Martes #14
—Ha pasado tan deprisa, Mauricio. Se despertó de madrugada, le dolía el pecho, luego el cuello.
Le faltaba el aire, se asustó. Yo también me asusté.
Me asusté tanto… Creo que supo que era grave.
Ignasi estaba muy asustado, pensó que se moría.
Y yo también. Se llevaba la mano al pecho, lo intentaba, pero casi no podía ni hablar. Le dolía mucho, muchísimo.
Hace una pausa, toma aliento y, casi en un susurro, continúa:
—Llamé a Urgencias. No tardaron. Nos trajeron en un suspiro y aquí estamos, Mauricio. Aquí estamos. Bueno, aquí estoy. No dejan que le haga compañía. Solo puedo mirar, ver cómo…
Elvira baja la mirada hasta el suelo, amaga un sollozo y carraspea de nuevo antes de continuar. Le tiembla la mano que ha separado del bolso y la recoge de nuevo. Hay lágrimas en su garganta.
—Yo aquí, ya me ves, e Ignasi ahí dentro, completamente solo.
Casi no puedo ni verlo. Solo un rato, un momento, Mauricio.
Solo unos minutos. Apartan la cortina y…
Dicen que es lo mejor, pero… ¿cómo va a ser mejor para él estar solo?
Ignasi no es tan fuerte como parece. No lo es.
Te lo aseguro. Lo conozco mejor que nadie.
Está asustado. Y es lógico. Me mira y… Sé que cree que se va a morir.
Me lo dijo antes de que lo metieran ahí dentro. Yo también pensé que…
Rompe a llorar mientras habla, ha dejado de intentar retener el llanto. Llora sin ruido y sin que se le agriete la voz. Desesperada y digna, Elvira no retiene sus lágrimas. Se limita a arrugar el pañuelo húmedo entre los dedos.
—Está tan solo allí dentro, Mauricio… Si lo vieras… Y tan asustado.
Tedesco asiente. Puede imaginarlo sin la menor dificultad. Él mismo es aprensivo y se siente muy incómodo en un hospital. Al menor percance cree padecer una dolencia de la que no conseguirá recuperarse.
—Quédate aquí un momento, Elvira. Espérame, vuelvo en seguida —ordena como si se dirigiera a uno de sus agentes.
Y Elvira asiente. No porque sea una mujer sumisa. No lo fue nunca. Asiente porque no le quedan fuerzas para hacer ninguna otra cosa.
El inspector se pone en pie y se dirige al mostrador tras el que una enfermera teclea sin levantar la vista.
Detrás de ella, algo entornada, la puerta que da a la dependencia donde descansa el personal de enfermería de la planta.
Dos mujeres, una frente a otra, conversan en voz baja sosteniendo en las manos una taza grande.
Una de ellas, la de mayor edad, gira la cabeza y advierte su presencia.
No tarda en reconocerlo y en dirigirse a él. Sonríe.
—¿Comisario?
—Inspector, Carme, solo inspector.
—¿Qué se le ha perdido por aquí? —pregunta la mujer de ojos oscuros e inquietos, dientes adelantados y algo separados, cabello sujeto con horquillas y cara de cansancio—. No puede ser nada bueno.
Tedesco la ha reconocido al entrar, años atrás era la enfermera jefe de la Unidad de Oncología.
—No lo es, Carme. Un amigo, Ignasi Romeu. Una insuficiencia, creo. Está en la UCI —explica el policía, acodándose en el mostrador y bajando levemente la voz para ganar privacidad.
—Ya sabe que hay un horario y que… —le recuerda, señalando la esfera de uno de esos relojes que lo miden todo, desde las pulsaciones a la oxigenación.
—No he podido venir antes. Mi trabajo es lo que es, Carme, y no sabe de horarios de visitas. He venido cuando he podido.
—Ya. Y quiere usted que yo… —Carme Pons, la enfermera jefe, insinúa una mueca de disgusto.
Tedesco permanece en silencio. Sobran las palabras. Ni pestañea. Es un artista manejando los silencios. Muchos años de interrogatorios le han enseñado a utilizarlos en su provecho.
—Vale, si lo pide así… —La mujer sonríe.
La enfermera deja la taza sobre el mostrador, alinea unos papeles y sale al pasillo central.
—Sígame, pero esto debe quedar entre nosotros.
—Te lo aseguro.
—Me deberá usted una. Si me pillan cometiendo un delito, ya sabré a quién acudir. Preguntaré por usted.
En dos zancadas, Tedesco se aproxima a Elvira y le indica que se acerque. Elvira no se lo hace repetir, se pone en pie con la presteza de una mujer más joven. De repente parece otra. Una mujer vivaz con unos años menos. La enfermera la mira, se sorprende, pero calla.
—Diez minutos. El doctor no tardará en llegar y no puede encontrarles dentro —advierte la enfermera.
Tedesco asiente y Elvira susurra un «muchas gracias» empapado en llanto y se retira las lágrimas con el pañuelo.
Elvira entra la primera y se aproxima al box en el que su esposo sigue respirando trabajosamente.
Se sitúan ambos frente a Ignasi Romeu al otro lado del cristal que mantiene aislados a los enfermos.
Elvira agita una mano, pero el expolicía, con los ojos entornados y en la mente todos los miedos de este mundo, no puede verla.
Permanece completamente inmóvil, los brazos rígidos y estirados a ambos lados del cuerpo, las piernas sin flexionar, dócil, sometido.
Quieto como en el interior de un sarcófago.
Decidida, Elvira López golpea el cristal con los nudillos.
Primero levemente, después con energía hasta conseguir que Ignasi gire la cabeza.
Tedesco piensa por un momento que la mujer saltará o gritará para hacerse ver.
La cree capaz. Está a punto de impedírselo, de rogarle que no lo haga.
Al policía, de talante discreto hasta la exageración, aporrear el cristal de la Unidad de Cuidados Intensivos no le parece una conducta apropiada.
No lo hace, se domina. No la reprende. Comprende a tiempo que Elvira necesita ver y ser vista.
Romeu, con la máscara sujeta a la nariz y a la boca, y el cuerpo anclado por tubos y cables a un par de máquinas cuya utilidad —si es que la tienen— Tedesco desconoce, gira la cabeza.
Puede verlos, hace un amago de sonrisa, cierra los ojos con fuerza y levanta ligeramente la mano más cercana al cristal.
Es su forma de decirles que sigue vivo y que se alegra de que estén allí, muy cerca. No hay mejor manera.
Elvira se apoya en el cristal con las palmas abiertas dejando un rastro de sudor y de llanto.
Llora sin control, y Romeu, pálido y casi desnudo bajo la sábana, le indica moviendo la cabeza de un lado a otro que no debe llorar.
A Tedesco nunca antes el expolicía le ha parecido tan vulnerable.
De hecho, siempre ha pensado en él como en un hombre fuerte y astuto, un hombre que ha envejecido bien.
El caminar firme, las manos seguras, los ojos atentos, la mente despierta…
Y, sin embargo, parece que le hayan caído encima, y a plomo, unos treinta años, quizás alguno más.
Todo de un día para otro.
IDRISSA
Idrissa empuja la puerta un par de palmos, lo suficiente para poder entrar casi de perfil en la nave destartalada y no muy grande de la que Moussa y Baakir han ocupado un rincón.
Sus amigos han tendido un par de colchones y dispuesto todas sus cosas contra una pared.
El ruido del metal al rozar contra el suelo le sobrecoge.
Baakir está en el interior, sentado a horcajadas sobre un cajón junto a una ventana por la que todavía entra algo de luz.
No parece sorprendido al verlo. Sonríe. Se alegra.
Inclinado y armado con una cuchara enorme, remueve el contenido de una olla pequeña que descansa sobre un hornillo de gas.
Idrissa se acerca y deja junto a él lo que acaba de comprar.
—¿Puedo quedarme esta noche? Solo una noche.
Baakir asiente.
—Claro, no hay problema. Ya lo ves. No hay colchón, pero puedes tumbarte sobre las mantas, tenemos muchas. La gente las tira. Y ya no hace frío. Estarás bien.
—Gracias. No sabía…
Baakir lo interrumpe:
—No te preocupes. Espacio nos sobra. Ya lo ves. Y con esto será casi una fiesta —añade, señalando con la mirada lo que el recién llegado acaba de traer.