Martes #11
Carpio lleva mucho rato en el edificio y solo siente deseos de irse a casa, de encerrarse en su piso, sintonizar algún canal de televisión para dejar de pensar y prepararse un gin-tonic.
O varios. A falta de gin-tonic, de cuyos ingredientes carece, también servirá un culo de whisky o un par de chupitos de orujo.
Quizás alguno más. No importa. Los necesarios para perder de vista el miedo y ahuyentar durante unas horas el dolor y la angustia que se han asentado en sus entrañas, para alejar el pensamiento de la joven muerta cuya identidad afirma desconocer.
Con ayuda del alcohol quizá consiga dormir unas horas.
Siempre puede buscar una de las pastillas de las que Natalia olvidaba en alguno de los muchos períodos que pasaba en su piso, el piso familiar, dejando pasar las horas adormilada en el sofá del diminuto salón.
Cuando se sentía bien, dejaba de medicarse y las abandonaba en cualquier sitio.
En cada ocasión era un «para siempre» que apenas duraba unas semanas.
También desea intensamente que deje de llover. El agua se ha convertido en unas horas en la peor de las pesadillas. Agua por todas partes, en las calles, en la escalera, en el suelo del piso, en su ropa, en sus malditos zapatos.
Mientras espera en el rellano a Arnau Llobera, su jefe directo, un capullo engreído de voz levemente atiplada y siempre vestido de Armani, Rubén tiene la vista perdida en el piso completamente abierto y vacío.
Han levantado ya el cadáver sin que Carpio se haya atrevido a preguntar adónde lo llevaban.
No podía hacerlo. Ha seguido con la farsa, con la indiferencia. ¿Cómo podría explicar su interés?
Ha apartado la mirada cuando han retirado el cuerpo de Natalia oculto en una funda para cadáveres. Se ha sentido tan desgraciado, tan canalla y tan solo, que se ha alejado para esconder las lágrimas.
Todavía quedan especialistas buscando huellas, hilos, uñas…
Examinando, abriendo y cerrando armarios, aplicando polvo azulado sobre muebles y baldosas y una especie de papel adhesivo a los pomos de las puertas, a los grifos y a las mesitas de noche.
Hurgan por todas partes… Su contemplación le resulta violenta, por eso ha decidido esperar junto a la escalera.
No tardarán en encontrar la caja grande bajo la cama.
Carpio conoce su existencia. Allí está casi todo cuanto Natalia tenía en este mundo.
Bien poca cosa. Algo de ropa, papeles, algún libro, un par de cedés, siempre los mismos.
Quizá su bolso y su móvil, algo de marihuana…
Probablemente también alguna fotografía de cuando ambos eran muy jóvenes y que no le preocupa.
No tenía fotografías recientes. Rubén ha cambiado mucho, nadie podría reconocerlo.
El resto está en su propio piso. Abrigos, zapatos…
Cosas de Natalia que olvidaba cada vez que, acuciada por la falta de dinero o asediada por los demonios, se refugiaba en el piso de la familia.
Cosas que este guardaba en sus armarios.
Aunque siempre se negó a fijar su residencia en el piso que había ocupado la madre de ambos y en el que ahora vivía Rubén, siempre acababa por volver.
Cuestión de tiempo y de demonios. Por volver, dormir unos días, recuperar una endeble estabilidad y pasar de largo.
De pie en el rellano, con las manos en los bolsillos y el oído atento a cada movimiento en el interior del piso, Carpio siente los pies húmedos, helados.
De vez en cuando, un escalofrío le recorre la espalda.
Le tiemblan las manos y las oculta en los bolsillos del pantalón.
Espera poder controlar el llanto. La inminente llegada de Arnau Llobera no contribuye a tranquilizarlo.
Se esfuerza por confiar en la evidencia, los González son legión. Miles de González repartidos por el mundo. Una coincidencia que quizá la Policía no se molestará en investigar.
IDRISSA
Podría aproximarse y preguntar qué ha pasado.
Quizás algún vecino pueda decirle algo, pero es un riesgo que no piensa correr.
Se queda a unos metros de distancia arrimado a un edificio.
Observa desde lejos. Mira, trata de comprender.
La lluvia ha perdido intensidad, apenas algunas gotas muy pequeñas recuerdan el chaparrón reciente.
Son muchos los vecinos que, en corros reducidos, especulan sobre lo ocurrido.
Idrissa necesita saber algo más y se acerca lentamente al resguardo de los balcones.
Unos veinte metros lo separan ahora del coche policial.
Nadie parece saber nada. Al menos nada cierto.
Comprende que los curiosos solo formulan suposiciones.
Lo piensa mejor y se aparta. Atraviesa la calle y se sitúa en diagonal casi en una esquina con la intención de ver algo más.
Necesita tener ventaja por si es preciso salir por pies.
No es probable, a nadie parece interesarle su presencia, pero en su situación toda precaución resulta poca.
Desde su nueva ubicación puede observar la parte trasera de una furgoneta roja y amarilla, reconoce una ambulancia.
A pie de calle los mirones son cada vez más, susurran, especulan.
Acodados en ventanas y balcones, muchos vecinos siguen el acontecimiento desde una posición de privilegio, una vista aérea.
Hay quien, sentado junto a una mesa en su propia terraza, apura un vaso alto mientras contempla el ir y venir de agentes y personal sanitario. Un espectáculo en vivo y a domicilio.
Idrissa soporta mal la expectación. Obligado por las circunstancias a pasar inadvertido, a perseguir la invisibilidad, tantas miradas y tan cerca le incomodan.
Se siente intranquilo, inseguro, como si pisara arenas movedizas.
No tarda en temer lo peor. Natalia le ha explicado que en la escalera viven muy pocos vecinos, que los pisos son muy caros y que se venden con dificultad.
Sabe que el edificio de dieciséis viviendas, cuatro por rellano, está prácticamente vacío.
Solo dos han sido ocupadas por sus propietarios; el resto: pisos vacíos.
Idrissa deduce que la posibilidad de que Natalia esté en apuros es muy alta. Conociéndola, es casi una certeza.
De pie sobre la acera, resguardado a la sombra de un portal, sosteniendo en su mano derecha una bolsa de la compra y bajo el brazo una barra ya mediada de pan, Idrissa tiembla. No puede irse, necesita averiguar qué es lo que ha pasado. Necesita verla, abrazarla, tranquilizarla y tranquilizarse.
Puede imaginar a Natalia alterada por los hechos, sean los que sean, necesitada de compañía, desesperada.
Sabe que es tremendamente frágil, quebradiza, una mujer delicada.
No sabe estar sola. No puede. Pero Idrissa tampoco puede quedarse allí eternamente, nadie conoce su existencia ni que ha puesto los pies en el piso alguna vez. Y es mejor así, mucho mejor.
Permanece unos minutos junto a un portero automático, varado como una barca sobre la arena, anclado en un portal. Observa y tiembla bajo un sol agonizante que se abre paso trabajosamente entre las nubes.
Dos mossos de uniforme, un hombre y una mujer jóvenes, y un hombre mayor de pelo blanco y lacio, gafas doradas y americana oscura, salen del edificio en el que se encuentra el piso piloto que comparte con Natalia.
Se acercan al coche policial. Han acabado, se marchan.
El hombre mayor es el primero en entrar en el vehículo y lo hace en el asiento posterior.
A través de la ventanilla, el hombre de las gafas en la punta de la nariz entrecierra los ojos como para enfocar mejor y mira detenidamente a los presentes, siempre lo hace.
También a Idrissa, que se halla más allá del primer círculo de curiosos.
Es un buen observador. Espera no encontrar periodistas ni gente con móviles haciendo fotos al cadáver de la mujer que un par de sanitarios han introducido en una funda y empujan ya hacia el interior de la ambulancia.
Idrissa le recuerda a una larva. Sin perder de vista a la gente que casi rodea el coche policial, el policía impulsa sus gafas de montura dorada nariz arriba, lo hace muchas veces al día para evitar que las lentes acaben estrellándose contra el suelo.
Durante un instante se cruzan sus miradas.
El hombre, que apenas tenía aspecto de poli, se fija en el negro muy alto y delgado que contempla la escena desde la distancia.
Tiene las manos muy grandes, manos de trabajador manual, y las escleróticas blanquísimas.
Lleva en una mano la bolsa de plástico de un supermercado y bajo el brazo lo que parece una barra de pan picoteada.
Idrissa, sin pensar, baja la vista. No quiere hacerlo. Sabe que es un error. Y, sin embargo…, cuando la alza, el coche policial inicia la marcha atrás para embocar una de las travesías y desaparece.
Idrissa no se mueve.
A pesar de la distancia a la que se halla, el lugar que ocupa sobre la acera y la interposición de un grupo de curiosos, solo ha podido ver que retiraban un cuerpo envuelto en una funda y que lo introducían en la furgoneta.
Ha advertido el revuelo que ha acompañado cada movimiento de los agentes y del personal de la ambulancia, así como el agitar de las cabezas y el estirar de los cuellos.
No se atreve a acercarse. Un par de minutos después, también la ambulancia acaba por alejarse.
El espec- táculo ha acabado. Los curiosos se dispersan lentamente, los propietarios de los comercios cercanos regresan a sus quehaceres y algunos vecinos abandonan sus terrazas con la llegada del relente crepuscular.
Han pasado casi treinta minutos desde que el joven senegalés se aproximó al edificio con la intención de compartir cena y cama con Natalia.