La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Martes #10
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Martes #10

Prefiere no dar su nombre. Mejor la invisibilidad, el anonimato.

La joven, desairada, se reprocha su ingenuidad.

También ella concluye que la amabilidad resulta ingrata, que desgasta.

Se saca el chicle de la boca y lo envuelve en una servilleta de papel antes de arrojarlo con una mueca a la papelera que tiene a sus pies.

—¡Será imbécil! —susurra—. Ni que le hubiera pedido un riñón.

Por el camino, el hambriento joven senegalés arranca la punta de la barra de pan y se la come muy despacio con la intención de hacerla durar.

Tiene hambre, tanta que habría podido comerse la barra entera antes de llegar al portal.

No lo hace. Es difícil resistirse al pertinaz ronroneo de las tripas.

No tiene prisa, todavía no han sonado las ocho de la tarde en el campanario cercano.

Es la señal. Vía libre. Happy hour . Camina a pasos cortos, relajado.

Un total de diez euros en el bolsillo y, si todo va bien y mañana consigue trabajo, el sábado podrá hacer un envío.

No mucho, ochenta euros, todo lo que ha podido ahorrar en unas semanas.

Sabe que para su madre significan un desahogo.

Tal y como ella los administra, ochenta euros son unos días de poner un plato en la mesa.

La echa tanto de menos que a veces cree experimentar un dolor físico.

A menudo se siente olvidado y solo, como el crío al que la madre ya no consuela tras una mala caída, un enfado o una decepción.

Ya está muy cerca, a dos manzanas. Idrissa picotea distraídamente el pan. Faltan unos minutos.

Desde el cruce, a unos treinta metros del portal, avista un coche blanco cuyas luces azules destellean, un vehículo que casi impide la circulación. Solo la Policía o el personal de una ambulancia puede aparcar así, con un par de ruedas sobre la acera y el resto del vehículo en la calzada.

Luces azules, mala señal. Otro lenguaje universal. Mejor desaparecer cuanto antes, piensa perplejo. Y a punto está de arrancar a correr.

No lo hace. Se detiene, mira.

El coche policial ha estacionado justo en la esquina del edificio, a muy pocos metros del portal al que se dirige, es un obstáculo.

Y de los mayores. Para Idrissa es como si alguien acabara de tapiar la entrada.

No tiene papeles, no los que habría querido tener, los que necesita para recuperar la visibilidad. Solo miedo, de miedo va sobrado.

No se atreve a acercarse. No sin papeles.

No podrá pasar, piensa contrariado. De repente se siente muy cansado, exhausto. Está harto de calle y de aire libre. Sueña con desplomarse a oscuras en el sofá del piso piloto, pero por el momento seguirá siendo un sueño.

RUBÉN

Rubén Carpio ha contestado como ha podido a las preguntas del inspector Tedesco.

Un hombre extraño, el policía. Ha respondido que no, que no conoce a la mujer y que no sabe cómo ha podido entrar en el piso.

Ni la menor idea. No la ha visto antes y nunca, nunca, nunca durante una visita ha advertido nada raro.

—Todo era normal. Un piso vacío.

Ha mentido. Tampoco ha perdido nunca las llaves, asegura sin titubear.

Sigue fingiendo y lo hace con aplomo y mala conciencia.

Intenta por todos los medios no parecer conmovido ni asustado.

No es nada fácil con el cadáver de Natalia a pocos metros.

Espera que el policía atribuya su turbación al espanto resultante del descubrimiento del cuerpo.

Hace cuanto puede por mentir con total convicción, como si su misión consistiera en engañar a un polígrafo, eso es lo que Tedesco parece con la mirada fija en su rostro.

Un polígrafo humano. Lo intenta con todas sus fuerzas, pone en ello todo su empeño, trata de superar el dolor.

Se concentra en la ficción que cree más conveniente.

Advierte que la mirada del policía cobija una gran dosis de escepticismo.

Todo él parece una esfinge recelosa. Ignora que el inspector raramente sonríe.

Cuando por fin acaban las preguntas, no está seguro de haberlo conseguido.

Todo mentiras. Una detrás de otra, sin solución de continuidad.

Mentir sobre Natalia es como negarse a sí mismo, a su historia, a su propia vida.

Es una traición en toda regla. Como apostatar.

Por eso resulta tan difícil y tan doloroso.

Se siente acorralado y no ve otra salida.

Solo puede seguir mintiendo, sostener el engaño.

¡Natalia! ¡Querida Natalia! Si ella pudiera oírlo, le arrojaría a la cabeza lo primero que encontrara. Sin pensarlo dos veces.

Carpio no ha tenido tiempo para tomar decisiones ni para prepararse. ¡Todo ha pasado tan rápido! Por eso improvisa y asegura no saber nada, no conocer a la mujer muerta.

Marisol Morgades ha desaparecido y la Policía apenas ha tardado unos minutos en llegar.

El tiempo justo para recobrar la compostura, disimular el espanto y tratar de no temblar.

Ha mentido. Y todo por la perspectiva de conseguir un empleo algo mejor a corto plazo.

Por añadidura, ha logrado en unos minutos aborrecer definitivamente su maldito trabajo y, sobre todo, a sí mismo.

Se detesta por negar su relación con Natalia.

Siempre la quiso. Rubén nunca tuvo un no para su hermana.

Nunca. A pesar de que vivir con ella, acompañarla y ayudarla a superar sus múltiples desdichas, era cada vez más difícil.

Solo espera un golpe de suerte. Ha oído hablar de ellos, sabe que existen, otros los han vivido.

Él apenas puede recordar un momento en el que la fortuna le haya sido propicia.

Por regla general acostumbra a serle esquiva, a darle la espalda.

Aparentemente, la muerte de Natalia es un suicidio, y los suicidios no siempre se investigan a fondo.

Eso es lo que ha oído decir. Así lo espera.

A veces es la propia familia la que prefiere dar el tema por acabado.

Y la familia es él, Rubén Carpio, pero nadie puede saberlo.

Rubén, el hermano menor de Natalia, ambos hijos de la misma madre ya fallecida, no puede rogar al policía que dejen correr el asunto.

No queda nadie, ni cercano ni lejano, nadie que pueda recordar, identificar el cadáver, entristecerse, llorar, acarrear el duelo.

Tampoco nadie que pueda insistir hasta las últimas consecuencias en conocer la verdad.

La verdad, la terrible verdad, es que Natalia ha sido siempre una persona complicada y que ha provocado mucho dolor a los que la amaban.

Dolor a raudales, torrencial, como lo es a veces la lluvia sobre la ciudad sedienta.

Esparcía el dolor por todas partes. Hiciera lo que hiciera.

La verdad absoluta y terrible es que nunca antes Rubén la había visto en paz, nunca plácida como cuando la ha descubierto, ya cadáver, tendida sobre el lecho. Nunca.

El rostro relajado, los miembros distendidos, toda ella rodeada de un silencio amable, exento de aflicción, de conflicto y de tensiones.

Abandonada por fin por los malditos demonios que, en unas ocasiones, amarraban a su cara un rictus de profunda tristeza; en otras, de intensa euforia, de pérdida del control o de desbocada ansiedad.

Siempre aquellos condenados demonios que la asediaban desde el inicio de su adolescencia y que complicaban sin remedio la vida de Rubén, su medio hermano, y amargaban la vida de su madre.

Su padre murió cuando Natalia era una cría y apenas conservaba de él algún recuerdo.

Así llamaba Natalia a los pensamientos siempre extremos que la devoraban invariablemente cuando abandonaba la medicación: demonios.

Y la dejaba muy a menudo. Cada vez que, estimulada por un entusiasmo irreal y pasajero, por un demonio embustero, creía poder sobrevivir sin pastillas.

Rubén espera que una historia clínica significativa como la de Natalia, un historial médico que no deja lugar a dudas, así como la existencia de tentativas anteriores, puedan sustentar la hipótesis del suicidio.

Un mal momento, un bajón del ánimo siempre cercado por un puñado de demonios y… la muerte autoinfligida.

Caso cerrado.

Con algo de suerte, quizá la Policía nunca llegue a saber que Rubén Carpio González y Natalia Benegas González eran parientes tan cercanos, hermanos, hijos de una misma madre.

González es un apellido muy común. Con un poco más de suerte, Natalia será enterrada en algún lugar, descansará en paz, y Rubén Carpio podrá seguir con su vida.

Algún día quizá supere el dolor y deje de sentirse como el miserable que reniega de su hermana y rechaza el vínculo de sangre.

Carpio ignora los deseos de Natalia respecto a lo que los folletos de las funerarias coinciden en llamar «descanso eterno».

Nunca antes han hablado de ello. Ni cuando la encontraron inconsciente en un banco cerca del parque de la Ciudadela con una sobredosis y estuvo un par de días ingresada en estado crítico, ni cuando una pareja de pasajeros evitó, sujetándola en el último momento, que se lanzara a las vías del metro.

Por lo tanto, apenas importa el lugar, el ritual, la forma.

Natalia no creía en dioses magnánimos, ni en vírgenes, ni en mesías redentores ni en ángeles anunciadores de la salvación.

Solo en malditos demonios. De existir un juicio final, y si este fuera realmente justo, nadie podría condenar a Natalia, una mujer enferma y frágil desde que Rubén puede recordar.