Martes #7
Le juró que esta vez no habría líos, que todo saldría bien, que ella era otra persona.
¡Otra persona! ¡Capullo! ¡Siempre has sido un capullo y siempre lo serás!
Las personas no cambian, y las que traen problemas nunca dejan de hacerlo.
¡Un jodido grifo abierto! Un imbécil, eso es lo que eres. ¡Un jodido grifo! ¡El tapón puesto!
Un puto imbécil. ¡Un capullo, un…! Solo faltaría que…
Carpio piensa en la posibilidad nada remota de perder el empleo.
Tendrá que buscar una explicación, algo razonable.
Pero toda justificación es imposible con la vecina como testigo irrevocable.
La cerradura no ha sido forzada. ¿Qué va a decir?
¿Que uno de los posibles compradores ha entrado a lavarse las manos?
¿Que él mismo ha utilizado el lavabo y ha olvidado…
? Todavía conseguiría empeorar las cosas.
Lo despedirán de inmediato por negligencia, por conducta improcedente.
Fijo. Sin remedio. Sin indemnización. Sin nada.
Una patada en el culo y si te he visto no me acuerdo.
Y, lo que es peor, quizás incluso con la obligación de pagar los desperfectos.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
¡Puto grifo!
Detrás suyo, la mujer de la camiseta llamativa y las zapatillas mojadas avanza sin el menor ruido.
Tiene a Rubén muy cerca. Grita:
—¿Lo ve? Aquí ha habido alguien. Esto no pasa porque sí… Aquí…
La mirada de Carpio es feroz, de una amedrentadora elocuencia. La mujer no dice más, pero se queda allí, a su espalda.
Rubén Carpio retrocede, debe seguir inspeccionando el piso.
No porque espere encontrar nada más, probablemente a aquella hora Natalia habrá salido tal y como acordaron.
Están todavía dentro del horario de visitas.
A juzgar por la cantidad de agua quizá se haya marchado de buena mañana dejándole un marrón descomunal para que lo resuelva como pueda.
Como tantas otras veces. Despreocupada, libre, enferma.
Rubén lleva toda su vida reparando daños de todo tipo: materiales, morales, emocionales…
Una vida entera apagando fuegos y convencido de que el día menos pensado todo saltará por los aires.
Cierra la puerta del lavabo y abre la de la segunda habitación pequeña.
Vacía.
—Bien, ahora alguien tendrá que hacer algo, porque esto así no se puede quedar —comenta Marisol Morgades, sin flaquear. Ha bajado la voz.
Es apenas un susurro, una observación atinada, intencionada.
Basta para que Carpio apriete dientes y puños y cuente hasta mil para evitar responderle agriamente.
No se lo puede permitir. Un empleo es un empleo y siempre es algo mejor enseñar los pisos de una inmobiliaria que buzonear, repartir comida a domicilio o recoger chatarra revolviendo en un contenedor.
Sabe que no puede ni debe empeorar las cosas. Simple y llanamente: no puede.
—No se preocupe, esto estará solucionado en unas horas. La empresa asumirá los gastos.
—Ya —responde la mujer, torciendo la cabeza y mirando el parqué—. ¿Y si alguien ha entrado y…?
—Nadie ha entrado aquí. Quizás alguno de los visitantes, o yo mismo… Un descuido…
La mujer frunce los labios, es evidente que no da el menor crédito a sus explicaciones.
—Pero a veces…
RUBÉN
Carpio no se molesta en escucharla, aparca la cortesía y se aproxima a la habitación principal, la destinada a la pareja que adquiera el piso. La misma que Natalia tiene prohibido pisar porque da a la calle y alguien podría advertir su presencia.
La recuerda perfectamente: cama de matrimonio, mesitas y armario empotrado del mismo color que el parqué.
En la ventana, un estor blanco y liviano de los que dejan pasar la luz y que permanece siempre levantado.
En un piso piloto no se bajan persianas ni estores a no ser que las vistas sean espantosas: una autopista, un vertedero, un cementerio o un polígono industrial humeante.
Nunca. Son las primeras cosas que se aprenden.
La primera clase. No enseñar nunca un piso oscuro.
Y si está muy nublado y los compradores parecen interesados: postergar la visita con cualquier excusa y esperar a un día radiante.
Abre la puerta y, acto seguido, se lleva la mano libre a la boca para sofocar el horror.
Como puede, retiene un grito. Un aullido de pavor.
Siente que todo él cae, se precipita. Sigue sujetando la maneta de la puerta como si una trampilla acabara de abrirse bajo sus pies y pudiera resistir aferrándose a ella.
La vecina, un par de pasos detrás de él, ni tan siquiera lo intenta.
Marisol Morgades grita y salta hacia atrás golpeándose con la pared del pasillo y perdiendo una de las zapatillas rojas que, al caer, salpica la pared más próxima.
Sigue gritando. No logra hacer otra cosa.
Una mujer completamente vestida yace desmadejada sobre la cama.
Inmóvil, muy pálida, los brazos y las piernas abiertos, las palmas de las manos en dirección al techo y el rostro inclinado hacia la ventana como persiguiendo la poca luz que no velan las nubes.
El cabello, rubio y largo, parece algo sucio y mal teñido, y le oculta los ojos.
Es una mujer muy delgada y, a simple vista, ambos comprenden que está muerta.
Carpio se abalanza sobre ella, la sacude, aproxima los labios a su cara.
Lo está. Definitivamente muerta. El gesto relajado, las manos desmayadas.
Consigue como puede no susurrar su nombre, no apoyar sus labios sobre su frente, no abrazarla, no maldecirla, no decirle que lo siente, no reprocharle que le esté arruinando la vida. No asegurarle que la querrá siempre.
En el umbral, la mujer ha dejado de gritar, pero respira con esfuerzo y se agita visiblemente como si soportara un calambre. Ha dejado de frotarse los dedos. Cierra los ojos unos instantes y respira profundamente. Cuando los abre, algo más calmada, anuncia:
—Voy a llamar a la Policía.
Se aleja chapoteando en dirección a su piso.
—¡Usted quédese aquí! —le grita a Rubén desde el rellano, haciendo entrechocar las llaves en el aire. Ha tomado el mando.
Carpio, paralizado por el espanto, asiente en el vacío. La ha perdido de vista.
El comercial, sentado sobre la cama con la cabeza de la mujer sobre las piernas, no consigue controlar sus emociones.
Tiembla. Desaparecida la vecina escaleras abajo, las lágrimas resbalan por sus mejillas y caen sobre sus manos y sobre los ojos cerrados de ella. Las retira como puede. Necesita pensar.
En el suelo, un frasco vacío de pastillas, y en los brazos de la mujer y en sus muslos, cerca de sus rodillas, algunos cortes aparentemente recientes, pero ya cicatrizados, que no le sorprenden. Los ha visto otras veces. Muchas.
No puede explicar su presencia en el piso. Nadie lo entendería, nadie lo disculparía. Estaría en la calle en un abrir y cerrar de ojos. Puede hablar de una intrusa, puede asegurar que no la conoce, que la mujer una vez había visitado el piso, que quizás había podido copiar la llave, que…
Puede…
¡Adorada Natalia! Maldita. Frágil.
¡Siempre adorada Natalia!
La Policía no tardará en llegar. Unos minutos.
Pocos. Estas cosas son rápidas. Necesita tomar una decisión.
Es urgente, muy, muy urgente. Solo concibe dos opciones: puede hablar desde el primer momento y reconocer la identidad de la mujer y explicar cómo había entrado en el piso, o puede negar cualquier relación y jurar que no la ha visto nunca.
Quizá no lleguen a establecer una conexión entre ambos, los primeros apellidos no coinciden y pueden despistar a cualquiera. No ve otra salida.
Carpio no conoce a fondo el procedimiento policial, pero sabe, como todo el mundo, que la Policía no resuelve todos los casos, que muchos quedan abiertos a la espera de que, pasados unos años, sean olvidados. Se cierran en falso. Un caso de suicidio quizá se olvide pronto.
Sabe que si la identifica está perdido. Mejor intentar…
IDRISSA
Idrissa Seidy alcanza el andén en la estación de Hospital Clínico.
Queda poco más de una hora para poder llegar a lo más parecido a una casa que ha tenido nunca.
No quiere esperar sentado en una plaza ni en las escaleras de una iglesia como un indigente.
Y menos si sigue lloviendo aunque sea poco.
No necesita caridad. No por el momento. No quiere verse así, suplicando unos euros para seguir viviendo.
Tiene un techo, incluso una mujer guapa, aunque algo desconcertante.
Y, sobre todo, conserva un resto de dignidad que le impide alargar la mano y mendigar.
Entrará en el café diminuto regentado por Ji Bo, el chino joven y sonriente con el que simpatiza a pesar de que no consiguen cruzar más de tres palabras.
El establecimiento, que alguien decidió llamar Pequeño Singapur, parece intentar pasar desapercibido en un barrio de renta media-alta.
Por la falta de parroquianos, es evidente que lo logra.
Parece pensado para gente de paso, para asistentas y repartidores de Glovo.
A Ji Bo no le importa que con sus bicicletas dificulten la entrada o el acceso a los lavabos.
En el Pequeño Singapur coincide a veces con Baakir y con Moussa, un par de senegaleses en parecida situación, sus únicos amigos en la ciudad, sus iguales.
Si tiene ocasión, a Idrissa le resulta agradable volver a utilizar la propia lengua y recordar entre risas los lugares comunes.