Martes #13
—La puerta no tardará en deformarse por la humedad. No habrá manera de cerrarla. Solo nos faltaba eso. ¿Y a quién le vendes un piso en el que ha muerto una mujer, eh?, ¿a quién se lo vendes? ¿Tú sabes lo que nos va a costar esto? ¿Lo sabes?
Rubén Carpio lo sabe. Asiente. No menos de quince mil euros la reparación de los desperfectos sin contar con la estigmatización y la devaluación inmediata del piso.
Y del inmueble entero, puestos en lo peor.
Si la cosa se complica y la prensa da alas al asunto, pronto se sabrá lo ocurrido en el edificio.
—Joder, joder, joder.
Llobera acostumbra a maldecir siempre en tríadas. Por una vez, Carpio no tiene ganas de reír. Se limita a bajar la vista, sostener lo dicho y a contemplar atentamente sus zapatos mojados. Siente frío.
Llobera se marcha sin despedirse. Interiormente, Carpio formula: Adiós, adiós, adiós. Mamón, mamón, mamón.
Mientras espera a que su jefe inmediato abandone el bloque de pisos, hace un esfuerzo desesperado por pensar en una Natalia que por fin ha encontrado una paz que no conoció en vida.
Busca en esa frágil certeza una forma extraña de consuelo.
Con todas sus fuerzas se refugia Rubén Carpio en esa última meta alcanzada tras una vida de luchar contra una corte de demonios crecidos al cobijo de una mente enferma.
Demonios intangibles y a cuál más maligno.
TEDESCO
Mauricio Tedesco le pide a Lidia que se dirija al Hospital Clínico.
Ha decidido visitar a Ignasi Romeu a pesar de las reticencias y de los temores de Elvira.
Recuerda el horario de visitas, pasó muchas horas acompañando a Fina mientras trataban de alargarle la vida, cree que llegarán a tiempo.
A menudo, el personal de enfermería, conocedor del dolor de los allegados, deja pasar unos minutos antes de obligar a los visitantes a abandonar la UCI.
Necesita solo un momento, un instante, lo justo para ver al amigo, para saludarlo quizá cristal mediante y constatar que sigue vivo.
Para asegurarle que esperará su recuperación y prometerle un caso interesante, el caso de la mujer rubia en el piso piloto.
Suena a título de novela policíaca: Asesinato en el piso piloto .
Sabe que Romeu se alegrará y pensará en un comentario sarcástico que Tedesco no podrá oír.
Sonríe a solas en la parte posterior del coche policial. A Tedesco le gustan las novelas policíacas, incluso las teleseries de detectives, y Romeu, que detesta el género porque asegura —y no le falta razón, ambos lo saben— que peca de fantasioso, se burla de él siempre que puede. Y es muy a menudo.
«Ahora le llaman novela negra, pero es ciencia ficción, Mauricio, pura ciencia ficción. ¿Ya te han dado en comisaría el identificador de ADN de bolsillo?».
Conserva Tedesco las primeras impresiones en la mente: la mujer tendida sobre la cama, el frasco de pastillas a su lado, el vaso vacío, el piso perfectamente ordenado y sin la cerradura forzada, el grifo cerrado, el tapón obturando el desagüe y la alfombrilla de la entrada que reza «Welcome» retirada y arrimada a la pared del rellano.
Para Tedesco, las primeras impresiones son valiosas.
Según han afirmado Rubén Carpio y Marisol Morgades, encontraron el grifo abierto y el tapón obstruyendo el desagüe.
Rubén cerró el grifo para evitar que el agua siguiera escaleras abajo.
Dijo no haber tocado nada más. Una circunstancia difícil de explicar en un piso en el que, a priori, no vivía nadie.
Ambos aseguraron sin dudarlo que, a su llegada, la estera de la entrada había sido apartada y se apoyaba en la pared.
Tedesco necesita conocer cuanto antes los resultados de la autopsia, pero, diga lo que diga el informe del forense, es obvio que tendrán que investigar qué hacía en un piso cerrado y desocupado una mujer a la que nadie parece conocer.
Por fortuna, han podido identificarla sin dificultad.
Lidia ha encontrado su documentación en su bolso en una de las habitaciones pequeñas.
Natalia Benegas González, treinta y cuatro años.
También tienen sus huellas, y si ha sido detenida en alguna ocasión no tardarán en saber más cosas.
Iván se ocupará de averiguarlo. Cuestión de tiempo. Por el momento es necesario esperar.
Cuando el inspector abandona el coche policial, de la lluvia reciente solo quedan restos de charcos sobre las aceras.
Charcos en recesión, como los derechos adquiridos, como la propia vida.
Siempre en recesión. Tedesco no es un hombre optimista, nunca lo ha sido.
Fue abandonado por su padre antes de nacer, Franco Tedesco, un aviador italiano llegado al país para combatir contra los defensores de la república.
Por muchas razones, y no todas de índole sentimental, el inspector ha hecho lo posible por olvidar a su progenitor.
Con casi sesenta años y un hijo a punto de nacer, Franco Tedesco experimentó un súbito ataque de nostalgia y decidió regresar a su Ferrara natal con nocturnidad y alevosía, sin que en ningún momento llegara a plantearse la posibilidad de que su familia lo acompañara.
No llegó a conocerlo, pero heredó el apellido por haberse casado con su madre antes de desaparecer.
Sus primeros años fueron más bien sombríos.
Al cuidado de una madre joven y resentida con la vida en general y en particular con aquel «mal hombre» que era su padre, y de la abuela materna, Jacinta, que había enviudado demasiado pronto y andaba cargada de achaques y de prejuicios, su infancia no fue una infancia feliz.
Creció como hijo único junto a dos mujeres que se consideraban poco o nada afortunadas en una casa familiar en la que raramente se reía.
No conoció celebraciones, ni alborozo, ni tan siquiera la alegría de un reencuentro.
El pequeño Mauricio, que heredó el nombre y la pronunciada pendiente de su nariz de su abuelo materno, apenas recibió besos, muy pocos arrullos y solo ocasionalmente algún abrazo con motivo de algún éxito académico.
Ni su historia familiar, ni su temperamento ni su oficio le permiten al veterano policía mantener una visión esperanzadora sobre casi nada.
Y, tras haber examinado el cadáver de una mujer joven y hermosa muerta demasiado pronto, y ante la perspectiva de enfrentarse a un Romeu enfermo y con un hálito de vida, Mauricio Tedesco no consigue hilar un pensamiento bueno.
Mientras baja del coche policial y se despide de los agentes, el inspector deja de intentarlo.
Acepta sin discusión que hay cosas en esta vida que no tienen remedio. Solo admiten una demora.
—Iván, anota todo lo que tenemos —ordena para señalar que sigue al mando de la investigación.
Sabe que el mosso no necesita más indicaciones.
Iván Cabrera es el mejor observador con el que ha trabajado, tiene una mente que lo archiva todo y es tan meticuloso que a veces resulta desesperante; pero no hay en toda la comisaría nadie mejor para poner negro sobre blanco hasta el menor detalle de la escena de un crimen.
Iván insinúa una sonrisa. Eso es todo. De tenerlas, cosa que no está nada clara, todas sus emociones se resisten a aflorar.
Siempre parecen quedar en eso, en un leve parpadeo, en un fruncir o arquear los labios o en un levantamiento de mentón.
Desde que puso el pie en la comisaría hay quien lo llama «la esfinge». No parece molestarle el apelativo.
Un sol tímido se asoma entre las nubes que ya no son grises, y de los puños y los antebrazos de los transeúntes cuelgan paraguas cerrados.
Algunos comercios bloquean puertas y bajan ya persianas cuando Tedesco atraviesa la calle y se interna en el enorme y complejo centro hospitalario.
Las columnas que flanquean la entrada, de un verde claro y apagado sin gracia ninguna, y la marquesina de cristal siguen en su sitio, en la puerta principal.
También los paneles indicadores. Tedesco no necesita consultarlos, conoce bien el lugar, tuvo tiempo de memorizar hasta el último rincón.
Fina Mercader, su mujer, fue tratada durante meses en la planta de oncología hasta que, desestimada toda esperanza de recuperación, pidió agonizar y morir en su propia casa.
Por desgracia, no llegó a regresar a su cama. Murió unas horas antes de su traslado.
El policía ha pasado horas infinitas, días enteros deambulando entre pasillos, consultas, dependencias diagnósticas y salas de espera.
Conoce el hospital al detalle, como conoce la comisaría.
Con el ánimo en suspenso y sin necesidad alguna de preguntar, el inspector se dirige directamente a la UCI en la que se hallan los que han sufrido algún accidente cardiovascular.
Se identifica en el mostrador, donde una enfermera anota algo en un ordenador.
—No he podido llegar antes, pero solo estaré un momento.
—No puedo hacer excepciones. Solo un par de minutos —le advierte con una mueca de contrariedad.
Antes de llegar, distingue a Elvira en la diminuta sala de espera cercana a la UCI.
Está sola. La pareja no ha tenido hijos y todos sus familiares han muerto o andan demasiado lejos o ya demasiado maltrechos.
Se ha derrumbado en la silla con la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, los ojos cerrados, los labios sin color y el bolso entre los brazos cruzados.
Tedesco se sienta a su lado.
ELVIRA
Elvira abre los ojos casi de inmediato y rectifica su postura.
—Hola, Mauricio. Imaginaba que vendrías.
—¿Qué han dicho?
—No está muy claro, que si una insuficiencia, que si una arteriopatía coronaria. No sé muy bien. Creo que ellos tampoco lo saben. En todo caso, no sé si es muy grave o si… Por el momento está estable.
Elvira se interrumpe unos instantes y carraspea ligeramente antes de continuar.