La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Martes #8
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Martes #8

Uno de sus compatriotas, Baakir, se busca la vida en la construcción, aprendió cuatro cosas cuando era un crío, pero no le hace ascos a descargar camiones o arrancar malas hierbas.

El otro, Moussa, el más hablador, es mantero.

Ambos duermen desde hace semanas en un almacén recientemente abandonado a pocos pasos del Pequeño Singapur.

Siempre van juntos, la suerte de Baakir corre pareja a la de Moussa.

Son, el uno para el otro, casi todo lo que ambos tienen en la ciudad hostil.

Emigraron juntos. Juntos arriesgaron la vida y juntos consiguen subsistir desde hace meses.

Carecen de electricidad y no logran calentar la desvencijada nave si el día es frío, pero, por el momento y mientras la compañía no se moleste en cortarla, disponen de agua y de un lavabo en condiciones aceptables.

A veces, Idrissa envidia la complicidad que los une y entonces piensa en la cama, en la ducha y en la mujer que lo espera y que habla a menudo de un futuro juntos en el que dejará de ser invisible. Una mujer inestable, rara, voluble, pero irresistible en sus buenos días.

Al salir del metro y alcanzar la calle, comprueba con satisfacción que ha dejado de llover.

En el bar, el sitio más barato y discreto en muchas manzanas a la redonda, solo es un cliente solitario.

Un habitual. Un anciano ojea el diario deportivo en la mesa más alejada de la entrada, justo bajo el televisor.

Lo ha visto otras veces. Pasa horas y horas ante un café y una copa de coñac.

Primero La Vanguardia , luego el Mundo Deportivo .

Todo el tiempo por delante y siempre las mismas palabras a flor de labios:

—Perras, pocas, las justas. Una pensión miserable, pero uno no puede andar a oscuras por la vida, uno tiene que saber lo que tiene que saber. —Ji Bo asiente y sonríe. Lo haría aunque acabara de pronunciar una sentencia de muerte.

Idrissa cree entender que un perro es un animal que ladra.

Incomprensiblemente, en este país algunos los llevan sujetos con una correa, por eso no consigue entender.

¿«Perras»? Quizás el anciano empiece ya a confundir las cosas, piensa.

Aunque lo sospecha, tampoco le queda muy claro qué quiere decir con «andar a oscuras».

Cree haber comprendido que «a oscuras» es como pasan las noches Natalia y él al no poder encender la luz en las habitaciones no seguras.

Idrissa recuerda entonces los últimos meses de su abuelo, cuando confundía los nombres de sus hijos, cuando no recordaba haber comido, no reconocía a sus vecinos y parecía hablar con personas que nadie más veía.

Por eso asiente y sonríe cuando el viejo del diario se empecina en repetir siempre lo mismo, en hablar sin sentido:

—Uno tiene que saber lo que tiene que saber.

Ji Bo, el muchacho chino que atiende la barra desde el amanecer hasta casi la medianoche, lo saluda alzando levemente las cejas.

El pelo hirsuto, la piel muy blanca y las pupilas casi totalmente ocultas por sus párpados, como si mirase por una ranura muy fina.

Habla lo justo, pero resulta siempre una presencia amable.

Nunca mira mal a nadie, no hace preguntas y, a falta de mejor discurso, acostumbra a sonreír a la clientela con el menor pretexto. Y sin él.

Idrissa juraría que Ji Bo tampoco comprende las palabras del viejo que siempre habla de perros hembra y de andar sin luz.

—Un café —pide, pronunciando lo mejor posible, mientras se sienta en un taburete junto a la barra y abre el diario que el viejo acaba de liberar.

Comprueba que alguien, quizás el anciano del rincón aunque no le parece muy probable, dado que parece haber perdido el juicio, ha resuelto el sudoku y dejado a medias el crucigrama.

Piensa en el día en el que podrá intentar rellenar los cuadros vacíos, el día en el que domine la lengua.

Por no entender, Idrissa no entiende ni el significado del nombre del rotativo, La Vanguardia , pero sí en líneas generales el contenido de algunos titulares de la portada que aparecen acompañados de imágenes alusivas:

«Última oportunidad para frenar el cambio climático».

«La crisis energética no remite. La descarbonización avanza lentamente. La UE lo tiene cada vez más difícil».

«La diplomacia resulta determinante en la resolución de los conflictos armados».

«Avance imparable de la ultraderecha».

Nada parece ir bien en el mundo. En ninguna parte.

A veces resulta un consuelo, un alivio. Mal de muchos…

Mire hacia donde mire, siempre puede encontrar a alguien que está peor, basta con echar una ojeada.

En general, las condiciones laborales están en regresión, los enfrentamientos armados son cada vez más numerosos, el volumen de refugiados y de desplazados sigue aumentando y las revueltas, las detenciones, los atentados y los conflictos enquistados tienden a eternizarse.

Por otra parte, los derechos civiles están en franco retroceso.

Un mundo complejo en el que las cosas no andan bien. Nada bien.

«Uno tiene que saber lo que tiene que saber», repite el hombre cargado de años y de dolencias. Quizá sea cierto, aunque, a juicio de Idrissa Seidy, lo más justo sería que todos, la humanidad entera, no uno solo como cree entender, sepan de la miseria y de las injusticias de este mundo.

—Tú, cansado —aprecia Ji Bo, situando la taza de café junto al diario abierto y señalando a Idrissa con el índice.

Este asiente con la cabeza. Cansado, muy cansado.

Pero la fatiga es menor si se alcanza trabajando.

Peor es patear las calles para nada, eso sí que cansa, agota, corrompe todos y cada uno de los pensamientos y envenena la sangre.

No dice nada, su vocabulario es limitado, pero, de haber podido hacerlo, le habría hablado del buen cansancio.

En silencio, sorbe el café al que ha añadido el sobre entero de azúcar y fija la vista en la pantalla del televisor durante unos instantes.

Se suceden las imágenes de las manifestaciones, los gráficos indescifrables de indicadores económicos y las declaraciones de personas presuntamente importantes, políticos nacionales, que empiezan a resultarle vagamente familiares.

Detrás de él, se abre la puerta que da a la calle y entra Moussa, el mantero, que carga sobre su espalda un gran trapo que fue blanco antes de estar tan sucio.

En su interior, decenas de gafas de sol enormes, como de soldador, con monturas de colores intensos y de una calidad ínfima.

Gafas de temporada que los jóvenes olvidarán pronto en un cajón y que probablemente contemplarán con cierto horror el verano próximo.

Algunas se rompen mucho antes. Cuestan diez euros, quince euros las mejores, las que no achicharran las pupilas.

Solo le quedan dos euros a Moussa. Según sus propias palabras, él las saca a pasear, les enseña el mundo.

Lo saluda con un manotazo en el hombro que consigue sobresaltarlo.

Moussa siempre parece contento. Idrissa se alegra de verlo y de que las cosas le vayan bien.

Al menos eso es lo que parece. Según le asegura, ha vendido más de treinta.

Es una buena cifra. Aunque ha llovido durante buena parte del día, Moussa ha encontrado cobijo bajo las grandes balconadas del Eixample al arrimo de las casas.

En los ratos en que las nubes han dejado un resquicio al sol, este ha sido poderoso, molesto a los ojos.

Es posible que las ventas sean aún mejores si el sol aprieta durante el resto de la semana.

Además, los polis han andado ocupados sofocando las protestas que se han sucedido en varios puntos de la ciudad.

Han salido a la calle estudiantes de secundaria y las trabajadoras de las grandes cadenas hoteleras…

Moussa asegura que, hagan lo que hagan los polis, aunque aprieten a correr tras el mantero que debe recoger las gafas en un santiamén y desaparecer, en las calles la vida sigue sin grandes alteraciones.

—Soy más rápido. Mucho más rápido.

Nunca parece preocupado, no se hace mala sangre. Si se acercan los Mossos d’Esquadra, se limita a alejarse tan velozmente como aconseje la prudencia. Ahora está, ahora no está. Si le sorprenden, corre hasta perderlos de vista. Es su forma de mantenerse en forma, afirma. ¿Quién necesita gimnasio?

—Y gratis.

Idrissa asiente. Para bien o para mal, la vida sigue.

Moussa es un hombre jovial que apenas tiene cargas familiares en Senegal.

Por eso vive algo mejor que sus colegas.

De vez en cuando puede comprarse algún capricho.

Proviene de una familia con tres hijos varones de la que solo queda con vida un padre haragán en alguna parte y un hermano mayor que se busca la vida con cierta solvencia y pocos escrúpulos, y por el que Moussa no tiene la menor intención de preocuparse.

A veces, Idrissa envidia su suerte, la suerte de los que no tienen familiares que dependan de sus ingresos, de los que no acarrean una pesada carga sobre los hombros. Y sobre la conciencia.

—Dentro de un rato saldré un poco más, solo un poco más. ¿Sabes? Me duelen los pies, y eso que hoy he corrido poco.

Deja su carga sobre una silla junto a la máquina tragaperras y, con un suspiro, se sienta junto a Idrissa en un taburete. Calza playeras de goma con la bandera de Brasil con las que parece imposible echar a correr. Y, sin embargo…, Moussa adora el fútbol en general y a la canarinha en particular.

—Un café con leche —ordena—. Me acercaré a Sants, a la estación.

Echaré un rato más. Solo un rato. Baakir no llegará hasta más tarde.

Además, ¿quién compra gafas de sol por la noche?

—pregunta, acompañando la pregunta con una risotada—.

Pero ¿sabes lo que te digo? Mejor gafas o camisetas que bolsos, mucho mejor.

Pesan poco, son muy ligeras, son baratas y se venden mejor. Paso de bolsos.