La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Martes #5
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Martes #5

—Hay muy pocas visitas, Idrissa, no te preocupes.

Estaremos bien —le aseguró Natalia para alejar las dudas—.

Seremos como polizones en un crucero. —Idrissa no acabó de comprender—.

Puedes venir tranquilo, las ocho de la noche es una buena hora.

¿Quién te va a buscar aquí? Y yo no te voy a pedir papeles…

—añadió con un beso en los labios y una sonrisa irresistible.

Y si Natalia tiene un día bueno, a su llegada le echará los brazos al cuello y le plantará un beso en los labios siempre levemente entreabiertos del joven senegalés.

Le dirá que le gustan sus ojos y parecerá fascinada por las blancas lunas de sus uñas que cree poder ver incluso en la oscuridad.

Si es así, el día bueno dará paso a una noche mucho mejor.

Adora los labios del chico, labios oscuros y carnosos.

—Parece que estés siempre besando un cristal —le dijo una vez antes de estrellar sus labios contra los de Idrissa.

En el vagón atestado del metro, Idrissa solo piensa en ducharse a la luz del crepúsculo y en comer cualquier cosa en compañía de Natalia.

En el piso piloto, sin poder bajar las persianas, deambulan a la escasa luz que proyectan las farolas y nunca han agradecido tanto los días de luna llena.

Las condiciones son esas y son irrevocables.

Lo tomas o lo dejas. Nada que negociar. Por eso cenan en la cocina y pasan la noche en la habitación pequeña, la que carece de ventana a la calle.

Poco más que un cuartucho que se airea a través de un ventanuco que comunica con el lavadero.

Duermen muy arrimados uno al otro y guardan todas sus cosas en dos grandes cajas de plástico que arrastran por la mañana debajo de la cama y que quedan ocultas a la vista por los faldones de la colcha color azafrán.

Nada fuera de lugar, ninguna pista visible. Ni un cepillo de dientes, ni una camiseta tirada a los pies del lecho. Él es cuidadoso, tiene pocas cosas y ordenarlas le cuesta apenas un par de minutos.

Natalia es diferente. No siempre es la misma.

De hecho, Idrissa no sabe cómo es Natalia.

Quizá no lo sabe nadie. Tampoco ella. Por no saber, no sabe si la ama intensamente o si simplemente le gusta estar con ella riéndose de todo y de todos con la complicidad del secreto compartido y sin hacer el menor ruido.

Abrazándose, besándose y penetrándola con verdadero placer cuando las cosas van bien.

Las noches son casi perfectas cuando las cosas van bien.

En los días buenos, Natalia habla de casarse, de tener hijos, de que Idrissa pueda obtener así la nacionalidad y encontrar un empleo.

Pero Idrissa no quiere pensar ni ilusionarse.

No puede. Las cosas a su tiempo. Tampoco sabe si quiere quedarse más tiempo en un país en el que le resulta durísimo seguir viviendo.

Sin papeles, siempre al margen, medio a escondidas.

Invisible. Quizá no consiga aguantar mucho más. No hará promesas que no pueda cumplir.

—El matrimonio puede arreglar eso —sugiere Natalia en sus buenos días—.

Seré la señora Seidy —bromea—. Natalia Seidy, suena bien, suena a presentadora de televisión.

Y tú dejarás de andar por ahí como un furtivo.

Tendrás trabajo y entre los dos podremos pagar un alquiler —aventura—.

La señora Seidy. No está nada mal —añade, estampando un beso que se pierde en los labios de Idrissa.

Todo parece ir bien en sus días buenos.

Quizás esta noche harán el amor. Todo depende de su estado de ánimo.

Y la verdad es que la noche anterior las cosas no pintaban bien.

Natalia había pasado el día entero sentada en un banco en una plaza cercana dejando correr las horas.

Contemplaba los hijos de los demás, su vida regular, casi rutinaria.

Por la noche había permanecido enlazada a su cintura, inmóvil, tristísima, fatalmente hundida.

No había atendido ninguna de las llamadas que solicitaban un masaje a domicilio.

Todo deja de importar cuando aparecen los demonios.

Todo es negro, el fondo de una cueva sin fondo.

En esos momentos, Natalia jura tener ganas de morir y de matar. Idrissa la cree.

Para hacerla reír, Idrissa la llama a menudo señora Seidy, le promete que no la dejará nunca, por ningún motivo, que tendrán unos hijos guapísimos color café con leche.

Le asegura que las enfermedades, todas las enfermedades, tienen remedio.

También la suya. Incluso le ha hablado de un sanador de su poblado, un hombre muy viejo y muy sabio en el que su madre confía ciegamente y que quizá conseguiría ahuyentar para siempre a sus demonios.

—Además, aquí, medicinas —insiste el joven senegalés, y por «aquí» Idrissa entiende el país que le es ajeno, y por medicinas todo tipo de asistencia médica, hospitalaria, farmacéutica…

Le asegura que solo hace falta constancia y que juntos podrán con todo. Lo intenta, hace cuanto puede, se esfuerza lo indecible, pero no está en su mano exorcizar un infierno entero.

La noche anterior había conseguido que Natalia tomara una pastilla para dormir. Sabía distinguir los envases, ella misma le había explicado la utilidad de cada píldora. Se la ofreció, la acercó a sus labios, ella no tuvo ánimos para negarse.

Ambos necesitaban un descanso.

En el vagón que lo acerca a la diminuta habitación del piso piloto, Idrissa cabecea unos minutos de puro cansancio.

Junto a él, una mujer arruga la nariz y gira la cabeza.

El senegalés huele a trabajo y a humedad.

Por fortuna, Idrissa no advierte nada. De haberlo hecho, de haberse dado cuenta del gesto de repugnancia de la pasajera, quizás habría sonreído. ¿Qué otra cosa puede hacer?

Se despierta poco antes de que el metro alcance su parada. Tiene una facultad especial, un sexto o séptimo sentido.

TEDESCO

Lidia pide permiso para interrumpirlo. El inspector parece ensimismado. Con un gesto Tedesco la invita a entrar en el despacho.

—Acaba de llegar la autopsia del chico. Recibió cuatro puñaladas en el tórax, dos de ellas mortales, todas aparentemente hechas con la misma navaja.

La pérdida de sangre y el paro cardíaco son las causas probables de la muerte.

No hay otros signos de violencia. Ni golpes ni patadas.

Tampoco señales de defensa. Fue apuñalado hasta morir.

Tedesco escucha y asiente.

Lidia se aleja algo perpleja. El inspector no ha formulado preguntas ni ha requerido el informe escrito para revisarlo como hace siempre. La agente comprende que algo va mal. También que prefiere estar solo.

Al inspector el estado de Romeu le ensombrece el ánimo.

No consigue olvidar al amigo que agoniza quizá tras un cristal mientras permanece conectado a un sinfín de artilugios de nombres imposibles.

Regresa a la salita en la que ronronea la máquina de café.

Apoyado en un ventanal piensa que le gustaría contemplar el aguacero y maldice de nuevo al que decidió instalar cristales opacos.

Da un sorbo. Le estorba el rumor apagado procedente del mecanismo de aquel armatoste que es casi tan alto como él.

Podría aporrearlo, patearlo, o estrellar la cabeza contra los mandos para hacerlo callar.

Ganas no le faltan, tampoco miedo ni rabia.

No logra ordenar sus pensamientos y culpabiliza a la máquina como podría achacar su dificultad a las voces siempre presentes en una comisaría o a la circulación que discurre morosa bajo la lluvia por las calles cercanas.

De forma intermitente recuerda el asunto de la discoteca.

Quizás una pelea, un abuso de la fuerza, probablemente un puro y duro asesinato homófobo.

Un crimen execrable. Cuatro puñaladas en el pecho sin golpes previos a un chico que no pudo defenderse. A muerte.

Mal asunto.

Siente miedo, un temor que, en forma de malestar, casi de náusea, se le agarra a las tripas y del que no consigue librarse.

El estómago es su caja de resonancia y se resiente a la menor contrariedad.

Siempre, desde que puede recordar, ha sido así.

Por unos instantes piensa que no conseguirá retener el brebaje tibio y ligeramente abrasivo que alcanza ya su vientre.

Se inclina y, con una mano presionando el abdomen, cuenta hasta diez.

Generalmente basta para controlar una arcada.

Uno, dos, tres, cuatro…

Viudo desde hace unos años, pocos, el inspector de los Mossos d’Esquadra, Mauricio Tedesco, solo se considera estrechamente unido a dos personas en este desconcertante mundo: su hija Marina y su amigo, el astuto y siempre sarcástico, Ignasi Romeu.

Cinco, seis, siete…

Miedo es la palabra. Miedo a perder lo que conserva, lo que ha conseguido sobrevivir al paso de los años.

Piensa en Fina, su mujer. En su muerte, en su ausencia y en el duelo permanente.

No puede evitarlo. Sabe que no es un buen momento.

Y, sin embargo…, no se lo puede permitir.

De nuevo regresan el miedo y la náusea. Siente el vómito aproximarse a la garganta.

Vuelve a empezar.

Uno, dos, tres…

Instantes después, y superado lo peor, saca el móvil del bolsillo, contempla la pantalla en la que no advierte nuevos mensajes ni llamadas perdidas. Retiene el aparato en una mano mientras con la otra se lleva el vaso de plástico a los labios y apura su contenido.

Medio café.

RUBÉN

Cuando Carpio alcanza la calle Caballero, a pocas manzanas de su confluencia con la calle Bordeus, tiene la americana empapada, las perneras del pantalón enganchadas a los muslos, los pies fríos y muy húmedos y el humor de un perro recién atropellado.

También tiene, anclado a las entrañas, un mal presagio.