Martes #15
Baakir es hombre de pocas palabras y es su forma de decir que es bien recibido.
Idrissa espera que no haga preguntas. No tiene ganas de hablar y tampoco sabe qué puede explicar.
No tiene ni idea de lo que ha pasado. Solo un mal presagio.
Sabe que un retén de la Policía cuyo coche continúa aparcado algo más arriba sigue en el edificio, y que no puede ni quiere arriesgarse a ser detenido.
No quiere ser repatriado, no así, sin saber qué ha ocurrido, sin volver a verla, sin despedirse.
Sin Natalia.
Baakir no pregunta.
El recién llegado se acerca al rincón en el que guardan las pocas pertenencias que acumulan y sacude enérgicamente las mantas.
Se ha acostumbrado a un colchón y a las sábanas limpias, y al sacudir las mantas y tenderlas sobre el suelo que nadie ha barrido en muchos meses, la polvareda hace que sienta ganas de llorar. Tose.
—Puedes lavarte. Electricidad no hay, ya lo sabes, pero todavía no han cortado el agua. Y además siempre hay algo de luz cuando se encienden las farolas en la calle. Mejor eso que nada.
Baakir señala un cuartucho sin luz en una esquina.
Es el lavabo de los empleados. Años atrás, antes de la quiebra, la nave pertenecía a una editorial modesta que hizo algo de dinero dedicándose por entero a reeditar los clásicos.
Eran otros tiempos. En ella se almacenaban, años atrás, las cajas de libros.
Como tantas otras empresas del sector la editorial quebró cuando las devoluciones de ejemplares empezaron a desbordar toda previsión por pesimista que fuera.
Posteriormente lo ocupó un distribuidor de cerámica para suelos que, ante un alquiler que apenas podía asumir, decidió trasladarse a una población en el área metropolitana.
Encajado entre dos bloques de pisos, el local fue desalojado meses atrás y entró en franca e imparable decadencia.
Idrissa atraviesa el desangelado espacio en penumbra.
Se apresura, la noche no tardará en caer.
Si se demora no conseguirá ver casi nada.
El agua en la cara lo reconforta. Se moja el cuello y los hombros.
Encuentra una toalla, la empapa y se frota los brazos, las axilas, el torso…
El agua le sienta bien, se encuentra algo mejor.
Más despejado, algo más limpio. Habría dado cualquier cosa por una camiseta o por unos calcetines que no olieran tan mal.
Pero toda su ropa está en el piso de la calle Caballero y por el momento no puede recuperarla.
Se quita los calcetines y la camiseta sudada, los lava con el jabón que alguien, probablemente Baakir, ha dejado junto al grifo y los tiende en una cuerda al lado de la toalla húmeda.
Espera que al día siguiente estén secos, o no demasiado mojados.
Necesita volver a usarlos. Toda su ropa, que no es mucha, sigue en el piso custodiado por la Policía.
Cuando sale de nuevo a la nave vacía, por las ventanas rotas entra la luz de las farolas que acaban de encenderse con la llegada de la noche. Es una luz extraña, casi espectral, anaranjada, fea, casi no es luz, pero le permite moverse en el interior sin temor a tropezar y caer.
— Bona nit —saluda Moussa en catalán, empujando trabajosamente la puerta y haciendo una mueca de sorpresa al reconocer a Idrissa sentado sobre un cajón junto al hornillo—. Bona nit , hermano, está bien tenerte aquí. Vive le Senegal!
Moussa, al contrario que Baakir, que apenas consigue pronunciar alguna palabra simple, chapurrea cualquier lengua y lo hace sin falsas vergüenzas. Es listo, extrovertido y tiene buena memoria. Entiende y se hace entender.
—Gracias.
—¡Treinta y dos! —anuncia. Ha sido un buen día.
Deja el enorme pañuelo que fue blanco en el que acarrea las gafas por media ciudad y le ofrece a Idrissa una camiseta, una falsificación no muy lograda de una prenda original de Adidas.
Arrima otro cajón a las ventanas de cristales rotos por las que la luz llega al interior.
Es el salón comedor. Lo sitúa formando un círculo con los de sus colegas y coloca un cuarto cajón algo mayor justo en el centro.
—¿Te gusta el arroz con garbanzos? —pregunta, echando una ojeada a la olla que Baakir aparta ya del fuego.
—Me gusta todo, Moussa, ya lo sabes. Todo. He traído algunas cosas, lo que he podido, podemos cenar bien.
Moussa silba al ver las aceitunas y las latas de sardinas.
—¿Te has quedado sin fiesta esta noche? —pregunta, sacando la botella de vino de la bolsa de plástico—. ¿Se ha cansado de ti?
Idrissa inclina la cabeza. No contesta. No explica que él no prueba el vino, que a pesar de no practicar la fe musulmana con demasiada convicción hay cosas que no quiere olvidar.
La prohibición de probar el alcohol es una de ellas.
El alcohol es pernicioso, así se lo han enseñado, así lo cree.
Corrompe a los hombres, destruye familias enteras y roba la voluntad y el buen ánimo.
Tampoco come carne de cerdo, ni embutidos, aunque no recuerda muy bien por qué.
Sin fiesta, ha aventurado Moussa, y no se equivoca. Prefiere no explicarle que por el momento se ha quedado sin techo, sin ropa, sin colchón y sin la compañía de Natalia. Y que, para ser sincero, en el futuro inmediato prefiere no pensar. Quizá también se ha quedado sin futuro.
Baakir, con un gesto leve, le indica a su compañero que no siga preguntando. Moussa se encoge de hombros y se sirve unos dedos de vino. Hace tiempo que olvidó lo aprendido.