Martes #9
Moussa habla en castellano, se defiende bien. Lo hace en voz alta para que Ji Bo entienda. El camarero corresponde con una sonrisa y un gesto de asentimiento.
—Mejor gafas, tú dices bien —ensaya el chico, y las pupilas desaparecen por completo de sus ojos.
Moussa es una buena compañía, alegre, siempre optimista. Y a Idrissa le hace tanta falta…
SERENA MÍNGUEZ
Serena Mínguez intenta comprender las atropelladas palabras de la mujer que habla de un cadáver en un piso en la calle Caballero, en el distrito de Les Corts.
No muy lejos de la comisaría. La mujer parece asustada y apenas consigue explicarse.
Podría estar hablando de una aparición, de una repugnante formación ectoplasmática, de una mujer zombi o de una presencia maligna por concretar.
Al menos es lo que parece. Jadea y parece gruñir mientras trata de explicarse.
—Está muerta. Sí, seguro que está muerta. —Respiración forzada seguida de un ruido que Serena no consigue identificar.
—¿Le ha pasado algo? ¿Sigue ahí?
—Sí, sí. Estoy bien. En el piso no había nadie, pero esa mujer está en la cama. No sé cómo, pero…
Tras varias preguntas formuladas para ir aclarando ideas, Serena cree entender que la mujer habla de una desconocida tendida en una cama y aparentemente muerta en el interior de un piso vacío.
Ignora que es un edificio nuevo y que se trata del piso que los vendedores muestran a los posibles compradores.
—Tranquilícese, por favor. Dígame su nombre.
La mujer lo intenta. Inspira profundamente y devuelve el aire con un suspiro.
—María Soledad. María Soledad Morgades Ruiz.
—Vale. Creo que comprendo. Corríjame si me equivoco.
Se llama usted María Soledad Morgades. Y dice que acaba de ver a una mujer muerta en un piso.
Entiendo. ¿Sobre la cama? Sí, pero dice usted que el piso estaba vacío, que no hay inquilinos.
Ya. En su escalera. Sí, en la calle Caballero. ¿Número…? Sí, lo tengo.
—Sí. Así es. En el bloque casi no hay vecinos. Todavía quedan pisos por vender. Nosotros somos los primeros que…
Serena trata de desentrañar el significado de sus palabras atropelladas.
—Pocos vecinos, entiendo, son ustedes y otra familia. Sí, sí. Entiendo. Sí. ¿En el piso de la inmobiliaria? ¿El que enseñan?
La agente advierte no solo el espanto, también cierta forma de indignación en el tono de la mujer. Un edificio entero por estrenar, los primeros vecinos que se instalan y encuentran un cadáver. Verdaderamente, la familia no empieza con buen pie, piensa, y sigue tomando notas.
Muy cerca, a pocos pasos, Mauricio Tedesco deambula con una carpeta en la mano, los ojos de un azul desvaído —casi un gris turbio— medio entornados, y las gafas doradas aproximándose a la punta de su nariz. Camina aparentemente abstraído. Solo aparentemente.
—Dice usted que se trata de una mujer de treinta y tantos tendida en una cama. Y dice que no ha visto sangre, ni desorden, ni signos de violencia en la habitación. Bien. Tampoco la había visto usted antes. Nunca. Entendido. ¿Estaba usted sola?
El silencio dura apenas unos segundos.
—Estaba con…, sí, entiendo. El de la inmobiliaria. Lo había llamado usted. Un escape. No. Bien. No es un escape. Un grifo abierto. Ya. Agua por todas partes. Sí, sí, claro. Entiendo.
No es verdad. Serena ha atendido la llamada con determinación, convencimiento y el mejor de los propósitos, pero la expresión de su rostro delata que apenas entiende nada.
No consigue saber qué tiene que ver el agua, que al parecer corre escaleras abajo por todo el edificio, con el cadáver de una mujer rubia sobre una cama.
Pero la agente sabe, como saben todos los policías en una comisaría, que los primeros contactos siempre resultan confusos.
Por eso acostumbra a armarse de paciencia y a requerir detenidamente la información esencial.
—Tengo la dirección exacta. Sí, no se preocupe. En unos minutos estará ahí una patrulla.
El inspector se aproxima a la mesa en la que Serena Mínguez deja constancia del aviso. Lee las notas por encima de su hombro.
—Sí, no es necesario que vuelva usted al piso. Espere en su casa o en la portería si lo prefiere. He anotado el piso y su teléfono, los agentes la llamarán. Sí, sí, tranquila. Unos minutos, muy pocos y estarán ahí.
—Serena, no pases el aviso, no es necesario. Voy yo y me llevo a Lidia.
—Pero…
—Necesito salir de aquí y llevar un caso, algo nuevo, lo de la discoteca está embarrancado, no avanza. Esperamos imágenes. Y no tengo la cabeza para más papeleo. Voy yo.
—Ya, pero y si…
—No te preocupes. Si Valero te comenta algo, yo lo asumo.
—Está bien —asiente Serena, pasándole los datos que ha recogido—. Puede llevarse también a Diego Cuesta. Está libre.
Tedesco asiente, necesita con urgencia distraer el pensamiento, dejar de pensar en Ignasi Romeu y en el chico muerto a las puertas de un after hours .
Precisa iniciar una investigación nueva con la íntima esperanza de poder explicársela muy pronto al amigo gravemente enfermo.
Pretende recuperar cuanto antes la rutina común, darle detalles, indicios, pruebas si las consigue, hablarle de progresos, de hilos de los que tirar. Necesita pedir y esperar su opinión.
El inspector olvida la carpeta que trajinaba sobre la mesa de Serena y sale a buen paso en dirección a su despacho en busca de la americana, la acreditación y el móvil.
Al pasar ante la sala en la que Lidia Sampedro archiva papeles con gesto de aburrimiento, anuncia enfocando a la agente por encima de los cristales de sus gafas:
—Me acompañas, Lidia. Un caso, un cadáver, una mujer joven y desconocida, la han encontrado muy cerca, en un piso de la calle Caballero.
Se arrepiente de lo dicho inmediatamente.
Tuerce el gesto. Demasiado tarde para rectificar.
Acostumbra a cuidar las formas y sus propias palabras le resultan morbosas, casi crueles.
Palabras que huelen a bestia carroñera, a cuervo, a removedor de entrañas.
No es la primera vez que advierte en su propio discurso aquella indiferencia que tan a menudo acarrea su triste oficio de poli.
Una mujer joven. El mismo alejamiento emocional que tanto detesta en algunos de sus compañeros de profesión.
Su profesión de poli. Un empleo para un cuervo con pistola y acreditación.
—¿Caballero? ¿La que atraviesa Numancia? —quiere saber la agente, al tiempo que coloca una carpeta en el archivador y lo cierra sin miramientos.
El policía casi puede verla saltar sobre las puntas de sus pies. ¿Distancia emocional? ¿Adrenalina?
—La misma. ¿Vienes? —la alienta el inspector.
—Claro.
—Avisa a Diego. O mejor a Iván, si está libre —rectifica—. Pero prefiero que conduzcas tú. Ya lo sabes.
No añade nada más. No es necesario. Todos en la comisaría saben que Iván prefiere no conducir y que Diego es temerario. Aseguran que al volante de un coche, también de un coche policial, parece que Diego Cuesta acabe de robarlo.
IDRISSA
Idrissa se despide del joven chino con un adiós que suena levemente extravagante.
Las pocas palabras que consigue pronunciar conservan todavía el aroma a lugar remoto, a arena, a tierra yerma y cuarteada, a polvareda, a miseria.
Sale con Moussa del café y entra en el súper cercano.
No tiene prisa. Faltan unos minutos para las ocho, la hora mágica. Su happy hour .
Moussa se aleja en dirección a la estación de Sants acarreando su cargamento de gafas de sol.
Allí, aprovechando que ha dejado de llover, piensa extender su trapo sobre un espacio más o menos seco al resguardo de alguna cornisa y distribuir las gafas con cierto orden.
No de cualquier manera. Las instrucciones de los que controlan el negocio y le proveen el producto son claras: las gafas han de mostrarse ordenadas según modelo, color y tamaño.
Como el género de calidad en un escaparate.
Con el anochecer ya tardío del mes de mayo, la gente que se lo puede permitir ocupa las terrazas, mientras otros pasean antes de cenar.
Los que abandonan la estación echan una ojeada a la mercancía.
A veces, unas gafas son el regalo de última hora, el que el viajero olvidó comprar.
Siempre hay alguien que se acerca y mira, prueba, pregunta…
Si hay suerte, alguien se encapricha y compra.
Idrissa acostumbra a recordar lo que prefiere Natalia y, bajo la mirada recelosa del reponedor del supermercado que lo sigue a cierta distancia de un pasillo al siguiente, elige dos latas de sardinas que piensa aderezar con limón y acompañar de olivas verdes y negras y tomates muy maduros.
Compra también chocolate, dos naranjas, pan y una botella barata de vino blanco, el que ella prefiere.
Hace la cuenta mentalmente. Le alcanzará.
Si los demonios han desaparecido, puede ser una buena cena.
La cajera, una chica que se ha pintado labios, párpados y uñas de color violeta consiguiendo así un desalentador efecto de mala salud, le ha sonreído al devolverle el cambio.
Masca con indolencia un chicle que huele a canela y mueve la cabeza al ritmo de una música interior.
El senegalés, alto, fuerte y sonriente, le gusta y le regala las bolsas que debería cobrarle.
Puede hacerlo y lo hace. Es su forma de rebelarse contra un destino adverso, la joven preferiría mil veces sentarse ante un teclado.
Vengan de donde vengan, Idrissa agradece las sonrisas.
Un lenguaje universal. La chica estrafalaria cuyo aspecto le amedrenta es una joven simpática que siempre le sonríe mostrando entre los dientes un chicle amarillento.
—¿Cómo te llamas? —quiere saber la cajera.
—Idrissa, soy Idrissa Seidy —responde, agarrando la bolsa de plástico y saliendo algo precipitadamente tras corresponder al interés de la chica con un nuevo adiós formulado a conciencia.