Martes #4
Considerando acabadas ambas conversaciones, la telefónica y la presencial, Rubén Carpio se pone en pie, saca del cajón superior otra tarjeta y se la tiende al hombre que, con una inclinación de cabeza, le indica que su mujer la recogerá, que él no se encarga de esas cosas.
Es un gesto de una espontaneidad que hace que el comercial se sienta completamente desarmado.
A punto está de compadecerlo sinceramente, aunque, a decir verdad, no hay nada mejor ni más inteligente que aceptar la evidencia. Ahorra un sinfín de disputas.
Rubén rectifica con naturalidad y tiende la mano y la tarjeta con su nombre y su teléfono a la esposa. La mujer la acepta con un gesto de desagrado y una inclinación lateral de cabeza con la que pretende indicar que ha escuchado la conversación y que lo entendido no le gusta ni un pelo.
¡Agua por las escaleras!
Rubén logra sonreír con cierta afabilidad, educación obliga, aunque la llamada que acaba de atender le ha sentado como una patada en el estómago. Remata por puro compromiso con un:
—Si quieren pasarse ustedes otro día, aquí estaré… —Y sus palabras suenan a condena—. Ahora tengo que atender un asunto urgente y…
Por fin la mujer, los labios todavía más fruncidos, se guarda la tarjeta en el monedero que saca de su bolso. Simultáneamente, y en un tono que al comercial se le antoja amenazante, profiere:
—Pasaremos un día de estos.
—Cuando ustedes quieran.
Repite:
—Aquí estaré.
Porque por mucho que lo intente no conseguirá estar en ningún otro sitio.
Un contrato indefinido, un sueldo mensual que apenas alcanza los mil quinientos euros y la vaga promesa de Llobera de un ascenso que lo sitúe en las oficinas centrales son su cadena invisible, su grillete imaginario.
Lo mantienen atrapado en la silla, anclado al barracón.
A pie de obra. Con un gesto de su mano los invita a alinearse para salir mientras él se arrima al lateral de la mesa, ofrece su perfil bueno y les cede el paso.
El espacio es tan reducido que no hay mejor manera.
Ha tenido ocasión de comprobarlo repetidamente.
La mujer recoge el paraguas que ha arrimado a una pared y pisa el charco que a Rubén le recordaba al continente olvidado. Aprecia intencionalidad en su gesto, no puede evitarlo, pero la idea no tarda en desvanecerse. Demasiadas cosas en la cabeza.
¡Agua que baja por las escaleras!
—Gracias —insinúa el hombre, todavía en el interior, mientras espera a que la mujer, con un pie en el escalón que lleva a la calle, abra el paraguas—. Ha sido usted muy amable.
Parece sincero.
—No hay de qué.
El hombre titubea, es un hombre reflexivo y afable por naturaleza. No está tan seguro. Si alguna cosa ha aprendido con los años es que la amabilidad desgasta, que debilita. Él mismo es una prueba irrebatible.
El ruido sobre la superficie metálica del barracón apenas le permite pensar. En la calle, la lluvia arrecia. Rubén, a solas, busca las llaves. Se apodera de todas las que encuentra. Algunos de los pisos de la promoción han sido ya adquiridos, pero sabe que solo dos han sido ocupados.
Sale, cierra la puerta a su espalda y, con una carpeta de plástico en la cabeza y un par de maldiciones a flor de labios, echa a correr en dirección al edificio de viviendas próximo.
Una de las jóvenes propietarias que se había instalado dos semanas atrás, la señora Morgades, acaba de llamar afirmando que baja agua por las escaleras y que procede del piso superior.
Un escape en la escalera, un buen marrón. Mal asunto. Llobera pondrá el grito en el cielo y, por arte de magia, encontrará la manera de repartir las culpas entre sus empleados. Inexplicablemente, Rubén, uno de los eslabones más débiles, acabará asumiendo una parte. Como siempre.
Los obreros han abandonado el andamiaje y se han resguardado del chaparrón entre las paredes levantadas del edificio en construcción y esperan a que den las seis de la tarde. En su interior elevan plegarias para que siga lloviendo.
Algunos, los que hablan una misma lengua, bromean. Es martes y queda mucha semana. Muchos de ellos se han deshecho del casco y, sentados sobre los sacos de hormigón, contemplan la lluvia sobre la calle casi desierta mientras liberan sinuosos anillos de humo o consultan el móvil.
Uno, el más alto, un ucraniano de ojos muy azules, barbilla hundida y nariz afilada, señala a Rubén Carpio con una risotada. El joven comercial ha apretado a correr y se pierde más allá de la esquina.
—No sabe poner un ladrillo, pero correr sí que sabe —comenta uno de los mayores, un encofrador que no tardará en jubilarse y que desde niño ha aprendido a mirar con desconfianza a los que visten traje y corbata—. Correr sí que sabe el jodido.
El ucraniano al que, por consenso, llamaban Pablo, porque a su llegada a la cuadrilla dijo llamarse Pavel, cree entender alguna cosa y, por pura cortesía, vuelve a reír. Todavía no sabe que la amabilidad desgasta.
IDRISSA
Ayer era ella, Natalia, la que juraba no poder más, y fue Idrissa el que intentó levantarle el ánimo prometiéndole días mejores, días de rutina feliz, de bienestar, de ausencia de dolor. De amor, de compañía.
En algo así como un tobogán infinito se ha convertido su vida desde que conoció a Natalia.
Su desesperación puede durar días o desaparecer tal y como ha venido, de un plumazo, en un suspiro.
Igual que se esfuman su risa, su optimismo o su euforia.
A Idrissa, su ánimo cambiante y siempre extremo no deja de sorprenderle.
Natalia es así, guapa y terriblemente desconcertante. Él lo sabe, ella misma le advirtió cuando se conocieron.
—No soy muy estable, ¿sabes? —había dicho Natalia, balanceando la mano en el aire y sonriendo al mirarlo a los ojos como si Idrissa fuera el único hombre sobre la faz de la Tierra. Y a él, que nunca había conocido ningún tipo de estabilidad, no le había importado.
Si dejara de llover, Idrissa se sentaría un rato en la plaza cercana.
Quizá se concedería un placer, pagaría un café y, si estaba libre, ojearía el diario.
Es un hombre curioso y entiende ya algunas cosas.
Alcanza a comprender algunos titulares, las palabras escritas le resultan familiares por su proximidad con el francés.
Quiere comprenderlo todo. Pronto. Lo antes posible.
Es ese aprendizaje una de las cosas que se siente obligado a hacer con urgencia.
Cuanto antes. Leer, hablar, intentar hilvanar una frase.
Comprender y hacerse comprender. Con sonreír no basta.
En la cafetería regentada por Ji Bo, un café cuesta uno con diez euros.
El propietario es joven y buena gente y le permite permanecer durante varias horas sentado bajo techo tratando de leer el periódico o con la vista clavada en la pantalla del televisor y el pensamiento en relativo reposo.
Vale la pena. También Ji Bo sonríe siempre.
Si además, y por el precio de un café, puede ojear el diario, el dinero estará bien empleado.
Idrissa no puede llegar antes de las ocho de la tarde al piso en el que duerme.
Siempre pasadas las ocho, nunca antes. Es lo pactado con Natalia a cambio de un techo.
Esperar cerca del portero automático. A partir de las ocho, ella pulsará la tecla de apertura cada cinco minutos durante unos segundos.
Debe subir sin ruido y solo si en ese momento el portal está vacío, y debe hacerlo a tientas si ya es de noche, nunca podrá pulsar el interruptor que ilumina la escalera.
Nunca. Tampoco debe usar el ascensor bajo ningún concepto, ni aunque se le doblen las piernas de fatiga.
Y ha de recordar cerrar siempre la puerta con mucha precaución. Sin el menor ruido.
Lo ha entendido sin problemas, Idrissa es mucho más cauteloso que Natalia. Lleva años haciéndose invisible.
Solo ella tiene las llaves. Siempre será así.
Solo ella. En el piso piloto no hay visitas más allá de las siete y media de la tarde, es la hora en la que el comercial acaba su jornada.
La hora segura, la hora feliz. Happy hour , ha leído en algún sitio.
Las ocho es su happy hour . Por la mañana puede seguir en el piso hasta las nueve, aunque Idrissa siempre está en pie con el sol, nunca más tarde de las seis.
Natalia se demora mucho más. Sobre todo, si el día es malo y los demonios la visitan.
Idrissa sospecha que en los malos días la joven no sale de casa ni abandona la habitación a menos que su hermano la alerte mediante una llamada perdida.
Natalia gana algún dinero, poco, practicando masajes a domicilio.
Es buena, tiene unas manos diestras, pero no siempre acepta.
Se excusa asegurando que tiene la agenda llena.
Es una enferma. Natalia lo sabe, aunque no siempre admita su condición. Idrissa tiene motivos para sospecharlo.
En el piso, las persianas siempre están alzadas.
No pueden bajarlas. Los pisos se enseñan con toda la luz que pueden retener.
Los espacios luminosos parecen más amplios y los ambientes más acogedores.
Por eso andan casi a oscuras y cenan siempre en la cocina cuya luz no puede verse por no dar al exterior y encontrarse separada del patio de luces por un lavadero al que se accede por una puerta opaca.
Mejor no guisar nada, dado que no pueden conectar el extractor de humos.
La cocina y el baño son los espacios seguros.
Por suerte para ellos el precio de los pisos es muy elevado y las visitas son muy pocas.
No resulta fácil vender la obra nueva si un piso de sesenta metros cuadrados supera los quinientos mil euros.
Es preciso mostrar al comprador lo mejor del piso, optimizarlo, no restarle luz ni espacio, dicen los expertos.
Y eso es lo que su hermano le repite a Natalia para hacerle comprender que ha de conservar la vivienda en el mejor estado posible y ser discreta hasta la invisibilidad.