Martes #12
Cuando considera que puede acercarse, Idrissa, aparentando normalidad, se aproxima a buen paso, pero no llega a entrar ni a pulsar una sola vez el timbre del portero automático.
Sigue andando calle arriba picoteando la corteza del pan, piensa que parecerá menos inquieto si mantiene las manos ocupadas.
Junto a la puerta de entrada del edificio, un agente, joven y uniformado, mantiene los brazos cruzados sobre los riñones y la vista al frente. Monta guardia.
El senegalés de los ojos bellos y asustados no se detiene, continúa andando con el corazón desbocado y las piernas temblorosas.
Cuando pierde de vista el edificio y está seguro de que el agente de Policía no puede verlo, Idrissa gira, cambia el sentido de sus pasos y se encamina al local vacío en el que duermen sus amigos.
Quizá pueda pasar la noche con Baakir y Moussa.
Le aterroriza la idea de intentar dormir en un cajero automático o a la intemperie en un banco del parque cercano. Para Idrissa, un cajero, un banco, las escaleras de una iglesia o el interior de un portal abierto significan tocar fondo.
ARNAU LLOBERA
Rubén aguarda en el rellano con la vista en la puerta entreabierta. En el piso quedan especialistas ultimando la inspección del escenario. Oye gritar su nombre desde el piso inferior. Es una voz extrañamente aguda para un hombre maduro. La reconoce. Resopla. Es Llobera.
En la inmobiliaria, y desde luego a sus espaldas, los que sienten hacia él algún resentimiento —y son muchos y los motivos sobran— lo llaman a escondidas «il castrato».
Fue Rubén el primero en referirse así a su superior.
Espera que nunca llegue a saberlo. No lo perdonaría.
Otros simulan, separando súbitamente los dedos, el estallido de una copa de cristal.
El ingenio siempre ha sido más útil para afianzar la complicidad entre pares que para vender pisos.
Y Rubén se estremece de pies a cabeza antes de girarse, adelantar unos pasos y estrechar la mano de Arnau Llobera, que alcanza ya el cuarto piso.
Resopla. Parece contrariado por no haber podido utilizar el ascensor por indicación de un agente que le ha ordenado que tampoco utilice el pasamanos.
Llobera es un personaje sin más méritos que ser hijo de uno de los principales accionistas de la empresa constructora, tener una planta aceptable y una agenda con contactos heredada de su padre.
La flor en el culo, dicen de él los que lo conocen.
Carpio le tiende la mano a su pesar. Cortesía obliga. Le flojean las rodillas y juraría que, al alejarla de su cuerpo, la mano entera se agita involuntariamente en el aire como una bandera en Tarifa.
—Ya me explicarás qué coño ha pasado aquí.
Y Rubén expone los hechos procurando que la voz no lo traicione. Es como seguir con la rutina con un hacha clavada en la cabeza.
Cree haberlo conseguido. Se equivoca. Le ha hablado de la llamada de la vecina, del agua que bajaba escaleras abajo y que todavía encharca el piso y un par de rellanos, del grifo abierto, del tapón obturando el desagüe y de la mujer rubia tendida en la cama, muerta.
Se refiere a ella como a una desconocida.
—No había sangre. Y, por lo que pude ver antes de que llegara la Policía, tampoco señales de agresión.
Probablemente ha sido un suicidio —apunta en un intento por alejar cualquier indicio de muerte violenta—, eso es lo que parecía.
Creo que la Policía también cree que se quitó la vida —aventura cuando no sabe qué más decir.
Espera las preguntas que lo empujarán contra las cuerdas y quizá lo aparten del ring.
No pueden tardar. Llobera aplica la lógica y varios tonos más agudos de lo necesario.
—Pero…, a ver, Rubén. A ver si nos entendemos. Tú dices que no conoces a la mujer y, sin embargo, eres el único que puede entrar y salir de este piso. El único que tiene unas llaves —apostilla, señalando con la barbilla la entrada invalidada por una cinta policial.
Dos personas con monos desechables salen al rellano. Chapotean. Llobera resopla al entrever durante unos instantes el piso cubierto todavía por una lámina de agua.
—¡Joder! Es que no entiendo nada. Hay otras llaves en la oficina, pero nadie las ha tocado.
Estoy seguro. No han salido de mi despacho, están en un cajón y yo, como jefe de ventas —no podía obviar su cargo, no sería él—, tengo la llave de ese cajón, la llevo encima. ¿Puedes decirme qué cojones ha pasado?
Rubén abre mucho los ojos y se encoge de hombros.
—¿Cómo ha entrado esa mujer en un piso cerrado sin haber forzado la cerradura? ¿Qué coño hacía aquí una mujer muerta?
El tono es el de siempre. El que utiliza con sus empleados para subrayar su flagrante inutilidad, su falta de iniciativa y el salario demasiado elevado que, a su juicio, perciben todos ellos, del primero al último.
El timbre es más agudo según se muestra más y más airado y se eleva hasta cotas imposibles.
Acostumbrado a mandar desde la cuna, no sabe hacer otra cosa.
Mandar y gritar con una desagradable voz que trepana el cerebro.
No conoce la corrección ni el buen trato. Solo las cajas destempladas.
—Porque, si no me equivoco, la cerradura no parece forzada —añade Llobera, dirigiendo la mirada hacia la puerta intacta.
—No, no lo está. La Policía la ha analizado. No la han forzado.
—Pues tú dirás…
—Yo no… No puedo decir nada. No tengo ni idea de cómo ha podido entrar.
No la conozco. No la había visto nunca —responde Rubén Carpio con las manos en los bolsillos para evitar que adquieran vida propia y haciendo alarde de una seguridad que está muy lejos de sentir.
Sigue temblando, y espera que Llobera lo atribuya a que continúa empapado.
Negar a Natalia es como renegar de sí mismo.
Una locura, una traición. Un nuevo crimen.
Sin embargo, ¿qué otra cosa puede hacer?
Lleva toda la vida ayudando en lo posible a su hermana mayor, a su medio hermana, a la frágil, encantadora y devastadora Natalia.
Cuando apenas era un adolescente, un novio de Natalia le susurró al oído, antes de despedirse para siempre: «Me voy antes de que me joda más la vida».
A diferencia de aquel joven escarmentado, Rubén nunca pudo alejarse de ella. Tampoco lo intentó. La quería.
Recuerda justo en aquel instante que en el instituto era conocida como «ciclón Benegas» porque siempre tenía un papel destacado en todos los conflictos, generalmente el de desdichada, enfurecida o justiciera protagonista femenina.
Recuerda también las palabras de Román Carpio, su propio padre, el mismo que se casó con su madre poco después de que enviudara y que durante años la ayudó en todo lo que pudo.
Aseguraba, con pleno convencimiento y en ausencia de la aludida, que allí donde pisaba Natalia no volvía a crecer la hierba.
Había escuchado la frase alguna vez y la utilizaba a menudo para referirse a Natalia, aun a riesgo de afligir a su esposa.
—¿No visitó el piso? ¿Estás seguro? Quizás estuvo aquí y en un descuido pudo copiar la llave.
Los chorizos se las inventan todas para joderte.
Un piso nuevo, un techo…, ¿quién te dice que no era una okupa?
Y, en ese caso, tú en la inopia, como siempre.
Cualquier día se podían haber llevado los muebles, los cuadros, hasta las bombillas.
¿No lo has pensado? —inquiere casi a gritos. Rubén da un paso atrás.
—No, no la recuerdo, te lo aseguro, yo no le enseñé el piso —afirma, intentando aparentar una convicción absoluta que está lejos, muy lejos de sentir.
Aunque le convendría dejar abierta la posibilidad de que se tratara de una falsa compradora, sabe que no puede hacerlo.
El nombre de Natalia no figura en el listado de visitas efectuadas.
Para comprobar el engaño bastaría con revisar el registro.
Le duelen las palabras de Llobera y más todavía su propio silencio, su deslealtad, su traición. Natalia era inestable, podía volverte completamente loco, tenía un lado oscuro en el que Rubén nunca quiso profundizar, pero no era una ladrona.
—He pensado en todas las posibilidades, pero ella no ha estado aquí. Lo recordaría, recuerdo las caras y los nombres. Además, llevo el registro al día. Dice la Policía que se llama Natalia Benegas. Conmigo no ha estado aquí. No entiendo cómo…
Si hubiera respondido que la mujer había visitado el piso días atrás para considerar su compra, Arnau Llobera habría exigido inmediatamente el registro de visitas y en él, más pronto o más tarde, habría podido comprobar que el cuerpo que acababan de llevarse a las dependencias forenses no pertenecía a ninguna de las mujeres que habían pasado por allí.
Bastaban unas llamadas para destapar una mentira incontestable, un engaño.
No solo habría perdido toda posibilidad de abandonar el maldito barracón, Llobera le habría dado la patada y a la puta calle.
Despido inmediato. Le tiene ganas. Muchas.
Quizás incluso habría interpuesto una demanda por daños y perjuicios.
Rubén ha alcanzado la conclusión de que no puede hacer otra cosa. Seguirá aparentando que ignora cómo pudo Natalia Benegas entrar en el piso.
—Yo sí que no entiendo nada. ¿Tienes una explicación para este marrón, o no la tienes?
Llobera grita como si alguien acabara de retorcerle los cojones.
Niega con un gesto.
Impotente, el jefe de ventas resopla y patea el suelo del rellano levantando algo de agua. Un joven malcriado que apunta a una rabieta.
—¡Joder, joder, joder!
Las salpicaduras van a parar a sus zapatos y a sus pantalones. Tuerce el gesto en una mueca de desagrado.
—Imagino que el parqué estará hecho mierda… Y los muebles. ¡Y…!
Se interrumpe, completa el escenario con la imaginación.