Martes #6
Mientras abre el portal, se sacude el agua del cabello y con una manga intenta retirar las gotas de los cristales de sus gafas; maldice en voz baja a la constructora en su conjunto, a Arnau Llobera y a los compradores quisquillosos en particular, a los putos mandamases de la economía mundial en general y a la maldita lluvia en especial. En su mente no queda títere con cabeza.
Nada más llegar al vestíbulo advierte la presencia de una mujer junto a los buzones.
Es una mujer joven que viste vaqueros de camales muy anchos y una camiseta de colores llamativos de las que Carpio, que siempre ha pasado con lo justo, solo sabe que valen una pasta.
Lleva en los dedos varios anillos de colores y en torno al cuello un grueso collar de cuentas de madera en varios tonos de verde.
Calza zapatillas rojas de andar por casa y sostiene en una mano las llaves de su piso.
Tiene el cabello castaño, largo y muy rizado y unos ojos grandes y ligeramente abombados del color del azúcar moreno.
Pestañea con frecuencia, como si algo le estorbara en las pupilas, y se frota los dedos unos con otros.
No consigue estar quieta. Parece alterada.
Lo está. Carpio se siente levemente aturdido en su presencia.
—Hola.
—¿Ha sido usted la que ha llamado?
—Sí, he sido yo. Soy Marisol Morgades. Aquí solo estamos nosotros. Mi marido, mi hijo y yo y una pareja en el primer piso, pero no sé si duermen aquí o si todavía andan con la mudanza. Creo que hay algún otro piso comprado, pero por el momento por aquí no han aparecido.
Es evidente que a Marisol Morgades la soledad la incomoda y que habría preferido mil veces una escalera transitada y un edificio al completo.
—¿Usted vive en…? —ataja Rubén Carpio, que no necesita más explicaciones.
—En el segundo segunda, uno de los de tres habitaciones que dan a la calle Caballero. Como ya le he dicho, en principio solo hay dos pisos ocupados y, por suerte, ambos en la segunda planta. Y, sin embargo, yo…
La mujer sigue hablando. Explica la secuencia de los hechos. Habla muy deprisa y no todo lo que dice resulta lógico. Asegura que a veces ha oído ruidos en las plantas superiores, pero nunca ha visto a nadie.
—Ayer mismo oí algo, como un objeto que cae. Si no hay nadie, no sé cómo pudo…
—Gracias, es usted muy amable. Si quiere, echamos una ojeada —zanja el comercial, sin más contempla- ciones.
La mujer no pierde el tiempo, se gira y echa a andar en dirección al ascensor.
Durante los pocos segundos que aguardan ante la puerta metálica, Marisol Morgades parece a punto de saltar de puntillas sobre sus pies.
Continúa agarrando el manojo de llaves y frotándose los dedos como si padeciese algún tipo de urticaria.
Respira deprisa. Es puro nervio. Carpio no acaba de entender a qué viene tanta angustia.
«Y, sin embargo…», ha dicho ella. «Y, sin embargo…».
Y no es buena señal. No lo es. Todo puede complicarse de un momento a otro. Fatalmente. Sin solución. Si sus sospechas se confirman, puede despedirse del esperado ascenso en los próximos meses. Estará condenado de por vida al maldito barracón. Puede incluso perder el empleo.
—He subido y lo he visto, viene del cuarto. Estoy segura. Y, en principio, allí no hay nadie. Por eso no me explico cómo…
La mujer pulsa el botón del cuarto piso, el último.
El comercial se alarma todavía más. Mal presagio.
El peor. «Viene del cuarto», acaba de afirmar.
Carpio se echa a temblar y no solo a causa de la humedad que ha traspasado sus ropas y la piel de sus zapatos.
El asunto se complica sin remedio mientras la mujer mira fijamente al frente y, en un incómodo silencio, observa la pared que ve deslizarse a través del cristal del elevador sin dejar de moverse.
Carpio intenta pensar que un escape en uno de los pisos del rellano no deja de ser una fuga y que acostumbra a tener remedio.
Cuatro puertas por rellano. Podría ser en cualquiera de ellas.
No necesariamente en el piso piloto. Además, en todo caso, el problema es de la empresa.
Si todo va bien y ninguno de sus peores temores se confirma, quizá pueda limitarse a cerrar el agua, si consigue encontrar la llave de paso, y a tramitar el aviso de incidencia.
Con suerte podrá acabar pronto y sin problemas.
No puede ni quiere descartar la posibilidad, siempre hay un clavo ardiendo, a pesar de que la fortuna no lo haya acompañado con frecuencia.
Son cuatro los pisos en la cuarta planta, se repite, trata de tranquilizarse.
A su lado, Marisol Morgades descansa su peso ahora en un pie, después en el otro, mientras se frota los dedos como si tratara de arrancarse la piel.
—Después de llamarle he subido hasta el tercero para ver de dónde venía el agua que llega ya hasta mi puerta.
Por eso me he dado cuenta de que baja de arriba.
He seguido subiendo. Tiene usted que verlo.
Creo que ha pasado algo, no sé qué, pero no es normal que el agua salga de un piso vacío y baje por las escaleras…
El edificio es nuevo, y si en el piso no vive nadie, no puede ser que…
MARISOL MORGADES
Está terriblemente nerviosa, cohibida. Quizá también algo asustada. Trata de explicarse. No advierte que Rubén Carpio se ha llevado una mano a la boca ni que su respiración se ha acelerado significativamente. Tampoco que suda como si acabara de subir corriendo a la azotea de un rascacielos.
La mujer sigue hablando. Rubén no escucha.
—Es aquí. Mire —ordena la vecina, abriendo la puerta del ascensor en la cuarta planta y alcanzando de puntillas el rellano para no mojarse los pies.
Y Rubén Carpio la sigue. No ha dejado de mirar desde que el ascensor se detuvo. Y lo que ve hace que le brinque el corazón, le flojeen las rodillas y se le encabrite la sangre en las venas. El rellano entero es un gran charco, una capa de agua que se derrama lentamente escaleras abajo.
La alfombra con el consabido «Welcome» que los de la constructora han colocado a la entrada del piso piloto para dar sensación de hogar ha sido retirada, arrimada contra una pared del rellano. La parte inferior está empapada. Chapotean al aproximarse.
—Mire, mire. —Y la vecina, que parece acostumbrada a dar órdenes, señala el suelo encharcado como si al vendedor pudiera pasarle desapercibido.
El piso piloto, amueblado muy discretamente para que el espacio parezca mayor, da a la calle y es el más alto. El único cuyas vistas van más allá del bloque de enfrente, el mejor. Por eso es el que el promotor prefiere enseñar.
—¿Lo ve? El agua ha bajado dos pisos. ¡Dos! Juraría que sale de aquí, del cuarto tercera, el piso que ustedes enseñan.
Carpio asiente demasiado turbado para responder algo sensato. Toda la sangre ha desaparecido de su rostro y busca en el manojo de llaves la que puede abrir la puerta.
—Fíjese, mire —insiste la mujer, que se ha aproximado de puntillas a la puerta del piso que Carpio ha enseñado en más de veinte ocasiones.
Ella quizá no lo advierte, pero grita como si en lugar de junto a un gran charco se encontraran frente a una estruendosa catarata.
—¿Lo ve? Juraría que…
La mujer se interrumpe. Carpio sigue buscando la llave del piso en el bolsillo de la americana.
El miedo a lo que pueda encontrar le impide seguir un orden lógico y tarda en hallarla más de lo esperado.
Aferrando por fin la llave correcta, la acerca a la cerradura y, tras un par de movimientos en falso, abre.
El agua, retenida en parte por la puerta, salta como una pequeña tromba sobre sus zapatos y empapa todavía más los bajos de sus pantalones.
A su espalda, la mujer se alza sobre las puntas de los pies.
—¡Joder! —exclama cuando el agua, en forma de ola diminuta, moja sus zapatillas rojas de paño.
Rubén Carpio avanza por el pasillo hasta el salón. La lámina de agua recorre el piso entero. Su corazón bombea con fuerza mientras, a pasos cortos, se aproxima a la primera habitación, una de las dos pequeñas, la que da al lavadero y resulta difícil de ventilar.
Vacía.
Bien, piensa. Nada en el salón ni en la cocina.
Todavía mejor. Quizá solo se trate de un escape.
Un problema con alguna tubería. Solo agua que empapa la parte baja del sofá y del mueble en el que descansa el televisor de pantalla plana y las patas de la mesa y de las sillas.
Agua que destroza el parqué de roble del salón y de las habitaciones y los bajos de los armarios vacíos.
Cada puerta abierta, cada espacio franqueado, supone un nuevo sobresalto, una cifra elevada a añadir a la lista de daños.
Cuando se entere Llobera, se transformará sin remedio en el energúmeno que siempre había sido.
A Rubén Carpio un mal augurio le ha anidado en las tripas.
Siempre hay un día en el que las cosas acaban por torcerse.
Irremediablemente. Fatalmente. Siempre es así con mujeres como Natalia.
Es la historia de sus vidas, la historia de su familia.
Una historia plagada de dificultades y de sobresaltos.
En el lavabo, un grifo abierto y el tapón obturando el desagüe.
—¡Maldita sea! —murmura.
Marisol Morgades no puede oírle.
El agua desborda la pila de loza y cae en cascada sobre las baldosas gris grafito. De estas, pasa al carísimo parqué, atraviesa el piso entero, se cuela por la rendija que queda entre la puerta y el suelo del rellano y se precipita escaleras abajo.
Con una zancada, un escándalo de agua y trescientas maldiciones más en la cabeza, Carpio se apresura a cerrar el grifo como si unos segundos antes o después pudieran mejorar la comprometida situación.
¡Maldita sea! ¡Puto descuido! ¿Ni por una vez puede hacer las cosas bien? ¡Joder! ¿Tanto cuesta quitar un tapón? ¡Cerrar un grifo! ¡Joder, joder! No es tan difícil. Los críos lo hacen. Natalia, no.