujer tenía su domicilio en el Clot, por lo menos cuando renovó su documento, pero hemos podido averiguar que el piso ha sido alquilado en varias ocasiones posteriormente y nadie nos ha sabido dar una dirección más reciente.

Una vecina la recuerda vagamente, solo una, pero asegura que era una chica muy rara y que solo estuvo allí unos meses con un tipo que se marchó antes que ella.

Un tipo que no era de fiar, según la vecina, y con el que había tenido algunos problemas: música demasiado alta y peleas de madrugada.

Podría tratarse de un camello, de un estafador…

Tedesco asiente.

—O de una vecina con demasiado tiempo libre —añade la agente—.

Yo misma acabo de hablar con ella. La verdad es que no ha sabido decirme muy bien…

Lo que parece seguro es que el tipo no tenía buena pinta, pero no ha sabido darme más detalles.

Estuvieron poco tiempo y no se relacionaron con los vecinos.

No recordaba mucho más, algunos problemas y la apariencia, tanto del hombre como de la chica, asegura que era muy rara.

Ha dicho textualmente que a veces parecía a punto de echarse a llorar en la escalera, pero no he sabido cómo interpretarlo. La historia clínica lo aclara un poco.

—Una chica rara —repite el inspector en voz baja.

Tedesco reanuda la lectura del informe en silencio. Lidia sigue sentada, espera instrucciones. Poco después, el inspector se interrumpe durante unos segundos, los suficientes para asimilar lo que acaba de saber.

—Un largo historial psiquiátrico. Una paciente difícil. Una enferma crónica. Se detallan varios intentos frustrados de suicidio con posterior hospitalización e internamiento. El primero a los diecisiete años.

Tedesco resopla. Prosigue:

—Desde entonces ha sido visitada en muchas ocasiones y ha pasado temporadas en instituciones psiquiátricas. «Diagnóstico inicial: paciente bipolar que manifiesta ocasionalmente síntomas psicóticos de tipo paranoide. Enferma controlada y vida relativamente normal si no abandona los fármacos».

El policía suspira.

—Relativamente normal —repite cabeceando.

Mal asunto, piensa. No es la primera vez que se enfrenta a un caso en el que una persona con síntomas de esquizofrenia intenta quitarse la vida y lo consigue. Sabe que las enfermedades mentales son un verdadero calvario, tanto para el enfermo como para su entorno familiar.

Lidia añade:

—Acabo de volver a llamar al teléfono de la persona de contacto que aparece en el historial, Carmen González Armesto, para comunicar el fallecimiento de Natalia.

Por los apellidos creo que debe de ser su madre.

La fecha es la del inicio de los problemas psiquiátricos.

He intentado hablar con ella, pero es un número fijo y nadie contesta.

Volveré a llamar, aunque han pasado muchos años y quizás haya cambiado de domicilio.

Seguiré intentando localizarla, quizás en el registro del hospital puedan facilitarme el domicilio actual.

Lo intentaré también a partir de su NIF. Si prefiere usted hablar con ella…

Tedesco no contesta. Debería hablar personalmente con la madre, es su obligación, pero no se siente dispuesto a reconocer ante la agente que no tiene puñeteras ganas de darle a una madre la noticia del fallecimiento de su hija, no en un día de ánimo sombrío como el que atraviesa.

Sabe, así lo presiente, que nada hay peor en el mundo que perder a un hijo, aunque el hijo en cuestión te haya complicado la vida hasta extremos inimaginables, como probablemente haya ocurrido con Natalia Benegas.

—Cuando la localices, hablamos.